sábado, 7 de noviembre de 2020

CAPÍTULO 122: Fin de semana (parte 8): Ajuste de cuentas


CAPÍTULO 122: Fin de semana (parte 8): Ajuste de cuentas

Harry respiraba profundamente, pero aún no estaba dormido. Podía ver sus ojos abiertos en la penumbra. Su expresión era de cansancio y tristeza, con algo de vulnerabilidad, ya que al parecer había vomitado y mi hermanito siempre se aniñaba cuando ocurría eso. Todos nosotros, en realidad, nos volvíamos unos enfermos muy infantiles. Papá tenía la culpa de eso, por hacernos mimodependientes.

Estiré el brazo y le acaricié la cabeza. Automáticamente se aovilló sobre sí mismo, como si fuera necesario hacerse pequeñito para disfrutar mejor de aquel contacto.

-         Tengo suerte de que seas mi hermano – dijo de repente.

 

-         Ow. Y yo de que seas el mío, enano – respondí. – Pero qué tierno eres.

 

-         Jo, Ted – protestó, avergonzado, y se tapó con la manta.

 

-         No es nada malo. No sé por qué no dejas que tu lado tierno salga a pasear más a menudo.

Harry se encogió de hombros y se destapó, solo un poquito.

-         Estoy demasiado ocupado metiéndome en líos – me respondió, con una media sonrisa. Se la devolví y le di un empujoncito amistoso.

 

-         Sí, eso ya lo veo.

 

-         Papá me va a matar – susurró, con un puchero.

 

-         Nah. No mientras estés malo y cuando te sientas mejor se le habrá olvidado – repliqué.

 

-         Como si eso hubiera pasado alguna vez – refunfuñó. – Aunque bueno, no creo que nunca antes alguno se haya puesto a vomitar en mitad de un castigo…

 

-         No, has sido el primero – le confirmé, en tono casual, para intentar restarle importancia. - ¿Cómo te encuentras?

 

-         No creo que vaya a devolver más… Pero me duele la cabeza.

Coloqué la mano en su frente para medirle la temperatura. Estaba caliente, pero no sabía si tanto como para tener fiebre. Papá le pondría el termómetro después, lo más seguro.

-         Siento cómo te tratamos ayer – murmuró, en voz muy baja.

 

-         ¿Uh?

 

-         Ya sabes… Cuando estabas usando el cerebro por nosotros y tratando de que no bebiéramos.

Le sonreí.

-         No me salió muy bien.

 

-         Siento cómo te tratamos – insistió.

 

¿Quién dijo que los hermanos dejan de ser adorables cuando llegan a la adolescencia?

 

-         No pasa nada, Harry.

 

-         Gracias por… por cuidar de mí, supongo – se ruborizó.

 

-         Es mi trabajo – le aseguré. – Espantador oficial de monstruos del armario, atador de cordones desabrochados con tendencias homicidas, defensor ante padres cabreados y, ahora, por lo visto, emisor de publicidad antialcohólica personalizada.

 

Harry se rio por esa forma de enumerar algunas de mis tareas como hermano mayor.

 

-         ¿Me tocará hacer todo eso con Alice? – preguntó.

 

-         Por supuesto. Y desde ya vete preparando, porque me la imagino rebelde, rockerita y enamoradiza.

 

-         ¡Sí, hombre! ¡Antes le rompo la cara a todo el que se quiera acercar a ella! – se indignó con la imagen mental de nuestra hermanita rodeada de chicos.

 

-         Pobre Alice, con tantos hermanos y hermanas sobreprotectores, no va a tener novio hasta los treinta – me reí.

 

-         Los cuarenta mejor – bufó.

Empecé a responderle, pero me interrumpí al ver a Zach en la puerta. Miraba al suelo y se frotaba el brazo, con una timidez poco propia de él, pero comprensible dadas las circunstancias, ya que según creía papá acababa de castigarle.

-         Ey, enano – le saludé.

 

-         ¿Ya está? – preguntó Harry, mucho menos sutil.

 

Zach se mordió el labio y asintió. Después se acercó a la cama y se tumbó con nosotros.

-         Bueno, has sobrevivido – le hice notar.

 

-         ¿Papá estaba muy enfadado? – quiso saber su gemelo.

 

-         Menos que ayer – respondió Zach. – Y que esta mañana. No ha sido tan malo como pensé…

 

-         Porque tú no habías bebido nunca – respondí. – Jandro y Michael están fritos.

