lunes, 17 de agosto de 2020

CAPÍTULO 114: MÁS QUE UN CUERPO



CAPÍTULO 114: MÁS QUE UN CUERPO
Viernes por la mañana. Mi clase había salido una hora antes, porque el profesor había faltado y al ser la última hora nos habían dejado irnos a casa. Yo tenía que esperar a que salieran mis hermanos y a que viniera papá, así que me quedé en uno de los bancos del patio y Agus decidió quedarse conmigo. Se sentó entre mis piernas, apoyando su espalda sobre mi pecho y estuvimos hablando durante varios minutos. Me preguntó si estaba nervioso por el fin de semana: el cumpleaños de los trillizos de Holly de aquella tarde y Blaine viniendo a dormir a mi casa.
-          Un poco – admití. – Pero son nervios buenos. ¿Nunca has tenido el presentimiento de que algo importante está a punto de pasar? ¿Algo que lo cambiará todo?

-         Sí. Cuando me defendiste de Jack.

Sonreí y la moví un poco para que se girara y poder darle un beso.

-         ¿Eso es lo que sientes sobre esa mujer? ¿Que va a cambiar tu vida? Pensé que eras feliz con tu padre – me dijo.

-         ¡Y lo soy! No tenía ningún vacío ni nada de eso. Aidan ha llenado el papel de padre y madre y lo ha hecho mejor que nadie. Pero… no sé cómo explicarlo… es como si, al conocer a Holly y a su familia, se hubiera creado una necesidad nueva. Kurt está como loco, y Barie ha vuelto a ser una niña. No es que alguna vez haya dejado de serlo, pero está… feliz. Entusiasmada, ilusionada…. Como papá no se case con Holly, les casa ella. Y Blaine se ha encariñado tanto con mi padre que no sé si hoy viene a dormir o a empezar la mudanza – bromeé.

Agus se rio conmigo, pero luego me sondeó con sus ojos penetrantes.

-         Eso es lo que piensan tus hermanos, pero ¿y tú?

Apreté a Agus entre mis brazos, pensativo.

-         En los encuentros que hemos tenido, he intentado no acercarme mucho a Holly y observarla desde lejos – reconocí. – Pero eso es solo porque me dolería demasiado cogerle afecto si al final las cosas salen mal.
Agustina recorrió mi brazo con la punta de sus dedos mientras buscaba cómo responderme.
-         Señor Whitemore, señorita, ¿se puede saber qué hacen en esa posición tan indecorosa? – nos interrumpió una voz. Nos habríamos asustado de no sonar tan juvenil y familiar. Giré la cabeza y descubrí a Troy, mi compañero de natación, un curso menor que nosotros.

-         ¿Ahora haces el trabajo sucio del director? – me reí. - ¿No tendrías que estar en clase?

-         Al parecer, al profesor de Historia no le gusta demasiado que los bolígrafos vuelen en su clase – me informó.

-         ¿Te han echado? – me extrañé. Troy no era de los que se metían en líos.

-         Solo quería pasarle el boli a un amigo. Pero tengo tan mala suerte que el profe me ha visto. Y vosotros qué, ¿haciendo pellas?

-         Sí, Ted haciendo pellas, buena esa – se burló mi novia.

-         Claro, Agus faltando a clases, a ver si pierde su puesto en el Cuadro de Honor – repliqué, lo cual me valió un codazo en las costillas. – Auch. Eso es maltrato, que lo sepas.

Agus me frotó los abdominales con aspecto culpable. Mi broma había sido un tanto desafortunada: ella era, por razones lógicas, muy sensible con lo de lastimar físicamente a la gente.

-         No me dolió – susurré en su oído, y le di un beso en la mejilla. – Faltó el de última hora – aclaré, mirando a Troy. – Yo estoy esperando a que salgan mis hermanos.

-         No puedo irme hasta que acabe la clase, tengo que recoger mis cosas. ¿Me puedo quedar aquí con vosotros? – preguntó él.

-         Claro. ¿Os conocéis? Ella es Agus.

-         De vista. Hola – saludó Troy.

-         Hola.

