martes, 19 de julio de 2016

CAPÍTULO 6:




CAPÍTULO 6:

Estaba mirando a Damián demasiado fijamente, pensando en lo que me había dicho Enrique. Ya habían vuelto todos los chicos de sus actividades extraescolares, y les había reunido en el dormitorio tal como habíamos quedado. Estaban hablando entre ellos y yo me limité a observarles, consciente de que así podía aprender bastante sobre cómo eran. Me di cuenta de que uno de los chicos estaba algo marginado del resto. Era bastante alto y llevaba gafas. Era de los chicos que se quedaban los fines de semana, conocía su nombre…hice un esfuerzo por recordarlo…

  • Borja – dije al final, agradecido por haber sido capaz de acordarme con mi pésima memoria.

  • ¿Sí? – respondió el aludido, pensando que le llamaba.

  • Mmm…¿Cómo te ha ido hoy en las clases?

  • ¿Hice algo mal? – preguntó con desconfianza.

  • No, solo me tomo interés… Soy tu guardián, quiero conocerte un poco. – le expliqué. No me gustaba ver a los chicos solos, y lo cierto es que el aspecto de ese niño gritaba “empollón” a los cuatro vientos, así que imaginé que tal vez no tenía muchos amigos.

  • Los guardianes no “se toman interés”. Te gritan y te regañan, nada más. – replicó Borja. Caray.

  • Vaya… ¿y eso lo dices basándote en tu experiencia de una semana en el internado? – pregunté, sin poder evitar sonar ligeramente sarcástico.

  • No, por mi experiencia de un año. Estoy repitiendo este curso.

Y ahí se acabó mi teoría del empollón. Me estaba bien empleado, por dejarme llevar por las apariencias. Sin embargo luego recordé que había visto las edades de todos ellos en la lista, y todos habían nacido en el mismo año, no había repetidores. Para asegurarme, fui un momento a por los papeles. Efectivamente, Borja no era repetidor. Tenía once años y además era de los que los cumplían más tarde.

  • ¿Por qué me has mentido? – me extrañé, porque no tenía ningún sentido. Esa mentira no le beneficiaba en nada. – No eres repetidor.

  • Borja es mentiroso compulsivo – intervino Damián – No te creas nada de lo que diga, solo quiere llamar la atención – añadió, poniéndole una mueca.

  • Habló el llorica. Bwaa, bwaaa, hacedme caso – se burló Borja.

  • Basta. – corté, antes de que fueran a más. – No peleéis. Y Borja, no me gustan las mentiras. Yo sí me tomo interés, y no estoy solo para regañar, pero sí tengo algunas normas, que es por lo que os he reunido aquí a todos.

Con un gesto hice que todos me prestaran atención y me aclaré un poco la garganta.

  • Veinte personas en un dormitorio pueden ser muchas. Estoy seguro de que entendéis que tenemos que tener cierto orden para no caer en el caos. ¿El señor López os puso alguna norma mientras estuvo a cargo de vosotros?

  • No hacer ruido – musitó Damián. Eso me parecía algo inespecífico.

  • ¿Algo más?

Damián se encogió de hombros.

  • Imagino que se refería a que no gritarais mucho… Bien, eso está bien, creo que podemos mantenerlo… Algo de ruido será inevitable, pero podemos intentar tener un tono conversacional normal, ¿de acuerdo? Como hace nada, que estabais todos hablando, pero nadie gritaba. Pero necesitamos añadir algunas cosas más. ¿Se os ocurre algo?

Los veinte chicos me miraron como si estuviera loco. Por lo visto, fue muy extraño para ellos que quisiera hacerles partícipes del establecimiento de las normas… Solo obtuve un gélido silencio como respuesta, pero finalmente Benjamín levantó la mano con bastante timidez.

  • ¿Sí? – le animé.

  • Todos los días nos tenemos que hacer la cama antes de desayunar, pero a veces vuelvo y la mía está medio desecha porque alguien se tumbó… Así que… creo que nadie debería tumbarse en la cama de los demás…

Algunos de sus compañeros protestaron y le miraron como si fuera un traidor. Incluso le acusaron de chivato, pero Benjamín no había dicho ni nombres ni apellidos.

  • Me parece muy lógico – aprobé. – Hay que respetar las cosas de los demás, y eso incluye la cama y cualquier otro mueble u objeto. Gracias por ayudar, Benjamín – le sonreí, para que no se sintiera mal, y para animar a los otros chicos a participar. - ¿Alguien quiere decir algo más? ¿No?

Esperé unos segundos, pero no estaban muy comunicativos.

- Está bien, veo que las clases os dejan agotados ¿eh? Entonces sigo yo. Tengo un par de normas mías personales, pero ahora estamos con las normas del cuarto: no hacer ruido, respetar las cosas de los demás y añado que no se puede traer comida a la habitación. Podéis comer en el jardín, en el comedor y hasta en los pasillos, pero no aquí, o en pocos días esto se llenaría de insectos. Un cuarto tan grande es difícil de limpiar y si alguien se olvida un trozo de comida, entonces esto se empezará a llenar de bichos -  les expliqué. Era la típica norma de los campamentos, pero me parecía perfectamente aplicable a nuestra situación.

