sábado, 26 de diciembre de 2020

CAPÍTULO 125: Verdades y atrevimientos

 

CAPÍTULO 125: Verdades y atrevimientos

La madrugada del domingo al lunes me desperté cuando noté un peso en mi colchón. Somnoliento, abrí un ojo para comprobar que se trataba de Cole y sonreí. Hacía mucho que el enano no se venía a mi cama. Me apreté contra la pared para hacerle hueco y le envolví con un brazo.

-         Ted… - me llamó.

 

-         ¿Mmm? – respondí, más dormido que despierto.

 

-         ¿Tú crees que Holly va a formar parte de nuestra familia? – preguntó, en un susurro.

 

-         No lo sé… ahuum… pero tranquilo… ahuum… que lo pienso averiguar… uum… muy pronto.

 

Inspiré hondo y me preparé para dormir de nuevo, pero Cole tenía otros planes.

 

-         No sé si quiero tener tantos hermanos – me confesó.

 

Aunque no estaba muy lúcido en esos momentos, supe valorar la importancia de su confidencia. Casi todos, por no decir todos, estábamos ya subidos al barco “Aidan y Holly”, así que ser la nota discordante no era sencillo.

 

-         Da un poco de miedo – admití, sin vocalizar bien porque estaba aún medio grogui. ¿Era necesario tener conversaciones profundas a las tres de la mañana?

 

-         Sí… Pero no es solo eso. Las cosas están bien así. Me gusta nuestra vida ahora, no entiendo por qué hay que cambiarla.

 

Abrí los ojos y me erguí un poco.

 

-         La vida cambia constantemente, Cole, incluso aunque nosotros no queramos. Dentro de unos años algunos de nosotros nos habremos casado e igual te hacemos tío. A mí también me gusta nuestra vida y, sin embargo, estoy seguro de que también me gustará mi vida de entonces y que tú serás un tío excelente que amará a sus sobrinos incluso aunque ahora no eche en falta tenerlos. La gente que vamos conociendo por el camino aumenta nuestra perspectiva y hace que nuestra vida perfecta sea más perfecta todavía. Así es como me sentí yo cuando viniste a casa. Completo. Y me volví a sentir completo cuando llegó Dylan. Y Hannah y Kurt. Y Alice. Y Michael.

 

Cole sonrió y se tapó con la manta, vergonzoso.

 

-         Y Leo – añadió.

 

-         Y Leo - acepté. – Jamás pensé que tendríamos un gato, hace un par de años habría sido imposible convencer a papá.

 

Cole se quedó en silencio durante un rato, pero imaginé que ese no era el fin de la conversación.

 

-         No es que no me guste Holly. Y sus hijos me caen bien, en general. Pero, ¿cómo sería nuestro día a día? Las comidas… las habitaciones… ¿te imaginas cuántos coches necesitaríamos? Y ¿dónde iba a encontrar un rincón tranquilo para leer?

 

Me reí ante esa última pregunta.

 

-         Eso ya se vería, enano. Aunque estés acostumbrado, para la mayoría de la gente ya es una locura ser doce, pero a nosotros nos va bien. Y, si tengo que construir una cabaña para que mi hermanito lea, la construyo, ¿eh?

 

Intenté usar un tono ligero para disipar sus preocupaciones, pero compartía algunas de sus inquietudes. Tener a tantos niños y adolescentes bajo el mismo techo puede generar muchos problemas, pero había elegido tener esperanza y confiar en papá y en su habilidad para conseguir que todo encaje, especialmente cuando se trata de la familia.

 

-         No tendrás tiempo – murmuró Cole, sacándome de mis pensamientos.

 

-         ¿Cómo dices?

 

-         Con tantos nuevos hermanos, no tendrás tiempo para construir una cabaña.

 

Oh. Conque de eso se trataba. Le apreté el costado.

 

-         Así me lluevan treinta hermanos nuevos, siempre voy a tener tiempo para ti, mico.

