sábado, 24 de agosto de 2013

CAPÍTULO 1: COSAS QUE NUNCA HARÍA



Principios

Nota: En esta historia Leo no vuelve a ser mortal, sino que sigue siendo un Anciano. Es como si no existiera la última temporada de la serie, salvo por el hecho de que las hermanas sí fingieron su muerte para llevar una vida normal.
***
CAPÍTULO 1: COSAS QUE NUNCA HARÍA
En un solo día yo podía recorrer más de medio mundo. Podía cerrar los ojos en San Francisco, y abrirlos en Atenas. Podía recorrer las calles como si fuera uno más, y al segundo siguiente observarlo todo desde arriba como si fuera un Ser Supremo. Sé que muchos me veían así: como un ser superior que caminaba entre las personas. No entendían que yo sólo era una persona más, pero cargada de muchas responsabilidades. Era alguien que tenía que dividir su tiempo entre el mundo y su familia. Y a veces era difícil decir cuál de las dos cosas suponía un mayor esfuerzo.
Uno de esos días en los que tener una familia podía ser más duro que ser uno de los guardianes del universo, yo descubrí lo inútil que es repetirse la frase "yo en esto no seré como mi padre", y lo útil que es, al mismo tiempo. Ese día, estuve viendo a mi familia como quien cambia de canal: sólo durante unos segundos inconexos.
- Ya estoy aquí – anuncié de madrugada, mirando a Piper que acababa de despertar.
- ¿Has dormido fuera? – preguntó ella, con esa voz pastosa de quien aún tiene la mente en el mundo de los sueños.
- No he dormido – reconocí. Ella se giró y me miró de esa forma que podía hacer temblar la tierra.
- Pues tienes que hacerlo.
- En realidad, no. – repliqué, sonriendo con un poco de petulancia. Pero a ella no podía engañarla.
- No eres inmortal.
Iba a replicar, porque de hecho, y técnicamente, sí que lo era, pero en ese momento sentí la llamada de los demás Ancianos.
- Tengo que irme – musité, y sin esperar respuesta orbité, lejos de mi cama. Lejos de mi esposa.
Regresé un par de horas después. Piper estaba con sus hermanas y ninguna de las tres pareció inmutarse por mi presencia. Ya estaban acostumbradas a escuchar un tintineo, y que de pronto alguien apareciera entre órbitas azules.
- …sólo digo que esta es de esas cosas que nosotras podemos resolver – decía Phoebe, en el momento en que llegué. Se estaba poniendo unos pendientes a juego con su elegante ropa: debía de estar preparándose para ir a trabajar.
- Y yo sólo digo que no fingimos nuestra muerte para seguir cazando demonios – replicó Piper. – Queríamos una vida normal ¿recordáis?
- Y la tenemos. Más o menos. – dijo Paige, la más joven de las tres aunque tampoco había una gran diferencia. Quizá de las tres hermanas Paige era la que más se parecía a mí. Era medio luz blanca, al fin y al cabo, y ella también guiaba a las personas, en muchos sentidos. Por eso me ayudaba con la escuela de magia, desde que Guideon dejó forzosamente de ser su director.
- Oh, sí, invocar a un demonio en lugar de organizar la fiesta de cumpleaños de mi hijo es de lo más normal – replicó Piper con sarcasmo.
- ¡Por el amor de…! ¡Leo, hazla entrar en razón! – dijo Paige, y así me metió donde yo nunca quería estar: en medio de las tres.
- Yo… - tragué saliva. Nada me hubiera gustado más que apoyar a Piper, pero como luz blanca mi trabajo era aconsejar a las hermanas, protegerlas y conducirlas por el buen camino, mágicamente hablando. – Puede que por ocuparse de un demonio no pase nada…No quiere decir que tengáis que renunciar a vuestra vida normal…
Piper me fulminó literalmente con la mirada, dolida porque no la apoyara.
- Si alguien descubre que las Embrujadas siguen vivas… - comenzó, pero yo la interrumpí.
- …nos aseguraremos de que no os descubran.
Piper finalmente accedió. Ella tampoco quería que ese demonio hiciera daño a ningún inocente. Más bien, hubiera sido feliz al desconocer la existencia de esa amenaza. Pero una vez conocida, la bruja que llevaba en su interior la pedía que interviniera y combatiera el mal, tal como había hecho siempre desde que tenía poderes. Me hubiera gustado quedarme para asesorarlas, pero sentí otra llamada de mis Hermanos, en ésta ocasión para decidir el destino de un luz blanca descarriado. Tuve que ausentarme de nuevo, en contra de mi voluntad. Claro que "mi" voluntad era algo que a nadie parecía importarle demasiado…
Quizás yo era menos rígido que otros Ancianos. No lo sé. He llevado una vida bastante poco ortodoxa como luz blanca. Se han hecho muchas excepciones conmigo: me enamoré de una bruja a la que debía proteger, me casé con ella, tuve hijos…A veces he estirado las normas hasta romperlas. Pocos años atrás vino del futuro un chico joven que resultó ser mi hijo. Antes de saber que éramos familia, mi instinto me decía que ocultaba algo y no dejé de perseguirlo, inflexible, por cada pequeña norma que rompía. Él me enseñó cómo a veces lo estipulado no es lo correcto, y cuando descubrí el vínculo que nos unía yo mismo traspasé algunas líneas para ayudarle. Todo eso me convirtió en un Anciano "bastante flexible", según creo, pero lo que sin duda hacia que no fuera como los demás era que yo tenía familia. Aunque dividía mi tiempo entre mi deber y mi gente, el bienestar de los míos, su salud, estaba por encima de cualquier Bien Mayor. La vida ya me había puesto a prueba varias veces respecto a eso.
