jueves, 5 de mayo de 2016

CAPÍTULO 4



CAPÍTULO 4


Desde el asesinato de los Olsen, John estaba teniendo problemas para conciliar el sueño. No dejaba de pensar en aquellos hombres enmascarados ni de revivir trágicos momentos del pasado. Cada vez estaba más seguro de que los bandidos le buscaban a él, seguramente por delatar a aquél ladrón. Había sido un estúpido. Había creído que no corría ningún riesgo porque se estaba mudando a otro lugar, a muchos kilómetros de distancia.  Pero la muerte le había seguido, y por su culpa no solo su familia sino la de James había muerto.

En sus noches en vela, le gustaba observar al muchacho, que dormía en la cama de al lado ya que aún seguían alojados en la posada. Había pasado ya una semana desde la muerte de sus padres, pero James no parecía estar superándolo. John no sabía si llegaría a superarlo alguna vez. El chico tenía pesadillas cada noche, y se negaba a volver a su antigua casa. John sabía que en ese caso tenían que venderla, porque lo cierto era que necesitaban el dinero.

John había vendido todas sus pieles, curtidas y sin curtir, para conseguir dinero con el que empezar una nueva vida. No podían vivir en la posada para siempre y tenía que pensar en darle un hogar al muchacho. Su trabajo como curtidor de cuero no bastaría para mantenerle, porque además implicaba largos y peligrosos viajes en busca de pieles. En su antiguo hogar, con su antigua familia, John había sido granjero, como tantos otros hombres de su tiempo. Pero allí, en Maryland, no poseía tierras.

Había un puesto vacante como sheriff. La gente del pueblo llevaba tiempo queriendo uno, pero nadie se ofrecía voluntario. Depender del sheriff de la ciudad más cercana era peligroso, porque no siempre podía llegar a tiempo, y lo sucedido con los Olsen no hizo más que demostrarlo. John había considerado aceptar ese puesto. No era mal tirador, y  tal vez fuera la mejor forma de proteger a James, si aquellos bandidos decidían volver. Lo mejor de todo era que el puesto venía con una casa, reservada para el sheriff y su familia. Podía ejercer como sheriff durante un año, y con el dinero ahorrado podía comprar alguna granja en los alrededores. Si no le alcanzaba para comprar una granja, podía comprar un terreno y ya se encargaría él de construir una casa, tal como había construido su antigua propiedad en Delaware.

Contento de tener un plan, John se levantó de la cama, consciente de que no iba a conseguir dormir más de lo poco que había dormido. El sol comenzaba a salir tímidamente por el horizonte y el silencio de la noche comenzaba a romperse: el pueblo estaba despertando. James despertó también, seguramente a causa del ruido que hizo John al ponerse las botas.

-         Puedes dormir un poco más, chico – le dijo John.

-         No tengo sueño, pero me muero de hambre.

John sonrió. Al tercer día después del funeral, el niño recuperó su apetito, y lo cierto era que tenía un hambre voraz. Quería comer a todas horas.

-         Entonces veamos lo que la señora Howkings ha preparado para el desayuno – le animó.

Bajaron las escaleras hasta una habitación que hacía las veces de comedor. Solo había otro huésped más en la posada, y ya debía de haber desayunado, porque todas las mesas estaban vacías. La señora Howkings les esperaba con panecillos recién hechos, y James prácticamente se abalanzó hacia la bandeja. La posadera le frenó en seco y le obligó a lavarse las manos primero. Después se empeñó en peinarle un poco, y en lavarle las orejas. John se sintió algo avergonzado por no haber reparado en que el chico llevaba un aspecto algo desaliñado, pero no estaba acostumbrado a fijarse en esas cosas. Esos asuntos más bien correspondían a las mujeres, pero John quería demostrar que podía cuidar del chico sin ayuda de una. De lo contrario los vecinos del pueblo acabarían por decretar que James debía vivir con un matrimonio.

Al muchacho no le gustó demasiado que le peinaran y mucho menos que se empeñaran en limpiarlo. Se apartó de la mujer con brusquedad y cogió uno de los panecillo. John frunció el ceño ante aquella falta de educación.

-         James, deja eso. Sé amable con la señora Howkings – le instó. Si le escuchó, decidió ignorarle -. ¿James? – repitió, alzando una ceja.

-         Sí, señor… - murmuró el chico –. Disculpe, señora Howkings. 