 

-         Pero Michael ya es mayor – protestó Zach.

 

-         No tiene veintiuno.

 

-         Pfff. Si los chicos de clase vivieran con papá, ninguno bebería – dijo Zach.

 

-         No, tiene métodos muy convincentes – refunfuñó Harry.

 

-         ¿Muchos de vuestros compañeros beben? – me interesé, procurando sonar menos preocupado de lo que me sentía.

 

-         No muchos. La mayoría han empezado este año y otros solo dicen que lo han hecho para no quedar mal. Igual son cuatro o cinco los que sí han bebido.

 

Resoplé.

 

-         Siguen siendo demasiados – repliqué. Trece años. Madre mía. – Sé que no queréis oírlo, pero papá tiene razón al oponerse a que bebáis. Le da miedo que os generéis una adicción, pero no es solo por eso. Aún sois muy jóvenes para tomar alcohol. Puede haceros daño al cuerpo… y a la mente. Si os acostumbráis a beber para divertiros o para sentiros más valientes o más tranquilos, no aprenderéis a manejar bien esas emociones. Hay gente que no es alcohólica, pero que no sabe relacionarse con sus amigos o enfrentarse a ciertos problemas si no hay bebidas de por medio. Con vuestra edad podéis hacer cosas que cuando seáis más mayores igual ya no os resultan tan interesantes… Disfrutad de este momento y ya habrá tiempo para irse de copas, ¿bueno?

 

-         Ya sé. Solo quería probarlo, Ted. Pero no voy a beber cada vez que salga. En el colegio nos contaron que si bebemos ahora podemos fastidiarnos el cerebro. Que aún no está desarrollado del todo y eso. Y que no nos conviene que se desarrolle bajo la influencia del alcohol – dijo Zach.

 

-         Y aún sabiendo todo eso y lo que piensa papá al respecto, ¿probarlo te pareció buena idea? – pregunté, con algo de escepticismo. - Si queréis rebelaros un poco, ved pelis para mayores o saltaros la hora de dormir, pero no seáis tan drásticos.

 

-         Pero no nos eches otro sermón – protestó Harry.

 

-         Perdona, enano. Tienes razón. Además, tu deberías estar descansando. Y tú también, Zach. Seguro que tienes sueño. No creo que sea la noche en la que más hayáis dormido.

 

-         Pero está Blaine…

 

-         Os despertaré antes de que se vaya – prometí y ya no hubo más objeciones, porque en verdad debían de estar cansados.

 

-         AIDAN’S POV –

 

 

Cundo llegué al salón descubrí que el grito de Dylan podía tener varias causas. Mi hijo estaba sentado en el suelo, con las manos en las orejas y balanceándose, molesto por el ruido atronador que llegaba desde el garaje. Alguien debía de estar tocando la batería de Ted.

 

Estaba bastante seguro de que Dylan no me habría llamado solo por eso, sin embargo. Ya habíamos hablado alguna vez de que, cuando sus hermanos hicieran alguna actividad ruidosa que le incomodara, había muchos lugares de la casa a los que podía ir para estar más tranquilo, empezando por mi cuarto y continuando por el jardín.

 

Su grito debía deberse entonces a la extraña posición en la que estaba Leo, el gatito, que colgaba de una de las cortinas. La tela se había rasgado y todo indicaba que sus uñas se habían quedado atrapadas. Se revolvía, nervioso, y así no conseguía soltarse, sino tan solo atraparse más y tal vez hacerse daño. Me acerqué corriendo y le ayudé a liberarse, llevándome un buen zarpazo en el proceso.

 

-         ¡Assh! – siseé, por el escozor. – No te enfades conmigo, no tengo la culpa de que te hayas enredado, bichito. A ver, déjame que te mire la patita…

 

No tenía nada, menos mal. Debía pensar una forma de mantenerle alejado de las cortinas, aunque quizá había terminado ahí por accidente. A veces saltaba de un mueble a otro y no calculaba bien y se agarraba a cualquier cosa que pillara por en medio.

 

-         Eres un bebé aún, no quieras dar saltos de gato grande – regañé, divertido, mientras la acariciaba. – Qué manía tenéis todos con crecer deprisa.

 

Le dejé en el suelo y él se lamió las patitas. Soltó un maullido y fue a refugiarse en el sofá, su territorio principal.

 

Solucionado el problema más apremiante, me acerqué a Dylan, que parecía algo menos tenso, aunque no había destapado sus oídos.