 

-         ¿Lo prometes?

 

¿Me lo podía comer? Ojalá la adolescencia le permitiera conservar su inocencia y su ternura.

 

-         Lo prometo, Cole. Si hay algo que he aprendido en esta caótica familia nuestra es que el amor nunca se divide, solo se multiplica. Y si el amor se multiplica, se hace magia con el tiempo. ¿O acaso papá no saca un huequito para estar con nosotros cuando le necesitamos?

 

Cole asintió y le abracé, dejándome caer otra vez sobre la almohada.

 

-         Ahora a dormir, bicho, que es muy tarde.

 

Pensé en mis palabras anteriores, dándome cuenta de que eran ciertas. Si de verdad tienes interés en alguien, puedes sacar un hueco, por pequeño que sea, para esa persona. Yo tenía algo privado con cada hermano. Cole, por ejemplo, era mi acompañante favorito para ver las películas de Harry Potter. Eso era algo nuestro, que hacíamos juntos, y pensaba seguir haciéndolo, aunque tal vez ahora Blaine se sumara a la ecuación alguna vez.

 

“Epa. Alguien está acelerando la película en su cabeza, me parece. Pensé que estábamos planeando visitar a Holly y tú ya estás hermanándote con Blaine”.

 

Me tapé la cara con la almohada, como si así pudiera silenciar mis propios pensamientos.

 

-         Voy a tener como tropecientos mil sobrinos – reflexionó Cole de pronto, como si se hubiera dado cuenta de eso por primera vez. – Y si al final papá se casa con Holly, todavía más.

Sonreí.

-         Ya puedes ir ahorrando para regalos de cumpleaños – murmuré.

 

-         ¿Queréis callaros ya, par de cotorras? – gruñó Alejandro, desde su cama.

 

-         ¿Y tú qué haces despierto? – me extrañé.

 

-         Nada – bufó, de mal humor. – Me duele la tripa – añadió después.

 

El malestar de Harry había durado todo el fin de semana y yo había tenido dudas sobre si se debía a un efecto secundario del alcohol o a alguna pequeña infección, pero si había contagiado a Alejandro, se confirmaba que se trataba de lo segundo, ya que él no había dado muestras de encontrarse mal hasta entonces.

-         ¿Quieres que llame a papá? – le pregunté. Alejandro no respondió. Creo que le daba vergüenza, lo cual por un lado me parecía absurdo, pero por otro le entendía perfectamente, porque a mí también me hubiera costado tragarme mi edad para ir a despertar a papá “porque estaba malito y tenía mimos”, como si fuera Kurt. – Voy a llamarle – decidí por él y pasé por encima de Cole para salir de la cama.

Alejandro no hizo nada por impedírmelo, así que sí que debía dolerle. Fui al cuarto de papá y dudé unos segundos antes de acercarme a su cama, pensando en la forma menos brusca de despertarle. Finalmente, le moví con suavidad, hasta que le vi abrir los ojos.

-         ¿Ted? – preguntó, como tratando de ubicarse en el espacio y el tiempo.

 

-         Hola, pa. A Jandro le duele la tripa. No le pasa nada serio – añadí, para no asustarle. – Debe ser lo mismo que tiene Harry.

 

Aidan se incorporó y se frotó la cara para despejarse. Me di cuenta demasiado tarde de que había ido a buscarle sin zapatillas, y él se dio cuenta también cuando reparó en mis pies descalzos.

 

-         Y tú te quieres resfriar, por lo visto – me regañó. - ¿Y tus zapatillas? ¿Y tus calcetines?

 

-         Ups – musité. Papá se levantó, e instintivamente me alejé un par de pasos. – No, pa…

 

A pesar de que el cuarto estaba en penumbra, noté que su mirada se entristecía por un segundo.

-         No voy a hacerte nada, hijo.

 

-         Ya… ya lo sé, papá – susurré, avergonzado de mi reacción.

