martes, 11 de octubre de 2016

CAPÍTULO 22



CAPÍTULO 22

Puesto que –afortunadamente- Damián no había sido el responsable de los robos, tenía que seguir haciendo de policía. Les había dicho que ya no iba a registrar a nadie más, pero no me quedaba más remedio que seguir haciéndolo. Abrí la puerta para hablar con ellos, dejando que Damián saliera a reunirse con sus compañeros.

-         ¿Él era el ladrón? – preguntó Borja.

-         No. Pensé que había encontrado el compás, pero me equivocaba, así que tenemos que seguir buscando. Eso y la figurita de Javier.

-         ¿Pero quién va a querer robar esas cosas?  - protestó Óliver. – No es nada de valor. ¿Seguro que Benja no perdió el compás y ya?

-         Benja pudo haber perdido el compás, pero ya es mucha casualidad que apareciera también una navaja escondida en este cuarto, que a Borja le desapareciera el libro para aparecer en otro lado y ahora el muñeco de Javier.

-         No es un muñeco – se quejó Javier.

-         La figurita. Perdona. El caso es que son ya demasiadas cosas para pensar que fue casualidad, Óliver, pero nada me gustaría más que estar equivocado.

-         Ya terminé mis deberes, quiero ir a jugar al baloncesto con los de segundo, no estar aquí esperando a que revuelvas entre nuestras cosas – siguió protestando Óliver. Entendía que aquello fuera terriblemente aburrido para ellos.

-         No revuelvo… Pero hay que resolver esto primero.

-         Deja de quejarte ya, estúpido, acabarás por hacer que se enfade. – intervino José Antonio.

-         ¡No dije nada malo! ¡No tenemos por qué estar aquí si no hicimos nada! – se defendió Óliver.

-         Pues si él dice que estemos, tendremos que estar – replicó José Antonio.

-         Uy, ¿ahora te has vuelto el favorito del profe? – le recriminó Wilson.

-         No, pero no me apetece que me castigue como hizo antes contigo – le cortó José Antonio.

-         ¡Cállate!

Estaban inquietos e impacientes por el aburrimiento y por eso empezaban a picarse entre sí. Tenía que frenar aquello antes de que fuera a más.

-         A ver, vale ya. No voy a enfadarme con nadie por expresar su opinión. Ya sé que quieres irte, Óliver, pero os necesito un rato más aquí, ¿de acuerdo?

El chico asintió, obediente, y suspiró. Me centré entonces a José Antonio y a Wilson, que parecían a punto de enzarzarse en una pelea más seria. Wilson miraba a su amigo dolido, seguramente por haberle recordado el castigo.

-         Bueno, vosotros dos, ya está, no pasó nada. No vayáis a pelear por una tontería.

-         ¡Pues que no me provoque! – dijo Wilson.

-         ¡Que no me provoque él a mí!

-         Dije que basta –les regañé.

Le lancé una mirada significativa a Wilson porque había tenido un pequeño atisbo de su carácter y sabía que saltaba a la mínima. Con José Antonio había hablado bastante poco en mi escaso tiempo en el internado. Era un chico muy pecoso, de estatura media aunque con el rostro bastante aniñado, lo que por otro lado era bastante normal, porque para mí no eran más que niños. Me fijé en que tenía los labios muy cortados, tendría que serle incluso molesto.

-         José Antonio, ven conmigo, tengo algo para tus labios – le dije, y le guié hasta mi cuarto.

El chico me siguió con cierta desconfianza y se puso nervioso cuando me vio abrir un cajón, pero se relajó visiblemente al ver que solo sacaba un poco de cacao.

-         Échatelo, te vendrá bien. Le diré a la enfermera a ver si puede darte una barra y sino puedes quedarte esa.

-         Gracias.

-         No hay de qué – le sonreí y volví a guardar el cacao en su sitio, pero entonces me fijé en algo más que tendría que estar en el cajón, y no estaba: mi cartera. Busqué en los otros cajones, pero sabía que no iba a estar ahí porque recordaba perfectamente en cuál la había dejado. Frustrado, di un pequeño golpe sobre la mesa y José Antonio se asustó. – Perdona… Ven, volvamos con los demás.

-         ¿Hice algo malo? – preguntó, preocupado por mi repentino enfado.

-         No, no es contigo… Espero. – añadí y caminé a zancadas hacia el resto. -¿Alguno entró en mi habitación?

-         Yo – dijo Damián.

-         Tú ya lo sé, estabas conmigo. ¿Alguien más? – increpé.

-         Dijiste que podíamos entrar… - murmuró Benjamín, bajito.

-         Sí, pero no me refería a cualquier momento, sino más bien cuando yo lo supiera. Aun así, eso no me importa tanto. Pero me ha desaparecido algo. Algo muy importante.

-         Yo entré, pero no te cogí nada – susurró Benjamín. Le observé durante unos segundos y le creí.

-         Alguien lo cogió. Y quiero saber ya quién fue. Basta de tonterías, quien esté cogiendo cosas tiene que dar un paso al frente. Antes de que me enfade más. – les dije, aunque la verdad, me costaba pensar que pudiera estar más enfadado. Estaba haciendo grandes esfuerzos por contenerme.

