martes, 21 de marzo de 2017

CAPÍTULO 62: EN QUIÉN CONFIAR




CAPÍTULO 62:  EN QUIÉN CONFIAR

Papá se fue de casa sin apenas decirme nada. Dejó caer que iba a ver a Michael pero no entendí lo que quería decir con eso. ¿Acaso le habían llamado de la comisaría? El abogado nos había dicho que probablemente le trasladarían a una cárcel para que pasara allí la noche. ¿Sería ahí donde iba papá? ¿Pensaba verle en el traslado o…? La verdad era que yo no entendía mucho de esas cosas. No sabía cómo funcionaban las leyes y en concreto no sabía cómo funcionaban las leyes para un delincuente juvenil de color, así que me alegraba de que papá se fuera con él. Por algún motivo, la policía ya no me inspiraba tanta seguridad como antes. Era iluso pensar que papá podía protegerle de todo, pero al menos así mi hermano no estaba solo. Si yo tuviera que pasar una noche en la cárcel, estaría muerto de miedo. Y algo me decía que, aunque no fuera su primera vez, Michael también lo estaba.

Después de toda la confusión, de ver cómo se lo llevaban delante de nuestras narices, de no entender lo que estaba pasando ni de qué lo acusaban, la visita del abogado por la tarde nos había traído algo de luz. Sabíamos cuál era el siguiente paso y dónde iba a estar Michael en cada momento. Al día siguiente se enfrentaría a una vista donde decidirían si podía quedarse en casa hasta el juicio o si tenía que pasar ese tiempo en la cárcel. Solo podía rezar para que le dejaran venir a casa y eso fue lo que hice. Me metí en el cuarto de papá, el único en el que podía tener algo de privacidad en ese momento y desplegué todas las oraciones que me hubieran enseñado alguna vez en catequesis. Pero esas oraciones no me parecían lo suficientemente personales, así que al cabo de un rato me limité a pedir una y otra vez que Michael pudiera venir a casa. Nunca le había dicho a Aidan que rezar me parecía una tontería: que si Dios sabía todo de mí, no necesitaba que se lo dijera y que, de todas formas, podía tener la decencia de contestarme y tener una conversación normal. Rezando solía sentirme un estúpido, como que hablaba solo. Sabía –o más bien, creía, con una fe no siempre firme- que había Alguien al otro lado escuchándome, pero me enfadaba no tener respuesta.

“Señor…. Si haces que Michael pueda venir a casa mañana, te prometo que seré mejor cristiano. Escucharé al padre Richard y entraré al dichoso coro como me ha pedido tantas veces… Me confesaré más a menudo y prestaré más atención a las lecturas en la misa…. Dejaré… dejaré de escribir cosas que no sea capaz de enseñarle a mi padre porque en el fondo sé que son inmorales… Y le haré más caso…le haré más caso a Aidan y no le daré problemas, y cuidaré mejor de mis hermanos pequeños…”

“Ya haces la mayoría de esas cosas. Si te comparas con otros chicos de tu edad eres el próximo Papa. Deja de hablar como si fueras una mala persona, que nada de eso cambiará la situación de Michael” dijo una vocecita maliciosa en mi cabeza.

“Y además de todo soy soberbio… seré menos soberbio, Señor, y menos arrogante…” añadí, como para contrarrestar mi pensamiento anterior.

“¿Arrogante? ¡Pero si no tienes la más mínima autoestima!”

“…porque a veces soy demasiado creído, cuando ni me porto tan bien ni hay tanto mérito en eso…”

“Vives con Alejandro, que es una máquina de problemas. Y el propio Michael tampoco es un santo. CLARO que hay mérito en eso, tú eres el único que no le da dolores de cabeza a Aidan. ¿A quién le llaman santurrón?”

“… porque no soy un santurrón, y le he dado un MONTÓN de dolores de cabeza a Aidan…y no soy mejor que mis hermanos, para nada, porque ellos son más sinceros, más reales… y no debo compararme con la gente…Dejaré de hacer todo eso si traes a Michael de vuelta, Dios mío…. Le acabo de conocer…. Ya hemos estado diecisiete años separados, no es justo que lo estemos más…”

“No sé ni por qué te molestas en rezar, está claro que al de Ahí Arriba no le caes bien, mira todo lo que te ha ocurrido últimamente.”

Me enfadé conmigo mismo por la clase de pensamientos que me asaltaban. ¿Qué pasaba conmigo? Estaba intentando rezar y hacer promesas, pero no podía evitar que me vinieran a la mente un montón de ideas negativas y presuntuosas. Mi hermano estaba en la cárcel y yo no podía dejar de hacer que todo girara en torno a mí, como siempre. Tenía que aceptar de una vez que no era el ombligo del mundo.

·         ¿Ted? – preguntó Hannah, con una vocecita tímida. Yo estaba sentado sobre la cama de Aidan, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas, así que mi hermanita seguramente había deducido que estaba rezando o al menos, muy concentrado en algo, y no quería interrumpirme. La sonreí y la invité a que se acercara. - ¿Estabas rezando? – me preguntó, mientras se sentaba encima de mis piernas. Eso solía hacerlo más con papa que conmigo, pero a mí me gustaba tenerla ahí, como cuando era un bebé y papá me dejaba cogerla.

·         Algo así… Me cuesta un poco rezar ¿sabes? – la confesé, mientras le colocaba un mechón del pelo detrás de la oreja.

·         ¿Por qué? ¿Es que no te sabes las oraciones? – me dijo, con su encantadora inocencia. Hannah se sabía bastantes oraciones para su edad, pero había alguna que aún le costaba.

·         Sí me las sé… Pero rezar es algo más que memorizar palabras. Hay que sentirlas y poner todo tu corazón en ellas, y para eso tienes que tener el corazón limpio. – la expliqué. Hannah se quedó pensando y fui incapaz de saber si me entendía.

·         ¿Estabas rezando por Michael? – aventuró, mirándome con sus ojitos inteligentes. A veces me sorprendía al darme cuenta de que mi hermanita ya no tenía dos años, ni tres, ni cuatro. Era, además, una enana muy lista.

·         Sí, princesita.

·         ¿Puedo rezar contigo?

Conmovido, estreché el abrazo con el que la estaba sosteniendo en mi regazo y asentí.

·         Me encantaría.

Hannah junto sus manitas como papá la había enseñado y cerró los ojos. Tras dudarlo un segundo, la imité.

·         Jesusito de mi vida, tú eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Tómalo, tuyo es, mío no. – recitó. Ella empezaba así todas sus oraciones. Por un segundo pensé que iba a quedarse ahí, eso era lo que solía rezar antes de acostarse, pero continuó. – Señor Jesús…. Hoy quiero pedirte por mi hermano Michael. Han venido unos señores y se lo han llevado. Papi dice que era la policía. Sé que la policía se lleva a la gente mala, pero Michael no es malo, solo ha crecido sin papá. Por eso no pueden separarle de papá ahora o se hará malo de verdad. Cuídalo esta noche y tráelo a casa mañana. Amén.

Mantuve mis ojos cerrados varios segundos después de que Hannah terminara, porque tenía miedo de no poder retener las lágrimas si los abría. Era irónico que mi hermanita de seis años supiera rezar mucho mejor que yo.

·         También quiero pedirte por Ted, porque dice que no sabe rezar. Yo sé que sí sabe, pero es que él siempre cree que lo hace todo mal. Ted es el hermano más de verdad de Michael y le echa mucho de menos. No dejes que esté triste, porque cuando él está triste yo me pongo triste también. Amén.

Entreabrí la boca, sorprendido por aquella segunda petición y bajé la cabeza para darla un beso, como tantas veces hacía papá.

·         Gracias, Hannah…Eso ha sido muy bonito. ¿Pedimos también por papá? Seguro que está muy triste él también.

·         ¿A dónde ha ido papá? – preguntó ella, con esa vocecita especial que ponía cuando papá se iba y nos dejaba solos. Hannah se sentía segura conmigo, pero aun así no la gustaba estar lejos de Aidan y le daba algo de miedo.

·         A estar con Michael, peque. Ahora él es quien más le necesita.

·         Bueno – aceptó, no del todo conforme - Ahora reza tú – pidió, recostándose contra mi pecho.

Parpadeé unos instantes, inseguro de lo que debía decir, pero luego decidí seguir su ejemplo.

·         Señor… te pedimos por papá, para que sea fuerte y no pierda la esperanza… para que pueda tener por fin la paz que merece… Él es el padre de Michael, porque le quiere como a un hijo y ningún hijo debe estar separado de su padre… Cuídale y consuélale…Amén.

·         Amén – repitió Hannah. La miré por un rato, orgulloso de mi hermanita y sintiendo un gran cariño hacia ella.

·         Bueno, ya está bien de pensar en cosas tristes. Es hora de ir a la ducha, peque. Después a cenar y a la cama. Hoy fue un día muy largo.

·         Ta bien – accedió, y se fue a su cuarto, a preparar las cosas para el baño.

Yo me quedé un ratito más en el cuarto de papá y saqué el móvil. Agustina se había marchado justo antes de que la policía irrumpiera en mi casa. Tal vez hubiera podido mantenerla al margen de esto, de no ser porque papá era famoso y las noticias de lo que había pasado con Michael ya empezaban a ser públicas en los medios de comunicación. Tenía cinco mensajes de mi novia preguntándome al respecto. Respondí de la forma más sincera, tranquilizadora y breve posible, porque no me sentía con ganas de hablar en ese momento.

“Sí, es verdad. Se han llevado a Michael. Pero no creemos que sea culpable de lo que le acusan. Te iré contando. Si puedes díselo también a Mike y Fred, hasta mañana no creo que pueda hablar con nadie. Tq.”

No quise ser demasiado frío, pero en ese momento tenía que centrarme en mi familia. Esperé que Agustina lo entendiera. Ya tendría tiempo de llamarla y contarle los detalles cuando todo hubiera pasado. Además, ella tenía sus propios problemas en casa, no quería agobiarla con los míos.

Como no sabía cuándo iba a volver papá, me mentalicé para ocuparme de mis hermanos desde entonces hasta que se acostaran. Pensé en algo sencillo y rápido para cenar y bajé a ver si teníamos pan suficiente para hacer sandwiches. Afortunadamente sí. Después subí a enviar a mis hermanos pequeños a la ducha.

·         Kurt, tú dúchate en mi baño mientras Hannah se ducha en el vuestro ¿vale? Así iremos más rápido. Yo iré a ayudarte y los mayores nos ducharemos después. – planeé. Dado que teníamos dos baños, tal vez pudiera tener a los peques duchados en media ahora, con la ayuda de Barie y de mis demás hermanos medianos.

- ¿Puede ir primero Dylan? – me preguntó Kurt, sin siquiera mirarme, con la mirada fija en la pantalla de un móvil que creo que pertenecía a Zach. Tenía los cascos puestos, pero el volumen estaba lo bastante bajo como para que pudiera escucharme.

·         ¿Por qué? ¿Qué estás haciendo? – me acerqué y vi en la pantalla un vídeo de Cantajuegos. A Kurt le gustaban mucho esas canciones. - ¿Te lo puso Zach?

Kurt asintió y yo agradecí mentalmente que uno de mis hermanos hubiera pensado en una forma de mantener al enano distraído y con la mente lejos de aquella tarde terrible.

·         Está bien, Dylan irá primero. Mira un par de videos más y luego a la ducha, ¿bueno?

·         ¡Sí!

Le sonreí, aunque ni siquiera me miró. Papá no solía dejar que pasaran mucho tiempo con la vista fija en las pantallas y yo no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba Kurt con el móvil, pero por un día no iba a pasar nada, especialmente en uno como aquél.

·         Vamos, Dylan. Hora de la ducha, campeón – le llamé, porque Dylan estaba sentado en su cama, sin dar muestras de notar si quiera mi presencia en la habitación.

·         N-no, no es, no está p-puesto en la p-pared.

·         Tienes razón, enano – respondí, y cogí la fotografía correspondiente a “hora de la ducha”, para pegarla en el tablón de “Ahora vamos a  hacer…” que Dylan tenía en su lado del cuarto.  – Ya está. Ahora a coger las zapatillas y…

·         ¡No!

·         ¿Por qué no? – me extrañé.

·         ¡NO! – chilló Dylan.

Fruncí el ceño y le cogí de la mano para llevarle al baño. Muchos autistas son reacios al contacto, mi hermano entre ellos, pero a veces se dejaba tomar la mano. Esa noche no estaba por la labor, y la apartó rápidamente, soltando un pequeño grito. Suspiré, reconociendo que eso había sido brusco por mi parte.