 

“Gallina. Idiota. Se va a pensar que le tienes miedo”.

 

Noté su mano sobre mi hombro y me atrajo hacia él en un abrazo.

 

-          Vamos a ver a tu hermano - sugirió.

Agradecí que no ahondara en el tema. No sé si yo tenía mucho arreglo, pero esperaba que la psicóloga pudiera ayudarme por lo menos a dejar de ser tan patético.

Papá regresó conmigo a mi habitación y se acercó a la litera en la que dormía Jandro.

-         Hola, campeón. ¿Te sientes mal?

No escuché la contestación de mi hermano, pero debió de asentir, porque papá se agachó para sentarse a su lado y le hizo un mimo.

-         ¿Te quieres venir a mi cama?

 

-         ¿Hay ocupas?

 

-         No, hoy los enanos se quedaron en su cuarto – respondió papá. – Aunque si luego se despiertan igual tenemos compañía. ¿Por qué? ¿Quieres a papá solo para ti?

 

-         Aich. Que no soy un bebé.

 

Sonreí. Aunque no siempre lo verbalizara, sabía lo que papá estaba pensando en ese momento: “eres mi bebé”. Me pregunté si todos los padres veían así a sus hijos, si los contemplaban con el mismo amor y cariño y supe que no, aunque solo fuera porque algunos se dejaban llevar por estúpidos tópicos de la masculinidad. Quizá, si hubiéramos tenido madre, papá le hubiera cedido lo de llamarnos “bebé” a ella.

“¿Eso cambiará si se casa con Holly? No me imagino a un Aidan menos cariñoso de lo que es ahora, y no quiero imaginármelo…”

“Ah, ¿qué te pensabas? ¿Qué todo iba a ser color de rosa? No puedes tenerlo todo, una madre y un padre perfecto”.

“Holly no va a ser mi madre” me repliqué, totalmente convencido de ello. “Pero sí puede ser la de los enanos. Y no quiero que su relación con papá cambie por eso. Ellos necesitan al papá mimoso y consentidor que conocen. Cole tiene razón, las cosas están bien así…”

“Ahora sí estás siendo un gallina y no antes. Aidan no es un transformer, no va a mutar porque haya una mujer en su vida” me respondí.

“¿En qué quedamos? ¿Puedo tenerlo todo o no?”

“Tú sabrás. Puedes tenerlo todo si crees que puedes tenerlo todo. Pero si te pones en plan pesimista, lo fastidiarás, que eso se te da genial”.

Bufé. Tenía que dejar de discutir conmigo mismo o iba a terminar perdiendo la cabeza.

Papá y Jandro me miraron, sorprendidos por mi resoplido.

-         Uy, alguien está celoso – me chinchó papá, quizá creyendo que ese sonido había sido una respuesta a su conversación con mi hermano.

 

-         Él tiene que dormir aquí porque Cole le está esperando – declaró Alejandro.

Era raro verle tan posesivo con papá. Raro y adorable. Papá debía opinar igual que yo, porque sonrió y le acarició el pelo.

-         Ven, vamos a dormir, anda. ¿Quieres que te haga una manzanilla? ¿O menta-poleo? ¿O solo que te haga mimos?

 

Alejandro se ruborizó y se dejó guiar hacia el cuarto de papá.

 

-         ¿Prefieres ir con ellos? – susurró Cole.

 

-         Qué va. Yo me quedo aquí con mi hermanito.

 

Volví a la litera y me dejé caer en plancha.

 

-         Ay, Ted, qué bruto – protestó Cole.

 

-         Ah, así me despertaste tú. Para que veas.

 

-         Pero yo no peso mil kilos.

 

-         ¡Oye! ¡Ni yo tampoco! – protesté y le hice cosquillas.

Paré enseguida, porque no quería que se desvelara. Le arropé bien. La verdad era que él podía despertarme cuantas veces quisiera.