Se dejó limpiar, y esperó pacientemente a que la señora le colocara la ropa, y luego se sentó a la mesa, con las mejillas algo sonrosadas. John no sabía si era porque sentía vergüenza por los arreglos de la mujer, o porque él le había reprendido.

-         No eres un salvaje. Puedes esperar a comer a que estemos sentados en la mesa, y no quiero que vuelvas a ser tan descortés ¿entendido?

-         Sí, señor. – respondió James, y dejó el panecillo en el plato con aire alicaído.

John intentó recordar si en aquella semana había tenido que regañarle por algo: quitando el día del funeral, cuando le desobedeció y salió de la posada, James no había hecho nada reprensible. Obedecía a John en todo. Parecía esforzarse por no dar problemas. Aunque no era un mal chico, John sabía que en general era bastante más inquieto y revoltoso. Estaba deseando volver a ver al muchacho alegre y algo pícaro que había conocido, y no esa versión triste y formalita, pero sabía que llevaría tiempo.

-         Voy a solicitar el puesto de sheriff – le informó. Le contaba todo aquello que de alguna forma afectara también a su futuro. - ¿Crees que tengo posibilidades? Tú conoces a esta gente mejor que yo.

-         No creo que tengas competencia. Todos aquí son demasiado cobardes.

-         ¿Eso crees? – preguntó, intrigado. A él no le parecían cobardes: eran gente pacífica, nada más.

-         Sí. De lo contrario ya habrían salido a buscar a esos tipos, y estarían colgando de una horca – gruñó James, masticando cada palabra con grandes dosis de ira y rencor. Culpaba a la pasividad del pueblo por lo sucedido a sus padres, o al menos por el hecho de que sus asesinos siguieran en libertad.

-         Salieron a buscarles, James. Lo hicimos ese mismo día, pero no dimos con ellos.  Si quieres culpar a alguien, cúlpame a mí. De no haber vivido en vuestra casa, seguramente esos hombres no habrían querido nada de vosotros.

-         Eso no lo sabes. Sé que piensas que van a por ti, pero no lo puedes saber. Y en cualquier caso tú no hiciste nada malo.

John se alegró mucho de que el chico no le culpara, pero lamentó haber sacado el tema porque ahora James parecía profundamente enfadado. Machacó sus huevos en vez de comérselos y tenía la mirada endurecida por el odio que le consumía por dentro, dirigido hacia los que le habían arrebatado aquello que más quería.

La señora Howkings se acercó a ofrecerles café. John se lo agradeció con una sonrisa, y James con un asentimiento de cabeza.

-         Tú no deberías tomar café – dijo la mujer, mientras, no obstante, le servía. – El doctor dice que no es bueno para los niños.

John no estaba muy de acuerdo con esa afirmación, porque él había tomado café desde los ocho años, pero al mismo tiempo había aprendido a confiar en los doctores para asuntos de salud, porque ellos tenían estudios, y él no. Muchas de sus recomendaciones le parecían absurdas, pero en un par de ocasiones un buen doctor había salvado la vida de sus hijas, cuando enfermaron siendo pequeñas.

-         Pues el doctor se equivoca – replicó James.

-         No seas insolente – reprendió la señora Howkings.

-         Mi padre me dejaba tomar todo el café que quisiera. Desde los diez años.

-         Pues no debió hacerlo – insistió la mujer -. El doctor dice que…

-         ¡Me da igual lo que diga ese estúpido doctor! ¡Y usted no se meta donde no la llaman!

La mujer abrió mucho los ojos ante esa forma de dirigirse a ella, y miró a John para ver si iba a intervenir. Jamás la habían faltado al respeto de esa manera, y menos un mocoso.

John reaccionó con algo de lentitud, porque le costó asimilar la respuesta de James. Golpeó la mesa para llamar la atención del muchacho, que no le estaba mirando, y vio cómo daba un respingo, asustado por el ruido.

-         Discúlpate de inmediato  – le ordenó.

-         Lo... lo siento... yo…

John sabía que no podía permitir esa clase de comportamiento en el niño. De ninguna manera se podía consentir que se dirigiera de esa forma a una persona mayor, especialmente a una mujer, y mucho menos levantarle la voz. Sabía que el chico estaba enfadado con el mundo, y no con la posadera, pero tenía que aprender a controlarse. Pensó en cómo debía manejar aquella situación, porque si algo había aprendido en sus años de matrimonio y paternidad era que a veces podía ser muy imponente. Sus hijas se habían asustado de él en más de una ocasión, y su mujer siempre se lo echaba en cara. Si se dejaba llevar por el enfado que sentía en ese momento, no conseguiría más que asustar a James, que apenas estaba empezando a cogerle confianza.