Troy se sentó a mi lado y me preguntó por mi vida así en general, diciendo que en los entrenamientos no nos daba tiempo a hablar mucho. La pregunta fue tan abierta que me quedé un rato pensando. ¿Que qué estaba pasando en mi vida? Pues tenía dos hermanos nuevos. Mi hermano pequeño se iba a enfrentar a una operación. Y, al parecer, el capullo-quizá-no-tan-capullo de mi padre biológico, se estaba muriendo. Desde el miércoles papá le estaba dando vueltas a lo que Dean había dicho sobre Andrew y su hígado. En varias ocasiones había estado a punto de llamarle para preguntarle directamente a él, pero no se atrevía. Ya me había dado cuenta de que papá era lento para procesar las cosas, se tomaba su tiempo, lo cual me hacía valorar más lo rápido que había sido para traernos a casa a cada uno de nosotros. En esas ocasiones no había dudado, ni pensado, ni reflexionado, simplemente nos había acogido lo más rápido posible.
Al final, de tanto pincharle, había conseguido que le llamara, pero Andrew no se lo cogió. En su buzón de voz había un mensaje, diciendo que había salido de la ciudad por unos días. Me convencí de que si estaba viajando no podía estar muy enfermo, pero papá no estaba tan seguro. “De viaje” era el eufemismo que Andrew utilizaba cuando desaparecía de casa y eso solía traducirse en que estaba emborrachándose en algún bar. Ahora sabíamos que también podía significar que estaba en una misión. En cualquier caso, papá estaba algo intranquilo al respecto, aunque intentaba aparentar que Andrew le daba igual.
-         Todo bien – dije al final. No me gustaba compartir mi vida con los demás, especialmente las cosas malas. – Hoy no voy a ir al entrenamiento.

-         ¿Qué? ¿Por qué no?

-         Tengo un plan familiar. Mi padre tiene novia.

-         Oh, vaya. Eh… ¿enhorabuena? – preguntó, sin saber si era lo que quería escuchar. Por lo que sabía, Troy no se llevaba muy bien con el novio de su madre, pero en cambio sí con la novia de su padre, después de que sus dos progenitores se divorciaran.

-         Sí, Holly es genial – le respondí. Dudé un segundo, pero después sonreí y añadí. – Tiene once hijos.

-         ¿Qué? Ah, me estás tomando el pelo.

-         No, para nada.

Troy abrió mucho los ojos y no pude más que reírme de su expresión. Me hizo algunas preguntas y me di cuenta de que cada vez me resultaba más sencillo hablar de la familia de Holly. El tiempo pasó volando y enseguida escuchamos el timbre que daba por finalizadas las clases. Casi al mismo tiempo, papá aparcó su coche y me saludó. Me despedí de Troy chocando la mano y de Agustina con un beso.


-         AIDAN’S POV –

Me pasé parte de la mañana del viernes estudiando los papeles de las pruebas de Kurt, como si sirviera de algo. Como si entendiera siquiera la mitad de aquel lenguaje médico. Todos los días, antes de dormir, me entraba un instante de pánico al recordar la operación de mi hijo, pero intentaba desterrar el miedo de mi mente. La reciente información que había recibido sobre Andrew y sus supuestos problemas de salud habían reavivado mi angustia y ya no me era posible liberarme del miedo. Se podía donar un hígado, pero, ¿por qué rayos no se podía donar un corazón? En vida, quiero decir. Claro que un trasplante también era una operación complicada, incluso más riesgosa que a la que tenía que someterse Kurt.

No podía -no quería- permitirme pensar en mi padre, cuando todas mis energías tenían que estar en mi hijo, pero lo cierto era que estaba preocupado por Andrew.

Un problema cada vez.

Entre los papeles del médico, había un dibujo de Kurt, que había hecho durante una de las consultas. Sonreí ante los trazos de mi niño, que había dibujado trece monigotes y una mancha que según interpreté correspondía al gatito Leo. Kurt solía quejarse de que cuando la maestra les mandaba hacer un dibujo sobre su familia él tenía que pintar más que los otros niños, porque éramos muchos. Había desarrollado una manera muy inteligente de ahorrarse tiempo y esfuerzo, y nos pintaba detrás de un muro, como si estuviéramos observando al espectador, para así tener que dibujar únicamente nuestras cabezas. Tendría que explicarle que Ted y Michael no eran exactamente negros, y que sería más realista utilizar un lápiz marrón. Aunque por regla general, mi niño no admitía consejos sobre sus obras de arte. En el papel, había una anotación con su letra infantil e irregular. Me costó trabajo descifrarla:

“No sé si ya puedo dibujar a Holly”.

Me estremecí, emocionado, pero también, de nuevo, culpable. ¿Qué estaba haciendo? ¿No me bastaba con que el corazón físico de Kurt estuviera en riesgo, sino que tenía que arriesgar también su corazón en un sentido metafórico? No tenía pensado que las cosas con Holly salieran mal, pero ¿a quién le hacía bien esta situación, realmente, aparte de a mí? ¿No estaba siendo un egoísta?

