martes, 19 de julio de 2016

CAPÍTULO 3:




CAPÍTULO 3:

El director vino a por mí cuando acabaron las clases y me indicó que fuera al comedor. Los alumnos entrarían enseguida y allí me presentarían.

En el internado, los profesores comían juntos en una mesa larga sobre una tarima, y los niños en varias mesas distribuidas a lo largo de la habitación. Fueron entrando por cursos, y se quedaban de pie frente a sus sillas a medida que llegaban. Me sorprendió el orden con el que lo hacían: uno imaginaría que al reunir a más de cien chicos en un comedor, aquello sería un caos.

Varias miradas se centraron en mí y Damián me saludó alegremente con la mano y le dijo algo a su compañero de al lado. Sonreí un poco al notarlo.

  • Silencio, alumnos. Antes de empezar a comer, tengo varios anuncios que haceros – dijo el director. Esperó hasta que reinó un silencio absoluto. – En primer lugar, quiero recordar que está prohibido correr por los pasillos. Para eso está el patio y los jardines. Y como el alumnado en general parece ser incapaz de respetar esta norma, todo aquél que la incumpla fregará los pasillos durante una semana.

Se escucharon algunos susurros de protesta, pero el director los silenció dando una palmada al aire.

  • No he terminado. Como se puede observar, tenemos una nueva incorporación en la mesa de los profesores. Es el señor Medel, profesor de historia de los cursos superiores y guardián de los de primer año.

El director me miró invitándome a decir algo, así que me puse de pie y me aclaré la garganta.

  • Podéis llamarme Víctor. Será un placer conoceros a todos. Los alumnos de mi dormitorio, por favor, que me esperen a la salida. Me gustaría hablar con vosotros

  • Bienvenido, señor Medel – respondieron al unísono, en una fórmula que debían de haberles enseñado. ¿Qué parte de “llamadme Víctor” no habían entendido?.

El director hizo un gesto con las manos y todos se sentaron. Los profesores lo hicimos justo después. Enseguida se elevó un pequeño murmullo de voces juveniles que conversaban.

En mi mesa, varios de los profesores me dijeron su nombre con una sonrisa amigable. Todos eran hombres, con excepción de la profesora de música y la de dibujo. El internado parecía tener un problema con la igualdad de género o quizás era que pocas mujeres estaban interesadas en conseguir un puesto allí, porque implicaba pasar mucho tiempo sin las familias, rodeados de muchos chicos. Si yo trabajara en un colegio solo con niñas, seguramente enloquecería.

  • Víctor, ¿en qué colegio trabajaste antes? – me preguntó otro de los profesores. Recordé su nombre: Enrique.

  • En Los Molinos. No era un internado, era un centro solo de día.

  • ¿Y qué te hizo querer pasar la noche con los mismos monstruitos que ves durante las clases?

  • El dinero – respondí con sinceridad – Y la urgencia de encontrar un trabajo, cuando se me acabó el contrato con el otro colegio. Me gusta lo que hago, me gusta enseñar, y pensé ¿por qué no?

  • Yo podría darte un par de razones – respondió otro de los profesores y todos se rieron. Bueno, al menos parecían agradables.

Estuve respondiendo algunas preguntas más, y hablando con el tal Enrique, que parecía tener más o menos mi edad y mi carácter. Pero de pronto su expresión cambió por completo, y noté que ya no me estaba mirando a mí. Seguí la dirección de sus ojos y me fijé en dos alumnos que se habían levantado de la mesa y parecían estar discutiendo.

  • Marco, Julián. Sentaos ahora mismo – ordenó, alzando un poco la voz para que le oyeran.

  • ¡Ha empezado él! – protestó uno de los chicos.

  • Me da igual quién haya empezado. Si bajo hasta ahí lo termino yo – cortó Enrique. Los muchachos resoplaron y tomaron asiento, malhumorados, pero más tranquilos. Enrique volvió a prestarme su atención. – Todo el día igual. Adolescentes, bufff.

