miércoles, 15 de abril de 2020

CAPÍTULO 29




Sábado por la mañana. Los chicos que estaban en un régimen semi interno se habían ido a sus casas, así que el edificio estaba medio vacío. Los que se habían quedado, estaban repartidos por todo el colegio. Los nueve alumnos de los que era directamente responsable se habían ido a la biblioteca nada más acabar el desayuno. Me daba pena que se perdieran un sábado tan magnífico. El sol arropaba los terrenos del internado haciendo que el jardín fuera más atractivo que nunca, pero ellos insistían en que tenían mucho que estudiar.
-         A veces bromeo diciendo que a estos niños no hay que ponerles horas para que hagan los deberes, sino para que dejen de hacerlos – me dijo Enrique, cuando nos encontramos en la biblioteca. – No olvides que son de alto rendimiento. La competencia aquí es muy alta. Y algunos guardianes la incentivan. A finales de mes, el mejor de cada grupo recibe un premio y el peor una penalización.

-         ¿Qué clase de penalización?
Enrique alzó una ceja, como diciendo “ya te lo imaginas”. Le miré con incredulidad.
-         ¿Y el director lo permite? – me indigné. Enrique se encogió de hombros. – Yo jamás haré tal cosa. Me parece algo propio de un sádico insensible, la verdad.

-         Desde que instauraron el castigo físico, cada vez hay más de esos. Solo han pasado cincuenta años. Espera cincuenta más y verás cosas propias de la Edad Media.

-         Ya las estoy viendo – gruñí. – Desde que llegué aquí.

-         ¿Qué te escandaliza tanto? Has estado en muchos colegios, ¿no? Has tenido que ver cosas peores – me tanteó.
Estuve a punto de responder que no, pero entonces recordé un episodio, cuando recién empezaba a ser profesor.
-         Nunca había estado en un internado. En los otros colegios, muchas veces nos limitábamos a llamar a los padres – respondí, evasivo. – A veces castigábamos a alguien, pero casi siempre eran los jefes de estudio los que se encargaban de eso.

-         ¿Pero? – insistió Enrique, sabiendo que me estaba callando algo.

-         Una vez tenía esta alumna… una niña estupenda, muy inteligente y responsable. De la noche a la mañana, empezó a comportarse de forma rebelde. Llegaba tarde a mis clases, sin los deberes, me contestaba mal. Hablé con ella, le envié notas a casa… incluso la castigué, en una ocasión, sintiéndome terriblemente mal al hacerlo, porque sentía que me estaba perdiendo de algo.
Mi mente viajó varios años al pasado.
Era mi primer colegio, llevaba ya dos años ahí. Sentía que me había integrado, conocía las instalaciones, al personal, a los alumnos. Era un buen barrio y los chicos no eran problemáticos. En los veinte meses que llevaba allí, solo había tenido que recurrir al castigo físico con cuatro alumnos. Los cuatro varones, quizá por eso me tembló tanto la voz al pedirle a Fabiola que se quedara después de la clase.
Cuando sonó el timbre, ella se acercó a mi mesa, pero fue incapaz de sostener mi mirada. Eso me hizo pensar que seguramente ya sabía por qué la había llamado.
-         Fabiola, sabes que no puedes sacar el móvil en clase. Te pedí que lo guardaras tres veces, y no lo hiciste.
No me respondió. Tal vez no sabía cómo hacerlo. Muchos alumnos se quedan callados cuando les regañas, lo cual suele ser muy frustrante.
-         No sé qué te está pasando, pero ya lo he intentado todo contigo. Este mes he mandado cinco notas a tu casa y aún estoy esperando que me traigas la última firmada. Te he puesto tarea extra, te he sacado de clase, te he dado cientos de advertencias… No me dejas más opción que empezar a ser más duro contigo.
Sus ojos, que se habían vuelto fríos, brillaron de pronto con algo de temor. Lentamente, su mirada se desvió hacia la pared, donde había una pequeña -aunque no tan pequeña – paleta colgada. Normas del centro.
-         No, con eso no – la tranquilicé.
Abrí mi cajón y saqué una regla. No sabía si era su primera vez, hasta hacía poco había sido una alumna modelo, pero los demás profesores también habían empezado a quejarse de su actitud.
-         Pero eso es peor – susurró.