Damián levantó la mano lentamente. Me causaba cierta gracia eso de levantar la mano antes de hablar: en clase podía entenderlo, pero allí, en su habitación, no dejaba de parecerme curioso. Le indiqué con un gesto de la cabeza que podía intervenir sin problemas.

  • Pero ya hay unas normas para los cuartos – me dijo – Están en el reglamento… Nunca puede haber nadie solo en las habitaciones, nunca se puede entrar en el cuarto del guardián, no se puede saltar sobre las camas…

- Si, Damián, ya sé. Estamos añadiendo algunas nosotros, solo para los de esta habitación. Las del reglamento también las vamos a respetar, aunque a mí en particular no me importa si entráis a mi cuarto. De hecho os pediré que lo hagáis alguna vez, cuando estéis enfermos o si quiero hablar con vosotros.

Creo que les desconcertaba un poco el hecho de que yo no siguiera al pie de la letra la normativa general. Parecían confundidos cuando quería introducir algún cambio, aunque por suerte ellos llevaban poco tiempo allí, así que no les resultaría muy difícil adaptarse.

  • Respecto a la habitación, creo que ya está dicho todo. Si a alguien se le ocurre algo más, que lo diga luego. Pero ahora me gustaría hablar de otras normas: las que tengo yo, como profesor y como guardián. No son muchas, así que tranquilos. Sé que el reglamento ya es bastante largo de por sí como para que yo añada más. Pero el reglamento os habla de las cosas que como alumnos no podéis hacer. De las cosas que están prohibidas, que no son muy diferentes a lo que está prohibido en otros colegios. Yo os quiero hablar de lo que no me gusta a mí, como guardián vuestro, fuera de las clases. – les expliqué. Quería decirles algo así como “durante estos meses vamos a ser como una familia, así que no me vale con un estúpido reglamento escolar”. Pero no llegué a decirlo, porque era un poco pronto para criticar el reglamento delante de ellos. -  No me gustan nada las mentiras. Necesito poder confiar en vosotros. En el reglamento no dice nada sobre “prohibido mentir”, porque se sobreentiende, pero yo quiero dejarlo claro. Tampoco me gusta enterarme de las cosas por terceras personas: siempre que podáis, cuando os pase algo o hagáis algo malo, quiero que seáis vosotros quienes me lo digan. Entiendo que a veces algún profesor se os adelantará y eso no será culpa vuestra: a lo que me refiero es que no quiero que me oculten cosas, para mí es como mentir. Tampoco me gustan las peleas, ni los acosadores, ni las marginaciones. No estáis obligados a ser amigos, pero sí a ser compañeros, y quiero que os tratéis bien entre vosotros. Solo me veréis realmente enfadado si veo que buscáis haceros daño. Compartís cuarto, compartís curso, compartís clase. Sois una parte muy importante de la vida de vuestros compañeros, así que haced que esa parte valga la pena.

Me interrumpí un momento, para dejar que asimilaran lo que estaba diciendo, y para mi sorpresa descubrí que uno de los chicos estaba garabateando algo en un papel. Le iba a regañar por estar dibujando mientras yo hablaba, pero luego me di cuenta de que estaba tomando nota de lo que yo decía, como si fueran apuntes. Observé al chico con una sonrisa: era Bosco y lo cierto es que no sabía mucho más de él, salvo que también dormía allí los fines de semana.

  • Ah, qué bien que tengo un secretario. Me está quedando un discurso bastante bueno y si nadie lo apunta luego seguro que no puedo repetirlo igual – medio bromeé, y no pude resistirme a revolverle el pelo, porque lo tenía largo y espeso e invitaba a ello.

Bosco me dedicó una sonrisa de dientes blancos y luego puso una cara de concentración muy graciosa, como si estuviera en una misión importante.

  • Lo último que os quiero decir es que yo también crecí en un lugar como este. Así que sé que a veces puede ser difícil vivir con tanta gente, tener tantas normas y sentirse encerrados… Por lo que he visto, este lugar tiene unos terrenos magníficos, así que siempre podemos salir y jugar al fútbol un rato ¿de acuerdo? Yo también vivo aquí, y podéis contar conmigo si os sentís aburridos.

  • No me gusta el fútbol – murmuró Borja.

  • Claro que no, maricón – replicó Damián.

Entrecerré los ojos. Estaba claro que esos dos no se llevaban bien.

  • ¿Qué acabo de decir sobre las peleas y hacer daño? Pídele perdón, Damián.

Damián puso cara de susto y asintió frenéticamente.

  • Perdona, Borja…

  • No, no te perdono. Eso no me lo llamas ahí fuera y sin guardianes.

  • ¡Eh! Nada de eso. Peleas de gallitos no, que yo las corto rápido. Ven aquí, Damián.

Enseguida entendí el equívoco que yo mismo provoqué, al decir aquello y llamar a Damián en la misma frase. Debió de pensar que lo llamaba para reprenderlo, pero solo quería separarles para evitar que las rencillas aumentaran.

