jueves, 6 de agosto de 2020

Capítulo 24




La habitación se quedó en completo silencio y eso solo contribuyó a que mis últimas palabras cobraran más importancia. ¿Estarían resonando en la cabeza de Koran como resonaban en la mía? ¿Y él por qué estaba tan callado? ¿Estaba planificando la mejor manera de descuartizarme? No, eso implicaba demasiada sangre, seguro que un príncipe era escrupuloso y evitaba carnicerías desagradables que pudieran herir su sofisticada sensibilidad. ¿Estrangulamiento, tal vez?
A quién pretendes engañar, si ya sabes que solo va a asesinar una parte muy concreta de tu cuerpo” afirmó una voz en mi cabeza. Eso de escuchar voces no podía ser sano, especialmente cuando enviaban mensajes tan lúgubres como aquella.
-         Doctora, disculpe a mi hijo – le escuché decir al final, sin apenas abrir la boca, como si tuviera la mandíbula tan apretada que no pudiera moverla con normalidad. – ¿Sería posible que siguiera atendiendo al resto de sus pacientes y nos volviera a recibir dentro de un rato?
La mujer me dedicó una mirada que se me antojó compasiva.
-         Lo siento, Alteza, tengo toda la tarde llena de citas. Pero estoy segura de que el joven príncipe se va a comportar y va a permitir que le ponga la última vacuna.
Noté que las mejillas me ardían y agaché la cabeza. Koran gruñó y me agarró con firmeza, en un gesto que interpreté como una clara advertencia.
-         Los pinchazos no deberían dolerte, pero eres un mestizo y hace poco has descubierto tus poderes, ¿verdad? – continuó hablando la doctora, como para distraernos. – Aún debes tener hipersensibilidad.

Me dio la sensación de que la última frase era una indirecta hacia Koran, que la captó igual de rápido que yo.

-         El miedo a las agujas no justifica su malcriadez – replicó. Sin embargo, vi que se ablandaba un poco. - ¿Te dolió mucho?

Supe que aquella era mi oportunidad de salvarme.

-         Muchísimo – le aseguré, con mi mejor expresión de pena.

Koran me dio un abrazo y me acarició la espalda, pero al mismo tiempo me susurró al oído:

-         No trates de engañar a un empático. La mayor parte del tiempo puedo detectar las mentiras.

-         ¿La mayor parte del tiempo? – me interesé. Información útil para el futuro.

-         No trates de engañarme – insistió.

-         Pero sí me dolió – protesté, débilmente.

-         Por exagerarlo no conseguirás que me olvide de cómo me hablaste. Nos ocuparemos de eso en la habitación – declaró y deshizo el abrazo, pero sin dejar que me alejara demasiado. – Aprieta mi mano – me instruyó y por acto reflejo lo hice. – Está listo, doctora.

Me mordí el labio e intenté no mirar la aguja. Koran frotó mi cuello con su mano libre, en un masaje relajante.

-         Tranquilo, ya casi está.
Cerré los ojos y mi respiración comenzó a acelerarse. El pinchazo nunca llegó, pero noté que la doctora se alejaba.
-         Tranquilo, Rocco – repitió Koran, en un tono más apremiante. – Tranquilo, pequeño. No pasa nada.
La preocupación en su voz llamó mi atención y me animé a abrir los ojos, para ver qué estaba pasando. La jeringuilla flotaba sola en el aire, apuntando hacia la mujer que la había estado empuñando segundos antes. Solté un grito y la jeringuilla cayó al suelo. La doctora suspiró audiblemente.
-         ¿Yo… yo hice eso? – pregunté, con incredulidad y cierto temor.

-         Es normal, aún no controlas tus habilidades – dijo Koran. – Tal vez debería haber traído el inhibidor.

-         No es bueno que lo use para estas situaciones – intervino la doctora. – Si abusa de él estos primeros días, tardará más en aprender a manejar sus habilidades.
Koran asintió, y me acarició la mejilla.
-         Concéntrate en mí, Rocco - me pidió.

-         Eso no ayuda mucho, considerando que estás enfadado conmigo – murmuré.

-         Ahora no estoy enfadado – replicó y me dedicó una media sonrisa para demostrármelo. – Respira a la vez que yo.

Hice lo que me decía y me tensé ligeramente al ver que la doctora retiraba la aguja que se había caído y tomaba una nueva. Koran movió mi cabeza para que mis ojos se clavaran en los suyos. Los vi cambiar de marrón a rosa claro y ese color me suscitó muchas preguntas. ¿Qué emoción les hacía ponerse así? Me quedé momentáneamente hipnotizado por aquellos iris tan extraños hasta que de pronto sentí un pellizco en el brazo, un aguijón traidor clavándose de repente.

