jueves, 7 de mayo de 2020

CAPÍTULO 15: La cama





CAPÍTULO 15: La cama

La cena había ido mucho mejor de lo que me esperaba. Nuestros compañeros de mesa, que según me enteré eran algunos de los hombres y mujeres de mayor rango de la nave, aceptaron mis disculpas por el incidente durante la comida sin apenas dejarme expresarlas. Al parecer, todos habían escuchado sobre el guardia que había intentado matarme y consideraban que había tenido un primer día bastante complicado.
-         Debe de ser difícil estar tan lejos de casa. Eso no es excusa para semejante lenguaje, pero confío en que no sucederá de nuevo. Espero que no fuerais muy duro con él, Alteza – me defendió Arkun, quien iba a ser mi maestro. Se me encendieron las mejillas al entender que daba por sentado que Koran me había castigado.

-         Todo fue a causa de un malentendido – respondió él, como para zanjar el tema.
Unos carritos sin conductor, como los que me habían traído la fruta en la habitación, entraron con la cena y fueron repartiéndose por las mesas, adivinando, quién sabe cómo, lo que había pedido cada uno.
El plato que Koran había elegido para mí ciertamente estaba delicioso. Si tuviera que describirlo diría que eran verduras al horno gratinadas, pero eso no le hace justicia. Era más bien como un baño de queso en el que de vez en cuando había una verdura flotando.
-         A esto le pones carne en lugar de verdura y pan debajo y ya tienes una pizza. Muy evolucionados para rescatar dinosaurios, pero no habéis descubierto uno de los mejores inventos de la humanidad – le susurré. Me daba vergüenza hablar en voz alta, sentía que en esa mesa faltaba intimidad. Sin embargo, Koran rio estruendosamente, llamando la atención de algunos de nuestros acompañantes.

-         Es bueno veros de tan buen humor, Alteza – dijo una anciana. Solo entonces me di cuenta de que casi todos los que se sentaban a nuestro lado eran bastante mayores.

-         Eso es porque el muchachito es muy ocurrente – respondió Koran.

La mujer me sonrió. Ellos no parecían odiarme. Quizá la edad les daba perspectiva sobre los mestizos o tal vez era que apreciaban a mi padre.
Aunque la comida estaba muy buena, en verdad no tenía mucha hambre y además me empezó a entrar un sueño irresistible. Mi cuerpo se estaba cobrando los días en los que le había desatendido. Quise pedirle a Koran si podíamos irnos a dormir, pero entonces recordé que, por mi culpa, él tampoco había comido. Sería mejor que le dejase cenar tranquilo.
-         Tienes que comételo todo, ¿eh? – le escuché decir.

-         Mmhm.

Al segundo siguiente, di una pequeña cabezada. Me espabilé en cuanto mi cabeza cayó por su propio peso.
-         Alteza, no creo que el joven príncipe vaya a comer nada más – dijo Arkun. – Necesita descansar.


-         Sí… Ya veo. Ven, Rocco. Vamos a dormir.
Eso sonaba genial. Me levanté y contuve las ganas de estirarme, consciente de que eso no sería de muy buena educación. Koran se abrió paso entre las mesas y yo le seguí, poniendo mucha atención a cada paso que daba, porque no me fiaba de mi equilibrio en ese momento.
Llegamos a su habitación y me dio una ropa ajustada de una sola pieza que por lo visto hacía las veces de pijama. Era como un camisón, y en otro momento habría protestado porque me parecía ropa de mujer, pero esa noche podría haber dormido desnudo delante de quinientas personas, que me hubiera dado igual.
-         Ve al baño – me instruyó, mientras lo abría para mí. – Mañana te conseguiré un cepillo de dientes y otras cosas. Cuidado con las escaleras – advirtió, percatándose de mi estado zombi.

De alguna manera me las apañé para cambiarme y para hacer pis y cuando subí me dirigí directamente al sofá.

-         ¿Sabes? Podríais tener un aparato para cambiaros de ropa automáticamente. Como un brazalete o algo así – sugerí, con un bostezo.

-         ¿Qué haces? – preguntó Koran, sorprendido.

-         Tumbarme. No pretenderás que duerma de pie.

-         No, claro que no. Pero no vas a dormir en el sofá.

-         Oh.

Me agarró de la mano y tiró suavemente para levantarme -no estoy seguro de haber podido hacerlo por mí mismo-. Me llevó hasta la cama y me metí sin dudarlo ni un segundo. Era muy cómoda, como apoyarse en una nube de algodón. Koran tiró de las sábanas y las mantas para sacarlas de debajo de mi cuerpo y me arropó mientras murmuraba una disculpa.
-         No me había dado cuenta de que estabas tan cansado. Que duermas bien, pequeño.

-         Mmmfg.