  • ¿Son de tu dormitorio?

  • De tercero, sí. Tengo veinticinco.

  • Vaya. Yo solo veinte, y ya me parecen demasiados – le confesé.

Enrique se encogió de hombros, como diciendo “no son tantos”. Dio un par de cucharadas a su sopa y nos dedicamos a escuchar algunas de las conversaciones paralelas que había en la mesa:

  • Solo digo que en otros internados hay únicamente un vigilante. Nada de guardianes en cada habitación. – protestaba el tal “señor López” (me negaba a llamarle Iván, porque no me había gustado cómo había hablado de Damián). Su queja venía a propósito de un comentario que el director había hecho sobre la necesidad de encontrar un guardián para los del último curso, ya que al parecer ninguno de los aspirantes al puesto le había convencido.

  • Otros internados no tienen nuestra reputación, Iván – le recordó el director. – Si los padres eligen nuestro centro es, entre otras cosas, porque saben que alguien estará atendiendo a su hijo las veinticuatro horas al día.

Enrique sacudió la cabeza y me miró a mí.

- Si no le gusta dormir aquí, que pida plaza en otro sitio ¿no? Aunque claro, su nómina tendría un par de ceros menos – bromeó Enrique. Lo cierto es que el salario era bastante alto, a cambio de que las vacaciones eran mínimas y la jornada laboral, bastante larga. - Este trabajo no está tan mal, pero no se lo recomiendo a alguien con familia. Tienes libertad para salir del recinto, pero siempre tienes que volver a dormir. O dejas a tus propios hijos en un internado, o ya me contarás…Aunque, por experiencia digo que si no tienes familia tampoco es sencillo, porque puedes llegar a pensar que estos chicos son tu familia. Y eso es un error.  No puedes encariñarte con ellos. – murmuró, partiendo un trozo de pan como si quisiera romper algo más en el proceso. - ¿Tú tienes hijos?

  • Hasta cierto punto sí – respondí, algo incómodo por lo que había dicho. ¿Por qué no podía encariñarme con ellos? Iba a pasar muchas horas a su cuidado, lo lógico sería que les acabara por coger afecto.

Enrique soltó una carcajada muy sonora.

  • ¿Cómo se pueden tener hijos “hasta cierto punto”?

  • Los tengo, pero nunca los veo. La madre tiene la custodia completa y se ha ocupado de mudarse allí donde no la puedo seguir. Al principio lo intenté: cambiaba de trabajo constantemente para vivir cerca de ellos. Pero era inútil, y empezó a repercutir en mi carrera: cada vez me costaba más encontrar un colegio que quisiera a alguien que había estado en tantos centros diferentes. Les hacía preguntarse por qué nunca estaba más de un año en la misma escuela y, lógicamente, recelaban a la hora de contratarme. Por eso me sorprendió un poco que me aceptaran aquí.

  • El candidato ideal para este sitio es alguien sin raíces ni ataduras, como tú. Aunque por eso mismo los profesores no suelen durar mucho aquí. El director se vuelve loco a principio de año, intentando cubrir todas las vacantes.

  • ¿Tú llevas más de un año aquí? – pregunté, por que sonaba como si llevara mucho tiempo.

  • Siete. Soy el veterano – me sonrió.

  • Eso es mucho. ¿Te gusta trabajar aquí?

  • Bastante. Lo mejor son los alumnos. Lo peor… los otros profesores – me confesó, y se volvió a reír.

  • ¿Y eso? – decidí aprovecharme del hecho de que Enrique parecía bastante comunicativo.

Ante mi pregunta, Enrique recobró la seriedad, y lo meditó unos segundos.

  • Supongo que cada uno piensa que su criterio es el mejor. No pasaría nada si esto fuera un colegio externo: cada uno viene, da su clase, y se va. Pero aquí, en cierto modo, es como si los guardianes actuáramos de padres, en el sentido en el que tenemos a algunos chicos bajo nuestro cargo directo, que nos rinden cuentas directamente a nosotros. Cuando otro profesor actúa con ellos bajo un criterio diferente al nuestro, es fácil frustrarse. Al menos, a mí me pasa. Quizá lo entiendas mejor cuando te llegue la primera tarjeta roja.