Los ojos de Koran volvieron a la normalidad. Tuve la sospecha de que lo había hecho propósito para distraerme. ¿Era posible cambiarlos a voluntad? Se suponía que estaba ligado a nuestras emociones. Tal vez funcionaba también a la inversa, y pensar en una emoción modificaba el color de nuestros ojos.

-         Ya está, Alteza. Terminamos – anunció la doctora, pasando un algodón húmedo sobre mi piel, justo encima de donde me había atacado.

-          Muchísimas gracias por todo – respondió Koran. Una parte de mí quería quejarse porque le diera las gracias por agujerearme, pero contuve ese impulso porque sabía que la doctora solo estaba haciendo su trabajo.

-         No debería tener efectos secundarios. Quizá algunas zonas de su cuerpo adquieran un tono azulado, por la vacuna de la fiebre azul, pero durará solo un par de horas – nos informó.

“Mira que más bien creo que una zona en especial estará roja” pensé.

Koran me miró por un segundo y después se despidió de la doctora y nos marchamos.

-         ¿En qué estabas pensando hace un momento? – me preguntó. – Emanabas vergüenza y creí que esa era una emoción casi inexistente en ti.

-         Ja, ja – respondí, irónicamente. – Príncipe de Koran, rey de la comedia, archiduque de los chistes malos.

-         No era un chiste, era una apreciación. ¿En qué pensabas?

-         En nada.

Koran lo dejó pasar y regresamos al habitáculo que se estaba convirtiendo en mi hogar. Él pasó delante de mí y yo me quedé en la puerta, sin muchas ganas de entrar.  

-         Vamos, ven. Primero quiero hablar contigo – me indicó.

Como tampoco podía quedarme fuera todo el día, caminé lentamente hacia él. Ya había aprendido a confiar en su palabra, así que sabía que no tenía nada que temer por el momento.

-         Siéntate – dijo, señalando el sofá. Él se quedó de pie. - ¿Qué fue eso que gritaste sobre Garret? No entiendo qué tiene que ver él con las vacunas.

-         Sí tienes que ver, la doctora dijo de ponerla después, pero tú no querías porque hay que salir de la nave para ver al estúpido ese.

-         En primer lugar, no es estúpido y no se lo puedes llamar – me advirtió. - Y en segundo lugar, tendríamos que bajar al planeta igualmente, por varios asuntos que no tienen nada que ver con mi sobrino.

No tenía respuesta para eso, así que me quedé callado.

-         No tienes por qué estar celoso - continuó. Tal vez había sido muy evidente o él estaba usando su habilidad para leer mis emociones. - Garret es mi sobrino y le quiero mucho, pero tú eres mi hijo y no solo te quiero distinto, sino que creo que te quiero más. 

Levanté la cabeza ante esa última afirmación y de golpe me invadió una oleada de afecto. Solo podría describirlo como una nube de gas cálido e invisible que me rodeó el cuerpo. Comprendí que Koran estaba proyectando sus sentimientos hacia mí, y eran realmente abrumadores. Me faltó el aire por un segundo y sentí que tenía cinco años de nuevo y estaba en la cama de mi madre mientras ella me leía un cuento. El sentimiento casi hizo que me saltaran las lágrimas. Koran había sido muy efectivo en poner sus palabras en forma de emoción, casi como si alguien embotellara todo su amor por ti y te lo diera a beber.

-         Él te ha conocido por muchos años – protesté, sonando más infantil de lo que pretendía.

-         Y tú tienes muchos más para conocerme. Nos han robado diecisiete y cada uno de ellos me pesa más que una roca, pero tenemos casi una eternidad por delante, Rocco.

A mi pesar, mis labios se estiraron en una sonrisa.

-         Una eternidad que espero no tener que pasarme enseñándote modales – añadió, poniéndose serio. – La manera en la que me hablaste es sencillamente inadmisible.

-         Yo…

-         No siempre podrás controlar tu enfado o tu miedo y si te das cuenta no me molesté ni un poquito por lo que sucedió con la jeringuilla. Voy a ser extremadamente paciente con todas las cosas nuevas a las que te estás enfrentando, todo lo “sobrenatural”, o al menos aquello que es sobrenatural desde tu perspectiva. Pero las malas palabras y las agresiones verbales es algo que conoces perfectamente y que sabes cuándo tienes permitido utilizar.

-         ¿Cuándo? – pregunte, aunque imaginaba la respuesta.

-         Nunca. Nunca puedes hablarme como lo hiciste. A mí o a cualquier persona.

Me mordí el labio. Quería pedirle perdón, pero por alguna razón no me salía. Me sentía atrapado y avergonzado, y quería discutir con él y decirle que no tenía razón, lo que fuera con tal de no disculparme. Se me hacía demasiado difícil, y también me costaba seguir allí delante de él. Quería alejarme y encerrarme en algún cuarto privado. Experimenté uno de los mayores inconvenientes de no tener habitación propia.