 

-         AIDAN’S POV –

Alejandro se encontraba mal y Ted vino a decírmelo. Le regañé cuando vi que se había recorrido todo el pasillo descalzo, pero en verdad apenas fue un regaño, solo un comentario, frustrado porque descuidara su salud. Él reaccionó como si le hubiera hecho la peor de las amenazas y me hizo sentir terrible. Sabía que esas respuestas exageradas se debían a un trauma reciente, pero aun así no podía evitar pensar que una parte de mi hijo me tenía miedo. Precisamente Ted, que nunca había huido de mí, ni en las ocasiones en las que más me había enfadado con él. La primera persona en hacerme sentir buen padre.

No quería inspirar esa clase de temor en mis hijos. A veces se preocupaban cuando sentían que habían hecho una metedura de pata muy grande, pero sus reacciones ante mi enfado solían ser más de tristeza que de miedo.

Sabía que tenía que ser paciente. Mi niño volvería a estar bien, es más, quizá con la terapeuta lográsemos que estuviese mejor que bien, si conseguíamos que ganase un poquito de autoestima, de la que siempre había carecido.

Fui a ver a Jandro y me alivió ver que no se trataba de nada serio, solo un malestar estomacal. Tras hacerle un par de mimos, le guié hasta mi cuarto, pero me detuve un momento en el de los gemelos. Harry había dormido conmigo el sábado, pero aquella noche se empeñó en quedarse en su dormitorio. Mi muy desarrollado lado sobreprotector quería tenerle conmigo mientras estuviera enfermo -y cualquier otra noche también- pero parecía estar en un sueño profundo y relajado, así que me limité a colocar sus sábanas y a darle un beso. Hice lo mismo con Zach y fui a ocuparme de mi otro enfermito. Alejandro estaba mimoso e infantilón y yo me lo iba a comer como si fuera un tentempié nocturno. Quizá fuera bueno que nadie más hubiera querido ir a mi cama aquella noche, porque al parecer mi bebé grande me quería solo para él.

“Tú no le llames bebé por si acaso, que igual se le quita lo mimoso” me dije. Pero ¿qué culpa tenía yo si seguía teniendo los mismos ojitos brillantes, la misma mirada de cachorrito que cuando tenía una pesadilla y quería que le protegiera de los malvados monstruos de la noche?

Le ayudé a meterse en la cama y le arropé bien. Después me tumbé a su lado y sonreí plenamente cuando decidió utilizar mi brazo de almohada supletoria.

-         ¿Me quieres? – susurró, de pronto.

 

-         Muchísimo, cariño.

 

-         ¿Aunque sea un dolor de muelas? – insistió. Auch.

 

-         Eres MI dolor de muelas y no te cambiaría por nada del mundo – le aseguré.

 

-         ¿Ni por otro hijo como Ted? ¿O como Cole?

 

-         Eres perfecto tal y como eres y ellos son perfectos tal y como son. Tengo doce hijos perfectos, únicos e irrepetibles.

 

Alejandro sonrió, de una manera especial que en él veía bastante poco: era una sonrisa vergonzosa y adorable, en la que intentaba esconder la cara haciendo que de pronto se pareciera mucho a Kurt, a pesar de que físicamente no podían ser más diferentes.

 

-         Técnicamente, los gemelos están repetidos – me chinchó. – A veces me gustaría tener un gemelo.

 

Le acaricié el pelo, empezaba a tenerlo un poco largo.

 

-         ¿Sí? ¿Por qué? 

 

-         No sé, tiene que estar bien. La cantidad de bromas que podría haber gastado... Aunque Zach y Harry ya no se parecen tanto.

 

-         No eres del tipo bromista – reflexioné. – Más bien del tipo que haría travesuras.

 

-         No necesito gemelos para eso, papá – me recordó. Solté una risita, bastante de acuerdo. - Hum. ¿No que era perfecto tal y como era? Entonces tendría que gustarte tener otro como yo – me increpó, bromeando.