Era, como digo, un Anciano un tanto atípico, y tal vez por eso me empeñé con tanto ahínco en defender al luz blanca al cual teníamos que juzgar aquél día. Tomé su causa como la mía propia, y me negué a que perdiera sus alas, a que reciclaran su alma…Su único delito había sido enamorarse, y no me parecía justo que fuera condenado por algo que a mí se me perdonó.
Tuve éxito en mi empeño, y conseguí que no fuera sancionado, pero le asignaron un nuevo cargo y le prohibieron mantener ningún tipo de relación con la mujer a la que amaba. Yo sabía que incumpliría esa orden. Sabía que se verían en secreto, como habían hecho cientos de brujos y luces blancas a lo largo de los tiempos: por eso había mitad luces blancas como mis hijos sueltos por el mundo. Aquella especie de vista, que en realidad era sólo un eufemismo para no decir abiertamente que era un juicio en toda regla, extinguió toda mi mañana, y cuando orbité de regreso a casa era ya pasada la hora de comer.
Fue chocante para mí lo que encontré al aparecer en el salón de la mansión Haliwell. Todo estaba destrozado: una imagen a la que ya tendría que estar acostumbrado, pero igualmente inquietante. Era evidente que aquél había sido el escenario de una pelea mágica, y las hermanas tendrían trabajo que hacer reparándolo todo, a no ser que ese trabajo recayera en mí, lo cual era muy probable. En ese momento no le di importancia a ninguno de los valiosos objetos destrozados, porque me atenazaba el miedo de que la casa no hubiera sido lo único en sufrir daños. Sin embargo, Piper entró enseguida en la habitación, con Chris en brazos, calmando mis temores. Mi bebé de casi tres años había llorado, pero en ese momento parecía tranquilo, con sus grandes ojos azules fijos en mí.
- ¡Papi! – exclamó, y extendió sus manitas hacia mí, pidiéndome que le cogiera. Le cogí de los brazos de Piper sonriendo como el idiota enamorado de mis hijos que era, y le di un beso. Después besé a Piper también.
- ¿Estáis todos bien? – pregunté, pero antes de que me respondiera reparé en la mancha de sangre en la camiseta de Piper. No era sangre de demonio. Me sentí al borde de la histeria. - ¿Está bien Wyatt?
- Sí, está bien. Tranquilo.
- ¿Y Phoebe y Paige?
- Bien también.
- ¿Y esa sangre? – inquirí, convencido de que se estaba callando algo.
- Es mía. Paige me curó.
Dejé escapar el aire con frustración. La habían herido. Automáticamente la examiné, pese a saber que no iba a encontrar nada porque los poderes de luz blanca de Paige ya se habían ocupado de reparar cualquier daño.
- Tendrías que haberme llamado – protesté, algo molesto. ¿Para qué narices era su luz blanca, su protector, si no acudía a mí cuando tenía problemas?
- No fue necesario.
- Tu camiseta no dice lo mismo.
- No es la primera vez que me hieren.
- Pero será la última, si puedo evitarlo. ¿Qué ha pasado?
- Phoebe ha dominado al demonio con la poción que hizo Paige. Yo fui el cebo.
Me encendí de rabia al escuchar aquello, pero sabía que enfadarme no iba a servir de nada. Piper era una de las mujeres más cabezotas que conocía y nunca conseguía que se preocupara lo suficiente de su seguridad.
La personita que tenía en brazos llamó mi atención tirando suavemente de mi camisa. Para Christopher aquella conversación debía de estar siendo muy aburrida. Cuando vio que le miraba, me sonrió y supe lo que iba a hacer antes de que lo hiciera: mi pequeño orbitó y se apareció encima de la mesa del salón, a la que le había dicho infinidad veces que no se subiera.
- Chris, baja de ahí – regañó Piper, pero los dos sabíamos que era inútil.
- Christopher, te he dicho muchas veces que no te subas ahí.
- No he subido – protestó mi niño, muy convencido – He orbitado.
Tuve que darle mentalmente la razón. Qué mente tan perversamente inteligente para un niño tan maravillosamente pequeño. Pero, orgullo paterno a un lado, eso que estaba haciendo era peligroso. Podía caerse de la mesa y romperse algo, y lo peor es que eso él ya lo sabía, pero sabía también que yo podría curarle en un segundo, por lo que una caída no le preocupaba demasiado. Piper se acercó a él y le tomó en brazos. Luego le puso en el suelo y le dio una palmadita en el culo, realmente suave bajo mi punto de vista, pero no bajo el de mi niño, cuyos ojos se llenaron de lágrimas a punto de rebosar.
- Tampoco puedes orbitar. A las mesas ni se escala, ni se orbita, ni se sube uno de ninguna otra manera – le dijo ella, y con eso consiguió que el labio de Chris temblara, en ese paso previo al llanto que tan bien conocíamos los dos. Piper trató de cogerle en brazos, pero se quedó abrazando al aire porque Chris orbitó a los míos.
- Papi – reclamó, aun decidiendo si se echaba a llorar o no.
- Dime.
- Mamá mala. – protestó, con indignación. Le di un beso en la frente.
- ¿Te ha pegado? – pregunté, como si no lo hubiera visto, y mi bebé asintió. - ¿Por qué, campeón?
Pero, efectivamente, mi hijo era perversamente inteligente, y sabía que si me decía la verdad yo podría ponerme de parte de su madre.
- Porque es mala – me aseguró, como quien usa un argumento infalible. Para un niño de su edad, sin duda lo era.