-         No es peor, duele bastante menos, créeme. Es más larga, pero no es tan gruesa.
Aún así, no me sentía cómodo utilizando eso, pero nos habían advertido acerca de no golpear con la mano a alumnos del sexo opuesto. No quería protagonizar ningún escándalo en los medios porque me acusaran de abuso sexual ni nada parecido.
Pensé que me iba a decir las frases usuales. “Ya voy a portarme bien”. “Lo siento de verdad”. “Dame otra oportunidad, por favor”. Me había preparado para que lo dijera y una pequeña parte de mí estaba dispuesta a dejarse ablandar si sus disculpas eran sinceras, pero no hubo nada de eso.
-         Métetela por el culo – me espetó.
Cerré los ojos y respiré hondo.
-         No, se me ocurre otro uso más productivo – respondí. – Apóyate sobre la mesa.
Levantó ligeramente la cabeza, retándome.
-         Apóyate sobre la mesa o cogeré la paleta – le advertí.
Todavía dudó unos segundos más, pero finalmente lo hizo. Me armé de valor y me puse detrás de ella. Levanté la regla ligeramente.
PLACK
Dio un pequeño respingo. ¿Demasiado fuerte? No se había quejado, pero algo me decía que no iba a hacerlo pasara lo que pasara.
PLACK PLACK PLACK
-         Eres una de las personas más inteligentes que conozco, Fabiola, pero últimamente parece que has decidido tirar tu futuro por la borda. Levántate. Siento haber tenido que hacer eso.
Al principio, ella parecía sorprendida. ¿Tal vez esperaba más? Después, su rostro se arrugó y comenzó a llorar intensamente. Se tapó la cara con las manos y me dio mucha pena.
-         Shh. Tranquila… ¿Me dejas que te dé un abrazo? – pregunté. Ella asintió y al segundo siguiente la sentí llorar contra mi pecho. – Shhh. Ya está. Yo sé que vas a volver a portarte como antes. Puedes hablar conmigo si lo necesitas, ¿bueno? O con tus padres, les tienes muy preocupados.
Fabiola lloró más al escuchar eso y se estuvo desahogando por un buen rato. Esa forma de llorar me rompía y me hizo sentir terriblemente culpable. Estaba seguro de que a esa niña le pasaba algo y no me lo quería decir, pero al mismo tiempo creí que el llanto podría tener en ella un efecto catártico y liberador.
Recuerdo que pensé que después de eso las cosas irían mejor. Sin embargo, al día siguiente, Fabiola volvió a llegar tarde. Lo dejé pasar. Fui amable con ella, le pedí que se sentara sin llamarle la atención por su retraso y continué con mi clase como si nada. En cuanto me giré para escribir en la pizarra, algo me golpeó en la espalda. Me giré rápidamente. Todos sus compañeros miraban en su dirección. Me agaché a recoger una bola de papel que contenía un dibujo caricaturesco de mí. Suspiré.
-         ¿Quién ha sido? – pregunté, a pesar de que ya lo sabía. Nadie respondió. Fabiola sacó su teléfono. – Fabiola, dame el móvil. Irás a recogerlo esta tarde a jefatura.
Se me quedó grabada su mirada de odio. Continué con la clase, y con todas mis clases posteriores, pero decidí quedarme a esperar a que Fabiola saliera de hablar con el jefe de estudios para tener una conversación con ella. Esperé en el pasillo, seguro de que no había salido todavía, pero los minutos pasaban y no había señales de ella. Entonces escuché gritos y, tras unos instantes de duda, decidí entrar. El jefe de estudios la estaba golpeando con una paleta. Le dio cinco golpes delante de mí, que es el máximo que yo le daría nunca a nadie con esa cosa, solo que él ya llevaba muchos más. Estaba fuera de sí y me puse en medio para separarle. Solo entonces, cuando le alejé de ella, reparé en que Fabiola no llevaba pantalones. Enseguida le di mi chaqueta para que se cubriera, pero pude apreciar perfectamente los cardenales.
-         … Puse una denuncia y me enteré de algo horrible – le conté a Enrique. - Ese hombre solía citar a las alumnas a su despacho y las pegaba solo por el placer de hacerlo, porque le excitaba. La actitud de la niña había cambiado a raíz de su primer encuentro con aquel malnacido. Yo también me habría llenado de rabia si un viejo verde me castigara sin razón. Lo peor es que la pobre criatura no era consciente de que allí estaba pasando algo más. Estaba rabiosa por la injusticia, porque la hubiera reprendido sin merecerlo, pero no entendía que ese hombre no debería haberla pegado sin ropa. Que eso era extralimitarse, en todos los sentidos.
Enrique me escuchó, bastante impactado.  
-         Hay personas que no deberían ser profesores – dijo. – Abusador…

-         Hay más de una manera de abusar, Enrique. Ser más duro de lo necesario tampoco es digno de un buen maestro. Es aprovecharse de una posición de poder ante los que no pueden defenderse. Si fueran ellos los que estuvieran en el otro extremo de la paleta, reconsiderarían con qué frecuencia hay que usarla.
Enrique se quedó en silencio, tal vez meditando mis palabras. Por lo que le iba conociendo, él no era un mal tipo. Tan solo veía el castigo físico como una forma de disciplina, y yo también, así era la sociedad en la que vivíamos, solo que no era la única forma que conocía y además había muy diversos modos de aplicarla.
Nos quedamos en la biblioteca un rato más, observando a nuestros respectivos alumnos, preparados para responder dudas si las tenían. Cuando ya se acercaba la hora de comer, entró Lucas, el hermano de Benja, y vino directamente hacia mí con unos papeles en la mano.
-         Ho… hola. Aquí está el trabajo que me pediste – susurró, visiblemente avergonzado.

-         Te di hasta el domingo – respondí, con una sonrisa. – Gracias.

-         Yo… lo siento…

-         Ey, ya está olvidado.

-         ¿Metiéndote en líos, Lucas? – preguntó Enrique.
El chico tenía aspecto de querer desaparecer.
-         Qué va. Es un buen chico – intercedí, para sacarle del apuro. – Me ha contado que es tu ayudante.

-         Ah, sí. El mejor secretario que uno pudiera esperar.
El rubor de Lucas aumentó, aunque por otros motivos. Le hizo un gesto a su hermano a modo de saludo y se marchó, para que no pudiéramos seguir abochornándole.
-         Te espera una lectura ligera – bromeó Enrique. Solo entonces reparé en que Lucas me había entregado un taco de quince hojas. ¿Pero cómo podía escribir tanto ese chico?  ¿Acaso había dormido?



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