 

-         Lo bueno se disfruta más en pequeñas dosis, campeón - repliqué, disfrutando de aquella conversación sin presiones. Pero estaba a punto de dar un giro hacia temas mucho más serios.

 

-         Yo no llamaría tener doce hijos una “pequeña dosis”.

 

-         Touché.

 

-         Y encima te parecen pocos y a este paso vas a tener veintitrés. ¿Te das cuenta de que vas a superar a Andrew? Él solo tuvo trece.

 

-         Catorce – le corregí en automático. No era el fan número uno de Andrew, de hecho no era su fan en absoluto, pero prefería seguir contándome como hijo suyo por muchos motivos. Quería sentirme más cerca de mis hermanos y no tener ningún vínculo con “Greyson”. 

 

-         Entonces, ¿no lo niegas? ¿Vas a tener veintitrés hijos?

 

Suspiré. Mi hijo hacía preguntas demasiado complicadas a las tantas de la madrugada.

 

-         Al principio me parecía una locura – le confesé. – Ahora me parece una locura… posible.

 

-         Yo diría más bien “probable”. He visto cómo mirabas a Blaine.

 

-         ¿Cómo le miraba? – pregunté, a la defensiva.

 

-         Como a uno de nosotros. Y Holly se va a comer a Kurt, con patatas y asadito en el horno.

 

Sonreí.

 

-         Holly también te mira a ti con mucho cariño – le dije y Jandro no me lo negó.  

 

Se quedó en silencio por un rato y pensé que ya se iba a dormir, pero al cabo de unos segundos se estiró.

 

-         Oye, papá. ¿Qué vamos a hacer en mi cumple?

 

Amé el tono de ilusión que se le escapó en aquella frase.

 

-         ¿Qué quieres hacer, campeón?

 

-         Van a estrenar una de Los Vengadores en el cine…

 

-         ¿Quieres verla? Eso está hecho, Jandro.

 

-         Mmm. ¿Vendrá Holly?

 

-         Lo que tú quieras, hijo. Es tu cumpleaños, tú decides.

 

No sé si sentía que debía de corresponder a la invitación de los trillizos, o si es que acaso empezaba a vernos como un pack.

 

-         ¿Podemos comer solos y que luego ellos vengan al cine? – planteó.

 

-         Claro que sí.

 

-         ¿Y podemos…?

 

-         Podemos hacer todo lo que tú quieras, campeón, pero tenemos todo un mes para planearlo y ahora hay que dormir – le interrumpí.

 

-         ¿Tengo que ir a clase mañana? – preguntó, con voz quejosa, intentando sonar desvalido, sin duda.

 

-         Depende de cómo te encuentres – respondí, aunque en realidad estaba seguro de que no le iba a llevar, ni a él ni a Harry.

 

-         Mal, papá. Fatal, horrible, medio muerto – exageró. – Mañana estaré muerto entero.

 

-         Te pagaré un bonito funeral – le prometí, pero no me sentía nada cómodo bromeando sobre esas cosas. Empecé a decir algo más, pero mi móvil sonó con un mensaje nuevo y nos distrajo a los dos.

 

-         ¿Es Holly? – me preguntó.

 

-         No, Sebastian. Allí son las once de la mañana.

 

-         ¿Habéis hablado mucho?

 

-         No mucho – reconocí. Era todo muy raro. Saber que éramos familia y a la vez no lo éramos.  – Él está muy ocupado. La vida de un médico que además es padre soltero es complicada.

 

-         ¿Más que la tuya? – preguntó, con escepticismo.

 

-         Yo he tenido mucha suerte. No tengo horarios, solo bebés a los que cuidar.

 

-         ¡Papá! ¡Que no soy un bebé! – protestó y se giró, enfurruñado. – Aichs. Qué pegajoso eres.

 

¿Yo era el pegajoso? ¿Y quién se había acurrucado junto a mí como un pollito cuando hacía frío?