- ¿Y tú has sido bueno? – inquirí, con mi voz más inocente.
- Yo "sempre" soy bueno. – declaró con convicción y yo no pude hacer otra cosa que reírme.
- Eso seguro, campeón. Pero me parece que ya sabes que no puedes subirte a la mesa.
- No, yo no "sabo" – respondió, poniendo la carita de niño bueno más falsa (y más adorable) de la historia.
- ¿Seguro? ¿Acaso papá no te ha dicho muchas veces que ahí no se sube? – pregunté, capciosamente. Chris me miró con sus ojitos inteligentes y se enfurruñó un poco al ver que yo no le defendía ni le daba la razón.
- Muchas no. – protestó, y yo me volví a reír, pero luego hice por ponerme serio.
- Muchas o pocas, el caso es que ya te lo había dicho, campeón. Y mamá también, que lo sé yo. Así que mamá no ha sido mala, sólo ha sido sincera, porque siempre te dice que si te portas mal te castiga, y es lo que ha hecho. ¿Es mala por ser sincera?
- ¡Es mala por hacerme pupa! – exclamó mi niño, acordándose de pronto de que hacía unos segundos iba a llorar, y entones empezó a hacerlo. Parecía realmente indignado porque yo no me pusiera de su lado.
Piper le tomó entonces de mis brazos y le dio un beso en la cabeza. Hizo que diera botecitos en sus brazos y le miró con cariño.
- ¿Le has contado a papá lo valiente que has sido? – le preguntó, en un tono ligeramente más agudo y exagerado de lo normal. En ese tono especial para los niños pequeños. Chris dejó de llorar, negó con la cabeza, y se restregó los ojos. Luego me miró.
- Vi al demonio malo – me dijo, y yo me quedé helado. Ese ser había estado cerca de MI bebé. Eso explicaba porque tenía signos de haber llorado cuando llegué. Le acaricié la cabeza y miré a Piper con aprensión. Ella me devolvió la misma mirada, pero luego me sonrió, como para recordarme que no había pasado nada.
- ¿Tuviste miedo?
- Un poco. Pero Wyatt hizo luz bonita – respondió Chris.
- Activó su escudo alrededor de los dos – explicó Piper. Mi otro bebé podía alzar un escudo que lo protegía de quienes querían hacerle daño, y cuando nació Chris cogió la costumbre de protegerle también a él. Costumbre que a mí me aliviaba mucho, porque había pocas cosas capaces de traspasar el escudo de Wyatt.
En ese momento, como sabiendo que hablábamos de él, se oyeron los pasitos de Wyatt que bajaba por las escaleras. Me parecía increíble que tuviera ya cinco años, y que pudiera bajar esas escaleras sin ayuda. Crecía tan rápido…
- ¡Papá! – me saludó, y corrió para abrazarme. Gestos tan sencillos como ese me llenaban de la más absoluta felicidad…
… y el trabajo me la quitaba. Una nueva llamada directa a mis sentidos de luz blanca me privó de disfrutar por más tiempo de la compañía de mi familia. Piper, que conocía mis gestos como si fueran suyos, supo lo que pasaba por mi mueca de fastidio.
- Ah, no, Leo. No te atrevas a irte ahora – me amenazó. – Dijiste que nos llevarías al médico. Wyatt tiene vacuna y el coche está averiado.
- ¡No, vacuna no! – protestó mi niño.
- Puedes pedirle a Paige que os lleve – sugerí. Ella también podía orbitar.
- ¡Paige no es su padre! – replicó mi enfurecida mujer. Yo sabía que tenía razón, y tuve un gran dilema interno.
- Mami, vacuna no – siguió diciendo Wyatt, al verse ignorado la primera vez. Yo les miré a ambos, deseando acompañarles, pero entonces sentí la llama de nuevo, acompañada esta vez de mi nombre, pronunciado por muchas voces.
"Leo" decían los Ancianos.
- Tengo que irme – gemí. Piper me miró mal, pero pude ver que comprendía. Orbité y me fui de allí, escuchando de fondo las súplicas de Wyatt sobre no ser vacunado. Reflexioné acerca de la vida normal que quería mi esposa. Se la había ganado. Tenía derecho a ella, pero parecía difícil mientras yo siguiera siendo un Anciano... Lamentablemente, no es una de esas cosas a las que puedes renunciar. Me hice Anciano forzosamente y aun así tenía que admitir que había cosas del cargo que me gustaban, pero a veces se hacía incompatible con tener una familia…No obstante, la versión del futuro de mi pequeño Chris venía de un mundo en el que yo no había estado ahí para ser su padre, ni el de Wyatt, y eso era algo que yo no iba a permitir. Por eso, cuando estuve frente al resto de mis Hermanos y vi que no me necesitaban para resolver el problema por el cual me habían llamado, les dije que tenía una familia de la que hacerme cargo, y me fui.
Había pasado sólo media hora desde que me marchara. La casa ya estaba recogida (cosa de magia, sin duda) y Piper y Wyatt ya no estaban.
- Paige les ha llevado a la consulta – explicó Phoebe, sentada en el sofá con Chris encima. – Volverán en una hora, más o menos.
Sin embargo, cinco minutos después, mientras Phoebe preparaba el baño para Chris, Wyatt orbitó delante de mí. Me quedé muy sorprendido.
- Wyatt – llamé, y me acerqué a él muy despacito. - ¿Qué ha pasado?
Mi hijo me miró con esos ojos que ponía cuando había hecho algo malo y no quería que yo lo supiera.