-         No seas orgulloso, hijo. El orgullo no conduce a nada bueno – susurró.

-         ¡Y tú no leas mis emociones! – me quejé.


-         A veces no puedo evitarlo. Especialmente cuando las proyectas, como estás haciendo ahora.

Parpadeé. No me había dado cuenta de que estuviera proyectando nada. Todo aquello de la empatía era demasiado complicado.

-         Entiendo cómo te sentiste. Los celos, el rechazo a las agujas… lo entiendo. Pero no hiciste bien en pagarlo conmigo. Incluso aunque sea conmigo con quien estés enfadado, no puedes atacarme para descargar tu ira.

Cambié el peso de un pie a otro. Sabía que él estaba esperando una respuesta por mi parte, así que lo intenté:

-         Las vacunas me dolieron – murmuré.

-         ¿Eso es un intento de justificarte o de ablandarme para que no te castigue?

-         Las dos cosas.

-         Ha sido un buen intento. Pero no sirve.

Pulsó un botón para abrir un cajón que pensaba vaciar más pronto que tarde. Sacó el odioso inhibidor y yo retrocedí un par de pasos.

-         No…

-         Estabas advertido sobre las groserías – me recordó.

-         La doctora dijo que usar demasiado el inhibidor no era bueno - argumenté.

-         Solo serán cinco minutos – replicó. – Levántate, Rocco. No lo hagas más difícil.

-         No, Koran, por favor…

Para mi sorpresa, los ojos de Koran se volvieron grises y sus labios se empequeñecieron, formando una línea fina.

-         Lo siento, hijo. Habrá consecuencias siempre que me hables así y de hecho debería haberte castigado allí mismo, delante de la doctora. No lo hice porque entiendo la humillación que eso habría supuesto para ti. Y, aunque tú en cierta manera me humillaste al decirme aquello en público, esto no es una venganza, es una lección. Levántate.

No tenía escapatoria y no quería quedar (más aún) como un mocoso cobarde, así que obligué a mis piernas a sostenerme y me puse de pie. Koran se dio prisa en ocupar mi lugar sobre el sofá y me agarró del brazo. Colocó el inhibidor sobre mi frente.

Me asaltó el vértigo cuando tiró de mí, haciendo que todo mi cuerpo se inclinara. No opuse resistencia y dejé que me tumbara, aunque enseguida abracé uno de los cojines del sofá.

Sentí una breve caricia en la espalda y después me rodeó por debajo del pecho.

PLAS PLAS PLAS… au… PLAS PLAS

PLAS PLAS… Lo siento… PLAS PLAS PLAS

-         Lo siento, Koran – susurré. El orgullo me había abandonado y ya solo me moría de vergüenza.
PLAS PLAS
-         Ya está. Pero si vuelves a hablarme así, será sin pantalón – me avisó.
Asentí, y me agarró del hombro para que me levantara. No me dejó ponerme de pie, sin embargo, porque me abrazó. Perdí el equilibrio y prácticamente caí sobre él, haciendo que se echara hacia atrás para agarrarme mejor. Sus dedos repasaron los bordes de mis párpados.
-         No llores – susurró. – Se me parte el alma cuando lloras.
Apenas tenía unas pocas lágrimas contenidas, pero aquellas palabras casi hicieron que me largara a llorar de verdad. No podía ser tan dulce después de regañarme. No era justo.
Me dejé mimar por un rato, secretamente aliviado porque había pensado que iba a ser peor. en vista de que Koran no parecía enfadado, decidí sobreactuar un poco.
-         Hoy fue un día horrible. Me agujerearon por la mañana, me agujerearon por la tarde y ahora me pegaste.

-         Uy, pobre principito – dijo. Me ruboricé ante esa forma de llamarme. – Hay que esperar un par de días para que las vacunas te hagan inmune antes de bajar al planeta. Pero mañana haremos algo divertido.

-         ¿Algo como qué?

-         Mmm. Salir al espacio.

-         ¿Al espacio? – pregunté, sorprendido. - ¿Al espacio, espacio?

-         Fuera de la nave – asintió.

Sonreí y automáticamente miré por la ventana, pero luego, al ver la espesa negrura, el corazón se me encogió un poco. Era lo más parecido a una inmensa nada.

Koran retiró el inhibidor y besó mi frente.

-         No te pasará nada mientras estés conmigo. Te lo prometo.

Tuve la sensación de que no se refería únicamente a nuestra aventura del día siguiente.

1 comentario:

  1. Me encanta tu historia! Espero que actualices pronto saludos 😜💖💖

    ResponderBorrar