-         Perdona, perdona. Buenas noches, señor mayor. ¿Cuántos eran los que vas a cumplir? ¿Cincuenta o sesenta? – le chiché.

 

Como toda respuesta, escuché el sonido característico de una ventosidad.

 

-         ¡Alejandro! – me indigné, pero solo recibí una risita. Rodé los ojos. – Todo un paradigma de madurez, ya lo veo.

Nos dormimos poco después, pero me desperté tras un par de horas. Alejandro se encontraba peor y fue al baño. El pobre vomitó todo lo que su estómago pudiera contener y más. Me abrazó lloriqueando y ahí ya no le hice bromas, porque sabía lo vulnerable que se ponía cuando estaba enfermo, especialmente si era de la tripa.

-         Ya pasó, cariño, ya está.

Me costó un poco que se volviera a dormir y yo me quedé despierto, con insomnio. Lo peor de no dormir era ponerse a pensar y, sin duda, tenía mi plato bastante lleno de pensamientos preocupantes. El más recurrente era la operación de Kurt. Seguía preguntándome si no estaba cometiendo un error. Si no estaba sometiendo a mi hijo a algo que no era necesario. Confiaba en los médicos, pero también tenía miedo.

Cuando sonó el despertador, lo hubiera tirado por la ventana. Lo apagué antes de que Alejandro se espabilara y le di un beso para ir a ocuparme de mis otros hijos.

Todos se prepararon para ir al colegio con relativa rapidez, pero, al parecer, Alice también odiaba que la mañana hubiera llegado tan pronto. No había forma de sacarla de la cama y, cuando lo conseguí, apenas podía abrir los ojitos.

-         A alguien se le han pegado las sábanas, me parece – sonreí y cogí una toallita húmeda para limpiarle las legañas.

 

-         Quiero dormir, papiiii – protestó.

 

-         Papá también quiere dormir – suspiré. La vestí, con más esfuerzo que de costumbre porque se quedó flácida como un muñeco sin vida. Luego la cogí en brazos para llevarla al comedor.

Desayunamos, aunque apenas pude lograr que Alice se bebiera su leche. Finalmente, cuando todos estuvieron listos, le pedí a Michael que cuidara de Harry y Jandro hasta que volviera y me fui a llevar a los demás al colegio. Alice se durmió en el coche. Me daba penita despertarla… Desabroché su sillita y me la colgué del cuello.

-         ¿Es que has dormido mal, cariño? ¿Tuviste sueños feos? ¿Por qué no viniste a buscarme?

 

-         Mimí bien, papi… pero quería mimir más – puchereó.

 

Sonreí y besé su frente.

 

-         Luego te echarás una siesta, bebé.

 

-         Eno.

 

-         Besito a papá.

 

-         Muak :3

 

-         Ve a pasarlo bien y a aprender muchas cosas, pitufa.

 

-         ¡Shi!

 

Cuando todos entraron a clases, regresé a casa, pero primero pasé por la tienda para comprar comida suave y bebidas isotónicas para Jandro y Harry.

Mis enfermitos todavía estaban en la cama cuando llegué. Subí primero a ver a Alejandro y estaba dormido como un tronco. Harry en cambio ya estaba despierto, pero se le veía demasiado a gusto bajo sus mantas como para salir de ellas.

-         Hola, campeón. ¿Cómo te encuentras?

 

-         Bien…

 

-         ¿Has ido al baño más veces?

Harry negó con la cabeza. Me acerqué a su cama y me senté en el borde.

-         Eso es bueno. Vamos a comer cosas suavecitas hoy también, ¿vale? Por si acaso.

Asintió y se removió un poquito.

-         Papá…

 

-         Dime – le animé, al ver que no continuaba.

 

-         Nada.

Le observé con atención. Harry parecía preocupado por algo.

-         ¿Qué ocurre, cariño?

 

-         No, nada. Los demás ya se fueron al cole, ¿no?