-         ¿Qué pasa? – me preguntó Michael. Estaba estudiando a mi lado, en la mesa del comedor. - ¿Son los papeles del médico del enano?

Asentí.

-         No te obsesiones, papá – me aconsejó. – No puedes hacer más que atender a lo que dicen los médicos y ocuparte de que el peque esté tranquilo y se distraiga.
Volví a asentir.
-         Por suerte, el mocoso se pone feliz con cualquier cosa – continuó Michael. - ¿Estás seguro de que le has aclarado que es el cumpleaños de los trillizos y no el suyo? Porque me ha preguntado como cinco veces si va a haber tarta.
A mi pesar, consiguió hacerme sonreír.
-         Todavía no se ha inventado una tarta que no le guste. Tal vez debería probar a hacer una de espinacas, así igual consigo que se las coma - bromeé.

-         Existe – me dijo Michael. – Tarta de espinacas y queso. Una vez tuve una madre de acogida que la hacía.

Siempre me sorprendía cuando compartía datos aleatorios sobre su pasado. Poco a poco iba uniendo los pedacitos en el enorme puzle que era su vida.

-         Nunca me hablas de la gente que… cuidó de ti – susurré.

-         Casi ninguno merece la pena. Y, en cualquier caso, Greyson siempre estaba en la sombra. Nunca pude sentirme verdaderamente protegido, sabía que Pistola estaba cerca, moviendo los hilos, enviándome a tal casa o a tal reformatorio.

Apreté los puños. Quizás odiaba un poquito menos a Andrew porque mi odio se había desplazado hacia Greyson. Alguna vez fantaseé con tener otro padre, con descubrir que Andrew no era mi padre biológico, por más que nuestro parecido físico fuera evidente. Por desgracia, mis sueños tendían a cumplirse, y aunque eso casi siempre era bueno, a veces uno no es consciente de lo que desea. Lo de “más vale malo conocido que bueno por conocer” resultó ser de una sabiduría extrema. Por decepcionante que fuera Andrew como padre, al menos no era un delincuente.

“Bueno, pero sí es un asesino. Que esté amparado por el gobierno, o por quien sea, no hace que sea correcto”.

Pese a todo, y por lo menos, Andrew tendía a abandonar a los niños, no a utilizarlos ni a enseñarles a ser criminales.

-         En general, me cuidó buena gente. Tampoco quiero ser injusto con ellos – continuó Michael, ajeno a la furia que se había apoderado de mí en tan solo un segundo. – Incluso en los reformatorios, aunque algunos trabajadores eran crueles, la mayoría simplemente estaban superados con la situación o acostumbrados a vernos como enemigos. En los reformatorios-casa se estaba mucho mejor que en los reformatorios-cárcel, pero yo prefería los segundos.

-         ¿Por qué? – me sorprendí. Gracias a Michael había aprendido que a los menores con delitos les podían enviar a muchos tipos de lugares. Él tenía su propia forma de llamarlos.

-         Porque en los reformatorios-casa hay días en los que te olvidas de que no tienes libertad. Casi te llegas a creer que vives con un montón de hermanos, como… como aquí. Solo que allí no hay un Aidan que te abrace por las noches. Solo un funcionario, que se da por satisfecho si no causas problemas, te comes todo y no le llaman tus profesores.

Puse mi mano sobre la suya, intentando reconfortarle. Ojalá pudiera borrar todos los años que había pasado sin nosotros. Por lo menos, los años que había pasado solo. Ojalá, después de que su padre acabara en la cárcel, hubiera descubierto de alguna manera que era el hermano de Ted y le hubiera traído a casa. Su padre biológico no me parecía el mejor modelo de conducta, pero Michael se había sentido querido con él. Aunque quizá fuera la idealización de un niño pequeño.

-         Te admiro mucho, ¿sabes? – le dije.

-         ¿A mí? – se extrañó.

-         Sí. Porque has pasado por muchas cosas y has estado muy solo y aún así eres un gran chico.

Michael esbozó una media sonrisa tímida que solo le salía cuando le hacían algún halago, porque por lo demás era bastante extrovertido.