Me tensé un poco, porque recordaba haber leído algo de eso en el reglamento. La tarjeta roja era un informe que un profesor le daba al guardián de un alumno cuando consideraba que este había hecho algo grave. Los alumnos sabían que cuando recibían ese papel, recibían también un castigo memorable. Pero no entendía bien en qué se diferenciaba eso de cualquier otra situación en la que llegara un reporte de mal comportamiento. Enrique pareció percibir mi confusión.

  • Una tarjeta roja de alguna manera anula tu libertad como guardián. Normalmente eres tú el que elige cómo castigar a tus alumnos, pero ellos saben que esa tarjeta implica que han cruzado un límite. Tienes que ser severo o perderá toda su significación, y recibir una tarjeta roja dejará de ser algo impactante. El problema está cuando algún profesor las reparte con la misma facilidad que en un campo de fútbol – gruñó, y miró a Iván, alias “el señor López”. Cómo empezaba a odiar a ese tipo.

Iba a responderle, pero me interrumpí cuando noté algo de alboroto en una de las mesas.

  • Esos son tuyos – me avisó Enrique.

Dos chicos, uno considerablemente más grande que otro, estaban lanzándose bolitas de pan. Ellos debían pensar que estaban siendo discretos, pero en verdad habían comenzado a revolucionar a todos. ¿En serio los dos eran de primero? El más bajito parecía menor de once años, pero bueno, a veces los niños tardan más en crecer.

Podría haberles regañado desde la mesa, como había hecho antes Enrique, pero ni siquiera sabía sus nombres, así que pensé que era mejor acercarme a ellos. Me levanté de la mesa y bajé hasta allí.

  • Hola – saludé.

Los dos dieron un respingo, pues no me habían visto llegar y me miraron con algo de pavor. Me sentí casi como si fuera un fantasma.

  • ¿Cómo te llamas? – le pregunté, al más grande.

  • Ja…Javier.

  • ¿Y tú? – le dije, al más pequeño.

  • Benjamín… Benja…

Benjamín. Recordaba su nombre, del listado. Formaba parte de los chicos que se quedaban allí también en el fin de semana.

  • Ya paramos… solo estábamos jugando… - musitó Javier.

  • Está bien. Recordad que no se juega con la comida ¿vale? ¿Está bueno? – indagué, acercándome un poco más. En ese momento todos los de la mesa se habían quedado callados y me observaban con extrañeza y desconfianza.

  • No, está asqueroso… - susurró Benjamín. Javier le dio un pisotón.

  • Está muy bueno – dijo Javier, pero se notaba a todas luces que mentía. Debía de pensar que yo me iba a enfadar si se quejaban.

  • Sí, a mí tampoco me gusta demasiado. Supongo que es difícil hacer comida para tantas personas. ¿Conocéis a los cocineros?

Benjamín entreabrió un poco la boca, como si se acabase de plantear la existencia de tales cocineros y hasta entonces hubiera supuesto que la comida aparecía mágicamente sobre su plato. Negó con la cabeza.

  • Ya, yo tampoco. Pero admiro su trabajo, aquí somos casi doscientas personas y nos dan de comer a todos. Yo apenas puedo hacer un huevo frito.

Benjamín se rió bajito.

  • ¡Pero si es muy fácil! ¡Yo si sé!

  • ¿De verdad? Tal vez podrías enseñarme – le sonreí. Tomé su mano, porque aún tenía miguitas de pan de las que había usado como proyectil, y le hice abrirla para quitárselas, pero él se estremeció un poco. – Tranquilo. El pan solo para comer ¿de acuerdo? Si no, dejaré dicho que no os pongan pan a vosotros.

Los dos asintieron y yo volví a la mesa de profesores, preguntándome durante cuánto tiempo más iban a dedicarme esa mirada de asombro.




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