·         Vamos, Dy. A ti te gusta la ducha.

·         ¡NO!

Pocas veces se había negado a ducharse. Con papá nunca lo hacía. Estaba viendo a ver cómo resolvía aquello, cuando Kurt se puso a tararear y a gesticular una de las canciones que estaba escuchando.

·         Sacó una manita, la hago bailar, la cierro, la abro y la vuelvo a guardar….

Sonreí. La vocecita de mi hermano y sus movimientos torpes le volvían adorable. Comprendía perfectamente los impulsos caníbales que le entraban a papá con los enanos: yo también quería comérmelo.

·         Mira Dylan, ¿quieres ver los vídeos tú también? – propuse.

·         ¡NO!

Empezó a balancearse y pude ver cómo una rabieta épica de avecinaba. Hinqué una rodilla en el suelo para ponerme a su altura y mirarle a los ojos. Dylan se llevó las manos a las orejas, en un gesto habitual que hacía para aislarse, y apartó la cara para no mirarme.

·         Shhh, ya, Dylan, tranquilo. Respira hondo….

·         ¡CÁLLATE, CÁLLATE, CÁLLATE!

·         Calma, Dylan…

Me aparté un poco para dejarle su espacio y le observé a ver si se tranquilizaba. Conté hasta diez mentalmente y, como no había habido más gritos, lo tomé por una buena señal.

·         ¿Nos duchamos? – pregunté, ofreciéndole la mano en señal de paz.

·         ¡No, Kurt siempre se ducha primero! ¡Primero va Kurt y luego Dylan!

Últimamente Dylan llevaba mucho mejor los cambios en la rutina, así que esa reacción me sorprendió un poco. Luego recordé que la vida de mi hermanito se había visto sacudida por muchos imprevistos en esos tiempos. Mis estancias en el hospital, la llegada de Michael, su accidente con el macarrón, conocer a gente nueva, la visita de Andrew, diversos cambios de rutina accidentales, descubrir que es autista, Michael pegándole, papá castigándole por primera vez, Michael marchándose de casa esposado, los policías desordenando nuestro cuarto. Y esas eran solo las cosas grandes. Cantidad de cosas pequeñas habían cambiado en la vida normalmente rutinaria de Dylan, casi sin que ninguno se diera cuenta, porque él prácticamente había dejado de tener rabietas. Pero que no lo exteriorizara no quería decir que no estuviera ansioso. Es más, seguramente hubiera sido mejor para él si hubiera hecho un berrinche con cada cosa que había tambaleado su vida, en lugar de guardárselo todo como solía hacer. Era una buena señal que en ese momento estuviera protestando ante un cambio. Lo prefería a que se lo callara y luchara contra ello él solo.

·         Es verdad, Dy, primero va Kurt – le dije.

·         Porque Dylan es mayor.

·         Eso es, eres mayor que Kurt, por eso vas después que él – le confirmé. – Pero solo por hoy puedes ir antes que él, ¿mm? ¿Qué me dices?

·         ¡NO!

Suspiré. Si él único problema era el momento de la ducha y no la ducha en sí misma la solución era sencilla…

·         Kurt… Kurt, anda, ve ya a ducharte. Luego sigues viendo eso, pero Dylan no quiere ir ahora…

Por un segundo, Kurt me miró con enfado y estuve seguro de que iba a tener dos berrinches por el precio de uno. Pero luego se sacó los cascos y dejó el móvil encima de la cama.

·         Está bien.

·         Gracias, enano. Gracias en serio. Eres un buen hermano.

Kurt pareció feliz de que le dijera eso y cambió su cara de disgusto por una sonrisa, mientras cogía sus zapatillas.

·         Ahora voy a ayudarte, campeón. A lavarte el pelo – le dije y le observé marchar.

Me quedé a solas con Dylan. Si estaba contento por “haber ganado”, no dio ninguna señal. Simplemente miraba al infinito con su inexpresividad habitual. Entonces, repentinamente, se puso de pie y se agachó junto a la pared, muy cerca de su cama. Le observé a ver qué hacía y me fijé en cómo retiraba una caja y arrancaba un trocito del papel estampado que cubría los tabiques. Anonadado, me di cuenta de que había un buen trozo de papel arrancado, solo que con la caja tapándolo, normalmente no se veía. En seguida entendí que esa era una nueva manía adquirida, como la de romper hojas en pedazos y contarlos, o frotar sus canicas una y otra vez.

·         ¿Cuánto tiempo llevas haciendo eso? – pregunté, sin esperanza de obtener respuesta. Cuando Dylan empezaba con alguno de sus tics, no era nada comunicativo. - ¿Así has estado lidiando con el estrés?

A papá no iba a gustarle un pelo. No solo porque estuviera destrozando el empapelado de la habitación, sino porque lo había hecho sin que él se hubiera dado cuenta. Conocía lo bastante a mi padre como para saber que iba a culparse por no haber estado más pendiente de Dylan.

·         No puedes hacer eso, Dy. El papel no se arranca – le regañé suavemente. Él me ignoró olímpicamente y siguió tironeando.

Me mordí el labio y fui a coger un folio y un lápiz. No podía ser tan difícil, papá lo había hecho muchas veces…

·         Dylan, ven aquí – le llamé. – Ven aquí.

Ni siquiera conseguí que me mirara. Carraspeé.

·         Dylan. Te estoy hablando. – insistí. Dylan ladeó un poco la cabeza en mi dirección y al verme con un folio en la mano me miró con curiosidad. – Ven aquí.

Esa situación era conocida para él, así que dejó lo que estaba haciendo y caminó hacia mí. Me senté en la cama y esperé a ver que hacía él. Tras unos instantes de duda, se sentó encima de mí y me miró con atención. Bueno, íbamos bien.

·         No se arranca el papel, ¿entiendes? – le dije. Vale, hasta ahí genial, pero ¿cómo le explicaba aquello con un dibujo? En eso no había pensado. Además, yo dibujaba realmente mal. Me dije que papá tenía un método, pero que yo podía tener otro. Cogí un lápiz rojo y puse una rayita en el papel. – Cuando sientas ganas de hacerlo porque estés disgustado por algo, puedes venir aquí y poner una rayita. – le dije, y pegué la hoja en el tablón de Dylan.

Dylan me observó en silencio, y cuando terminé arrancó la hoja con un movimiento violento.

·         …O también puedes hacer eso – suspiré.

Después de tanto tiempo tendría que haber sabido que no podía cambiar los patrones de mi hermanito así como así. Dispuesto a probar de otra forma, cometí un gran error: moví la cama de Dylan para tapar el trozo de pared descubierta y que así no tuviera acceso a ella. Nunca le cambies las cosas de sitio a un autista. Al menos, no a mi hermano.

Dylan nunca me ha pegado tan fuerte como ese día. Me dio una patada en la pierna y varios puñetazos en los riñones, mientras gritaba cosas que no llegaba a entender del todo porque no pronunciaba bien.

·         ¡Au! ¡Dylan, Dylan, para! …¡PARA DE UNA VEZ! – le grité. Se quedó congelado. Nunca le gritábamos y yo menos. Su rabieta se esfumó de golpe y yo aproveché para sujetarle las manos por si acaso quería pegarme otra vez. – Eso no se hace Dylan. No se hace. Siéntate en la cama. Ahí quieto. No se pega.

·         N-no se pega.

·         Eso es, no se pega – seguí regañando. – Y tú lo sabes.

·         No se pega, Dylan, no se pega. No se pega a Ted.

·         Ni a Ted ni a nadie – le dije, más calmado, y volví a agacharme junto a él. Metí la mano bajo su cama y saqué la caja con sus canicas. – Toma, ten esto. No pasa nada. Tranquilízate, ¿bueno? Respira hondo. Eso es.

Me quedé unos segundos para comprobar que estaba tranquilo y después salí de la habitación. Dylan estaba histérico porque había recibido demasiados estímulos en un día y necesitaba estar solo por un rato. Me levanté el pantalón y me miré las piernas. Iba a tener un moratón, seguro.

Entré al cuarto de Barie y le pedí que echara un vistazo a Hannah por si necesitaba ayuda con la ducha. Yo fui con Kurt, aunque mi mente seguía con Dylan. Se estaba haciendo mayor y cogiendo más fuerza. Sus golpes realmente me habían dolido. En el colegio nunca había pegado a nadie, que supiéramos, pero ¿y si le daba por hacerlo? ¿Y si a medida que crecía se volvía más difícil de controlar? ¿Cómo era la adolescencia de un autista? Por suerte aún quedaban años para la adolescencia de Dylan, pero, ¿se haría más fácil alguna vez?

Me dije que esas eran preguntas que tenía que hacerse y responder papá, y no yo. Pero a veces tenía la sensación de que papá no hacía las cosas bien con él. Se esforzaba por cambiar el mundo para que se ajustara a las necesidades de Dylan, lo cual entendía perfectamente, pero lo cierto era que el mundo no iba a cambiar por él. Una cosa era lo que Dylan no podía hacer, a causa de su trastorno y otra cosa las manías que adquiría para aliviar la ansiedad que ese trastorno le provocaba. De pronto me di cuenta de que no había tanta diferencia entre Dylan y Kurt. Los dos se alteraban cuando las cosas no salían como ellos querían, con la diferencia de que yo había visto como Dylan casi se ahogaba al tragarse un macarrón por uno de sus “caprichos”.  Había que buscar una forma de conseguir que Dylan entendiera que no podía tragarse cosas, ni arrancar el papel de las paredes, ni dar patadas. Castigarle no servía de nada, eso lo sabía, pero los dibujos de papá tampoco servían para todo. A medida que mi hermano crecía y su mente se hacía más compleja, también era más compleja la forma de tratar con él…

·         ¡Ted, no me estás escuchando! – protestó Kurt. Le estaba aclarando el pelo, poniendo una mano sobre sus cejas a modo de visera para que la espuma no le entrara en los ojos.

·         Perdona, Kurt, estaba pensando… ¿Qué me decías?

·         Que si te duele…

·         ¿El qué? – pregunté, confundido.

·         Las piernas. Hoy cojeas más que ayer. – me dijo. No sabía que mi hermano fuera tan observador.

·         No, enano, tranquilo. Solo estoy cansado. Además, Dylan me ha hecho un poco de daño.

·         Es mi culpa… No tendría que haber dicho que él fuera primero. – murmuró Kurt, mirando al suelo.

Ese día me estaba dando cuenta de muchas cosas. Como por ejemplo, del hecho de que, pese a ser menor que él, Kurt estaba acostumbrado a ceder siempre cuando se trataba de Dylan. No tenía que ser fácil compartir cuarto con él, ni presenciar casi todos los ataques de Dy…

- No es culpa tuya, ni tampoco suya. Dylan no puede evitar ponerse así y hoy ha sido un día muy difícil para él… para todos.

·         ¿Estás enfadado con él? Por hacerte daño.

·         Un poco. – reconocí – Pero no sirve de nada que se lo diga. Él no quería hacerme daño y en realidad es mi culpa. No sé tratar con él de la forma en que papá lo hace.

·         Tú cuidas muy bien de nosotros, Tete – me dijo Kurt, cogiéndome la mano. Le sonreí.

·         Gracias, enano. Hago lo que puedo. Ven, vamos a secarte.

Cogí una toalla y le envolví con ella, para después sacarle en brazos de la ducha, para así evitar que pudiera escurrirse.

·         Me duché en el baño de los mayores :3 – presumió, muy contento. No quise reventar su burbuja de felicidad, así que no dije nada, pero lo cierto es que no había algo así como un “baño de los mayores” y un “baño de los pequeños”. Cole usaba mi baño, y Barie y Madie el mismo que Kurt y Hannah. Dependía de qué baño quedara más cerca de la habitación de cada uno.

·         ¿Has visto? Y dentro de nada te podrás duchar solito. Como no dejes de crecer, te harás más grande que yo. – bromeé, y le apreté la tripa. Kurt me regaló una de sus risitas infantiles y yo le dejé en el suelo, justo encima de sus zapatillas.

Le llevé a su cuarto para que se vistiera, y me sorprendió encontrar a Dylan con el móvil de Zach, que Kurt había dejado sobre la cama. Dylan no solía mostrar mucho interés por los aparatos electrónicos, nada más que para arreglarlos, pero estaba escribiendo algo. Cuando dejé a Kurt sobre su cama, Dy vino hasta mí y me dio el teléfono. En la pantalla, en un documento en blanco, había escrito “Lo siento”.