 

-         Sí – respondí, aún pensando en lo que se escondía tras aquella expresión de angustia.

 

-         Mmm.

 

-         ¿Qué tienes, campeón? Escúpelo.

 

-         Es que si te lo digo me voy a arrepentir y si no te lo digo me voy a morir de los nervios – gimoteó.

 

-         ¿Por qué te vas a arrepentir? Puedes decirme lo que sea, Harry.

 

-         Ya, pero no quiero darte ideas – suspiró. - ¿Vas a castigarme por lo del viernes?

 

Se refería a su aventura con el alcohol, por supuesto. Le entraron ganas de vomitar justo cuando estaba ajustando cuentas con él, de tal forma que le había salido más barato que a sus hermanos, y encima él tenía el agravante de su pésima actitud, con la que había provocado el accidente de Barie. Pero me parecía cruel continuar donde lo dejamos días después, especialmente cuando había estado enfermo. ¿No quería que fuera a clases todavía, pero le consideraba listo para una azotaina? Qué hipócrita sería de mi parte.

 

-         Estarás bajo arresto domiciliario durante un mes, como tus hermanos mayores – le informé.  – Y más vale que esta sea la última vez que bebes a escondidas.

 

-         Pero papá, ¡el cumpleaños de Will es una semana!

 

-         Mala suerte – respondí, intentando dotar a mi voz del matiz adecuado de dureza. “Aguanta, Aidan, aguanta”.

 

-         ¡No es justo!

 

-         Sí, tienes razón, no es justo que haya sido tan blando.  No estoy seguro de que así vayas a aprender nada y los demás la tuvieron mucho peor.

 

-         ¡No, no quería decir eso! ¡No es justo que no pueda ir al cumpleaños de Will! – protestó. - ¡solo es una vez al año!

 

-         De veras lo siento, Harry. Entiendo que sea importante para ti, pero también es importante que me obedezcas y no hagas cosas que tienes prohibidas.

 

Noté un empujón y faltó poco para que me cayera de su cama.

 

-         ¡Harry! – le regañé.

 

Se tapó la cara con la manta. ¿Acaso pretendía usar la técnica del avestruz? “¿Si escondo la cabeza no me ven?”.

 

-         Se están rifando unas palmadas y me quedé sin papeletas – le avisé.

 

-         No, seguro que te queda alguna bien escondidita, papi – le escuché murmurar.

 

Contento de que no pudiera verme en ese momento, sonreí. No podía enfadarme cuando se ponía así de tierno. Tiré de las mantas para que me mirara.

 

-         Sin malcriadeces, ¿bueno? Puedes protestar, te puedes enfadar, puedes llorar y puedes llamarme malo, pero no me puedes empujar.

 

-         Perdón…

 

 

Le acaricié el pelo.

 

-         No me gusta castigarte, hijo, pero nunca lo hago por nada. Te lo ganaste y sé que lo sabes, aunque odies admitirlo.

 

Puso una mueca que se parecía demasiado a un puchero. Agaché la cabeza para besar su frente.

 

-         ¿Te apetece desayunar algo? ¿Qué tal un poco de fiambre de pavo? – le pregunté. Harry asintió sin quitar esa expresión que lo hacía parecerse al bebé que fue y que, para una parte de mí, siempre sería. – Ah, pero con una carita tan triste no se puede desayunar.

 

Se cruzó de brazos, obstinado. Estiré las manos para destapar sus pies y le miré para avisarle de lo que iba a hacer. Lo entendió apenas un segundo antes, cuando ya era demasiado tarde y había empezado a hacerle cosquillas en las plantas.

 

-         ¡No! ¡Jajajaj! ¡No, papá, para! ¡Aichs! ¡Jajaj!

 

Harry se las apañó para esconder los pies y me dedicó una mirada de indignación, pero había un brillito de diversión en sus ojos y no pudo ocultarlo.

 

-         Vamos, campeón. A comer para coger fuerzas y ponerse bueno cuanto antes.