- Wyatt – repetí, sonando un poco más firme aquella vez, pero sin llegar a sonar enfadado. Mi pequeño se mordió el labio.
- El médico tonto me quería pinchar –me explicó, y sonó como a "tienes que entenderlo… seguro que lo entiendes… por fa, entiéndelo".
- Tienen que vacunarte, Wyatt, por eso te tenía que pinchar y no es tonto por eso. ¿Dónde está mamá?
Esa era la pregunta que Wyatt no quería que yo le hiciera. Se suponía que él no podía orbitar sólo. Podía perderse y aparecer en cualquier otro lado, sin contar con que alguien podía verle. Por eso habían ido con Paige, que tendría que estar con Piper, que tendría que estar con Wyatt…
Segundos después alguien más orbitó en la habitación. Eran Piper y Paige, y cuando Piper vio a Wyatt pude notar su alivio como algo físico.
- Estás aquí – susurró, y se acercó a él para espachurrarlo en un abrazo. - ¿Sabes el susto que me has dado? ¡Se suponía que estabas en el baño, haciendo pis!
Al oír la palabra "pis" Wyatt se empezó a reír, con infantilismo, y eso acabó por hacer que Piper perdiera los nervios, ya que aún no se había recuperado del susto. Le dio un par de azotes, pero Wyatt se siguió riendo. Pude notar que Piper iba a enfadarse de verdad, y lo cierto es que a mí también me molestaba un poco que el niño se riera así, como si le diera igual el castigo. Decidí intervenir.
- No es para reírse, Wyatt. Mamá se ha llevado un buen susto. Sabes que no puedes orbitar e irte. Es peligroso.
- Me dijo que quería entrar al baño sólo, y yo como una tonta voy y le dejo, y de pronto veo que no está…- dijo Piper, al borde del llanto – Pensé… podía habérsele llevado algún demonio…Podía… podía haberle pasado cualquier cosa.
Wyatt dejó de reír y vi cómo miró a su madre preguntándose por qué estaba tan triste y asustada. No parecía entender del todo la situación, aunque había captado que no estábamos muy contentos con él.
- Yo no quería vacuna – dijo Wyatt, porque aquella era su única explicación. Nos miró a los dos, desde abajo, con ojitos brillantes. Yo suspiré, y me puse a su altura, hincando una rodilla en el suelo.
- La vacuna es necesaria para estar sano, hijo. No puedes irte de esa forma. No puedes mentir a tu madre para estar sólo y orbitar, y tampoco puedes usar la magia en un lugar público a no ser que estés en peligro. Eso que has hecho está muy mal, Wyatt.
Pude notar que mi niño me escuchaba…y que no le gustó nada lo que escuchó. Wyatt odiaba que yo le regañara. Se lo tomaba mucho peor a cuando lo hacia su madre, quizá porque me veía menos, quizá porque yo era el padre "cómplice" mientras que el papel de mala solía jugarlo Piper. Mi niño se enfadó y me pegó en el pecho con su puñito. Yo le cogí la mano intentando no hacer fuerza y le di un azote suave.
- Eso no se hace – le dije con mucha calma.
Los ojos de Wyatt se llenaron de lágrimas y pude notar cómo luchaba por no derramarlas. Yo sabía que no le había dolido: había sido muy flojo. Piper le había dado más fuerte que yo y él se había limitado a reírse. Era más el hecho de que yo le castigara. Suspiré. Iba a decirle algo, cuando de pronto la mano con la que sujetaba su brazo se cerró en la nada: Wyatt volvió a orbitar. Por desgracia para él, y por suerte para mí, yo era un Anciano, y mi niño aunque fuera muy poderoso y el destinatario de una profecía, era sólo medio luz blanca. Así que detuve su órbita con un movimiento de mi mano y le atrapé en mis brazos cuando cayó del aire como efecto de mi actuación.
- Te hemos dicho que no hagas eso – le regañé, y me soné demasiado enfadado. Relajé mi tono hasta que fuera adecuado para un niño de cinco años.
- ¡Eres tonto! – me gritó, muy enfadado, e intentó darme una patada. Mi primera reacción fue enfadarme. Esa no era la clase de comportamiento que quería de mi niño. Mi segunda reacción fue enfadarme aún más, porque Wyatt había optado por enrabietarse porque le hubiera regañado, en vez de entender que no podía volver a escaparse de nuevo. Suspiré.
- No lo soy, y no puedes llamármelo ni darme patadas. Sube a tu cuarto, Wyatt.
- ¡No!
- Sube. Papá está enfadado contigo ahora mismo.
- ¡No! – repitió, mirándome con desafío. Estábamos en la época de decir "no" por sistema a todo, pero yo sabía que ganaba más batallas a base de insistir que con enfados, así que no perdí la paciencia.
- Si te mando a tu cuarto, tienes que ir a tu cuarto. ¿Quieres además un tiempo en la esquina?
Wyatt negó con la cabeza.
- ¡Pero no quiero ir a mi cuarto!
- ¡Pues tienes que hacerlo! – repliqué y me soné más furioso de lo que pretendía. Wyatt se estremeció un poquito y luego orbitó.
- Tranquila – le dije a Piper, después de sentir a mi hijo en el piso de arriba – Ha ido a su cuarto.
Wyatt prefería orbitar a subir las escaleras, pero yo sabía que aquella vez no lo había hecho por placer, sino porque yo le había gritado un poco. Me sentí mal. Eso no era frecuente. Wyatt no solía comportarse así. Era un poco trasto, pero generalmente me obedecía. Aquella vez ni siquiera parecía haberme escuchado. Pensaba dejarle en su cuarto unos minutos, y luego intentar hablar con él de nuevo, hasta que entendiera que no podía escaparse nunca más. Pero Piper tenía otros planes.