-         Basta de estudiar por hoy – decreté. - ¿Te apetece ayudarme a hacer empanadas? Le prometí a Holly que íbamos a llevar algo. Me costó convencerla, no sé si por ser cortés o porque teme que nos vaya a envenenar.
Michael sonrió y me acompañó a la cocina. Estuvimos allí hasta que fue la hora de recoger a los demás en el colegio. Él se quedó vigilando el horno para el último lote.
Cuando fui a por mis niños, se podía sentir la excitación en el aire. Ninguno iba a ir a sus actividades extraescolares ese día, para que nos diera tempo a prepararnos, pero no les había importado demasiado. No paraban de hablar sobre el cumpleaños de los bebés de Holly, aunque cada uno con sus propios intereses y perspectivas. Barie era la más interesada en los trillizos. Zach quería volver a ver a Jeremiah.
Por primera vez en un tiempo, hubo peleas para ver quién iba conmigo y quién con Ted. Al parecer, todos querían ir conmigo, y me sentí halagado, pero después me acobardé al ver que lo que en verdad querían era interrogarme.
-         Papá, ¿cuánto tiempo llevas saliendo con Holly? – me preguntó Cole.

-         ¿Cuándo y sobre todo cómo piensas pedirle que se case contigo? – me increpó Barie.

-         Papi, ¿por qué yo no tengo copias? – me acusó Alice, muy indignada. Esta me pareció la pregunta más inocente y fácil de responder y, como habían hablado casi a la vez, fue por la que me decanté.

-         ¿Copias?

-         Shi. Holly tiene tres bebés rojos.

-         Pero no son copias, mi vida. Son hermanitos. Como Harry y Zach. Mucha gente les confunde y cuando eran pequeñitos les confundían todavía más porque se parecían mucho – le expliqué.

Alice se quedó pensando, pero por el retrovisor pude ver que no desfrunció su ceñito. Los demás sonreían, ante esas inquietudes infantiles.

-         Bueno, pero ¿por qué no tengo? – insistió.

-         Porque con una como tú basta y sobra, enana – la chinchó Harry.

-         Sí, a ti sería imposible copiarte – lo arregló Zach. – Cuando el original sale perfecto, no hacen falta copias.

Esa respuesta fue del agrado de Alice, porque se rio con un gorgorito, muy satisfecha. Zach me guiñó un ojo y yo le sonreí.

Alice intuía que estábamos de broma, pero al mismo tiempo le gustó el halago, así que dejó el tema por un rato. Solo por un rato.

-         Yo quiero tener “tilizas”, papi – volvió a la carga.

-         Trillizas, cariño – corregí. – Mmm. Tienes a Hannah y a Kurt. Podéis ser trillizos si quieres, ¿vale? – propuse. A veces era preferible buscar una manera de cumplir sus fantasías que causarle una desilusión y un llanto.

-         ¡Vale!
Después de eso, Zach empezó a contarme sobre su proyecto de ciencias y se lo agradecí infinitamente, porque así me evitaba más preguntas de mi escuadrón cotilla. Pasamos por el colegio de Dyan, que estaba de un ánimo mucho más tranquilo que sus hermanos. Llegamos a casa y salieron pitando del coche, como si el tiempo fuera a pasar más rápido si ellos se movían más deprisa.
Como sabía que iban a comer toda clase de guarrerías en casa de Holly, había preparado algo sano y ligero para comer: ensalada y hamburguesas de pescado. En el supermercado vendían unas hamburguesas hechas con salón y merluza. Eran muy cómodas, porque no tenían espinas y así no había riesgo con los peques, y a ellos les gustaba porque “no parecía pescado”.
Ni Kurt ni Harry eran grandes fans de la ensalada, pero el enano estaba tan entusiasmado con ir a casa de Holly que se lo comió sin dar problemas y Harry ya era mayor como para hacer grandes numeritos con la comida (o casi siempre lo era, algunos días se le olvidaba).
-         Papi, yo me quiero cambiar antes de ir – me pidió Barie.

-         Claro, cariño. No nos vamos todavía. Tenéis una hora para hacer lo que queráis.
Convencí a Alice, Kurt y Hannah de que tomaran una siesta. Si no, a última hora de la tarde estarían muy cansados. Los llevé al cuarto de Dylan y Kurt, donde había tres camas desde que pusimos una litera en el cuarto de los mayores. Les conté un cuento y se fueron durmiendo uno a uno. La última fue Hannah, que me atrapó la mano entre las suyas poco antes de suspirar y dejarse vencer por el sueño. Sonreí y decidí que podía quedarme cinco minutos observándoles dormir. Después, intenté liberarme con mucho cuidado de no despertarla.
Bajé a la cocina para guardar las empandas cuidadosamente en unos envoltorios de papel. Ted vino a ayudarme.
-         Me parece que te has pasado, papá. Son demasiadas – me dijo.