 

-         Ya está, campeón. Leo está bien. ¿Te molesta el ruido? ¿Quieres que saquemos tus dinosaurios al jardín? – pregunté, al ver que era eso con lo que estaba jugando.

 

-         N-no. Quiero t-tocar.

 

-         ¿La batería? – me extrañé. - ¿Quieres tocar la batería?

 

Dylan asintió y, cuando me recuperé de la sorpresa, sonreí. Era bueno que se interesara por cosas nuevas.

 

-         Pues vamos, campeón. Pero va a sonar muy fuerte, ¿sí? ¿Estás preparado?

 

Dylan volvió a asentir y le di la mano para que se levantara del suelo. Me agarró y me miró los arañazos que me había hecho Leo.

 

-         T-tienes que echarte Betadine – me instruyó, muy serio.

 

-         Es verdad, peque. Espérame aquí – le pedí.

 

Realmente no me parecía necesario curarme una herida tan pequeña, pero debía predicar con el ejemplo, así que fui a buscar el desinfectante y me eché un poco. Después, regresé con mi enano y le llevé al garaje.

Kurt estaba sentado sobre las piernas de Blaine golpeando la batería mientras atendía a sus indicaciones. Me hubiera encantado observarles durante un rato, pero mi bebé reparó en mí enseguida.

-         ¡Papi! ¡Mira, mira, estoy tocando!

 

-         Ya lo veo, campeón. Qué bien suena.

 

“Qué ruido infernal, querrás decir”.

“Calla. Ese ruido infernal… digo, esa música celestial, la está haciendo mi bebé”.

-         Os traído otro músico – anuncié.

Dylan dio un paso vacilante hacia Blaine y él le sonrió.

-         ¡No, ahora estoy yo! – protestó Kurt, arrugando los labios.

 

-         Pero podéis turnaros, cariño – le indiqué.

 

-         ¡NO!

Tuve la intuición de que aquello no era por la batería, sino celos porque quería a Blaine solo para él.

-         Kurt… tu hermano también quiere tocar.

 

-         ¡Yo me lo pedí primero!

 

-         Y nadie te está echando, campeón. Pero tú ya has estado un rato, ¿sí? Deja que Dylan pruebe ahora y así le enseñas todo lo que has aprendido.

 

-         ¡NO! – insistió mi bebé, emberrenchinado.

 

-         Anda, enano. Deja que pruebe - me apoyó Blaine, pero eso resultó ser peor, porque Kurt se alteró más, confirmando mi sospecha de que era a Blaine a quien no quería compartir.

 

-         ¡NO, NO, NO, NO!

 

-         Sin gritar, hijo – le pedí y me agaché a su lado. Le puse de pie y agarré sus manos para captar su atención. – ¿De quién es la batería? – pregunté.

 

-         Snif… De Tete.

 

-         Pero él te la deja, ¿verdad? Es suya, pero no le importa que sus hermanitos la toquen. Todos ellos. Tete también se la deja a Dylan, campeón.

 

-         Snif… Dylan es tonto – declaró, frunciendo el ceño.

 

-         No se insulta – regañé. Kurt notó que le hablé con más firmeza, así que agrandó su puchero. – Pídele perdón.

 

-         Snif… snif… perdón, Dy… snif…

 

Le acaricié la mejilla y besé su frente, a modo de recompensa.

 

-         Muy bien, tesoro. Shh. No llores. No hay por qué llorar. Puedes seguir jugando con Blaine y tocando la batería, ¿mm? Solo que con Dylan también.

 

-         Snif… eno.

 

-         Ese es mi campeón – sonreí y le apreté en un abrazo. - ¿Me enseñas lo bien que tocas? ¿Y le decimos a Dylan lo que tiene que hacer?

 

Kurt asintió y volvió a sentarse sobre Blaine, como para remarcar que aquel lugar era suyo. A Blaine no pareció importarle.

 

Me quedé unos minutos observándoles tocar y, cuando me cercioré de que Dylan podía manejar el estruendo, les dejé solos. Era hora de hablar con mis dos últimos condenados.

 

Alejandro y Michael estaban en su habitación, tirados cada uno sobre su cama. Aunque la puerta estaba abierta, llamé para hacerme notar y Michael empezó a entonar una melodía fúnebre.

 

-         No creo que sea momento de hacerse el gracioso – le reprendí.

 

-         No era un chiste, es que siempre quise música en mi funeral.

 

Rodé los ojos. No tenía remedio.