El señor Olsen le había parecido un buen padre, quería a su chico por encima de todo, pero era un hombre algo violento e iracundo, y John no siempre aprobaba sus maneras, a la hora de lidiar con él. Se instó a no caer en lo mismo. Iba a mandarle que subiera a la habitación, pero no tuvo ocasión de hacerlo porque la señora Howkings se le adelantó. Agarró a James de la oreja y le obligó a levantarse, para luego hacer que se apoyara sobre la mesa. John se puso de pie también, y apartó al chico rápidamente.

-         No. James, sube a tu habitación.

-         No voy a permitir que…

-         Ni yo tampoco, pero seré yo quién hable con él. – replicó John, mientras James se apresuraba a subir las escaleras. La señora Howkinhs perdió entonces parte de su pose enfadada.

-         Pero es solo un muchacho, no quiero que… es decir, no sea duro con él… Acaba de perder a su familia.

John entendió que la mujer en realidad estaba protegiendo al niño, pensando que él sería mucho más severo.

-         Lo sé… Y le agradezco sus buenas intenciones, pero estoy intentando que ese chico entienda que ahora somos él y yo… Si voy a actuar como su padre, seré yo el único que le reprenda. No es un chico sin hogar, no quiero que todo el pueblo empiece a tratarle como un huérfano. Cuando haga algo mal, quiero que se me comunique a mí, como se haría con el hijo de cualquier otra persona. 

La señora Howkings asintió, completamente de acuerdo y John se alegró de haberse hecho entender. Luego, suspiró.

-         ¿Puedo pedirle un favor? Un favor algo extraño – le advirtió.

-         Si está en mi mano… - respondió la mujer, con cautela.

-         Se trata de hacer un pequeño teatro. Con mis hijas funcionaba bastante bien. Quiero que suba conmigo y se quede cerca de la habitación, y que finjamos tener una discusión.

La posadera le miró como si hubiera perdido el juicio. Todo el mundo decía que John era un hombre raro, y ella empezaba a comprender por qué. Sin embargo, le pareció interesante y se sentía inclinada a ayudarle, porque John era solo un poco mayor que su propio hijo, que aún no le había dado nietos.

-         ¿Con qué propósito? – inquirió.

-         Quiero que finja que está profundamente ofendida y dolida por lo que le dijo, y luego solo tiene que intentar responder a lo que yo diga. De verdad que eso me será de mucha ayuda.

La señora Howking tuvo un pequeño conflicto interior, porque su buena educación le decía que no debía participar en una mentira, pero por otro lado la Navidad pasada habían representado una pequeña obra de teatro en el pueblo, y ella había tenido un importante papel. El cura había insistido en que un actor no mentía, sino que estaba interpretando un personaje, así que se autoconvenció de que lo que John la estaba pidiendo era lo mismo.

Subió con él las escaleras y se quedó en el rellano, tal como él la indicó por gestos.

- Le aseguro que no volverá a suceder. Concuerdo con usted en que ese comportamiento ha sido inadmisible. – dijo John, en voz demasiado alta, con la clara intención de que James lo escuchara.

-         Nunca en todos mis años llevando esta posada me han ofendido de esta manera. Si fuera mi hijo…

-         Comprendo que esté enfadada… - respondió John, y asintió con la cabeza para indicarle a la mujer que lo estaba haciendo bien.

-         ¡E insultó al buen doctor! Ese chico no tiene modales.

-         No, pero ahora los va a aprender. – atajó John, y puso la mano en el manillar de la puerta, pero aún no la abrió. – Aunque… ¿usted no cree que se veía de veras arrepentido?

La señora Howkings creyó entender entonces lo que el hombre se proponía y como era una mujer inteligente supo lo que tenía que responder.

-         Lo cierto es que sí…

-         Es un buen muchacho, se lo aseguro. Le conozco desde hace meses y nunca había sido tan descortés, no sé qué le habrá podido pasar…  Yo creo que no va a ser necesario que use esto…- dijo John, y golpeó el pie con el suelo, haciendo ruido como si estuviera dejando algo.

-         Lo guardaré bien por si hiciera falta en otra ocasión.