-         Son el doble de las que hago para nosotros y vamos a ser el doble de personas – le recordé. – Lo que no coman los bebés lo suplirás tú, que comes por cuatro.
Ted se rio y terminó de envolver la última. Sabía que no le ofendían esa clase de chistes y que en verdad no le estaba criticando. Me gustaba que tuviera apetito. Creo que hay algo instintivo dentro de todos los padres relacionado con la comida, estamos más tranquilos cuando vemos a nuestros hijos comer bien y con gusto, como si fuera signo de buena salud.
-         ¿Solo seremos nosotros? – me preguntó Ted. – ¿Holly no tiene más familia?
Me congelé. Claro, Ted no sabía nada del pasado de Holly y Aaron. Aquel no era momento de contárselo y además no me correspondía a mí hacerlo.
-         Sé que se lleva bien con sus… suegros… y sus… cuñados. Su difunto marido tenía cinco hermanos. Pero creo que no vienen hoy – le dije.

-         Menos mal – soltó Ted, con esa sinceridad repentina que le entraba a veces, cuando estaba nervioso. – Sería muy raro tener a la familia de… quiero decir, no es exactamente su ex, porque es viuda, pero…

-         Sé lo que quieres decir.

Los hijos de Holly tenían derecho a seguir teniendo tíos y me alegraba que la familia de su marido no le hubiera lado de lado tras la muerte de este, pero no estaba preparado para ser juzgado como posible usurpador del puesto de esposo.

No solía dedicar mucho tiempo a pensar en Connor, pero cuando lo hacía nunca eran pensamientos agradables, especialmente desde lo que Holly me había revelado. Ese ser osó golpearla. Si todo lo que sabía sobre él ya era motivo suficiente para detestarle, eso último acabó con cualquier posible escrúpulo que pudiera tener sobre odiar a los muertos.

-         ¡Ay, joder! – le oí exclamar a Ted, que miraba su móvil con expresión de horror y asombro. Quise llamarle la atención por su vocabulario, pero me dio más curiosidad averiguar qué le había hecho reaccionar así.

-         ¿Qué ocurre? – pregunté, y me acerqué para mirar su pantalla.

Ted retiró el móvil rápidamente, como quien quita la mano del fuego. Fruncí el ceño. No me gustaba cotillear en sus cosas, pero ese afán por ocultarme lo que sea que le hubiera sorprendido tanto no auguraba nada bueno.

-         ¿Va todo bien?

-         Sí, pa, perfectamente, adiós – soltó, atropellándose con las palabras, y salió escopetado de la cocina.

Rodé los ojos. A Ted le quedaba una cosa muy importante por aprender, una que lamentablemente yo no le podía enseñar: a disimular. Como padre, estaba encantado de poder leerle como un libro abierto y de saber cuándo tramaba algo, pero casi me daba lástima lo fácil que era pillarle. Le seguí discretamente. Era evidente que había salido corriendo porque tenía que hacer algo urgente: quizás llamar a alguien. Si sus amigos o Agus estaban en algún problema, tal vez pudiera ayudar. Dependiendo del “tipo de problema”, me haría el tonto o intervendría.

Había supuesto que estaría en su habitación. Sin embargo, su cuarto estaba abierto y no había señales de Ted. Su voz me llegó desde el cuarto de Barie y Madie:

-         ¿En qué rayos estabais pensando?
Vale, eso me incumbía. Ya no era por padre cotilla, era por padre preocupado. Recorrí el pasillo y entré en la habitación de las chicas. Tres cabezas se giraron hacia mí al mismo tiempo, con idéntica cara de “mierda, nos han pillado”.
Mis ojos captaron varias cosas:
1.     Madie estaba en bragas. Al entrar su hermano, se había tapado con lo primero que había visto, o sea, la almohada.

2.     Las dos se habían pintado los ojos. Esto no era tan extraño, seguramente habían querido arreglarse para salir. En fin. Ya había cedido conque, en algunas ocasiones, podían maquillarse, siempre acorde a su edad y sin que lo usaran a diario.

3.     La tablet estaba apoyada en la mesa y la pared, recta, apuntando hacia las niñas. ¿Habían estado viendo algún vídeo?

-         ¿Qué ocurre? Ted, tus hermanas se están vistiendo, hijo – le regañé suavemente.

Ted abrió la boca y luego la cerró. Miró a sus hermanas y luego a mí. Finalmente, suspiró. Fue esa mirada lo que me hizo sospechar, o quizá mi cerebro empezó a unir cabos. Ted había subido corriendo después de ver algo en su móvil. Madie estaba en camiseta y ropa interior. La tablet estaba sobre la mesa.