- Tienes que castigarle – me dijo.
- ¿Qué?
- Te ha pegado, y te ha insultado.
- Son cosas de críos. Sólo tenía una rabieta… - dije, muy flojito. Cierto que aquello no me había gustado, pero creía que era mejor no prestarle atención. Aquello de "no le hagas caso y dejará de hacerlo", aunque era un método de educación en el que yo no creía demasiado…Vi que Piper tampoco, por la forma en la que me miró.
- Ha intentado escaparse. Dos veces.
- No quería que lo vacunaran – defendí yo – Cualquier niño de tener poderes haría lo mismo.
- Él no es cualquier niño, y ya sabe que no puede hacer eso. Por eso se fue al baño…dándome esquinazo….Y luego ha intentado irse de nuevo, cuando le regañabas.
- Tiene cinco años… - protesté. Me mostraba tan reacio a admitir que mi mujer tenía razón porque sabía al tipo de castigo al que se estaba refiriendo. Me estaba pidiendo que subiera al cuarto de mi hijo, y le pegara. Nunca lo había hecho. A veces le daba uno o dos azotes, flojito, sobre el pantalón. Pero nunca le había dado una paliza propiamente dicha, ni me creía capaz de hacerlo. Era de esas cosas que me había propuesto no hacer nunca…
Piper me miró a los ojos, y pude ver que seguía más o menos el hilo de mis pensamientos.
- Eres el padre divertido. El que juega con él, y le lleva por ahí a sitios imposibles donde otros padres sin magia no pueden llegar. Yo soy la que estoy con él todo el día. A mí me hace caso. Ya has visto que a ti no, y que se enfada cuando pretendes ser su padre. – me dijo, y a mí me molestó lo muy acertada que estuvo, porque era algo en lo que yo ya había caído.
- Tiene cinco años… - repetí, casi suplicante.
- Lo sé, Leo. Lo sé. Esto me gusta tan poco como a ti. Estoy harta de ser la mala. Pero ya has visto lo poco que le afectan un par de palmaditas.
Pude ver cómo ella notaba que iba ganando terreno. Me fastidiaba la facilidad de Piper para conseguir que yo hiciera siempre lo que ella quería. ¿Por qué siempre tenía que tener razón? ¿Por qué tenía que tener razón en ese momento?
- Tienes que hacerlo tú – siguió diciendo ella – porque es a ti a quien no ve como un padre. Como una figura a la que obedecer.
"Ya, pero, ¿qué clase de figura paterna de mierda seré entonces?" estuve a punto de decir, pero me lo callé a tiempo. Ella no lo entendía. Yo no quería ser como mi padre. Me lo había propuesto. Me lo había prometido a mí mismo, y a un edredón viejo que se había tragado miles de mis lágrimas.
Luego recordé ese mundo alternativo, esa realidad futura en la que Wyatt era malo. Eso era algo que yo no iba a permitir…
Piper se puso a mi lado, y me acarició el brazo. Supe que me entendía perfectamente.
- Yo no quiero, tú no quieres, y Dios, está claro que él tampoco quiere. No lo hagas ni por mí, ni por ti. Ni siquiera por la necesidad del buen funcionamiento de las cosas en ésta casa. Pero, si de verdad le quieres, tienes que subir ahí y darle unos azotes.
Odiaba cuando mi mujer desarmaba todos mis argumentos con uno de sus discursos intensos y llenos de razón. Yo sabía que en realidad ella no estaba tan tranquila y segura como aparentaba, y que eso era una fachada que mantenía por mí, porque yo lo necesitaba en aquél momento. Pero aun así parecía mucho más decidida que yo. Cientos de malos recuerdos me asaltaron en aquél momento, en cuanto me imaginé a mí mismo subiendo a la habitación de mi hijo para castigarle. Volví a oír el rechinar de unos zapatos viejos en unos escalones más viejos todavía. Involuntariamente, volví a estremecerme con un miedo antiguo…El miedo que sentía cuando sabía que había cabreado a mi padre.
- Está bien – respondí al final. – Pero lo haré a mi manera.
Mi mujer pareció notar el cambio de mi voz, que de pronto parecía más firme, a pesar de que dentro de mí había un niño asustado que quería correr y esconderse. Supuse que en eso consiste precisamente el anteponer las necesidades de un hijo a las de uno: consiste en tener ganas de hacer algo, como huir, y olvidarse de ello porque no es lo que tu hijo necesita.
- ¿Y cuál es tu manera? – preguntó ella, sin disimular su curiosidad.
- Una en la que aprenda algo. Una en la que sepa que le quiero, y siempre lo voy a querer. Una en la que si llora lo haga por arrepentimiento, y no por miedo.
Piper me miraba de una forma que sólo pude calificar como compasiva. Sus ojos oscuros siempre me inspiraban ternura, aun en las veces en las que ella pretendía mirar con furia.
- No concibo que lo hagas de otra manera – susurró ella. Y así, bajita como era, de pronto me pareció muy grande.
Apretó mi mano con firmeza y dulzura a la vez, y yo suspiré. Segundos después me vi a mi mismo subiendo las escaleras. Mis zapatos no rechinaban, y los escalones tampoco, pero puede que mi hijo me estuviera oyendo subir igual que yo oía subir a mi padre. Puede que me esperara sentado en la cama, con la mirada fija en la puerta, de la misma forma en la que yo esperaba a un hombre frío, más grande y más fuerte que yo… ¿Me vería mi hijo así? ¿Fuerte y frío? Al menos, me dije. Yo no había sido violento. Yo no le había hecho temblar sólo con el sonido de mi voz…aunque le había gritado. Me propuse corregir eso en el futuro.