 

-         No va a morir nadie hoy. Pero sí tengo que hablar seriamente con vosotros.

 

-         No sabíamos que tenía una gradación tan alta, ¿vale? – resopló Michael. – Y no tendríamos que haber dejado que bebieran los enanos. Pero mejor con nosotros a en la calle con sus amigos.

 

-         Sus alegatos suicidas no me representan – se apresuró a decir Alejandro.

 

-         No tendríais que haber bebido, ni ellos ni vosotros. Ninguno tiene la edad legal – les recordé, como si no lo supieran. – No se trata de que beban en casa para que no beban solos. Se trata de que no lo hagan y punto. Y, desde luego, no me gusta que les invitarais a hacerlo en lugar de alejarles del alcohol, pero no estáis en líos por eso. Aquí cada uno es responsable de lo que hizo cada uno y ellos no debieron ni acercarse a la botella. Pero vosotros tampoco. Y no es la primera vez que tenemos esta conversación.

 

Les miré fijamente, primero a uno y luego a otro y Alejandro se estremeció. Destensé la mandíbula, relajé mi postura e hice lo posible porque mis ojos reflejaran calma y seguridad.

 

-         No tengas miedo. No estás en tantos problemas como la última vez. En esta ocasión no hay tartas de marihuana involucradas.

Alejandro espiró ruidosamente, visiblemente aliviado.

-         Ambos sois reincidentes, sin embargo, por eso no voy a ser suave con vosotros. Además de la “charla” que vamos a tener enseguida, los dos estáis castigados sin salir hasta tu cumpleaños, Alejandro.

 

-         ¡Pero eso es dentro de un mes! – protestó Michael.

 

-         Veinticinco días – corregí.

 

-         No puedo estar encerrado tantos días, me voy a morir – insistió Michael. No recordaba haberle dejado sin salidas durante tanto tiempo. No solía hacerlo y, en cualquier caso, rara vez pasaba de dos semanas. Además, en ese momento él no tenía obligaciones fuera de casa, así que no tenía excusas para salir a tomar el aire.

 

-         Tenemos un estupendo jardín para que no te marchites – bromeé.

 

A veces soy imbécil y mi cerebro es más lento que mis labios.

 

-         En la cárcel también me dejaban salir al patio a que me diera el sol – me espetó. – Seguía sintiéndome encerrado. Pero no te preocupes, estoy familiarizado con la sensación.

 

-         Michael… - suspiré. – No estarás encerrado. Pero necesito causaros una impresión que os haga ver que voy en serio con esto.

 

-         Ya nos vas a zurrar, ¿no? – bufó.

 

-         Sí, pero por lo visto con eso no es suficiente – repliqué. – Hijo… Esto no es una cárcel y nunca lo será.

 

-         No es para tanto, Michael – intervino Alejandro. – No te ofendas, pero tampoco sales mucho. No tienes muchos amigos, que digamos. Ni yo, ya que estamos. Y los castigos de papá nunca incluyen las salidas familiares.

 

Me quedé pensando en aquellas palabras. Que Michael no tuviera amigos era lógico, por desgracia, ya que no se había criado allí, ni iba al colegio ni se había crecido en ambientes que permitieran un buen círculo de amistades. Pero Alejandro tampoco tenía un grupo estable. A veces salía con algunos compañeros, pero no existía entre ellos el grado de amistad que Ted podía tener con Mike y Fred.

 

Yo tampoco había tenido amigos a su edad. ¿Es que Jandro y yo nos parecíamos hasta en eso? Mi hijo, por lo menos, tenía varios hermanos con los que pasar el rato, así que quería pensar que no se sentía solo, pero me pregunté a que se debía esa falta de relaciones.

 

“Tiene a Trevor y a ese otro chico, Liam. Y luego a John, aunque no me agrada mucho y desde la fiesta menos. Tal vez deba insistirle para que salga con Trevor al cine… cuando no esté castigado”.

 

-         Prometiste que me llevarías al gimnasio – me recordó Michael, aún resentido.

 

-         Si te portas bien durante la primera semana, lo haré. Tu hermano tiene razón: no es para tanto. Solo incluye salidas en solitario. A todos los sitios a los que vayáis en estos días, iréis conmigo.

 

“En realidad, estoy siendo un blando” pensé, para mí.

 

-         Buff. Genial, lo que me faltaba. Niñera incorporada.

 

-         Suficiente. No te conviene quejarte demasiado – le dije.

 

-         Pero para mi cumpleaños sí podré, ¿no, papá? - preguntó Alejandro.