Me acerqué a la tablet rápidamente y tres pares de manos intentaron impedirme que la cogiera, pero fui más rápido. Encendí la pantalla. Había una imagen congelada, en lo que parecía un vídeo. Un vídeo de Facebook, recién subido, pero ya con veinte likes y algunos comentarios que me alarmaron y me hicieron temer lo que pudiera encontrar en el vídeo. Pinché el play, sin que me pasara desapercibido lo que estoy provocó en mis hijos. Ted respiró hondo, Barie se escondió detrás de él y Madie frunció el ceño.

En el vídeo, Barie y Madie bailaban una canción de Britney Spears –más tarde supe que se titulaba Toxic-. Madie estaba con un top de hacer deporte y las bragas. Nada más. Sus movimientos eran pretendidamente sexuales, mientras que Barie intentaba imitarla sin mucho éxito, a pesar de que normalmente ella era mejor bailarina. De lado frente a la cámara, se agachaban lentamente enfatizando sus casi inexistentes curvas (¡porque aún eran niñas!). Después, pasaron una mano por todo su cuerpo y, aunque no quería utilizar esa palabra, la impresión era que se estaban sobando. Ofreciendo su cuerpo a cualquier espectador que viera el vídeo. Lo quité, incapaz de seguir mirando.

-         Papá, es un reto de su clase – empezó Ted, pero no le dejé continuar. No quería escuchar su alegato.

-         ¿Habéis publicado esto en Facebook? – pregunté, para cerciorarme. Silencio absoluto. - ¿¡Lo habéis publicado!?

“Aidan, no grites” me recriminé.

Barie dio un pequeño saltito y se escudó todavía más en Ted, como si yo fuera una bomba a punto de explotar.

“Eres una bomba a punto de explotar”.

Le di la tablet a Ted y salí de la habitación. Necesitaba calmarme.
La cabeza me daba vueltas como si dentro tuviera un huracán. Mantuve una conversación conmigo mismo mientras analizaba las imágenes que acababa de ver. No sé cuánto tiempo estuve ahí fuera, en el pasillo, pero debió de pasar un buen rato, porque Ted se asomó.
-         Ya lo han borrado – me susurró.
Asentí.
-         Papá… están… mmm… ¿vas a tardar mucho? Están muy… preocupadas.
Suspiré.
-         Hazme un favor, Ted. Ve a despertar a los enanos – le pedí.
Se marchó a hacerlo, no sin antes dedicarme una mirada suplicante, sabiendo que pocos discursos serían tan efectivos como esos ojos castaños brillantes.
Apenas traspasé la puerta del cuarto de las chicas, Barie se estampó contra mí y me rodeó la cintura con fuerza.
-         Papi, no me dejes sin ir al cumpleaños de los bebés – me suplicó.
Puse una mano sobre su pelo y le acaricié la cabeza.
-         Eso nunca lo haría – le aseguré, ligeramente conmovido. – Sé lo importante que es para ti.
Pareció más aliviada, pero no me soltó. Madie ya estaba completamente vestida.
-         Venid, sentémonos aquí – les dije. Me senté en la cama de Barie, con una a cada lado.

-         Solo estábamos bailando, papá – protestó Madie, en voz baja.

-         ¿Qué fue lo primero que os dije cuando os regalé la tablet y os dejé que tuvierais Facebook? – pregunté.

-         Que no agregáramos a extraños.

-         ¿Y qué más?

Se quedaron calladas. Tal vez no lo recordaban, pero aposté más porque no querían decirlo.

-         Os dije que debíais tener mucho cuidado con lo que subíais, que nada de información personal, ni vídeos ni fotos vuestras. Podíais subir canciones, fotos de artistas, declaraciones de por qué os vais a casar con Justin Bieber…

Agacharon la cabeza, mudas todavía.

-         Os expliqué por qué era peligroso subir fotos y vídeos. Os dije que por más que tengáis un perfil privado, otras personas pueden hacer una captura de esa foto y, si esto ya es peligroso para todo el mundo, para vosotras más, porque yo salía en las revistas. Ahora mucha más gente nos conoce, y eso solo lo hace más arriesgado. Alguien se lo puede vender a una cadena de televisión. Fijaos en lo que pasó con aquella foto de Ted, y él también tenía activada la privacidad – las recordé. 
Barie se mordió el labio, como si se hubiese acordado de aquello de repente.

-         A Jandro y a Ted no les regañas si suben fotos – protestó Madie.

