viernes, 27 de septiembre de 2019

EL TERMÓMETRO


Alejandro había pasado un par de días con fiebre. Le había llevado al médico, pero no le habían recetado ningún antibiótico porque el médico decía que era un virus y que no servían. Ya se encontraba mejor, pero aún seguía pachucho y apenas le dejaba salir de la cama o del sofá. Él se aburría mucho, pero procuraba tenerle entretenido con películas y videojuegos. Le dolía la cabeza, así que tampoco aguantaba mucho con los videojuegos.

- Por lo menos no tengo que ir a clase – suspiró, después de comer, cuando le llevé un té calentito.

- ¿Quieres dormir un ratito? - le ofrecí y él asintió. Noté en su mirada que quería pedirme algo pero no se atrevía. - Me quedaré contigo hasta que te duermas – le garanticé y se ruborizó.

- ¡Papá, que ya tengo trece años! - protestó.

- ¿Y qué? ¿Eres muy mayor para que te hagan mimos?

- Mmm. Bueno, solo por hoy no – aceptó y yo me reí. Le acaricié el pelo, algo preocupado porque estaba sudando mucho y no hacía tanto calor. Estaba como destemplado, con un sopor enfermizo. Ya quería verle bien y travieso como siempre.

Le hice compañía por un buen rato, hasta que Alice se despertó de su siesta y empezó a lloriquear. La enana llevaba solo dos meses viviendo con nosotros y no me gustaba dejarla sola, era una bebé muy asustadiza.

- Ve – me dijo Alejandro, notando mi preocupación. - Y cuando vuelvas traeme una manta, ¿sí?

- ¿Tienes frío? Te voy a poner el termómetro otra vez, cariño. No te lo saques hasta que pite, ¿bueno?

Le puse el termómetro y le di un beso antes de salir a buscar a Alice. Le iba a pedir a Ted que entretuviera a la peque un rato mientras yo me quedaba con Alejandro. Fui a buscar a mi hijo mayor y en total no debí tardar más de cinco minutos, pero cuando volví con Jandro me encontré con que Harry le estaba molestando, tirando de él para que se levantara.

- Anda, solo un ratito – le decía.

- Harry, deja a tu hermano, anda. Se encuentra mal.

- Quiero jugar con él a la play.

- Hoy no puede ser, campeón. Además, tú tienes que hacer deberes, ¿no?  - le recordé.

- ¡Los hago luego!

- Nada de eso. Los deberes primero, ya lo sabes. Ya jugarás con Jandro cuando se ponga bien, déjale dormir.

- ¡Pero si él quiere! ¿Verdad que sí? - insistió y siguió tirando de él, con tanta fuerza que casi consigue tirarle de la cama. El termómetro se cayó al suelo y sin querer Harry lo pisó. - Oh, oh – exclamó, y se alejó en dirección a la puerta y yo le sujeté. - ¡Fue sin querer, papá!

- No se ha roto – se apresuró a decir Alejandro, recogiendo el termómetro del suelo.

- No molestes a tu hermano, ¿bueno? - repetí, esa vez más serio, y Harry asintió. - Voy a lavarlo y te lo vuelves a poner, cariño – le dije a mi enfermito y fui al baño a desinfectar el aparato. Prefería tomarle la temperatura en la boca anes que en la axila, porque era más fiable.

Cuando regresé a la habitación, Harry y Alejandro estaban peleando de forma bruta pero amistosa, a modo de juego. Normalmente no me hubiera importado, siempre y cuando las cosas se mantuvieran bajo control y no hubiera heridos, pero aquel día sí me molesté.

- ¡Harry! ¿Qué te acabo de decir? Déjale tranquilo.

- Jo, papá, es que me aburro.

- Juega con Zach.

- ¡Está estudiando! - se quejó.

- Que es lo mismo que tendrías que hacer tú. Además, te vas a contagiar. Ve ahora mismo si no quieres que me enfade.

- ¡No! - me desafió.

- ¿Cómo has dicho? - alcé una ceja. - Cuento hasta tres y más vale que me obedezcas. Uno... dos...

- Vale, vale, ya voy – respondió y se levantó de la cama de su hermano. Cuando pasó a mi lado le di una palmadita suave.

PLAS

- Au.

- Ni te dolió. A ver si me haces más caso, ¿eh? Y nada de decirme que no.

- Perdón...

- Está bien, enano. Ve a hacer deberes y luego juego yo contigo a la play un rato, ¿está bien? A no ser que tengas miedo de que te gane.

- ¡Ja! ¡En tus mejores sueños! - replicó, muy seguro de sus habilidades. Normalmente me dejaba ganar, pero quizá ya tenía edad para que empezara a jugar en serio, mocosito confianzudo. Le revolví el pelo y le observé marchar.

- Y tú, jovencito, a descansar – le dije a Alejandro. - Abre la boca, campéon.

Le puse el termómetro por segunda vez y marcó apenas unas décimas. Me hice un hueco en la cama y le conté una historia hasta que se durmió. Con los ojos cerrados tenía una carita de ángel irresistible y con los ojos abiertos era un angelito al que había que atarle las alas bien cortas.

- Te quiero mucho mucho – susurré y juraría que le vi sonreír.



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