 

-         Sí, campeón.

 

-         Si es que sobrevivo – añadió, en un susurro apenas audible.

 

-         No seas melodramático – respondí, poniendo una mano sobre su cabeza. – Ya os dije que nadie iba a morir hoy. Pero sí tenemos un asunto pendiente. Michael, espera fuera, por favor.

 

No tuve que decírselo dos veces, creo que la idea de salir de la habitación le parecía estupenda en aquel momento.

 

Me senté en una de las sillas del escritorio y Alejandro me observó desde su cama, con la misma cautela con la que yo estudiaría a un lobo extraviado.

 

-         Es la tercera vez que tomas alcohol, al menos que yo sepa – empecé.

 

-         Solo han sido esas tres – me aseguró. – Y las tres me has pillado por culpa de Ted…

 

-         Hey. ¿Cómo que por culpa de Ted? ¿Es su culpa que tú te empeñes en hacer lo que no debes?

 

-         No… Ya sé que no – admitió, con un suspiro.

 

-         Como decía, es la tercera vez. En menos de un año. Me dolió en el alma lo duro que fui contigo y aún así no debió servir de nada.

 

-         ¡No! Sí sirvió, papá, de verdad… No he vuelto a emborracharme… Hoy solo… Solo quería… No sé qué quería. No lo pensé bien.

 

-         Pues necesito que pienses, Jandro. Necesito que pienses antes de hacer tonterías.

 

Es evidente que no me gustaba regañarle. No me gustaba ser el malo, ni hacerle sentir mal, ni hacerle llorar. Tampoco me gustaba experimentar esa punzadita de miedo al pensar que él pudiera verme como un obstáculo para su diversión.

 

Salvo en los momentos en los que la autoestima me jugaba malas pasadas, estaba bastante seguro de que mi relación con Ted jamás iba a deteriorarse, pero con Jandro esa seguridad a veces se tambaleaba. Me veía reflejado en él y yo me había ido de casa por desacuerdos irreconciliables con mi padre. Mi padre se había ido de la suya y, en fin, había un patrón que no quería que se repitiera. Andrew fue mejor padre de lo que Joseph fue para él y yo era mejor de lo que Andrew fue para mí, pero eso no tenía por qué ser suficiente.

 

-         No he estado en tu lugar – le confesé. – No sé lo que es tener quince años y creer que sabes más que tu padre o que sus normas son exageradas. Crecí prácticamente sin reglas y, cuando quise beber, lo hice. Imagino que debe ser muy molesto que te prohíban algo que hace mucha gente a tu alrededor. Pero, campeón, que muchas personas hagan algo no quiere decir que esté bien hecho.

 

-         Lo sé… Supongo que no me vas a creer, pero te prometo que no voy a beber más. Al menos hasta los dieciocho…

 

Le sonreí y estiré la mano para hacerle una caricia.

 

-         Claro que te creo. Confío en ti, y sé que no vas a beber hasta los veintiuno – corregí.

 

-         ¿Diecinueve? – probó.

 

-         Veintiuno – repliqué.

 

-         ¿Ni en mi cumpleaños?

 

-         Cumples dieciséis, no veintiuno.

 

-         ¿Y en tu boda? – persistió, incansable.

 

-         ¿Voy a casarme después de que cumplas veintiuno? Entonces sí.

 

-         Espero que te cases antes, la verdad. A lo mejor Holly es más razonable.

 

Fue tan maravilloso escucharle bromear con respecto a una posible boda con Holly que dejé pasar su pulla y le permití ganar aquel pequeño debate.

 

-         Quién sabe – respondí. – Pero no estamos aquí para hablar del futuro, sino del pasado. Del pasado muy reciente.

 

Alejandro puso una mueca y respiró hondo. Consideré que ya le había dicho todo lo que tenía que decirle. Si lo alargaba más, me arriesgaba a que los nervios le jugaran una mala pasada y empezara a responderme mal.

 

-         Quítate los campeones, Jandro – le pedí.

 

-         Papá… - me dijo, con el labio algo tembloroso, como si estuviera resistiendo la tentación de poner un puchero.

 

-         Dime.

 

Su labio se estiró todavía más y su ceño se arrugó ligeramente.

 

-         Ya sabes el qué.

 

-         ¿Que no te castigue? Me parece que es un poco tarde para eso. Estabas más que advertido.

 

-         Pero no me emborraché – protestó.