-         Jandro y Ted son más mayores y también tienen unas normas de uso - repliqué. – Es cierto que les doy más libertad. Pero vosotras tenéis doce años, legalmente ni siquiera deberíais tener redes sociales. Os dejé tener Whatsapp porque me ayudaba a comunicarme con vosotras, después cedí con el Facebook porque insististeis mucho y queríais seguir esa página sobre vuestro ídolo. Además, muchos de vuestros amigos tenían y sentíais que os perdíais cosas. Sé que fui muy pesado al hablaros de los riesgos de internet y os conté que hay gente que lo usa para cosas malas. Que se hace pasar por otras personas, que coge fotos ajenas, que hace preguntas extrañas…

-         Pero no ha pasado nada de eso, papi – me dijo Barie.

-         La clase de vídeo que subisteis es la clase de vídeo que esa gente almacena. Nada le gusta más a un pedófilo que una niña semidesnuda haciendo un baile sexy – decidí hablar claro, porque era importante que entendieran. – Así que lo que hicisteis fue: uno, desobedecer una de las reglas que os di y dos poneros en peligro. Y Madelaine, más allá de si es o no peligroso, no puedes grabarte en ropa interior.

Madie se miró los pies, totalmente avergonzada.

-         Quiero que me prestéis atención las dos. Os gusta bailar, ¿verdad? – pregunté, y ambas asintieron. – Y sois muy buenas bailarinas. Pero ese baile que habéis hecho expresa una actitud que no es acorde con vuestra edad. ¿Entendéis lo que quiero decir?

-         Que sigues pensando que somos bebés – bufó Madie.

-         Bebés no. Chicas de doce años, ni más, ni menos. ¿Sabéis lo que es sexualizar a alguien?

Barie se ruborizó.

-         ¿Relacionar a alguien con el sexo? – murmuró.

-         Pues se acerca bastante, princesa – acepté. Mis hijas eran muy inteligentes. Por eso era más frustrante cuando hacían tonterías. – Generalmente y por desgracia se sexualiza a las mujeres. Consiste en poner el sexo como centro de todo. Si eres una actriz en una película de acción, y te vas a pegar con los malos, ¿por qué tienes que llevar tacones, maquillaje, y los tres primeros botones de la camisa abiertos? ¿Porque es más atractivo?  ¿Para quién? Te diré para quién, para los hombres que vean la película, y que se fijarán en que esa mujer es muy guapa, mucho más que en cómo sepa pelear. También ocurre al revés, ¿eh? ¿Os acordáis de las pelis esas que os gustan de Crepúsculo? El chico lobo no sabe lo que es una camiseta, la perdió por el camino.

-         Pero porque los hombres-lobo tienen más temperatura corporal – replicó Barie.

-         Esa es la excusa, cariño. Ni siquiera en los libros pasa tanto tiempo semidesnudo. Sin embargo, en la película, digamos que gastaron poco dinero para su vestuario. Pero el chaval tiene más abdominales que años en el cuerpo. Es raro que chicos con un físico diferente salgan sin camiseta, ¿verdad?

-         Es raro que salgan en películas en general, salvo para hacer de friki – apuntó Madie.

-         Exacto. Y algún día hablaremos en cómo eso influye en la autoestima de la gente y en crear cánones de belleza imposibles, pero ahora estamos en otro asunto. Estamos en que, al hacer esas cosas, reducimos a las personas a una cosa: generar atracción física. Como si eso fuera todo lo que esa persona tiene para ofrecer. Mis hijas tienen mucho más para ofrecer que su cuerpo y, sobre todo, no van a ofrecerlo a los doce años.
De nuevo, guardaron silencio durante varios segundos.
-         Nosotras no queríamos hacer nada de eso, papi. Solo era un reto que están haciendo las de clase – murmuró Barie.

-         Pero era un reto que implicaba incumplir con lo que habíamos quedado, ¿verdad?

-         Lo sentimos, papi.  
Pasé mi brazo alrededor de Barie y la apreté contra mí.
-         Me voy a quedar la tablet este fin de semana. Y os voy a pasar unas hojas con información sobre lo que hemos estado hablando para que me escribáis una redacción – declaré.
Madie puso una mueca, pero ninguna de las dos protestó.
-         ¿De cuántas líneas? – preguntó Barie.

-         Una hoja.

-         ¡Eso es mucho! ¡Media! – dijo Madie.

-         Dos hojas – repliqué yo.

-         Una está bien – suspiró, derrotada. Hice grandes esfuerzos por contener una sonrisa.

-         Y lo último… que sea la última vez que me desobedecéis y subís una foto o un vídeo sin permiso – advertí, más serio que antes, y tiré un poquito de Barie para levantarla.