Curiosa forma de disculparse. Curiosa, como Dylan en sí mismo. Sonreí y escribí mi propio mensaje debajo del suyo. Quién me iba a decir que la “nueva forma” de tratar las “cosas complejas” con Dylan iba a ser la misma que con cualquier otro chico del siglo XXI: por mensajes.

“No pasa nada. Yo también lo siento. No debí cogerte la mano ni mover tu cama. ¿Amigos de nuevo?”

Le di el móvil y en lugar de seguir con la comunicación silenciosa, Dylan me dio una respuesta verbal.

·         Sí – murmuró, sin mirarme, y luego salió del cuarto. Ya había sido suficiente intercambio por un día, supongo. Había sido todo un avance para mi hermano, en el campo de las emociones. Tuve una extraña sensación, como de vacío: todos mis hermanos estaban creciendo y haciéndose mayores.

·         Ah, mi móvil. ¿Ya terminaste con él, enano?  - preguntó Zach, entrando en ese momento y cogiendo el teléfono de la mesa donde lo había dejado Dylan. Kurt asintió y Zach cotilleó con curiosidad lo que Dylan y yo habíamos escrito. - ¿Qué es esto?

·         Cosas de hermanos – respondí, con ambigüedad.

·         Yo soy tu hermano e.e

·         Ah, como ya no me quieres y apenas te veo, cualquiera lo diría – le chinché, haciéndome el ofendido.  

·         Es que me cambiaste por los peques – contestó él, en el mismo tono.

·         Tú siempre serás el peque para mí – repliqué, y le revolví el pelo. – No es nada, solo estaba hablando con Dylan. Parece que escribir le cuesta menos que hablar.

·         Habrá que comprarle una de esas pizarras digitales, entonces.

·         Ey, pues no es mala idea – respondí y lo apunté mentalmente en mi cabeza. – En fin, voy a ver si Dy necesita ayuda con el baño. A papá no le gusta que se duche solo.

·         Sí, no controla las medidas del jabón – apuntó Zach, y se quedó con Kurt mientras yo salía del cuarto.

Llamé al baño antes de entrar. La verdad, había visto a Kurt desnudo muchísimas veces, pero a Dylan no tantas. No solía dejar que nadie más que papá le ayudara, salvo cuando él no estaba y no tenía más remedio, como en ese momento.

En general, todos nosotros habíamos aprendido a ducharnos solos bastante pronto. Es lo que tiene tener muchos hermanos: adquieres autonomía a la fuerza, porque siempre hay un hermano más pequeño que tú al que papá tiene que ayudar. Así que a partir de los siete años, o incluso antes, todos aprendimos a hacerlo solos. Pero a papá no le gustaba por si acaso los peques se escurrían. A veces se iba durante un ratito, pero siempre estaba para ayudarles a salir, a lavarse el pelo, etc.

En el caso de Dylan, había que estar con él para asegurarse de que se bañaba. Si no podía pasar como aquél día: cuando entré, mi hermano estaba mirando fíjamente cómo caía el agua, hipnotizado e inmóvil, aún fuera de la bañera. Se distraía con mucha facilidad, encerrándose en su mundo y olvidándose de que tenía que ducharse y de que los demás estaban esperando para usar el baño.

·         Dylan, al agua, enano – le recordé, y mi hermano parpadeó, como despertando de algún sueño.

Se metió en la bañera y se quedó quieto como un árbol mientras el agua le caía por encima. Me giré para darle privacidad y preparé una toalla y acerqué sus zapatillas para que las tuviera a mano. También coloqué el gel y el champú. Había días en los que Dylan quería estar solo y días en los que se dejaba bañar. No sabía en qué día estábamos, así que lo preparé todo, por si acaso. Luego me acerqué a él, con una esponja y movimientos muy lentos. Me relajé cuando me dejó que le tocara. Le bañé sin más problemas, las anteriores rabietas totalmente olvidadas. Cuando salió, le ayudé a vestirse y luego se puso a jugar con sus canicas. En todo ese rato no hablamos nada, aunque yo hice varias tentativas de iniciar una conversación, pero Dylan ya había agotado todas las palabras que estaba dispuesto a decir por un día. Yo sabía que me escuchaba, sin embargo, al menos una parte de él, y por eso me esforcé en hablar como si fuera normal conversar con alguien que no te respondía.

·         … Y después de cenar directamente a la cama ¿vale, Dylan? Que ha sido un día muy largo y todos estamos cansados. ¿Verdad que estás cansado? Seguro que sí.

No solo no estaba hablador, sino que también estaba quieto y poco colaborador. Prácticamente le vestí yo. Le puse la ropa interior y los pantalones del pijama y después me peleé un poco con su jersey. Cuando acabé, probé mi suerte e intenté darle un beso. Dylan no se apartó, pero después se lo limpió con la manga.

·         Ya estás. Ahora solo falta secarte bien el pelo. ¿Lo haces tú?

Dylan asintió y se tiró una toalla por encima de la cabeza. Tenía el pelo corto y no hacía mucho frío, así que no importaba si no era demasiado minucioso. Más parecía que lo usara de turbante que para secarse.

·         Muy bien, enano. Ahora a ser bueno mientras yo voy con los demás, ¿eh?

·         P-apá dice que Dylan siempre es bueno.

·         Papá tiene razón, campeón. Juega un rato con las canicas, que enseguida vamos a cenar – sugerí, y me fui a ver si Alice estaba sin bañar o si mis hermanas se me habían adelantado.

Bárbara y Madie estaban jugando con Alice más que bañándola. La enana estaba en la bañera con un juguetito de plástico y ellas la salpicaban de vez en cuando desde fuera, aún vestidas y casi secas.

·         Si queréis idos a la ducha y ya sigo yo – me ofrecí, pero ellas negaron con la cabeza. Estaban pasando un buen rato entre hermanas. - ¿Hannah ya está vestida?

·         Sip.

·         Muchas gracias, chicas. Pasadlo bien. – les deseé y paseé por el resto de habitaciones, para echar un vistazo a los demás.

Varios de mis hermanos debían de haberse ido a ver la tele, porque los cuartos estaban medio vacíos y oía de lejos el rumor del televisor. Como nadie parecía necesitarme en el piso de arriba, bajé a la cocina para hacer la cena. Pero antes de entrar, escuché gritar a Alejandro, que debía estar allí.

·         ¡Pero bueno, cómo se os ocurre!

Me llamó la atención, porque más que una pelea parecía un regaño. Miré a ver y vi que en la cocina estaban Hannah, Kurt y Alejandro. Los mellizos tenían las manos tras la espalda y se miraban el uno al otro cómo pillados en alguna trastada.

·         ¿Qué pasó? – pregunté.

·         He bajado a hacer la cena y he descubierto que aquí ya había dos cocineros – respondió Alejandro. – Dos cocineros que tienen prohibidísima la entrada en la cocina y que estaban intentando cortar un tomate.

·         Para hacer ensalada – protestó Hannah.

·         Queríamos ayudar… - añadió Kurt.

Miré a mis tres hermanos y poco a poco estiré los labios en una sonrisa.

·         Sois un sol, los tres. Ya hago yo la cena, peques y no tan peques. Va a ser algo rapidito, un sándwhich y una ensalada si queréis. Anda, a ver la tele, y tú Alejandro a ducharte – le chinché, porque sabía que odiaba que le diera instrucciones como si fuera uno de los pequeños.

·         Están ocupados los baños. Puedo ayudarte.

·         Bueno, como quieras. Te lo agradezco – acepté. Pasó a mi lado y me dio una colleja amistosa. Me reí y se la devolví. Supongo que era su forma de decirme ‘te quiero’ o algo así. Después de lo que había pasado con Michael todos estábamos sensibles y cariñosos.

Me quedé a solas en la cocina con él, los dos en silencio, concentrados en una tarea sencilla y mecánica como era poner rebanadas de pan sobre la mesa. En esos estábamos cuando llamaron a la puerta.

·         ¿Será papá? – inquirió Alejandro, confundido. ¿Quién más podía llamar a esas horas?

·         No creo, él tiene llaves. Voy a ver – me limpié las manos  y fui hacia la puerta principal. Cuando miré por la mirilla, me temblaron las piernas.

·         ¿Quién es, Ted? – se asomó Alejandro, curioso, al ver que no abría.

Pasaron por lo menos seis segundos hasta que pude reaccionar. Puse la mano en el manillar y abrí lentamente al hombre rubio y envidiablemente atractivo que había llamado. ¿Qué hacía Andrew allí?

·         Ted – murmuró. Pareció aliviado de que fuera yo. Tal vez prefería que le abriera yo la puerta a que lo hiciera Aidan o quizá simplemente se alegraba de que no fuera Alejandro, dada la hostilidad que le mostró la última vez.

·         Ho…la… - respondí, no muy seguro. Una parte de mí quería cerrarle la puerta en las narices. La otra estaba demasiado sorprendida de que hubiera vuelto. No pensé que fuera a hacerlo.

·         Sé que quedamos en que avisaría antes de venir… Pero estaba viendo la televisión y salisteis vosotros y…

·         Ah, te has enterado de lo de Michael. Sí… De hecho papá no está ahora mismo, se fue con él.

Por alguna razón, se me hizo raro decir “papá” delante de él. No por llamar papá a otra persona, Andrew no era y nunca sería mi padre en más sentidos que en el biológico, pero, precisamente por eso, decir la palabra en la misma habitación en la que estaba él era muy extraño.

·         ¿Estáis solos? – se extrañó.

·         Sí. Tengo diecisiete años. Puedo quedarme solo en casa por un rato – respondí, sin ocultar un gramo de molestia en mi voz. Él nos dejó solos en primer lugar, no tenía derecho a preocuparse porque Aidan nos dejara solos unos instantes.

·         Ya sé… pero…En fin, ¿cómo estás? – quiso saber.

Aquello era tan surrealista. Andrew estaba en nuestra puerta, mostrando preocupación. Era como una señal del Apocalipsis.

·         Bien. Mañana voy a volver a clase…. O iba… Con lo de Michael, no sé si iremos todos al juzgado o qué. – reflexioné en voz alta. No supe por qué le estaba diciendo aquello a Andrew. A él qué coño le importaba…

·         ¿No tienes dolores? ¿Ni ninguna secuela?

·         Cojeo un poco, a veces – admití. Me dije que no podía seguir teniéndole allí de pie como un monigote. Si no le iba a echar, al menos podía mostrar un mínimo de educación. Que viera que Aidan sí era un buen padre. - ¿Quieres pasar?

Andrew asintió, sus rizos claros balanceándose con el movimiento. Me aparté y dejé que entrara. Sus ojos azules se abrieron desmesuradamente cuando vio a Alejandro. Mi hermano le taladró con la mirada sin decir nada, demasiado enfadado como para articular palabra.

·         ¿Por qué le has dejado entrar? – me gruñó. Era una buena pregunta para la que no tenía respuesta.

·         ¿Aidan tardará mucho en volver? – preguntó Andrew, ignorando a Alejandro. Yo decidí ignorarle también, ya que no sabía qué decir.

·         No lo sé…

·         Me gustaría esperarle, si no te importa.

Me debatí conmigo mismo durante varios segundos. No sabía qué hacer, es decisión me quedaba grande. ¿Debía dejar que se quedara? Papá le había dejado entrar la vez anterior.

·         Su… supongo. Yo…mm…esto…¿quieres algo de…de beber?  - pregunté, nervioso. – No tenemos alcohol – se me ocurrió añadir. Andrew me miró fijamente y después, sin previo aviso, estalló en carcajadas.

·         No, ya imagino que no lo tenéis – respondió. Sus ojos parecían mucho más amables cuando se reía. – Un vaso de agua estaría bien, pero de hecho, tendría que usar el baño primero…

- Claro… - le señalé el aseo, el único baño que había en el piso de abajo y además el único que no tenía ducha y tanto no iba a estar ocupado por ninguno de mis hermanos. Le observé caminar con la mente totalmente en blanco. ¿Qué significaba su visita? ¿De verdad Andrew  había empezado a tomar interés por nuestras vidas?

·         ¿Qué rayos pasa contigo? ¡Puedo esperarme esto de Kurt, pero pensé que después de tantos años tú estabas de mi lado en el equipo de “odiemos a Andrew”! – me increpó Alejandro. La verdad, de lo había tomado mejor de lo esperable.