 

-         Que pudieras estar todavía en más líos no evita que estés en problemas. Vamos, ven.

 

Suspiró y desabrochó el botón de su pantalón. Se los bajó y recortó en un paso la distancia que nos separaba. Le ayudé a tumbarse, pues sobre la silla le costaba más mantener el equilibrio. Pero estaba harto de golpearme la cabeza con la litera, quería llegar a los cincuenta sin contusiones.

 

Le rodeé por la cintura y acaricié su espalda brevemente.

 

-         Tienes terminantemente prohibido acercarte a las bebidas alcohólicas – le recordé. Esperaba que se le quedara grabado aquella vez.

PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS

PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS… mmm… PLAS PLAS

La palma de la mano me dolía con un picor sordo. Llevaba casi toda la mañana castigando gente y me sentía horrible.

PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS… au…  PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS

PLAS PLAS PLAS… snif…  PLAS PLAS PLAS PLAS… mmm… PLAS PLAS PLAS

-         No te muerdas el labio – le advertí, en cuanto me di cuenta.

 

-         No lo hago aposta – gimoteó. Su voz sonaba congestionada y sentí que me derretía. Le acaricié los hombros.

 

-         Sé que quieres llorar, campeón. Es normal… Suéltalo.

 

-         Snif…. Snif…  No… snif… no me duele tanto como para… snif… llorar como un crío… snif….

 

-         No tiene nada que ver con eso. Uno siente ganas de llorar cuando las siente y no eres más o menos crío por ello. Pero ya sabes que siempre serás mi bebé.

 

-         Snif…

Su cuerpo se relajó y pocos segundos después sus mejillas brillaron con lágrimas casi silenciosas. En cuanto estuve seguro de que no iba a morderse más, continué.

PLAS PLAS PLAS… snif… snif… PLAS PLAS PLAS… quiero estar enfadado contigo y no puedo… PLAS PLAS PLAS PLAS

-         Enfádate si quieres, Jandro. Pero sabías que no podías beber, así que ahora toca asumir las consecuencias.

PLAS PLAS… ay… PLAS PLAS PLAS… snif…  PLAS PLAS PLAS… ya entendí, papá… PLAS PLAS

PLAS PLAS… snif…. PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS… ya no bebo más… PLAS PLAS PLAS´

PLAS PLAS PLAS… au… esta vez va en serio… PLAS PLAS PLAS PLAS… papá… PLAS PLAS PLAS


Dejé la mano sobre su espalda y tomé aire. Esperé unos segundos y respiré hondo de nuevo. Tenía que ser capaz de sonar firme.

-         Te creo, campeón. Sé que ahora tus palabras son sinceras. Pero espero que no se te olvide.

No pude forzarme a hacer ningún tipo de advertencia en caso contrario. Tiré de él para que se levantara y le abracé. Enseguida sentí sus brazos constrictores a mi alrededor.

-         Snif… snif… Te lo prometo.

 

-         Entonces puedo estar tranquilo – respondí y giré la cara para darle un beso. Le limpié las lágrimas con los dedos. – Ya está, campeón.

 

-         Snif…

 

Se levantó para tumbarse en su cama y tiró de mi brazo para que fuera con él. Le complací y le mimé la espalda y el pelo. Durante un par de minutos no dije nada, dejando que se calmara, pero después le abordé sobre un asunto que me preocupaba.

 

-         Campeón… ¿pasó algo con Trevor? Hace tiempo que no quedáis…

-         No… Es que ahora tiene novia. Y Liam también. Se pasan todo el día con ellas.

 

-         Oh. Ya entiendo. Bueno, pero tal vez una salida de chicos venga bien de vez en cuando – le sugerí. - ¿Y tú? ¿Te has fijado en alguna chica?

 

-         No… O sea, en la otra clase hay un par de chicas muy guapas, pero ninguna me interesa. No sé si quiero tener novia ahora mismo – me confió.

 

-         Mejor. Porque eres solo mío y no te quiero compartir – bromeé, aunque solo era broma en parte.

 

-         Ah, pues se siente. Haberlo pensado antes de conocer a Holly – me chinchó. Me alegraba ver que se iba sintiendo más cómodo con mi relación con ella. Me tomaba el pelo y parecía en paz con aquella decisión. – Quiero ver “Tuyos míos y nuestros” – continuó, de pronto.

 

-         ¿No te la sabes de memoria?

 

-         Sí, pero quiero verla.

 

-         No será para sacar ideas, ¿no?

 

-         Como si las necesitara - replicó.