Solté un largo suspiro, a punto de dormirme, pero entonces noté un gran peso a mi derecha. Abrí los ojos y vi que Koran se había tumbado conmigo. ¿Pretendía que durmiéramos juntos? La cama era lo bastante grande para los dos, pero… pero….
-         Todos los años que he vivido y no conocía este sentimiento. Es como si fueras parte de mí…
Sí, sí, muy bonito, pero ¿¡íbamos a dormir en la misma cama!? El sueño me venció antes de poder elaborar una objeción.
Desperté a oscuras, pero con la sensación de haber dormido mucho. Mi rostro estaba directamente frente a la ventana, pero solo veía una inmensa negrura. Claro, el espacio.
El espacio. Porque estaba en una nave.
Estaba en una nave espacial, cerca de un planeta llamado Okran, del que mi padre era el príncipe heredero.
Sabía que no había sido un sueño. En primer lugar, porque no creía tener tanta imaginación ni poder recordar un sueño con tanto detalle una vez despierto. Y, en segundo lugar, porque la horrible sensación de vacío que tenía en el pecho era un recordatorio imborrable de que mi madre había muerto y eso, aunque lo hubiera deseado, no era ninguna pesadilla, sino que era verdad.
No había nadie a mi lado en la cama. Koran debía de haberse levantado o tal vez estaba en el baño. No tenía forma de ver la hora. Ni siquiera sabía cómo se medía el tiempo allí.
De pronto, la idea de estar solo resultó abrumadora. ¿Y si Koran no volvía? ¿Y si le perdía a él también, aún antes de tener tiempo de conocerle?
-         ¿Rocco? – escuché su voz y eso me tranquilizó un poco. – Sistema: luces.
La habitación se iluminó y al segundo siguiente Koran estaba a mi lado.
-         ¿Qué pasó? ¿Estabas soñando? – preguntó. – Te noté… asustado.
No le respondí y me concentré en observarle. Entonces me invadió una sensación de paz y comprendí que estaba utilizando sus poderes para calmarme, como ya había hecho en una ocasión el día anterior.
-         ¡No! – protesté. – No me manipules.

-         No te estaba manipulando – se justificó. – Solo quería ayudarte. Con todo lo que te pasó ayer, es normal que estés un poco alterado…

-         ¿Ayer también lo hiciste? – se me ocurrió, repentinamente despejado. – Después de que ese hombre me atacara. ¿Usaste tus poderes para controlar lo que sentía?

-         No es controlar. Jamás lo usaría para aprovecharme. Intentaron matarte, hijo. Si no hubiera influido un poquito habrías entrado en pánico – me explicó.

-         ¡Tendría que haber entrado en pánico! ¡Era mi derecho entrar en pánico! – bufé y le empujé para apartarle de mí.

-         No vuelvas a empujarme – me advirtió, con mucha seriedad. Pensaba levantarme, pero ante su tono me quedé quietecito en la cama. – No usaré mis poderes de nuevo sin que lo sepas, pero solo pretendía evitarte el malestar. No te puedes enfadar por eso.

-         Sí puedo – refunfuñé. Sin embargo, casi toda la molestia se me había ido ya, al comprender que su intención de protegerme del miedo era en realidad algo tierno. Algo que todo padre querría poder hacer con su hijo. - ¿Por qué te levantaste? ¿Qué hora es?

-         Dormiste once horas – me aclaró. – Pensé que era mejor no despertarte, estabas agotado.

-         ¿Y te quedaste aquí a oscuras?

-         Te observaba dormir – confesó, con cierta vergüenza. - ¿No deberías quitarte los hierros esos por la noche? – preguntó, señalando mi rostro.

Instintivamente, me toqué los piercings y las dilataciones.

-         Lo de la boca sí me lo suelo quitar, porque muchas veces duermo bocabajo y se me engancha. Pero no hace falta. Luego es un lío ponérselo.

-         ¿No te duele?

-         Ahora no. Cuando me los hice, un poco.

Asintió, como si esa fuera toda la información que necesitaba saber. Después su rostro adquirió un matiz sombrío.
-         El juicio es en dos horas – me dijo. – Yo tengo que asistir. Tú…

-         Yo también voy – declaré.

Pensé que iba a discutírmelo, pero se limitó a mirarme sin responder nada durante cerca de un minuto.
-         Entonces será mejor que te levantes y desayunes. La hora del desayuno ya pasó, pero pediré una bandeja con té y galletas, ¿te parece bien?

-         ¿No tenéis leche? – pregunté. - ¿Con chocolate? O cereales…

Koran sonrió.
-         Es verdad, a los niños os gusta eso.
Definitivamente, me iba a tener que esforzar para que dejara de verme como un bebé de tamaño extragrande. Pero eso sería después del desayuno. A la leche con cereales no pensaba renunciar.  

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