·         ¡Te aseguro que no soy su fan número uno, pero me pilló desprevenido! Cuando venga papá, él sabrá qué hacer… Además, piensa en Alice. Quedó destrozada cuando vino y se fue. Le alegrará saber que ha vuelto. De hecho, voy a hablar con ella, y con los enanos. Tú quédate aquí por si sale del baño…

·         Y si sale ¿qué hago? ¿Le doy un abrazo y jugamos a las casitas?  ¡No le conocemos! ¡Has dejado entrar a un extraño a nuestra casa! – me reprochó.

Sus palabras me parecieron muy ciertas.

·         Un extraño que comparte nuestra sangre. Al menos escuchemos lo que tiene que decir, si es que quiere decirnos algo. A lo mejor solo quiere….vernos.

·         Sí, e ir juntos de picnic – replicó Alejandro con sarcasmo. – Estamos hablando de Andrew, Ted.

·         Ya lo sé. – repliqué.

“No me culpes por tener ilusiones. Al menos está aquí… Nunca antes había estado y la verdad, hoy necesito la presencia de un adulto, quien sea. No voy a poder seguir sosteniendo está fachada mucho más. No puedo ser el hermano mayor que cuida de todos sin saber lo que va a pasar con Michael. Cualquier cosa que me distraiga de eso es bienvenida. Incluso si esa cosa es Andrew” pensé para mí, pero no lo compartí con mi hermano.

·         Voy a hablar con los enanos – repetí, y subí a las habitaciones.

No sabía dónde se habían metido todos, si antes estaban viendo la tele.  Encontré a la mayoría en el cuarto de Barie. Por lo visto, si no estaba papá y no estaba yo, la buscaban a ella. Yo también lo haría. Barie era buena escuchando y dando consejos.

·         ¡Ted! Zach dice que ha visto a Andrew. ¿Es verdad? ¿Está aquí? – inquirió Harry.

·         Sí… Está en el baño…

·         ¿A qué ha venido? – preguntó Cole.

·         No lo sé…

·         ¿De verdad está aquí? – preguntó Alice, con los ojos brillantes.

·         Sí, enana. ¿Dónde están Kurt y Hannah?

·         Creo que en el cuarto de Hannah – respondió Madie. - ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué es lo que quiere?

·         No sé qué quiere… - repetí. No estaba preparado para enfrentar sus preguntas. Yo estaba tan confundido como ellos. - No tenéis por qué verle ni hablar con él si no os apetece. El que quiera, puede bajar…pero tenéis que ser amables… No provoquéis una pelea, por favor…

·         ¡Yo quiero verle! – dijo Alice, levantando la mano y dando un saltito.

·         Está bien, enana, yo te acompaño… - dijo Barie.

·         ¿Los demás? – pregunté. Ellos negaron con la cabeza, indicando que se quedaban allí. Asentí, y fui a ver a Kurt y a Hannah.

Me pregunté por qué no se habían juntado con el resto. Tal vez no se habían enterado de que habían llamado al timbre. Mis hermanitos tenían la puerta entreabierta, pero cuando iba a entrar, algo llamó mi atención y me quedé observando. Kurt estaba sentado en la cama de Alice, mirándose los pues mientras balanceaba ligeramente las piernas. Y Hannah… Hannah estaba sentada en su propia cama, con una de sus muñecas encima de las piernas. Cuando entendí lo que estaba haciendo, tuve que contener una carcajada. Por alguna razón, me parecía bastante mono y gracioso verla dando palmaditas a la muñeca, del mismo modo que papá hacía con ella cuando se portaba mal. Cuando estuve seguro de poder aguantar sin reírme, abrí la puerta del todo y entré.

·         Uy, ¿estás castigando a Tracy? – me costó un poco recordar el nombre de su muñeca.

·         Shi. Porque… entró en la cocina sin permiso…

Me quedé sin palabras por un segundo y luego sonreí un poco. Me senté a su lado.

·         No me digas. ¿Y eso?

·         Quería ayudar…

·         Ya veo. Pero Tracy sabe que no puede entrar ahí solita ¿no? – pregunté.

·         Ahá…. Por eso la castigo.

·         Bueno, pero yo creo que ya aprendió la lección.

Hannah lo pensó un poco y luego apartó la muñeca.

·         ¡Hala, pero pobrecita! ¿No la das un besito? ¿Ni la mimas ni nada? – reproché. Hannah tomó entonces a la muñeca entre sus brazos y la meció como si fuera un bebé. – Ah, así mejor. Seguro que Tracy ya es buenita y no lo hace más.

Hannah asintió, todavía sin mirarme y sin soltar a la muñeca. La cogí en brazos y la senté encima, como esa tarde más temprano, cuando rezó conmigo en el cuarto de papá.

·         ¿Y tú? ¿Vas a volver a entrar solita a la cocina? – pregunté.

·         No, Ted…

·         ¿Y tú, Kurt?

·         No…

·         Cuánto me alegro. Porque es muy peligroso que entréis ahí ¿sabéis?

·         Pero tú entras… - protestó Kurt, muy bajito, casi como si no quisiera que lo oiga.

·         Porque soy mayor, enano. Igual que yo conduzco y tú todavía no puedes. Pero ya podrás. Ven aquí, dadme un abrazo los dos. Tengo algo que contaros.

·         ¿Nos vas a regañar? – dijo Kurt, con un puchero, mientras se acercaba.

·         No, peque, no es eso. ¿No habéis oído antes que llamaban a la puerta? Tenemos visita…

·         ¿Es la policía otra vez? – preguntó Hannah, arrugando la cara como si tuviera ganas de llorar. La apreté fuerte, intentando reconfortarla.

·         No, princesa… Es Andrew  - solté al final, directito, sin anestesia. Mis hermanos guardaron un instante de silencio, asimilando la noticia.

·         ¿Ha vuelto? – se extrañó Kurt.

·         Eso parece… Se enteró de lo de Michael y… aquí está…

·         Papá me dijo que no tenía que perdonarle si no quería… ¿está bien si no le perdono? – me dijo Kurt, mirándose las manos.

Cerré con fuerza los ojos. No me sentía capaz de tener esa conversación. No aquél día.

·         No tienes que hacer nada que no quieras hacer. No tienes por qué bajar a verle ni hablar con él, ni perdonarle. Pero cuando yo tenía tu edad, o quizá unos años más, hubiera dado cualquier cosa por que él viniera a verme. Pensadlo un rato ¿vale? Yo tengo que volver con él.

Ellos asintieron y yo les di un beso antes de salir del cuarto. Bajé las escaleras y vi a Alejandro, Barie y Alice esperando en el salón.

·         ¿Aún no salió del baño? – me extrañé.

·         Por mí puede quedarse ahí para siempre e incluso meterse dentro y tirar de la cadena… - murmuró Alejandro.

Decidí ignorar el comentario, aunque una parte de mí lo compartía. Me centré en Bárbara, que miraba al infinito con las manos fuertemente cerradas en un puño.

·         ¿Barie? Pensé que la última vez dijiste que no querías verle más… Me extraña que hayas querido bajar. – comenté.

·         Alguien tiene que estar con la enana.

·         Puedo quedarme yo. – insistí.

·         Quiero mirarle a la cara. Quiero verle.

·         Está bien, Bar… - pasé un brazo alrededor de sus hombros, intentando reconfortarla. – Pero si es mucho para ti, puedes ir arriba cuando quieras…

·         El que se va arriba soy yo – gruñó Alejandro. – Avísame cuando se haya ido.

·         Vale… Por cierto… creo que no todo el mundo se duchó… ¿te encargas? Y tendrán que bajar a cenar.

·         Mientras él esté aquí, dudo que nadie tenga hambre. – replicó, y subió las escaleras de dos en dos.

Suspiré. Yo quería subir detrás de él. Pero como papá no estaba, supuse que me tocaba a mí manejar aquello. Después de todo fui yo quien le dejó pasar.

·         Está tardando mucho – murmuré, acercándome a la puerta del baño. Tras dudar un segundo llamé a la puerta. - ¿Andrew? ¿Estás bien?

·         ¡Sí, enseguida salgo!

Me pregunté qué le estaba llevando tanto. Quizás él también necesitaba reunir fuerzas antes de enfrentarse a nosotros. Intenté ponerme en su lugar por un segundo: conocer por primera vez a diez de tus hijos no debe ser fácil. Nos había visto un par de veces, pero no había hablado con ninguno más de dos minutos…. Y si iba a esperar hasta que volviera papá, eso iba a tener que cambiar forzosamente.

Escuché el “click” característico del cerrojo e instantes después la puerta del baño se abrió. Tal vez era porque no le había visto suficientes veces en mi vida, pero  la visión de sus rizos rubios y sus ojos azules me golpearon una vez más, generando una fuerte envidia. ¿Cómo podía ser yo hijo de alguien como él? No nos parecíamos en nada. Él era como un actor de cine y yo era… bastante normalucho. Hasta Michael se parecía más a él que yo.

·         ¡Papá! – gritó Alice, y no le dejó terminar de salir, porque se abrazó a sus rodillas. Su tono de voz no fue el que empleaba normalmente con Aidan. Fue más bien como un “papá, viniste de verdad”. Como si fuera un regalo inesperado, pero deseado a la vez.

Andrew parpadeó con confusión, puso una mano sobre la cabeza de la enana y por un terrible segundo pensé que iba a separarla.

·         Hola, pequeña – saludó, con un timbre dulce que jamás le había escuchado. – Es increíble que se acuerde de mí – añadió, mirándome a mí, como si eso implicara que Alice no podía escucharle.

·         Lo es – concordé. “Es increíble que se acuerde de ti, teniendo en cuenta que hace muchos meses que la abandonaste. Dos años, para ser exactos, maldito pedazo de mierda” pensé, en silencio.

·         ¿Ella también… le dice papá a Aidan? – dudó, antes de preguntar.

·         Sí – respondí, sin saber cómo iba a reaccionar ante eso. ¿Le dolería que su hijo ocupara su lugar?

·         Bien. – asintió, tras un par de segundos. Parecía hasta cierto punto aliviado. Después, dejó de hablar conmigo y volvió a centrarse en ella. – Alice, ¿sigues guardando los unicornios que te di?

·         ¡Siiii!

·         Es imposible separarla de ellos. Papá le compró más, de todas formas. Tenemos una colonia ahora – expliqué. Era fácil hablar de eso. Como si Alice fuera su única hija y nosotros la estuviéramos cuidando por un tiempo. Como si no nos hubiera abandonado, sino que se hubiera ido de viaje y ahora estuviera volviendo y preguntando cómo había ido todo en su ausencia.

·         Bien – repitió, y algo en su forma de decirlo me hizo plantearme por qué eran tan importantes aquellos juguetes. Supongo que porque eran el único recuerdo material que había dejado a alguno de sus hijos.

·         Los cuida mucho… - continué, necesitando que la conversación fue un poco más extensa.

·         ¿La policía revolvió mucho cuando vino hoy? – cambió bruscamente de tema. - Sé cómo son las redadas. A veces lo rompen todo.

·         No, no rompieron nada… Es decir, sí desordenaron, pero nada más…Y…¿cómo es que lo sabes? – pregunté, con curiosidad. ¿Había estado en muchas redadas o qué?

·         Simplemente lo sé. – zanjó. No era hombre de muchas palabras ¿no?

·         Los demás están arriba – susurré. El silencio me incomodaba. Había mucha tensión en aquella habitación. – No sé si luego… querrán bajar.

Andrew asintió, sin hacer ningún comentario, y entonces fijó la vista en Bárbara, que por el contrario estaba haciendo todo lo posible por no mirarle, o por mirarle de forma discreta, aparentando que no le observaba.

·         ¿Tú eres Bárbara? – inquirió. Debería saberlo de su última visita, aunque a decir verdad no sé si llegaron a salir todos los nombres. En cualquier caso, él parecía seguro de la respuesta, solo estaba intentando captar la atención de mi hermana.

·         Sí – respondió ella, tajantemente. Con la misma dureza frágil con la que respondía cada vez que intentaba aguantar las lágrimas.

·         ¿Novio? – siguió preguntando Andrew. Me pareció extraña la pregunta, no solo por lo directa e improcedente (¿quién coño era él para interrogarla sobre chicos, cuando no había formado parte de su vida?), sino por la formulación, como si le cobraran por usar una frase más larga.

Bárbara se ruborizó y pensé que no iba a responderle, pero luego alzó la cabeza y por primera vez le miró.

·         No.