 

Harry se estiró y después lentamente salió de la cama. Sin previo aviso, se tiró sobre mí y me dio un abrazo. Le apreté, enternecido.

 

-         Te quiero mucho, microbio.

 

-         Microbios los que hay en mi tripita – se quejó, infantilizando la voz a propósito para sonar como Kurt.

 

-         Pobre bebé. Qué microbios tan malos.

 

Deseé que nunca dejara de darme aquellos abrazos espontáneos. Había mucho de niño aún en mi pequeño adolescente.

 

 

-         TED’S POV. DOS DÍAS DESPUÉS –

 

Aparqué el coche frente a un edificio alto. Aquello no era la casa de Mike, pero papá no tenía por qué saberlo. No tenía muy claro por qué aquella visita debía ser un secreto, pero sentía que tenía que serlo.

 

Barie estaba segura de que aquella era la dirección. Me había costado mucho que me la diera, porque estaba empeñada en acompañarme, pero había logrado convencerla de que la llevaría conmigo en otra ocasión.

 

-         Está bien. Ella trabaja aquí – cedió al final, metiendo una dirección en mi móvil.

 

-         ¿Estás segura?

 

-         Es la única sede de su periódico en Oakland.

 

-         Gracias, Bar, te debo una.

 

-         ¡No lo estropees! – me ordenó. - ¿Por qué quieres ir a verla, de todas formas?

 

No la respondí, porque lo cierto era que no lo tenía claro. Blaine me había inspirado a hacerlo, pero no se trataba de una decisión razonada. Existía la posibilidad de que Holly no pudiera recibirme en aquel momento o incluso de que mi visita la incomodara…

 

Inseguro, me bajé del coche y entré en el edificio. Me acerqué a un mostrador que había en la recepción y hablé con una mujer que llevaba cascos con micrófono integrado para hablar por teléfono.

 

-         Buenas tardes… Quisiera ver a Holly Pickman, por favor.

 

-         ¿Ella le está esperando?

 

“Si dices que no, te echan” comprendí.

-         Sí.

 

-         ¿Nombre, por favor?

 

-         Eh… esto… Ted. Ted Whitemore.

 

-         Bien. Espere allí, por favor – me indicó unos sillones y me dirigí a ellos con nerviosismo.

 

Vi cómo la mujer apretaba unas teclas del teléfono y deduje que estaba llamando a Holly, pero no pude escuchar lo que decían. Esperé durante tres minutos que se hicieron eternos y entonces las puertas de uno de los ascensores se abrieron, dejando paso a una preocupada Holly.

 

-         ¡Ted! ¿Va todo bien? – me preguntó.

 

Tragué saliva. ¿Por qué estaba tan nervioso? No era la primera vez que hablaba con ella.

 

-         Sí… Yo… He venido a verte – admití al final.

 

-         Oh – respondió, y parpadeó un par de veces.

 

Tras la sorpresa inicial, Holly esbozó una sonrisa, que se fue haciendo más y más grande conforme los segundos pasaban.

 

-         Qué sorpresa. ¿Tu padre sabe que estás aquí?

 

Me tensé.

 

-         N-no.

 

“Y no se lo digas, por favor. No estoy haciendo nada malo, pero no creo que le guste enterarse de que le mentí”.

 

-         Así que estás de incógnito – me dedicó una sonrisa que solo podía calificar como traviesa. Se la devolví. – Ven, subamos a mi despacho.

 

-         No quería molestarte…

 

-         No molestas – me aseguró. – Me alegra que estés aquí.

 

Sonaba sincera y eso hizo que me sintiera más relajado. Sabía que Holly era amable, no tenía nada que temer. Incluso aunque aquello fuera raro de narices.

 

 

 

 

 

 

2 comentarios:

  1. Noooo, no nos dejes así ������

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  2. Estupendo relato como siempre, ansiosa del siguiente capítulo >.<

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