No era la cartera lo que me preocupaba, ni el escaso dinero que había en ella, sino la única foto que tenía en el mundo en la que salía con mis dos hijos. Si esa foto no aparecía iba a cabrearme y mucho. Y ni a ellos ni a mí iba a gustarnos el resultado.

Los chicos parecieron percibir que algo había cambiado y que ahora sí estaba de veras molesto, porque se miraron con preocupación, como buscando a ver qué podían decirme.

-         Yo no cogí nada – dijo Óliver.

-         Ni yo.

-         Ni yo.

El cuarto se llenó de ecos asegurando que todos eran inocentes. Sin decir nada y viendo que aquello no me iba a llevar a ninguna parte, empecé a revisar cada espacio de nuevo, dejando un lado los que ya había mirado. Esta vez fue más tenso, porque yo estaba furioso y no hacía nada para ocultarlo. Deshacía las camas sin molestarme en volver a hacerlas y cuando llegué a la última y las cosas –mi foto- no aparecían resoplé con enfado.

-         Nadie va a salir de aquí hasta que encuentre las cosas robadas. ¿He sido claro? Y si llega la hora de cenar, me da igual. Y si tenéis que ir al baño, os aguantáis. – les espeté, en un tono demasiado iracundo.
Todos se sumieron en el más absoluto de los silencios durante unos segundos, hasta que empecé a escuchar un silbidito extraño, seguido de un sollozo reprimido. Enseguida me di cuenta de que los ruidos los hacía Damián, que había empezado a ponerse rojo. Le había asustado y estaba al borde de sufrir uno de sus ataques de pánico. ¿Tan duro había sonado?

-         No, Damián, tranquilo…

-         Snif….ifgs…ifgs….tengo…snif…tengo que ir al baño.

-         Pues ve, no lo decía en serio… Claro que tenéis que ir al baño y tenéis que cenar. Ve, Damián. Cálmate, no te voy a hacer nada. A ver, respira hondo, como te enseñé.

Damián se calmó relativamente rápido, pero aún no respiraba con normalidad. Me culpé de haber provocado esa reacción en él y recordé que a veces las palabras tienen más efecto si salen del corazón que de la furia.

-         Chicos, lo que ha desaparecido es muy importante para mí. Es una cartera, pero no es eso lo que me importa, sino una foto que hay dentro. Es de mi familia y es irremplazable. Sé que aún no me conocéis mucho, pero por eso mismo, no creo haberos hecho nada tan malo como para que me quitéis eso.

-         ¿Tienes familia? – preguntó Benjamín, con curiosidad. Tal vez se pensaba que un profesor era un ser extraño que no tenía vida fuera del colegio.

-         Claro, ¿no ves su anillo? Está casado – apuntó Borja. – Con lo viejo que es, seguro que tiene hijos.

-         No soy viejo – protesté, tocando involuntariamente el anillo que me negaba a quitar de mi mano derecha. – Tengo solo cuarenta y dos años y eso no es ser viejo. Pero sí tengo hijos.

-         ¿Y a ellos no les importa que vivas aquí? – preguntó Damián, extrañado. Por lo visto había abierto el cajón de las preguntas.

-         No, no les importa. Hace tiempo que no viven conmigo – respondí, lentamente.

-         ¿También están en un internado?

-         No, están con su madre y les veo muy poco. Por eso esa foto significa mucho para mí. – les dije, con el corazón en la mano.

Benjamín se acercó y me abrazó.

-         Si yo la tuviera, te la daría – me dijo.

Wilson soltó una risita y murmuró algo así como “mira al bebé de los abrazos”, pero yo agradecí mucho el gesto de Benjamín. Le revolví el pelo y le sonreí cuando se separó.

-         Gracias, Benja. Eso te honra y demuestra que tienes un buen corazón. Yo sé que tú no la tienes. La verdad, me cuesta pensar que ninguno la tenga. No veo que podría ganar nadie al quitarme algo así. No tenía mucho dinero en la cartera.

- Es simple: una cartera, un compás, una figurita, la navaja, un libro… Alguien está cogiendo cosas aleatorias, sin valor, y escondiéndolas en otro sitio. Es un comportamiento típico de un cleptómano – dijo Borja. A pesar del tono ligeramente arrogante que empleó, y que me ponía algo nervioso en boca de alguien tan joven, me di cuenta de que tenía razón. Y quizá por eso mismo nadie admitía haber cogido las cosas: un cleptómano jamás reconoce sus actos. La única forma es pillarlos in fraganti.

5 comentarios:

  1. Yo tambien imagine que ya debia de ser un cleptomano el que esta robando las cosas :O pero la verdad no se me puede ocurrir quien sea, a lo mejor y Victor puede poner una trampa y asi cacharlo con las manos en la masa :D Como sea me encanto el capitulo y como siempre me dejaste con ganas de más!

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  2. Que gran historia me encanta :3 pero ya quisiera saber quien es el que toma las cosas.. Damian es un amor de niño.

    :( muy cortito el capitulo.

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  3. Me encanta esta historia, ya había leído el capítulo en fictionpress. Sigo en espera de más!

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  4. Pobre Damian.... Me como a Benja, es pura ternura.

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