·         ¿Qué tal te va en el colegio? – continuó Andrew.

¿Qué era aquello? ¿Una especie de puesta al día? ¿Pretendía compensar doce años de ausencia con un interrogatorio?

·         Bien. – mi hermana parecía haberse contagiado de la brevedad de las palabras de Andrew.

·         ¿Faltas a clase?

·         No. Papá me mataría.

Creí observar como Andrew torcía la boca ligeramente, en una sonrisa, pero no pude estar seguro, porque el movimiento se fue tan rápido como vino.

·         No te pareces a tu madre – comentó. – Solo en el color de los ojos y el pelo.

·         Me parezco a papá – replicó Barie y Andrew asintió, mostrando su acuerdo.

·         La madre de Aidan era muy hermosa – susurró. Aquello me suscitó cientos de preguntas, pero no pude formular ninguna, porque un par de cabecitas asomaron en ese momento por las escaleras. Kurt y Hannah habían decidido bajar.

·         Peques – les llamé, y extendí la mano hacia ellos, para tenerles cerca de mí, como protección. No sabía exactamente de qué debía protegerles, porque el daño que les pudiera hacer Andrew seguramente no requería ningún tipo de contacto.

Hannah vino hacia mí rápidamente. Kurt tardó un poquito más.

·         Hola, Kurt – saludó Andrew. Algo en su mirada me dijo que recordaba perfectamente el último encuentro y no estaba del todo orgulloso. Seguramente, que tu hijo pase de adorarte a odiarte en cinco segundos es difícil de asimilar.

·         ¡HOLA HANNAH! – protestó la enana, indicando que se había olvidado de ella.

·         Y Hannah – sonrió Andrew. – Hola a los dos. Parecéis dos pegatinas, ¿vais siempre juntos a todos lados?

·         Casi todos – murmuró Kurt.

·         Eso está bien. Tienes que cuidarla ¿eh? Sé un buen hermano. – aconsejó Andrew.

·         Ella me cuida a mí – replicó Kurt.

Reflexioné un poco sobre las palabras de mi hermanito. Yo no percibía la relación que tenían como de “alguien cuida a alguien”, más bien se metían en líos juntos, como los trastos que eran. Kurt habría dicho eso por algo, pero yo no tenía ni idea de por qué.

·         Ah, una mujercita fuerte, por lo que veo. – dijo Andrew, e hincó una rodilla en el suelo, junto a Hannah. Ella retrocedió un poco, sorprendida, pero luego se volvió a acercar. – Qué cara de pilla tienes…

·         Es un ángel revoltosito – sonreí. Andrew estaba siendo amable. Aquello no iba nada mal.

·         ¿Y tú? ¿Le das muchos problemas a Aidan? – preguntó.

Me costó un tiempo entender que me estaba preguntando a mí. Se me hacía tan extraño que se tomara interés por mi persona… Pero ya la otra vez, cuando me vio convaleciente, se preocupó algo…. Tal vez de verdad algo estaba cambiando. Tal vez le importábamos un poquito.

·         Tra…trato de no hacerlo… Pero…alguno que otro.

De repente, Andrew soltó una carcajada. Su risa se parecía tanto a la de Aidan que me estremecí.

·         Alguno que otro dice… Estás en la edad de cagarla a lo grande…. Que si chicas, que si alcohol….¿Fumas?

·         ¡No! – protesté.

·         Ted es bueno – me apoyó Kurt.

·         Yo no he dicho lo contrario. Aidan también lo era, especialmente hasta los trece años.

·         ¿Y después de los trece? – preguntó Barie con curiosidad. - ¿Vas a contarnos alguna cag… metedura de pata de papá? ¡Eso quiero oírlo! ¡Y Alejandro seguro también! Ted, llámale.

·         No hace falta llamar a nadie – respondió Andrew, como si la idea de estar cerca de Alejandro le preocupara. – No hay nada que contar, Aidan siempre fue bastante tranquilo…

·         Ted es igual – apuntó Barie. – Lo más gordo que ha hecho alguna vez es ir detrás de los tipos que le pegaron.

·         ¿Qué hiciste qué cosa? – barbotó Andrew. Oh, Dios mío, primero su risa y luego su mirada de enfado… Andrew ERA igual que papá… Aunque sus ojos tenían un gélido componente azul que solo aumentaba mis ganas de hacerme pequeñito.

·         Fui con Michael… No pasará a la historia por ser mi mejor idea…

·         No, desde luego que no – replicó él. - ¿Me estás diciendo que sabes donde encontrar a los tipos que te atacaron?

·         Claro. En realidad, mi hermano les conoce. Del reformatorio, o algo así. Pero no me apetece hablar de eso… No quiero volver a pensar en eso nunca más.

Andrew gruñó un asentimiento y su expresión volvió a la normalidad, pero le noté pensativo. Me hubiera gustado saber qué ocupaba su mente, pero no sentía la suficiente confianza como para preguntarle. No sentía confianza alguna, no hacia él…

·         ¿En qué lío se metió Michael, de todas formas? – quiso saber. – Sé de sobra que de lo que dicen en la televisión hay que creerse la mitad.

·         ¿Y qué dice la televisión? No hemos prestado mucha atención, papá no quería que oyéramos nada que nos disgutara… - dijo Bárbara.

·         Que la policía le detuvo por tenencia de armas, agresión a un agente y no sé qué más. Pero sé que Aidan jamás dejaría entrar en su casa a nadie con una pistola. Al menos, eso quiero pensar.

·         No, tienes razón, jamás lo haría – dije yo. – Michael no es un delincuente. Llevo tres meses durmiendo con él y es imposible que esconda una pistola.

·         ¡Michael es bueno! Habla feo y a veces grita pero no es como los hombres malos de las películas. – declaró Hannah, animándose a hablar por fin.

·         Veo que lo tenéis muy claro.

·         Es nuestro hermano –zanjé yo. – Es familia.

No estoy seguro de que sepas del todo lo que significa eso” pensé.

·         Tuya sobre todo – contestó Andrew, volviendo a mirarme con fijeza. – Parece que te hayan gafado, chico. Desde la apendicitis a ahora, te pasa de todo.

·         Bueno, esto le pasó a Michael, a mí en reali…. Un momento. ¿Cómo sabes que tuve apendicitis? Eso no salió en las noticias.

·         Michael me lo contó cuando vino a mi casa – me respondió, sin vacilar.  - ¿Puedo tomar ese vaso de agua?

·         ¡Ay, sí! Me olvidé…

Vaya corte, se iba a creer que era idiota. Me descubrí a mí mismo con deseos de causarle buena impresión. Fui a la cocina y le traje un vaso de agua.

·         Tenemos zumo también, si lo prefieres. Y refrescos.

·         Agua está bien  - dijo, y me rozó brevemente con los dedos al coger el vaso. Debía de tener sed, porque se lo terminó de una sola vez.

·         Te traigo otro…

·         No hace falta. Pero creo que vosotros ibais a cenar.

·         Sí, bueno… No sé si mis hermanos querrán bajar. – reconocí.

·         No tengo la peste – bufó.

·         Ni nosotros tampoco – respondió Harry desde las escaleras. No sé cuánto tiempo llevaba escuchando. – Y ha costado diecisiete años que hagas alguna visita.
·         Zachary – saludó Andrew. Mi hermano hizo un ruido, como de bocina, para señalar su error.

·         Soy Harry.

·         Bueno, perdón, es que sois gemelos…

·         ¡No idénticos! Y lo sabrías si nos conocieras aunque solo fuera un poco. – gruñó Harry. - ¿Qué viniste a hacer aquí? Ted no te lo preguntará porque vive con un palo clavado en el culo, pero a mí me da igual si sueno grosero: pretendo serlo, no te mereces otra cosa. ¿A qué mierda viniste?

·         Vine por lo de Michael… Estoy esperando a Aidan – respondió Andrew, algo cohibido.

·         No en mi casa. Espérale en la calle o no le esperes en absoluto, total papá tampoco quiere verte – le aseguró Harry.

·         No le hables así tampoco, que esta siendo amable – intervino Barie.

·         ¡Me chupa un pie si está siendo amable! ¡No le quiero cerca!

·         Bueno pero hay diez personas más en casa ahora mismo. Nadie te obligó a bajar – dijo Bárbara.

Yo no sabía de qué lado ponerme, pero en ese momento me sentí más inclinado hacia el lado de Barie, aunque solo fuera porque ella no había insinuado que tenía un palo en el culo.

·         Harry, ¿por qué no mejor subes y les dices a los demás que bajen a cenar? – zanjé yo.

·         En cuanto él se vaya.

·         No se va a ir de momento. Bajáis, cogéis el sándwich y os subís otra vez si queréis. – sugerí.

·         ¿Por qué te pones de su lado? Alejandro está hecho mierda ¿sabes? Le pone mal que él esté aquí.

No supe qué responder a eso. Entendía a Alejandro y no quería hacerle sufrir, pero sentía que si echaba a Andrew en ese momento retrocederíamos muchos pasos. Había habido algún tipo de acercamiento esa noche y si se rompía no quería que fuera por mí.

·         Esto es… es difícil para todos… - balbuceé.

·         Para todos no. – gruñó y entonces soltó un escupitajo. Era difícil decir si iba para mí o para Andrew, pero cayó en algún punto del suelo entre los dos.

·         A MI NO ME VAS A ESCUPIR, MOCOSO DE MIERDA – estalló Andrew. Fue tan repentino que me pilló totalmente por sorpresa. Su ira había surgido de la nada.

·         No le hables así a mi hermano – le advertí, y me encaré con él. Era más alto que yo. – No le hables así, ni le grites, porque entonces sí que te vas y me encargo de que no vuelvas.

·         ¡Alguien tiene que enseñarle modales a ese….!

·         Alguien, pero no tú – le corté. – Perdiste ese derecho hace mucho tiempo. Escogiste una botella de alcohol y un par de putas por encima de tus hijos.

Supongo que hasta ahí duró el buen ambiente, pero alguien tenía que decirle aquellas verdades.

·         ¡No hables de lo que no sabes! – replicó, entre dientes y, con un movimiento rápido, me agarró de la camiseta, a la altura del pecho.

En ese momento me quedé sin aire y los pelos de todo el cuerpo se me erizaron. No sé lo que me pasó, pero en mi cerebro aparecieron imágenes que me había esforzado mucho por reprimir. Recordé a los matones que me pegaron frente a Agustina. Por un instante sentí que volvía a estar en el suelo, a punto de recibir otro golpe y me encogí.

Andrew me soltó enseguida.

·         ¿Qué te pasa? – preguntó, pero no obtuvo respuesta, ni de mí, ni de mis hermanos, que habían quedado mudos, impactados por la escena. - ¿Qué te pasa, chico? No voy a hacerte nada. ¿Me tienes miedo? ¿Es que acaso Aidan os ha contado mentiras sobre mí? Sé que no ganaré ningún premio de paternidad, pero jamás le hice daño. Nunca le golpeé y no iba a hacerlo contigo.

·         Aidan no…no…Me… me dijo que nunca le tocaste – logré decir, cuando recuperé la voz y me calmé un poco. Respire hondo, buscando relajarme. Estaba aterrorizado y sabía que no era del todo un sentimiento racional. – Dijo que… que le hiciste daño de otras maneras… pero no así.

·         ¿Y entonces?

·         Fuiste muy violento – le increpó Barie. – Asustaste a los enanos.

Mis hermanitos se habían escondido detrás de Barie y asomaban la cabeza con ojitos de temor.

·         ¡Violento mis cojones, si los que me pegasteis el otro día fuisteis vosotros! – protestó Andrew.

·         Solo Alejandro – le recordé yo.  – Ya sé… ya sé que no ibas a hacerme nada. Creo. Solo me asusté.

“Me dieron una paliza que me dejó en silla de ruedas y hoy un montón de policías irrumpieron armados a mi casa. Tengo derecho a tener miedo. Estoy cagado de miedo, en realidad, y quisiera ser más pequeño para esconderme detrás de Barie yo también”.

·         Bueno, pues no hay por qué. Aunque él no debió hablarme así tampoco – dijo, mirando a Harry. – Ni tú.

·         Yo no te dije nada – me defendí. – Solo quería dejar claras algunas cosas. No voy a permitir que insultes a mis hermanos.

·         ¿Y sí vas a permitir que ellos me insulten a mí?

·         No, eso tampoco – respondí, aunque tentado estuve de decir que sí. – Por eso vamos a calmarnos todos y a seguir la conversación en el sofá, mientras ellos bajan y cogen su cena tal y como les he dicho – mascullé, taladrando a Harry con la mirada para que me hiciera caso.