Sonreí y me estremecí al mismo tiempo. La película tenía alguna escena bastante descabellada y aún así presentía que podía quedarse corta si algún día se llegaban a juntar los hijos de Holly y los míos para algún plan conjunto.

Estuve con Jandro por un rato más, hasta que reparé en que se iba haciendo tarde para comer. Le envié al piso de abajo, a que vigilara a sus hermanos, ya de paso, y llamé a Michael.

Entró con el móvil en la mano y me lo plantó delante de las narices.

-         Esta es una lista de países en los que se puede beber con dieciocho años – me dijo.

Tomé el móvil y lo miré con atención durante varios segundos. Luego lo puse sobre la mesa.

-         Y esta es una lista de las casas donde ese no es un argumento válido – respondí, e hice un gesto, como señalando todo lo que nos rodeaba.

 

-         Grr. ¡Papá!

 

-         Hijo. Sé que soy intransigente con este tema, pero no estamos hablando de que te pillaras una cerveza. Bebiste un licor a escondidas, un licor muy fuerte. Y delante de tus hermanos pequeños. Antes os he dicho que no os iba a castigar por eso último, pero ganas y motivos no me faltan, sobre todo a ti. Alejandro solo les saca dos años a los gemelos, pero tú les sacas cinco, y seis a Madie.

Agachó la cabeza, sin decir nada. Aquello pareció avergonzarle o, por lo menos, atenuar su espíritu combativo.

-         Si quieres más razones, eres diabético. Tienes que tener cuidado con lo que bebes y no tomar la primera botella que te ponen delante, sin saber cuánto alcohol contiene y cómo podría afectarte – añadí.

 

-         Eso lo sé… Por eso no suelo beber, pero por una vez no pasa nada. He conocido a un montón de chicos que bebían siendo más jóvenes que yo….

 

-         ¿Y cómo les fue? – le pregunté, intentando ser delicado. – No creo que les conocieras en la biblioteca, precisamente…

 

-         Pues no, pero no eran mala gente. Estaban en el reformatorio conmigo, pero sus problemas no tenían nada que ver con la bebida.

 

-         Tampoco creo que ayudara. Te recuerdo que es ilegal.

 

-         Nadie va a la cárcel por beber siendo menor – protestó.

 

-         No, pero al hospital sí han ido unos cuantos. Vivimos en un mundo que ha normalizado la bebida y nos olvidamos de que en algunos aspectos es una droga. Hace falta menos de una botella como la de ayer para causarte una intoxicación.

 

-         Es que, ¿a quién se le ocurre tener semejante bomba guardada? La culpa es de Aaron – declaró.

 

-         Él no es santo de mi devoción, pero en esto es completamente inocente. La tenía guardada bajo llave. Fue un regalo y mucha gente guarda botellas así para ocasiones especiales.

 

-         Tú no.

 

-         Ya sabes por qué no – repliqué. – Como persona adulta, con edad legal para beber que es, tiene derecho a tener lo que quiera. No pretendo que seas abstemio toda tu vida, solo que sepas entender el momento, el lugar y la edad para beber.

 

-         ¿Abstemio? Eso significa no beber nunca, ¿no? – preguntó, inseguro ante la palabra.

 

-         Eso mismo.

 

-         ¿No te dio tentación ver la botella? – preguntó, con curiosidad.

 

-         Estaba vacía.

 

-         Pero, ¿y si hubiera estado llena?

 

-         Han pasado años ya – respondí, evasivo. “Siempre fui más de vodka”.

 

-         ¿Te da miedo que… cojamos adicción?

 

-         Me preocupa en parte, sí. Pero sé que no es tan fácil. No para todo el mundo, al menos. Eso no quiere decir que no pueda generaros problemas, Michael. Detrás del “yo controlo” se esconden muchas tragedias.

 

-         Sí que he visto… algunas cosas – admitió.

 

-         Con mayor motivo tendrías que haber sido más responsable – le dije, deseando poder borrar todos los malos momentos que había vivido o presenciado. – Sobre todo porque ya habíamos hablado de esto. Las otras veces no traté el asunto con la debida seriedad, porque nos estábamos conociendo o porque había circunstancias atenuantes.  

 

-         Pero hoy estoy frito, ¿no?

 

-         En aceite – asentí, para continuar con la metáfora. – Ven aquí, hijo. Quítate el pantalón.

 

-         Todavía suena increíble cuando me llamas hijo. Pero luego con la otra parte lo estropeas.