-         Oh, sí, desde luego. Porque si vuelve a suceder de nuevo se llevará un buen escarmiento. – respondió John, y ahora sí se dispuso a entrar, pero la señora Howkings le frenó, poniendo la mano en su brazo.

-         Está usted loco, ¿lo sabía? – le susurró, sin poder ocultar una sonrisa divertida.

-         Probablemente, pero mi mujer siempre hacía esto y las niñas se lo creían por completo. Espero que James sea igual de inocente. – respondió John, en voz muy baja.

La mujer le vio entrar en la habitación y pensó que James estaba en buenas manos, aunque John fuera un tipo tan peculiar.

James estaba sentado en la cama con la mirada fija en la puerta. Efectivamente, se lo había creído todo y estaba convencido de que habían estado a punto de castigarle con una vara parecida a la del maestro de la escuela, o algo igualmente horrible. Se dijo que nunca, nunca, nunca, en su vida volvería a gritar a la señora Howkings, ni a nadie, y cuando John entró se puso algo tenso, e intentó ver si estaba muy enfadado.

-         Lamento mucho lo que dije. – susurró, mirando al suelo. – Lo siento mucho….

-         Te creo, James. Y sé que estos días están siendo muy duros, y que estás muy enfadado, pero esa buena mujer no te hizo nada. Siempre prepara panecillos para ti, porque sabe que te gustan, y ni siquiera está obligada a hacerlo. Estoy seguro de que no lo hace por otros huéspedes. Deberías ser más agradecido.

James hundió los hombros, sintiéndose muy culpable, porque sabía que John tenía razón. Lo peor de todo es que había hecho que ella se enfadara, y John también estaba enfadado, y a lo mejor cambiaba de opinión y decidía no quedarse con él.

-         Se…se lo diré… Le... le diré que me gustan mucho sus panecillos…y…y no lo volveré a hacer más…

-         Eso espero – dijo John, agradeciendo que James no le estuviera mirando porque en ese momento estaba sonriendo, contento por comprobar que efectivamente era muy buen niño.

-         ¿Crees que me perdone?

-         Sí, estoy bastante seguro de que sí. – le tranquilizó John.

-         ¿Y t…usted? ¿Está enfadado conmigo? Gra…gracias por no dejar que me pegara… me habría muerto de vergüenza…

John se sorprendió un poco por aquél comentario sincero y se alegró de haber actuado así, porque parecía haber sido lo correcto. Luego caminó hacia James y le obligó a mirarle.

-         Levántate – le dijo, en lugar de responder a su pregunta. No, no estaba enfadado en lo más mínimo, pero tampoco se lo podía decir así de claro, o el chico se pensaría que podía hacer lo que quisiera.

James prácticamente saltó para obedecerle.

-         A…aquí no hay granero, señor…¿Debo tumbarme sobre la cama? – murmuró. John maldijo interiormente al señor Olsen, porque el chico parecía un animal adiestrado y no un muchacho.

-         No. – respondió, y tal como hiciera hacía algunos días, le giró y le dio dos palmadas.

PLAS PLAS

-         Este será tu castigo cuando tu falta no sea grave. Pero si vuelves a…

-         No lo haré – se apresuró a contestar James, recordando la conversación que había escuchado. – No lo haré, lo prometo.

-         Bien – dijo James, y puso la mano sobre la cabeza del chico. – Ahora ve, y habla con la señora Howkings, y dile que soy demasiado estricto. Seguro que acabas consiguiendo que te de un trozo de pastel.

Sin embargo, James no se movió ni un milímetro, poco acostumbrado a que fueran tan amables con él. Aquello no había sido un castigo para él y sintió que ese hombre era demasiado bueno. Le miró con los ojos muy abiertos, sin poder creerse que eso fuera todo.

-         Vamos, ve.

- Gracias – murmuró James. Le habría abrazado, pero no se atrevió a hacerlo. En lugar de eso fue con la señora Howkings tal como le había indicado.








6 comentarios:

  1. Otra historia que retomaste que bueno me encantan

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  2. Me encanto la tecnica XDD si tengo hijos algun dia lo hare solo para poder asustarlos no mas XDD

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  3. Genial capítulo!!! Me gusta mucho la personalidad de John! =D

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  4. Querida Dream Girls, me atrae un montón, pero aqui estoy contenta de leer de nuevo a tus niños, estoy tan feliz por James, de encontrar a alguien que lo cuide tan bien, es grato.

    Marambra

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