·         Tú no me das órdenes.

·         No quieras saber lo que te daré yo si lo mandas todo a la mierda, Harry – replicó Barie. Y como ella no solía ser tan agresiva ni decir palabras malsonantes, Harry debió de impactarse lo suficiente como para soltar un bufido y hacer caso. Subió a las habitaciones y quise pensar que fue para decirle a los demás que bajaran a por la cena.

·         El otro día se largó a llorar como un idiota diciendo que por qué no había venido más y hoy me quiere echar – rezongó Andrew. – Adolescentes. No es una etapa que extrañe.

·         No sé de qué etapa hablas, si en lo que concierne a tus hijos tú te las perdiste todas. Tiene derecho a estar enfadado contigo. – murmuré.

·         Pero vosotros no lo estáis.

·         Sí lo estamos. Pero también sentimos curiosidad y sabemos controlarnos – respondió Barie por mí, y yo no podría haber escogido mejores palabras.

Sabía, sin embargo, que el ambiente se había puesto tenso en pocos segundos y quería volver a la atmósfera tranquila de antes, así que, tras dudar un segundo, caminé hacia el mueble que había al lado de la tele y cogí un álbum de piel sintética.

·         Si vas a esperar a Aidan, tienes tiempo para ver esto.

·         ¿Qué es?

·         Fotos. De todos nosotros. Te advierto que papá lo fotografía todo.

Andrew cogió el álbum como si quemara, pero al mismo tiempo percibí en él cierta curiosidad. Se sentó en un sillón y comenzó a hojearlo. Papá le había enviado algunas fotos con los años, pero no todas y además hasta donde sabíamos él no las había visto. Clavó la vista en una hoja y lo giró para enseñármelo. Era una foto mía, de muy pequeño.

·         ¿Cuándo fue esto? – preguntó, con una media sonrisa.

Me ruboricé muchísimo, en la foto estaba completamente desnudo, con un pañal entre las manos.

·         De cuando tenía dos años o así. Algo menos, creo. No llevaba mucho con Aidan. Por lo visto aprendí a quitarme el pañal y papá se pasaba todo el día persiguiéndome para volver a ponérmelo.

·         Parecía divertirte mucho… - comentó, haciendo referencia a que en la foto me estaba riendo.

·         Sí… Pues a papá no tanto. No le sobraba el dinero precisamente como para que yo fuera por ahí tirando pañales.

La mirada de Andrew se ensombreció unos segundos, quizá sintiéndose culpable porque jamás había puesto un céntimo para mantenernos. Pasó varias páginas en silencio y después señaló otra foto. En ella Aidan tenía el pelo aún más largo que ahora y mi yo de tres años estaba tirando de un mechón. No recuerdo quién nos hizo la foto, pero estábamos en un parque, así que seguramente se lo pidiera a cualquier persona que estuviera cerca.

·         ¡Aidan también hacía esto! ¡Casi me deja calvo! – se quejó, entre sorprendido y divertido.

Le miré con extrañeza. Me costaba imaginarle compartiendo momentos padre-hijo con Aidan. En realidad, sabía muy poco sobre Andrew. Papá nos había contado pocas cosas, pero por la forma en la que se sentía cuando nos hablaba de él, Andrew no era la clase de persona que jugaba con sus hijos.

- ¿Se enfadaba mucho contigo cuando hacías eso? – me preguntó.

·         ¿Qué? ¿Pero por qué se iba a enfadar? – respondí. ¿Acaso él se enfadaba con papá por esas cosas?

·         ¡Pues hombre, porque duele!

·         ¡Era pequeño! Y estábamos jugando.

Andrew no respondió y siguió curioseando fotos. Me pregunté si había hecho bien en enseñárselas, pero era una buena forma de hacerle partícipe de todo lo que se había perdido y una estrategia para conseguir mantener una conversación.  

·         ¿Y cuándo salgo yo? – protestó Kurt, subiéndose al sillón para mirar por encima del hombro de Andrew.

·         Tus fotos están en el ordenador, enano. Cuando yo era pequeño apenas había fotografía digital y desde luego papá no se lo podía permitir. Ahora hace todas con el móvil.

Papá guardaba todas las fotos que nos hacíamos en el ordenador y en un pendrive, por si acaso se borraban. Alguna muy especial, como cumpleaños y cosas así, las hacía imprimir y las enmarcaba en las paredes de la casa.

·         ¡Pero yo también quiero mis fotos en un libro! – protestó Kurt.

·         Bueno, le diremos a papá que las ponga en un álbum ¿vale? Total, ya tenemos cinco. Veinte más no harán daño – me reí, porque en serio que había muchas fotos.

·         Hum. – refunfuñó Kurt.

·         Eres muy celoso tú ¿no? – indagó Andrew.

·         Ufff, ni te imaginas – respondí por él.

·         ¡¡No soy celoso!!

·         Solo un poquito, enano – le dije, y apreté su costado, cariñosamente. – Ven, baja de ahí, no te vayas a caer. ¿Qué te dice papá siempre de subirse a los muebles?

·         Que me dará en el culo… ¡Pero no estoy alto, solo es un sillón!

·         Cof cof cof ¿qué dijiste? – interrumpió Andrew, con incredulidad.

La verdad, yo tampoco esperaba que Kurt respondiera eso. Esperaba algo así como “que no lo haga”, pero no pensé que fuera a ser tan explícito delante de Andrew.

·         Aun así, los sillones son para sentarse, Kurt, no para escalarlos. Mira si te me rompes y tengo que comprarme otro hermanito plasta – bromeé y le hice cosquillas. Kurt me regaló una de sus risas infantiles, capaces de borrar todas las nubes que tapan el cielo.

·         ¿En serio Aidan hace eso? ¿Le pega? – insistió Andrew. Por lo visto, no estaba dispuesto a dejarlo pasar. Suspiré.

·         Por esto no. Por esto solo le regañaría un poco. Y no es lo que te estás pensando, papá jamás nos haría daño. – le aseguré.

·         ¡No me puedo creer esto! Después de todo lo que…. ¡Yo no sabía que él…! – barbotó Andrew, incapaz de terminar las frases. Se puso de pie y paseó nerviosamente por la habitación. – Siempre creí que con él….pero si resulta que…

·         ¿Quieres calmarte? – pidió Barie. – Es nuestro padre, ¿qué esperabas? Todos los padres castigan a sus hijos. Lo sabrías si fueras uno.

·         No así. No a MIS hijos – gruñó Andrew.

La primera vez en mi vida que Andrew se refería a mí como hijo suyo. ¿Por qué me hacía tan feliz que lo hiciera? Yo ya tenía un padre.

·         ¿Por qué todo el mundo se tiene que enterar de esto? – protestó Barie. – Primero Holly y ahora él. Somos unos bocazas. Mejor lo publico en internet y así se entera ya todo el mundo.

·         ¿Tú no castigabas a papá cuando se portaba mal? – preguntó Kurt, con mucha curiosidad. Él no parecía avergonzado.

Andrew se agachó junto a Kurt y puso ambas manos en sus pequeños hombros.

- Yo nunca pegué a Aidan ni voy a dejar que te pegue a ti.

·         ¡Basta! No hagas esto. Aidan no es un monstruo, mis hermanos no corren ningún peligro con él – le dije. Le observé bien. Parecía de veras preocupado, lo cual era la prueba de que en alguna parte dentro de él, le importábamos.

Andrew me miró fijamente, como si quisiera leerme la mente.

·         ¿Aidan te habló de mis padres? ¿De la clase de personas que eran… que son? Durante mucho tiempo yo también pensé que no corría peligro con ellos.

·         Estás juzgando algo que no conoces.

·         Oh, sí, lo conozco muy bien. Demasiado bien. Pero se terminó, si así van a ser las cosas me encargaré de que…

·         ¿De qué? – le increpé. - ¿De qué te vas a encargar? ¡No tienes derecho a reclamarle nada a mi padre! ¡Tú no estabas aquí! ¡No puedes venir ahora y juzgar la forma en que nos educa!  Hablas de Aidan como si le conocieras, pero no debes de conocerle nada si en verdad piensas que sería capaz de hacernos algún daño. Él no es violento como tú. Jamás nos hablaría como tú le hablaste a mis hermanos hoy y el otro día cuando te enfadaste.  ¿Sabes? Ha criado él solo a once niños y ahora tomó la responsabilidad de cuidar de otro. Dale algo de crédito, que en el marcador ya vais doce a cero.

·         A uno. Yo crié a Aidan, no te olvides.

·         Bueno, me dijeron que no hiciste un buen trabajo. Aunque él resultó siendo una buena persona, así que quién sabe. Yo no quiero pasar este rato juzgándote y lanzándote pullas, pero tampoco voy a permitir que te metas con mi padre. Así que siéntate ahí, mira las fotos y cierra la boca, si no es para decir algo agradable. – le espeté.

No sé de dónde saqué la fuerza para hablarle así, pero se sintió bien. Y creo que surtió efecto, porque Andrew dejó de discutir y volvió a sentarse en el sillón. Abrió el álbum y se serenó bastante, pero alzó la vista para mirarme.

·         Los tienes bien puestos, chico.

Me ruboricé y no dije nada, cohibido.

·         ¿El qué tienes bien puesto, Ted? – quiso saber Hannah.

- Eh… los zapatos, enana – respondí. – Pero tú no, ven que te los ate.

Después de aquello, la conversación siguió sin más tropiezos, comentando las fotos, compartiendo alguna anécdota y en definitiva con una combinación de ilusión y miedo ante la perspectiva de que Andrew estuviera por fin tomándose el interés que ya ni siquiera le reclamábamos, porque nos habíamos rendido.

Tras un rato, sin embargo, alguno de mis hermanos decidió que no querían perdonar la cena y empezamos a oír algunos pasos tímidos bajando las escaleras. Estoy seguro de que Andrew los oyó tan alto y claro como yo, pero no giró la cabeza e hizo como que no se daba cuenta. Eso sirvió para que Cole, Madie, Dylan y Harry se escabulleran escaleras arriba con su sándwich en la mano, pero Zach y Alejandro se quedaron a los pies de las escaleras taladrándonos con la mirada. Zach abrió mucho los ojos al ver que Alice y Hannah estaban sentadas sobre las piernas de Andrew, y Kurt recostado contra su costado.

·         ¿Seguro que no tienes hambre? – le preguntó Barie a Andrew.  – No se tarda nada en hacer un sándwich.

·         No, muchas gracias. Ah, pero vosotros ir a por la cena. Lleváis un rato sin ir a cenar por mi culpa.

·         Podemos cenar aquí, Ted ¿podemos? – pidió Kurt.

·         Está bien. Y podemos ver una peli si queréis. Pero una cortita, que si te vas a saltar la hora de irte a la cama al menos que no sea por mucho.

·         ¡Bieeeeen!

Mis hermanos fueron a la cocina a por la cena, contentos como si fuera Navidad. A los peques era fácil alegrarles, pero sabía que si Barie estaba feliz era porque íbamos a ver una película con Andrew. Definición de “día perfectamente normal con nuestro padre”. Algo que nosotros nunca habíamos tenido.

·         Te piden permiso a ti para todo – comentó Andrew.

·         Cuando papá no está yo soy el mayor… Bueno, ahora es Michael, pero él no lleva tanto como para saber llevar el rancho…

·         No creo que sea solo eso. Aunque Michael llevara aquí años, seguirían preguntándote a ti – afirmó Andrew.

Antes de poderle responder, Alejandro dejó de observar y vino hasta nosotros con pasos acelerados.

·         ¿¡Una película, Ted!?

·         Puedes quedarte si quieres… Será de esas cortas de media hora, que los peques se tienen que acostar…

·         ¡No quiero quedarme! ¡Quiero que él se vaya!

·         “Él” puede oírte perfectamente, Alejandro – intervino Andrew.

·         ¿Sí? ¡Pues entonces vete!

·         No te está haciendo nada, Jandro… - intenté apaciguar. – Vete arriba si no quie…

·         ¡No tengo por qué esconderme arriba como si hubiera hecho algo malo! ¡Él es quien lo hizo todo mal!

Los ojos de mi hermano mostraban más dolor que ira. Quise abrazarle, pero sabía que en ese momento me hubiera rechazado. Tal vez a papá no y deseé, por milésima vez en la noche, que él estuviera allí con nosotros.