Mi hijo tenía la puerta abierta y estaba mirando por la ventana. Me miró cuando entré y luego apartó la mirada. No vi en él signos de que me tuviera miedo. Me dije que eso era bueno, pero tal vez fuera porque aún no sabía lo que me proponía.
- ¿Vas a regañarme más? – me preguntó malhumorado. Como si yo no tuviera el derecho de regañarle. Como si hubiera hecho algo injusto o indebido.
- Más o menos. – respondí con la garganta seca. Me senté a su lado en la cama. – He venido a repasar contigo todas las cosas que podías haber hecho mejor hoy.
- No quiero.
- Me da igual si no quieres, Wyatt - le dije, intentando seguir sonando amable – Es algo que tenemos que hacer. Podemos empezar con el médico. ¿Crees que ha estado bien irte así, asustando a mamá y a la tía?
Wyatt no me respondió y me miró enfadado.
- ¿Wyatt? – insistí. - ¿Crees que ha estado bien?
- No quería asustar a mamá…- dijo muy bajito, y vi que aquello era un gran paso.
- Tú sabes que no puedes orbitar sólo fuera de casa. Lo sabes ¿verdad?
- Lo sé – respondió mi niño, más bajito todavía.
- Y también sabes que no puedes pegar ni insultar, y mucho menos a papá.
Wyatt no me respondió verbalmente, pero dijo que sí con la cabeza, y luego miró al suelo.
- Pues por todas esas cosas, te tengo que castigar, cariño. Porque soy tu padre, y cuando haces algo malo es mi trabajo enseñarte que no puedes hacerlo.
Wyatt levantó la cabeza y me miró de una forma que tendría que estar prohibida. En serio. Esos ojos incumplían alguna ley en contra de la manipulación de padres primerizos. Tragué saliva y logré sobreponerme.
- También es mi trabajo enseñarte que te quiero, y aunque ahora no lo entiendas, si voy a castigarte es precisamente porque te quiero.
Pude ver que tenía toda la atención de mi pequeño. Entendía lo que la palabra "castigo" significaba, pero no lo que implicaba. En realidad era muy ambiguo. Podía significar desde unos minutos en la esquina a no ir al parque. Por eso decidí poner algo de luz en sus confundidas ideas. Le alcé para ponerle de pie, y le coloqué frente a mí.
- Voy a darte unos azotes – le expliqué. Esa era otra palabra que él entendía, pero también le hizo sentir confundido. Normalmente no lo hacía así. Normalmente cuando hacía algo malo su madre o yo le dábamos una palmadita. Eso era un azote y generalmente no implicaba esa conversación previa ni esa forma de actuar. Wyatt estaba un poco perdido, y se sentía inseguro. Noté la confusión de mi niño y eso me mataba más que cualquier otra cosa. Supe que no podía seguir hablando, así que dejé de hacerlo. Bajé mis manos hasta el pantaloncito de mi hijo, y desabroché el botón. Wyatt me observó muy atentamente. Esa era otra novedad: siempre le había pegado encima del pantalón. Reaccionó por fin cuando le bajé esa prenda, y también los calzoncillos. Se revolvió un poco, intranquilo, e intentó zafarse cuando vi que le agarraba. Noté que se asustaba y se me quebró el alma.
- Te voy a poner sobre mis rodillas – le dije, y de alguna forma aquellas palabras le calmaron, como si el conocer lo que iba a pasar fuera tranquilizador para él. Se quedó quieto, y yo le coloqué como le había dicho que lo haría.
Una vez así, sentí que me moría. Que no podía hacerlo. Entonces, Wyatt empezó a llorar, antes de que le hubiera tocado. Wyatt lloraba bastante poco para un niño. Menos que Chris, por lo que había observado, y en cualquier caso nunca había llorado así. No estaba enrabietado. No estaba furioso. No había tenido un mal sueño ni se había asustado por un demonio o cualquier otra cosa que diera miedo. No se había caído, ni dado un golpe. Lloraba porque yo estaba enfadado con él, e iba a pegarle.
- Papi…yo no quería llamarte eso – me dijo, y escondió la cabecita en sus brazos. Yo le acaricié la espalda, y subí un poco su camiseta para dibujar circulitos en su piel.
- Lo sé, cariño. Sé que no querías hacer ninguna de esas cosas, y yo tampoco quiero hacer esto. – le aseguré, y luego suspiré. No sé de dónde, ni de qué forma, pero saqué fuerzas para hacer aquello.
SWAT
La primera palmada nos sorprendió a los dos, por el sonido y lo que nos hizo sentir. Wyatt apretó fuerte su manita sobre mi pantalón y yo sentí que la bilis se subía a mi garganta. Supe que si hacía aquello despacio los dos nos íbamos a morir.
SWAT SWAT SWAT SWAT
- Nada de escaparse. Nunca.
- Nun….snif…nunca más, papi.
SWAT SWAT SWAT
- Ai – lloriqueó Wyatt, quebrándose con un sollozo.
SWAT SWAT
Me detuve ahí. Mi niño tenía sólo cinco años. Dejé mi mano en su espalda y noté cómo se estremecía con cada nuevo sollozo. Estuve un rato así y luego le levante y le coloqué la ropa. Le senté en mis piernas y le di un beso en la cabeza. Sus lágrimas me estaban matando.
- Ya está. Ya pasó. Ssssh, tranquilo. Ahora vendrá mamá y te mimará un poco.