PLAS

-         ¡Ay! ¡Papi!
Rompió a llorar y escondió la cara en mi cuello. La sostuve y dejé que se desahogara. Barie siempre se tomaba muy a pecho las palmadas, la afectaba a un nivel psicológico más profundamente que a sus hermanos. Conocía su lenguaje verbal, así que sabía que le daba vergüenza, mucha vergüenza, y también algo de miedo. Nunca había sido realmente duro con ella, así que era un miedo infundado. Ella sabía que no la haría daño, lo habíamos hablado alguna vez, pero era instintivo. Se volvía más pequeña cuando la regañaba, se desinflaba como un globito y volvía a ser mi bebé de tres o cuatro añitos.
-         Shhh. Ya está, princesa, ya. No fue nada. Fue un aviso, para que no haya próxima vez, ¿mm?

Barie asintió y noté que se calmaba. Apenas le había dolido, estaba seguro. Se había escondido en mi cuello para no tener que mirarme. Hice algo de fuerza para separarla y darle un beso en la mejilla. Le aparté el pelo de la cara y pasé el dedo por debajo de sus ojos.

-         ¿Por qué lloramos?

-         Es que pensé… snif… que ibas a enfadarte mucho.

-         Me preocupé más que me enfadé – le confesé. – Sé que no queríais hacer nada malo, cariño. Sé que no veíais nada malo en subir un vídeo bailando, imitando a tus compañeras. ¿Pero ahora sí lo entiendes?

-         Sí, papi.

-         Muy bien, campeona. Pues entonces ya está. No más lágrimas. ¿Vas a por el regalo de los bebés? Está en mi cuarto.

Barie asintió. Recordarle a los bebés fue una excelente idea, porque se concentró en el cumpleaños.

Hizo ademan de marcharse, pero la retuve de la mano.

- Mi beso – exigí. Ella sonrió y se acercó para darme un beso en la mejilla. – Ah, así mejor.

Cuando ella se fue, Madie suspiró. Sabía que era su turno. No hizo ni el amago de ponerse de pie, así que tiré un poquito de ella, igual que con Barie.

PLAS PLAS

-         ¡Auch! ¿Por qué a mi dos? – protestó.

-         Y más que debería darte. ¡Te grabaste en ropa interior!

Madie me miró con el entrecejo arrugado y yo la abracé.

-         Por suerte para ti, aunque quieras ser taaan mayor, aún eres mi bebita.

-         Bueno, vale, vale, no seas pegajoso – gruñó. Hizo por soltarse, pero no la dejé y besé su frente. – Aichs. ¿Ya?

-         No. Mi beso.

Puso los ojos en blanco, como si la costara mucho, y me dio un beso. Sonreí y entonces sí no pudo evitar devolverme la sonrisa, contagiada contra su voluntad, como cuando alguien bosteza y te lo pega.

Me levanté y cogí la tablet.

-         Cuídala, ¿eh?

-         Como si fuera de oro – prometí. Hice un gesto, como si se me escurriera. - ¡Uy, casi se me cae!

-         ¡Papá, no tiene gracia!

-         Si hubieras visto tu cara, sí – respondí.

-         Hum.

Madie se marchó teatralmente, fingiendo más exasperación que la que sentía. Miré el reloj. Diez minutos para irnos, o llegaríamos tarde. Salí para asegurarme de que todos estuvieran listos y me topé con Ted, que debía de querer comprobar que no hubiera cadáveres que enterrar.

-         Has sido muy bueno – me dijo, con alivio. Me pregunté qué le habría contado Barie, pero imaginé que todo. Ted tenía una virtud para conseguir que la gente le contara cosas.

 No todo se arregla con castigos. Están creciendo, y va a haber muchas cosas que las confunda. Cosas que son mentira, y que verán todos los días. Lo mejor que puedo hacer es asegurarme de que tienen toda la información que necesitan para sacar sus propias conclusiones. Siempre va a haber algo para lo que no las he prevenido, una situación en la que no sepan qué hacer. Forma parte de hacerse mayor. Encima, son su propio rol femenino, no han tenido una madre en la que fijarse…

-         Tengo el presentimiento de que eso va a cambiar, pero de todas formas tú has hecho un gran trabajo – me aseguró. Quise creerme sus dos afirmaciones. – Alice se manchó su vestido – me informó, como quien no quiere la cosa.

-         ¿Qué? ¿Pero cómo? ¡Si estaba durmiendo!

Pero el muy cobarde ya había salido huyendo. Ocho minutos, y contando. Holly lo entendería si llegaba tarde, ella sabía lo que era ir con tanto niño a cualquier lado.

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