 

Hice un esfuerzo titánico por contener la sonrisa que se me quería escapar. Esperé a que me obedeciera y le ayudé a tumbarse encima de mis piernas.

 

-         Siempre te llamaré hijo. Y siempre te regañaré cuando te lo merezcas.

 

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PLAS PLAS PLAS PLAS… mmm…  PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS

PLAS PLAS… au… PLAS PLAS PLAS PLAS… ifgs… PLAS PLAS PLAS PLAS

Consideré la posibilidad de meter la mano en hielo. Una vocecita maliciosa me dijo que me lo tenía merecido por ser malo con mis bebés.

Pero el problema era que ya no lo eran. Por más que les sintiera así, ya no eran bebés, y cuanto más grandes, más serias se volvían sus “travesuras”.

PLAS PLAS PLAS PLAS… ay… PLAS PLAS PLAS PLAS… uff…  PLAS PLAS

PLAS PLAS PLAS… au… PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS… ya vale, ¿no?

Decidí ignorar su tono mandatorio. No debía serle fácil controlar lo que decía en aquella situación.

PLAS PLAS… mmm… PLAS PLAS PLAS PLAS… ya… PLAS PLAS PLAS… papá, ya entendí… PLAS

PLAS PLAS PLAS… no beberé…  PLAS… uf… PLAS PLAS PLAS… el alcohol…. Snif… ni olerlo… hasta los veintiuno… PLAS PLAS PLAS

PLAS PLAS… snif…  PLAS PLAS PLAS… snif…  PLAS PLAS PLAS…. ya…  PLAS PLAS

-         Aunque no estés de acuerdo, las normas se respetan. Si te digo que no puedes beber es que no puedes beber.

PLAS PLAS… ay… PLAS PLAS… sí, papá… PLAS PLAS… snif…  PLAS PLAS… te haré caso… snif PLAS PLAS

Cuando me detuve, el silencio fue atronador por un segundo, mientras Michael contenía la respiración. Después sus sollozos llenaron la estancia.

-         Shhh, shhh. Ya pasó, cariño, ya pasó.

Le levanté y me levanté yo para poder abrazarle bien. Apoyó su barbilla sobre mi hombro.

-         Shhh. Respira, mi vida.

 

-         Snif.

Acaricié su espalda y eso tuvo un efecto relajante sobre él, porque fue calmándose poco a poco.

-         ¿Y a Harry que le hiciste, lo mataste? Snif… Él también era repetidor y encima lesionó a la princesa.

 

-         No he matado a nadie – protesté. – Tu hermano se encuentra mal, quizá tenga un virus del estómago. Ahora iba a ir a verle…

 

-         ¿Dónde está?

 

-         En mi cama, creo.

 

-         Pues que me haga un hueco… snif…

Sin darme tiempo a responderle, se encaminó a mi habitación. Zach y Harry estaban dormidos. Ted nos miró cuando entramos y se fijó especialmente en Michael que, al verle, intentó limpiarse la cara para disimular que había llorado.

-         Vaya, por lo visto tengo cuatro usurpadores – sonreí.

 

-         Pero ahora me mimas a mí – me ordenó Michael.

 

-         Si lo pides así… - sonreí más y me senté a su lado. Michael se estiró sobre mi cama y enterró la cabeza en la almohada. Acaricié su pelo y juraría que le escuché ronronear.

 

Mi móvil vibró en algún lugar de mi mesilla, pero lo ignoré. Por fin me había quitado aquel peso de encima. Se había acabado el tiempo de los regaños y ya podía dedicarme a consentirles.

 

-         ¿Quién está con los enanos? – susurró Ted.

 

-         Las niñas están con Barie y Dylan y Kurt con Blaine

 

-         Será mejor que vaya a ver – murmuró.

 

“Celosito. Es tan mono y tan desesperante a la vez. Nadie va a robarle a sus hermanos”.

 

Ted era tan inofensivo como un ratón, así que no debía preocuparme de sus posibles reacciones, pero sí quería ayudarle a quitarse esas inseguridades. Por lo menos le había gustado la terapeuta. Ese era un buen primer paso.

 

Mi móvil volvió a sonar. Lo cogí para ver quién era y leí el nombre de Holly. Glup. No le había dado ocasión de reclamarme por haber hecho llorar a su niño. Tampoco sabía lo que le habría contado él.

 

“Bueno, cógelo. Eres peor que tus hijos cuando saben que están en problemas”.

  


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