- Pero yo no quiero que me mime mamá –lloriqueó Wyatt, mirándome de una forma que me hizo sentir la persona más horrible del planeta. – Yo quiero que me mimes tú.
Se me cerró el estómago y se me hinchó el pecho. Eso era algo que yo había querido decirle a mi padre muchas veces: "papá, quiero que me mimes". Pero nunca me había atrevido, porque él nunca me había dado la oportunidad. Yo abracé a mi hijo y le acaricié el pelo.
- Eso no tienes que pedirlo, bebé, porque yo voy a mimarte siempre. Yo te quiero mucho.
De pronto, sentí que se calmaba entre mis brazos. Que dejaba de sollozar. Seguía llorando un poco, pero no era ya ese llanto angustioso que había amenazado con volverme loco. Le tenía así, abrazado, cuando vino Piper. Sin decir nada entró, y se sentó a nuestro lado, y empezó a acariciarle la cabeza. En algún punto dejó de llorar del todo, pero no me soltó en ningún momento. Más bien, enredó tanto brazos como piernas alrededor del tronco de mi cuerpo, como si yo fuera un árbol y él un mono. Sentí su respiración, y sabía que él sentía la mía. Tal vez sentía también mis latidos, rítmicos, sedantes…no tardó en cerrar los ojos, y enseguida escuché que su respiración se ralentizaba. Con mucho cuidado, muy despacito, le dejé sobre la cama. Pero no me separé de él ni un milímetro.
Cuando Wyatt llevaba un rato dormido, noté que Piper me miraba. Tal vez quería evaluar cómo me sentía. Tal vez quisiera preguntarme algo. O tal vez mi rostro en ese momento era el del hombre viejo que se suponía que yo debía ser, si mi alma no se hubiera reciclado, dando lugar a un luz blanca. Sentí que debía decir algo y tardé sólo unos segundos más en encontrar las palabras. Hablé sin dejar de mirar a mi hijo, como si en sus facciones estuvieran las respuestas que mi torturada mente necesitaba escuchar.
- Si mi padre estuviera aquí, diría algo así como que un castigo no debe contener abrazos, ni palabras dulces, ni caricias. Es más, ni siquiera entendería que pudiera contenerlo, así que tal vez no diría nada y directamente se reiría de mí.
Experimenté el apoyo gestual de mi esposa cuando puso su mano en mi hombro, y en ese momento fue una de las mejores cosas que había experimentado en mi vida.
- Y, si tu padre estuviera aquí, ¿tú que le dirías? – preguntó, demostrando una vez más la capacidad que tenía para comprender cada una de mis emociones. A veces, me asaltaba la duda de si no sería ella la empática, en lugar de su hermana Phoebe. Cuando me miró, sus ojos no reflejaban su dolor, sino el mío.
- Que yo no entiendo que pueda ser de otra manera. Le quiero mucho más de lo enfadado que estoy, así que es lógico que dedique más tiempo a demostrarle lo primero que lo segundo. Un castigo no tiene que servir para descargar el enfado del padre, ni puede servir para enseñar nada por sí mismo. ¿Qué aprende uno cuando viene alguien y te pega? ¿Qué puedes aprender más que el miedo y la impotencia de saber que una persona que te quiere va a hacerte daño cada vez que te equivoques? El resultado puede ser el mismo: la obediencia del hijo. Pero en el camino se puede perder algo mucho más importante que la obediencia: el afecto. No el amor…eso no se pierde tan fácilmente. Yo…sigo queriendo a mi padre. Es mi padre, y le debo la vida. Siempre le voy a querer. Pero me sentiría realmente desgraciado si cultivo con mis hijos la clase de relación que yo tenía con él. Tal como yo lo veo un castigo sin consuelo, un castigo carente de afecto, sólo hace que ese mismo afecto se desgaste hasta perderse. Es mucho más cómodo limitarse a dar dos gritos, o dos golpes. Lleva menos tiempo, desde luego. Pero educar no es sinónimo de ser rápido. Requiere saber escuchar, ser paciente, entender…y dedicarle tiempo a tu hijo. Incluso para castigarle, o después de hacerlo. Podrá parecer una tontería, pero desde mi punto de vista no lo es. Un abrazo puede suponer la diferencia entre "te castigo porque te quiero" y "te castigo porque tengo que hacer valer mi autoridad". No creo que eso sea algo irrelevante, como tampoco lo es el que el niño entienda por qué ha sido castigado: cuál es la actitud que no se va a tolerar, y lo que sucederá si se repite. TODO lo que sucederá. Es importante que sepa que se le va a seguir queriendo, aunque se equivoque. Que un padre corrige, pero siempre perdona. Que un castigo, es definitivamente mucho más que un tipo que viene y te pega. Para mí, al menos, era importante que Wyatt no lo viera así. Supongo que a mi padre eso le daba igual.
Volví a perderme en mis recuerdos, algo incómodo por la total sinceridad con la que me había expresado. Me hacía sentir vulnerable, aunque ya tendría que haber imaginado que con Piper no era necesario que me protegiera. Que mis barreras, con ella, no servían de nada.
- Eso habría sido, sin lugar a dudas, una buena respuesta. Creo que habrías dejado a tu padre sin palabras. Tal vez le hubieras enseñado un par de cosas.
- Hace ya mucho tiempo de todo eso… Él no lo hizo tan mal conmigo. – dije, en la necesidad de defender a mi padre. – Hizo de mí una buena persona. Sólo era un poco duro. Era otra época.