·         Ya lo sé, Jandro… Ya lo sé… - murmuré, intentando que solo él lo oyera.- Sé lo mucho que esto duele y te agradezco… te agradezco que no estés poniéndola difícil. Los enanos te necesitan, ¿mm? Necesitan que estés arriba con ellos.

·         Ahí es donde tendrías que estar tú, rata traidora – me gruñó, antes de salir corriendo hacia arriba. Intenté que esas palabras no me afectaran, pero sentí un pequeño aguijón en el pecho.

·         ¿Puedo quedarme? – preguntó en cambio Zach, inseguro.

·         ¡Claro que sí! – le sonreí, y me puse detrás de él, agarrándole de los hombros para ayudarle a acercarse a Andrew.

·         Este es Zach – les presenté, para romper el hielo.

·         Ah, ahora entiendo lo que decía Harry. No os parecéis tanto. – dijo Andrew.

·         Bueno, un poco. De pequeños más. – dijo Zach. Su espontaneidad habitual parecía totalmente perdida en una timidez extraña en él. Le hice sentarse a mi lado en el sofá y en ese momento llegaron los demás con los sándwichs y un montón de guarrerías que habían cogido de la despensa.

·         ¿Habéis asaltado un supermercado? – se rió Andrew, al ver que traían seis bolsas de patatas. Seguramente más de las que podíamos comernos entre todos, teniendo en cuenta que los peques comían menos.

·         Aquí siempre tenemos “provisiones en caso de película” – le dije. – Lo que no entiendo es cómo no somos bolas rodadoras todavía. Papá se rindió hace tiempo con la comida sana.

·         ¡Eso es mentira, me obliga a comer puré y pescado! – protestó Kurt.

·         Sí, y tú nunca te lo comes – replicó Barie.

Zach miraba a unos y a otros con los ojos como platos. Sabía lo que estaba pensando: ¿cómo ha pasado esto? ¿Cómo os lleváis tan bien con Andrew?

Le revolví el pelo intentando que se relajara y pusimos la película. Me tumbé en uno de los sofás con Kurt usándome de almohada, y las enanas se quedaron con Andrew. Zach no sabía dónde colocarse, así que al final se sentó en un puff cerca de mí… pero también cerca de Andrew, que estiró la mano para tirar de una cadena que colgaba de su cuello.

·         ¿Qué es esto? – preguntó con curiosidad.

·         Un…una cruz, de mi comunión… - susurró Zach.

Andrew no hizo ningún comentario y tiró de ella para observarla mejor. La dejó caer, pensativo, y supuse que no lo aprobaba. Hasta donde yo sabía, Andrew no creía en nada. Supuestamente era judío, pero no practicante.

·         Supongo que nada de Jánuca, entonces – comentó, en tono ligero.

·         ¿Tú la celebras? – inquirió Barie, con curiosidad.

·         No. Navidad, si eso, pero no en plan religioso, ni nada.

·         Queda poco para Navidad :D :D – anunció Kurt, como si no lo supiéramos. Sonreí ante su entusiasmo infantil y mi mirada se cruzó con la de Andrew, que hacía lo mismo.

Si podíamos mantener esa relación cordial con él, mi regalo de Navidad había llegado con anticipación. Y el de Aidan, con 38 años de retraso.

·         MICHAEL’S POV-

El camino por los corredores hasta llegar a la celda que te han asignado es una prueba de fuego para los nuevos presos. Mientras el guardia te escolta por los pasillos de la cárcel, el resto de presos gritan a tu paso todo tipo de obscenidades y de amenazas. Si te ven asustado, automáticamente te marcarán como la putita del pabellón. Yo lo sabía y por eso intentaba volverme sordo a cualquier sonido, pero era difícil ignorar el ruido metálico de los barrotes cuando los golpeaban con frenesí.

Dos presos más hacían el camino conmigo, recién llegados también. Uno de ellos tenía bastantes canas blancas en su melena negra y el otro tenía un pelo rubio, casi albino, que me recordaba a uno de los amigos de Ted. Este último parecía aterrorizado, seguramente fuera su primera vez en la cárcel.

·         ¿Qué pasa, negrita? ¿Has sido mala?

·         Carne fresca, muchachos, a este me lo pido yo.

·         Uy, carboncito con ojos azules, como a mí me gustan.

La mayoría de burlas iban dirigidas a mí, no sé por qué. Sabía que no tenía que tomármelo en serio: casi todos los presos van a lo suyo y no quieren pelea, menos con alguien a quien no conocen. Solo se entretenían así, marcando territorio y asegurándose de dejar claro que tenías que respetarles porque ellos estaban allí primero. En realidad no eran un peligro para mí, ni se sentían sexualmente atraídos porque ni siquiera el diez por ciento sería homosexual de verdad. Yo sabía eso y no dejaba de repetírmelo, pero mi cerebro trabajaba rápidamente trayéndome horribles recuerdos de unas manos grasientas en una ducha.

Logré llegar a mi destino sin demostrar lo aterrorizado que estaba. Pensé que nos pondrían a los tres nuevos en una misma celda, pero a mí me ordenaron detenerme antes que a los demás.

·         Entra, recluso.

“Recluso”. “Interno”. Esos serían mis nuevos nombres mientras estuviera allí, al menos hasta que algún guardia hiciera el esfuerzo de aprenderse mi apellido. Aquella no era la misma cárcel en la que había cumplido sentencia la primera vez, no conocía a nadie. Me pregunté si Pistola lo habría hecho aposta para separarme de Tonny y de todo aquél con el que había logrado cierta afinidad. Por supuesto que sí.

Cuando la puerta terminó de abrirse, entré a la celda. Era una habitación más o menos del mismo tamaño que la que compartía con Ted y los demás en casa de Aidan. Allí también había dos literas, pero era mucho menos acogedor que el cuarto de mis hermanos.

Tres de las camas estaban ocupadas. Había luz en la celda, pero los tres tipos estaban tumbados y no eran más que bultos informes desde mi ángulo. Tragué saliva y caminé hacia la cama que quedaba libre y por tanto la mía. La puerta se cerró detrás de mí con un desagradable ruido metálico.

Durante unos segundos, dudé sobre si debía saludar o no. No sabía la clase de personas que iba a tener como compañeros de celda, pero normalmente no pasaba nada por saludar.

·         Hola. Soy… M. – me introduje, recuperando mi viejo nombre de presidiario.

·         Pinzas. – dijo una voz ronca, desde una de las literas de arriba. Nadie se asomó, así que no pude ver cómo era.

·         Hamilton. – dijo un hombre de mediana edad, asomando la cabeza por la otra litera superior. Usaba su apellido como nombre, al igual que el otro usaba un apodo. Tenía un agujero en la oreja derecha, de una dilatación que ya no llevaba.

·         George – se presentó un hombre de unos cuarenta años, con acento británico, en la litera inferior derecha. Él usaba su nombre de pila, aunque tal vez fuera un nombre falso. George le quedaba bien, de todas formas.

Solté el aire que había estado conteniendo. Ninguno de ellos era especialmente terrorífico.

·         ¿Tu primera vez en la cárcel? – aventuró Hamilton.

·         No… La segunda, y antes estuve en varios reformatorios.

·         Vaya. Largo historial para alguien tan joven. ¿Qué tienes, diecinueve?

·         Dieciocho.

·         Hamilton, cierra el pico. Te dije que me duele la cabeza – protestó la voz ronca.

Hamilton se calló en el acto y apoyó la cabeza en la almohada, lo cual me indicó que el tal “Pinzas” era quien mandaba en aquella celda. Me tumbé sobre la cama y guardé silencio por varios minutos, pero había cosas que necesitaba saber.

·         ¿Por qué están las puertas cerradas? Aún no ha sido la cena ¿no?

Tal vez parezca raro, pero en la mayoría de las cárceles las celdas no están siempre cerradas. Solo por la noche. Tampoco se organizan exclusivamente en celdas, a veces hay pabellones abiertos donde duermen diez o quince personas juntas. Había tenido la esperanza de ir a parar a uno de esos, me hacían sentir menos encerrados, pero ni en eso tenía suerte.

·         No, es en media hora – me confirmó George. – Pero hubo altercados esta tarde y cerraron las celdas.

·         No he podido ver el partido – se quejó Hamilton.

·         ¿Queréis callaros de una maldita vez? –  dijo la voz ronca. Esa vez, Pinzas asomó la cabeza y pude ver a un hombre calvo con rostro serio y alguna arruga. Estaría entre los cuarenta y cincuenta años. – Dejar de darle palique al nuevo. No va a durar mucho de todas formas.

·         No seas así, Pinzas. No hay necesidad de asustarlo – protestó George.

·         Haría bien en tener miedo. Joven y guapo, hay un par de tipos aquí que se pelearán por él. – replicó Pinzas, hablando como si yo no estuviera presente, pero entendí el mensaje alto y claro. En la otra cárcel ya había aprendido esa lección a la fuerza. Entre esas rejas había pervertidos con preferencia por los niños, y yo era lo más parecido a un niño que había por ahí. Además, podía considerarme atractivo, y a falta de mujeres unos cuantos presos podían probar suerte conmigo, sobre todo si les tocaba mucho las narices y querían darme una lección. Lo mejor era mantener un perfil bajo durante el tiempo que tuviera que estar allí.

·         No te preocupes, chico. Aquí cada uno va a lo suyo. Nadie te hará nada – me aseguró George. Inmediatamente establecí que ese tipo me caía bien. Nota mental: no separarse del británico.

·         Como regalo de bienvenida, te diré que no te acerques al pabellón trece, o a la última mesa del comedor. – me aconsejó Hamilton. – Ahí están los neonazis y opinan que la cárcel es de los blancos.

·         Copiado. – respondí y solté un largo suspiro. La cárcel nunca era sencilla, pero después de haber conocido la vida con Aidan se me hacía diez veces más duro. Era como pasar de un palacio a una alcantarilla.

Estuvimos en silencio hasta la hora de la cena. Las celdas se abrieron  y un celador nos hizo salir y colocarnos frente a la puerta. Teníamos que ir todos en fila y ordenados.

Camino al comedor, volví a escuchar algunos comentarios burlones de bienvenida. La primera vez que estuve en un reformatorio y me tocó escuchar esa sarta de gilipolleces, me extrañó que el guardia no dijera nada, ni les mandara callar. Años después, Tonny me explicó que si nos defendían de un par de insultos nos marcarían como objetivos, como si fuéramos protegidos de los celadores. Además, tenían que elegir qué batallas valía la pena luchar o estarían todo el día enfrentándose con los presos.

La comida en las cárceles se servía en bandejas, como un autoservicio. Los presos ayudaban a cocinarla y la servían. Es cierto que no era gran cosa, pero tampoco estaba tan mal como decían. El gobierno les obligaba a que fuera una comida decente. Lo que no siempre funcionaba tan bien era el recuento de las necesidades alimenticias de cada uno.

·         No puedo comer esto – susurré, cuando me sirvieron una hamburguesa de aspecto grasiento.

·         ¿Por qué no? – gruñó el tipo que me la había servido.

·         Soy diabético.

·         ¿Eso significa que no comes carne? Putos veganos de mierda.

·         No, pero tengo que tener cuidado con el azúcar y las grases, y ya me salté la dieta hoy a la tarde. No puedo cenar un zumo procesado, una hamburguesa y algo que intenta ser un flan, o me dará un pico de azúcar y…

·         No me cuentes tu vida, princesa – me cortó el tipo. – Cómelo o no lo comas, a mí me da igual. No nos han dado un menú de diabético. Seguramente mañana ya esté listo.

Guardé silencio y caminé con mi bandeja en busca de un sitio donde sentarme. No sabía si podía ir a la mesa de George y los demás, no me convenía acompañarles si no era bienvenido. Pero George me indicó con un gesto que me podía acercar. Realmente había tenido suerte de que me pusieran con ese hombre. Sonreí con algo de alivio y me senté a su lado.

·         ¿Problemas con la comida? – me preguntó.

·         Mmm. – me encogí de hombros. No quería ser un quejica. Cogí el flan y me dije que de todos modos no tenía hambre. Comería eso y nada más y ya desayunaría a la mañana siguiente.