Yo veía la vida como un conjunto de caminos. Hay uno bueno, y muchos malos. Un padre te lleva por el bueno, a veces de la mano, y a veces a empujones. Mi padre escogió la segunda opción, y a lo mejor la más idónea era una que mezclara ambas formas. Yo me crié antes de la Segunda Guerra Mundial. Mi padre se sacrificó mucho para que yo llegara a estudiar medicina. No fue un mal padre. No en aquél momento. Pero no fue el padre que yo necesitaba. No fue el padre que yo quería ser con mis hijos.
- Me parezco a él más de lo que quisiera – musité, en voz alta sin darme cuenta.
- ¿Cómo dices? – pregunto Piper, algo desconcertada.
- A mi padre. Me parezco a él. He hecho llorar a mi hijo. Le he pegado, a pesar de la forma en la que me miraba. Él no entendía, lo vi en sus ojos. No entendía que yo fuera a hacerle daño.
- No le has hecho daño – dijo Piper, pero la noté un poco preocupada. Ella no había estado presente y sin embargo sí le había visto llorar. Tal vez se estuviera planteando hasta qué punto era cierto lo que ella misma había afirmado.
- No un gran daño físico. – maticé. No era ese la case de dolor a la que me estaba refiriendo. Piper pareció entender.
- Leonard, por favor – dijo con exasperación y rodando los ojos.
Yo abrí mucho los ojos. Nunca, jamás, en toda mi vida, (bueno, más bien en toda mi muerte) me había llamado Leonard. Es más, nadie me llamaba así desde…desde que tenía doce años, poco más o menos. Ese nombre me impactó, y ella sonrió divertida por mi expresión.
- ¿Qué? Es tu nombre ¿no?
- Leo. Me llamo Leo – protesté, y me soné demasiado parecido a mis hijos, con un tono demasiado infantil para mis noventa años. Claro que aparentaba unos treinta, pero aun así también soné muy infantil para tener esos.
- Leonard – repitió ella y volvió a sonreír. Estaba tan guapa cuando sonreía…- Le has abrazado. Le has consolado. Wyatt sabe que le quieres.
- Ojalá tengas razón. – respondí, sin estar convencido del todo.
Me moví sólo un segundo para ver a Chris. Phoebe le había bañado y ahora el niño jugaba con un abecedario digital y una maquinita que hacía sonidos de animales. Le di un beso, estuve un rato con él, y luego volví con Wyatt y Piper. Al entrar en el cuarto debí de hacer algo de ruido porque Wyatt se despertó. Me quedé en una esquinita, rígido, sin saber qué decir o hacer. Por suerte Piper sí parecía saberlo.
- Ey, bebé. ¿Has dormido bien? – le preguntó, con una voz muy dulce. Wyatt asintió, sin levantarse de la cama. Observé como Piper se inclinaba y frotaba su nariz con la de él.
- Mami…Perdón – dijo Wyatt, y yo me sorprendí mucho por escuchar eso. Si Piper se sorprendió no lo demostró.
- Todo está perdonado, mi amor. Ya está.
- ¿De verdad? – preguntó el niño, y su carita se iluminó de pronto.
- Sí. Mamá te quiere mucho.
Al oír eso, Wyatt sonrió plenamente. En ese momento decidí acercarme. Wyatt me miró de una forma que no sé describir. Creo que sobre todo estaba …a la expectativa. Me agaché y me puse junto al cabecero de su cama.
- Te quiero – fue lo primero que le dije. Lo único que podía decirle. Lo que sentía que debía decir. Wyatt me dedicó la misma sonrisa que le había dedicado a su madre y luego se levantó alzando los brazos para que le cogiera. Lo hice al segundo, y le di un beso.
- Lo siento – susurró, y apoyó su cabeza en mi hombro.
- Lo sé, bebé. Tranquilo. No pasa nada.
- Hay un montón de cosas que podía haber hecho mejor – dijo el niño, recordando mis palabras de antes. Me gustó que me hubiera escuchado.
- Pero hay una que has hecho muy bien: has protegido a tu hermano. Para eso sí puedes usar tu magia, y me hace sentir muy orgulloso. Me pone muy contento que cuides de tu hermano.
Wyatt me miró con mucha atención. Sin que ninguno de los dos se diera cuenta, eso fue un precedente. Un punto de su vida en el que Wyatt asumió la tarea de proteger a Chris y ayudarle en lo que fuera. Una tarea que cumpliría siempre.



2 comentarios:

  1. LittleHoshi: Oooooooh te quedo tan tierno este fic donde nos muestras a Leo como padre primerizo.

    ResponderBorrar
  2. Hola DreamGirl!!!

    Primero que nada, te agradezco muchísimo el compartir tu historia, que está fabulosa, aunque recién puedo terminar este primer capi, jejeje... sucede que además de tomarme mi tiempo para leer y no perderme detalles, ésta semana ha sido súper corta para mí, así que voy atrasada con la lectura!!! Pero he de decirte que me encantó y que me has conmovido con tu forma de escribir.
    Sin dudas, ser papá o mamá debe ser una tarea difícil para cualquiera... imagínate ser lo que es Leo, jejej!! Pero aunque Leo se sienta inseguro con su rol de padre de esos encantadores niñitos que tiene por hijos, hay que reconocerle que no lo hace nada mal, menos cuando pone su corazón como guía y cuando tiene una esposa que lo quiere y lo apoya como Piper lo hace!!!

    Eres una escritora súper talentosa!!! Muuuuy bienvenida :D Muchas gracias por compartir ese talento con nosotr@s!!!!
    No sé cuándo pueda terminar los otros capítulos pero estoy segura que los disfrutaré tanto como a éste!!

    Un besote!!

    Camila

    ResponderBorrar