Resulta que saltarme la cena no fue una buena idea. Esta es la cosa con la diabetes: no necesitas una comida especial, puedes comer de todo, en teoría, pero tienes que enfocarte en lo saludable. Nada de comidas procesadas ni de grasas saturadas. Tenías que mantener estable tu nivel de azúcar en sangre. La mayoría de personas diabéticas no logran hacer eso por sí mismos y por eso necesitan insulina. A veces, si no te calculan bien la dosis de insulina, te puede dar una hipoglucemia, es decir, poco azúcar en la sangre. Esto también le pasa a las personas “normales” cuando no comen. Y es lo que me pasó a mí aquella noche. Después del día intenso que había tenido habría hecho mejor en comerme la maldita hamburguesa grasienta que en no tomar nada. Cuando me levanté de la mesa, me noté mareado.

·         ¿Qué te pasa, chico? – preguntó George, al ver que me volvía a sentar.

·         Nada, me mareé un poco.

·         Espera, te traeré agua.

El comedor se fue despejando de gente, mientras George hablaba con uno de los guardias. Lo hizo con discreción, de modo que nadie se enteró de mi repentino malestar. Realmente me había tocado la lotería con aquél británico. El guardia se fue, imagino que a por el vaso de agua y George se acercó a mí con una sonrisa tranquilizadora.

·         Gracias, tío, yo… - comencé, pero un fuerte golpe en el estómago me dejó sin aire y me impidió continuar. Tosí, con sorpresa y dolor. Miré a George sin entender nada.

·         Pistola te envía saludos, mocoso – me susurró, y me agarró del pelo para obligarme a levantar la cabeza. Me empujó contra una columna y me clavó un tenedor en el hombro. Solté un grito, porque lo había clavado profundo.

Me soltó y me dejé caer hasta sentarme en el suelo. George se marchó sin decir nada más y supe que la había sacado barata. Que había sido solo una toma de contacto, como una forma de mostrarme que Greyson había comprado a varios de los presos de ahí dentro. Por eso la mayoría de insultos se habían dirigido hacia mí. Por eso George se había fingido amable, para después atacarme cuando estaba desprevenido.

Cerré los ojos con fuerza, intentando no llorar, y me saqué el tenedor del hombro con un gemido de dolor. El guardia entró en ese momento, con una botellita de agua en la mano. Se asombró de verme en el suelo y avisó por radio a sus compañeros.

·         ¿Qué ha pasado, recluso?

·         Tropecé – susurré, mirando al suelo. Los chivatos no viven mucho tiempo en la cárcel.

El guardia me miró como diciendo “sé que me mientes, y si no me dices lo que pasó no puedo hacer nada a pesar de que tengo una idea bastante clara de quien te hizo esto”. Me limité a coger la botella de agua y dar un sorbo.

·         Necesito ir a la enfermería a por insulina, soy diabético.

·         Sí. También sería buena idea que te echen un vistazo a ese hombro. Debiste clavarte un tenedor al tropezar – me dijo, con mucho rintintín. Asentí, y tomé la mano que me tendía para ayudarme a levantar.

Estaba tan ensimismado por todo lo que había pasado que casi dejo que el enfermero me pinche la insulina de verdad.

·         ¡Espere! Tengo el azúcar bajo, apenas he comido…

El hombre me miró sin creerme del todo y sacó un medidor de azúcar. Me pinchó en el dedo y así se confirmó que tenía el azúcar por debajo de lo normal. Cambió la insulina por un par de caramelos, de los blanditos que le gustaban a Hannah. Cerré el puño alrededor de ellos, nostálgico.

·         ¿Tiene hijos? – le pregunté al enfermero. Me miró entre extrañado y preocupado. Cuando un preso te pregunta eso muchas veces esconde una amenaza detrás. Decidí explicarme. – Por los caramelos, digo. Parece que esté siempre preparado.

Me sonrió ligeramente.

·         Sí, tengo dos.

Me recliné sobre la camilla, mientras esperaba a sentirme un poco mejor. Él aprovechó para bajar el cuello de mi camiseta y echar un vistazo a mi hombro.

·         Quítatela, voy a desinfectarte eso.

Me saqué la camiseta sin poder reprimir un gesto de dolor. El enfermero me echó una mirada compasiva y se giró un momento para mirar mi expediente.

·         No tienes problemas de adicción… Entonces creo que podré darte un analgésico. Esa herida está fea, pero no creo que necesite puntos. Sí te voy a poner una gasa y un esparadrapo y mañana quiero echarle otro vistazo.

Asentí y le dejé hacer, siseando un poco cuando desinfectó la herida, porque escoció. Después llamó para que fueran a por mí a llevarme a mi celda y, mientras esperaba en la camilla a que llegara el celador, se me escurrieron un par de lágrimas silenciosas. Lo hubiera dado todo por poder dormir allí aquella noche y no volver a la celda donde estaba George.

·         AIDAN’S POV –

Había sido un viaje muy largo. Dos horas de ida y dos de vuelta, más el tiempo que había pasado allí, intentando recomponerme. Al llegar a casa me abrumaron el cansancio y la culpabilidad. Culpabilidad por haber dejado solos a mis otros hijos. Por la hora que era, ya debían estar acostados.

Abrí con el mayor sigilo del que fui capaz. Ted no se había acordado de dejar encendida la luz del salón. Era normal, yo no solía volver a horas que requirieran hacerlo. Intenté no tropezar con nada hasta llegar al interruptor. Casi me da un infarto cuando, al iluminar la habitación, vi a alguien durmiendo en el sofá. Tuve que contener un grito al ver que ese alguien era Andrew. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué hacía en mi casa?

Me acerqué a él con ganas de despertarle, pero sin atreverme a hacerlo. Le observé dormir durante un rato, recordando la infinidad de veces en las que había sido yo quien dormía en el sofá, esperando a que él volviera. Algunas noches no volvía y siempre me asaltaba el temor de que le hubiera pasado algo.

¿Para qué había ido? ¿Por qué mis hijos no me habían llamado para avisarme?

¡Mis hijos! ¿Dónde estaban? ¿Estaban bien? ¿Les habría hecho algo? Subí las escaleras de dos en dos, diciéndome que Andrew no era peligroso. Ni siquiera cuando bebía y esa vez parecía sobrio.

Cuando no vi a nadie en la habitación de Ted sentí que mi mundo se derrumbaba de nuevo, cuando apenas había logrado recomponerlo lo suficiente como para dejar de llorar. Recorrí una por una todas las habitaciones, respirando con dificultad por cada nuevo cuarto vacío que encontraba, hasta que finalmente llegué al mío… y allí estaban todos.

En mi cama dormían los más pequeños, hasta Barie y Madie. Incluso Dylan había roto su regla de no compartir la cama. Mi colchón era extragrande, más que una cama de matrimonio normal, pero aun así estaban bastante apretados. A ambos lados de mi cama había dos colchones donde dormían Harry, Alejandro, Zach y Ted. Ver a todos mis hijos juntos me conmovió de una forma inesperada. Era como si mi cuarto fuera el refugio oficial al que ir cuando las cosas se torcían. Cuando la policía se llevaba a un hermano y tu padre ausente decidía de pronto dormir en el sofá.

Tenía tantas preguntas que hacer… Pero no quería despertar a nadie. Me descalcé en la entrada del cuarto y dejé los zapatos junto a la hilera de zapatillas correspondiente a mis hijos. Decidí que por un día no pasaba nada si no me ponía el pijama y me limité a quitarme la camiseta. Me hubiera quitado también los pantalones para dormir en calzoncillos de no haber estado también Barie y Madie. Que luego se quejaban porque según ellas me gustaba avergonzarlas.  

Busqué un hueco en el que poder meterme y vi que donde mejor cabía era en el suelo, en el colchón de Zach y Ted o en el de Harry y Alejandro. Me extrañó esa distribución, y de alguna manera algo me dijo que quienes más necesitaban mi compañía eran Harry y Jandro. Pero antes quería dar un beso a los demás, así que me escurrí por los huequitos para desear buenas noches a cada uno de mis hijos, incluso cuando ellos no pudieran oírme. Por desgracia, no había mucho espacio, y me tropecé con los pies de Zach para casi caerme encima de Ted. Zach protestó un poco pero no llegó a despertarse. En cambio Ted abrió los ojos de golpe.

·         ¡Papá!

·         Shhh… Perdona, hijo, no quería despertarte.

Ted giró la cabeza para intentar ver la hora en mi despertador. Parecía algo confundido, pero tras parpadear un par de veces, terminó de ubicarse.

·         Estuvimos viendo una peli y cuando subí con los enanos los demás ya estaban aquí. No había manera de que fueran a su cuarto así que traje un par de colchones y… nos dormimos aquí.

·         Me parece bien – respondí. – A mí tampoco me apetecía dormir solo.

·         No deberías tener un cuarto tan grande. Si fuera más pequeño no te podríamos invadir.

·         Para eso precisamente lo tengo – sonreí. – Siento haberme perdido la fiesta de pijamas.

·         No hubo fiesta – murmuró Ted. – No había ánimos… No sé… no sé si viste…

·         Es un poco difícil no verlo. Está en el sofá, justo en el centro del salón. – respondí, con calma. Necesitaba una explicación, pero no tenía fuerzas para reclamar nada.

·         Se presentó de pronto y…y yo…

·         Ted, podemos hablar de esto mañana – le dije. Él estaba cansado, yo estaba medio muerto. – Solo respóndeme a algo. ¿Estáis bien? ¿Os ha hecho algo?

·         No, papá, no ha hecho nada. Ha sido… Hemos pasado un buen rato. Al menos, los que han querido estar con él. Vimos fotos, y una película…

Intenté asociar eso con el Andrew que yo conocía. Tal vez, en sus mejores días… No, ni siquiera entonces. No le gustaban los niños pequeños y nunca le había visto interesarse por las fotos, ni siquiera las de sus hijos.

·         ¿Fue amable con Alice?

·         Y con Kurt. Y con Hannah. Con Barie, conmigo. Con Zach, cuando quiso bajar. Fue… mañana te lo cuento… Dijo que vino porque se enteró de lo de Mike… Quería esperar a que vinieras y se empeñó en esperarte en el sofá. Cuando bajé hace un rato a ver si habías vuelto, vi que se había dormido.

No sabía qué responder ni cómo tomarme todo aquello, así que me limité a asentir. Le besé en la frente y le acaricié el pelo.

·         No pude ver a Michael. – le dije. – Pero mañana sí, en la vista.

·         Vendrá a casa. Tiene que volver a casa.

·         Eso espero. Buenas noches, Teddy. Intenta dormir, ha sido un día largo – murmuré, y me levanté para ir con Alejandro y Harry. No escuché ningún “no me llames Teddy”, lo cual era una señal de que las cosas no estaban bien. Ted no estaba de humor ni para protestar como siempre lo hacía.

Me dejé caer sobre el colchón, pasé un brazo alrededor de Jandro y quedé dormido casi al instante.

***
N.A.: Perdón, perdón por la tardanza. Y por dejar a Michael así u.u   Para los que me piden un final feliz, tranquilos, que lo tendrá :3

Este capítulo se lo quiero dedicar a Lady, porque le debo un regalo de cumpleaños y porque siempre es muy buena conmigo


3 comentarios:

  1. ¡Genial! ¡Magnífico! Te diría que me encantó, pero fueron demasiadas cosas. Literalmente me estremecí cuando le clavaron el tenedor a Michael. Es cierto que leído cosas mucho peores, pero lo tuyo es la sorpresa. Una narrativa en tono familiar y de pronto la sangre y el dolor! Pero no es crítica, al contrario. La única crítica es por dejarnos en tal suspenso! Muchas gracias por escribir estas maravillas.

    ResponderBorrar
  2. genial, genial Dream¡¡¡¡¡¡ Eres maravillosa escribiendo.Has estado muy ocupada ( y muy inspirada) con este capitulo tan largo. Ya me está empezando a caer bien Andrew. Tengo la sospecha que tuvo que actuar así de abandonico con sus hijos por sus negocios oscuros o un pasado que lo ronda muy negativamente y por eso alejó a sus hijos. Qué decirte de esos misteriosos unicornios, ahí hay gato encerrado. Eres una escritora genial. Ayuda a Michael plisssss. Y qué pasa con la salud de Kurt. Ojala ese hecho acerque a Aidan y Andrew. Y que los dos enfrenten a Greyson y lo hagan mierda¡¡¡¡ uh perdón lo hagan puré.
    Siempre esperando tus actualizaciones. Graciela

    ResponderBorrar
  3. Que capítulo tan más bueno fue este!!
    Muy lindo lo que escribes y con tantas emociones que uuff!!
    Voy a seguir leyendo porque me muero por saber como le fue a Michael!!! es mi personaje favorito!!

    ResponderBorrar