  • Uuuh, ya te ganaste otra – se burló Borja. Los ojos de Damián se inundaron mientras se levantó y caminó hacia mí. – A ver cómo llora el bebé.

Efectivamente, Damián estaba a punto de llorar y me dio mucha pena.

  • Cállate – gimoteó, sin apenas mirar a Borja. A mí sí me miró, con la cara más triste que yo había visto nunca en un niño de once años.

  • No te voy a regañar – le tranquilicé. – Solo quiero que te sientes por aquí, para que no peléis más. No está bien decir esas cosas ¿eh? Y burlarse así de él, tampoco, Borja. Él ya se disculpó, creo que ahora debes hacerlo tú.

  • ¡Fue él quien me insultó y sin provocación alguna!

  • Ya te he pedido perdón…

  • Tus disculpas te las metes por el culo. – replicó Borja.

  • No, que al que le gusta eso es a ti – respondió Damián.

Suspiré. Por un segundo había pensado que podía resolver esa situación pacíficamente.  Puse ambas manos en los hombros de Damián para que me mirara.

  • Ya te he llamado la atención por insultar a Borja. No sirve pedir perdón si luego vas a seguir. Y tú no has debido responderle así, Borja. Estáis los dos castigados.

Borja soltó un bufido, pero Damián volvió a mirarme con esa expresión triste,  y también ligeramente expectante. Quería que especificara los términos de su castigo. Aun no les conocía lo bastante como para saber qué le gustaba a cada uno, así que fui a por algo general, que además podía ser útil para la causa en cuestión:

  • Damián, tu harás la cama de Borja esta semana además de la tuya. Y Borja, llevarás y recogerás la ropa de Damián de la lavandería. Haréis algo por el otro para que aprendáis a ser amables entre vosotros. Ahora lo hacéis por un castigo, pero me gustaría que más adelante fuerais capaces de ayudaros por voluntad propia.

Damián agachó la cabeza y asintió. Borja rodó los ojos en una actitud que no me gustó demasiado, pero lo dejé estar. Senté a Damián enfrente de mí para estar a su altura mientras le hablaba:

  • No quiero volver a oír que le llamas maricón o insinúas que lo es de alguna otra manera.

  • Pero es que lo es…es gay… - murmuró. – Él dice que no, pero lo es…

  • Bien por él. Pero tú lo dijiste con intención de herirle. No está bien que utilices la orientación sexual de los demás para atacarles. Y en cualquier caso, es él el que tiene que decidir si lo es o no, o si quiere hacerlo público. ¿Queda claro?

  • Sí, Víctor… Perdón…

  • No pasa nada. Si él te habla mal, le ignoras ¿está bien? O me lo dices a mí. Pero no te metas en líos, que no merece la pena.

Damián asintió y se miró los pies, como esa misma mañana, cuando nos conocimos. Seguía sin ver qué había de malo en ese niño. Iba a preguntarle a Damián cuál era exactamente su problema con Borja cuando vi que se llevaba una mano a la nuca. No lo había visto bien, pero me pareció que algo lo golpeaba. Seguí mirando, y entonces vi claramente cómo una bolita de papel le daba a Damián en el cuello. Alcé la vista y vi a Borja con el tubo de un bolígrafo, usado como arma para lanzar proyectiles.

  • Muy maduro, Borja, di que sí. Trae, dame eso. Y para ¿vale? Cortadla aquí.

Le quité el tubo y me lo guardé en el bolsillo. Críos.

  • ¿Puedo fiarme de dejaros solos un momento?

Los dos asintieron, y yo salí al baño, que no había ido en todo el día. No tardé más de dos minutos, pero cuando regresé escuché unas voces que no me gustaron nada. Entré en el cuarto rápidamente y vi a los chicos formando un corro alrededor de Damián y Borja, que se estaban peleando. Damián estaba perdiendo estrepitosamente.

  • ¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ? – chillé, y al oírme se detuvieron. - ¿Qué os acabo de decir? ¿Me voy un momento y os pegáis como animales? ¿Qué pasa con vosotros dos?

Me enfurecí doblemente porque todo aquello fuera por una tontería. La pelea había empezado con pequeñas pullas y había terminado en…en eso.

Damián se levantó del suelo con los ojos llorosos, no supe si por los golpes que se había llevado o porque sabía que estaba en problemas.

  • Lo siento, Víctor…

  • No, las disculpas no te sirven ahora. Te vas a mi cuarto, y tú Borja también.

Los dos me miraron confundidos, pero Damián se apresuró a ir a mi cubículo y abrir la puerta. Los dos desaparecieron tras ella, aunque aún les podía ver, por la pared de cristal.

  • Y vosotros ¿no podíais pararles en vez de hacer un círculo a su alrededor? – regañé a los demás, mirándoles uno a uno. - ¿Qué ha pasado? ¿Por qué se han pegado? ¿Damián le volvió a insultar?

Al principio ninguno parecía dispuesto a responderme, pero luego se miraron entre sí y fue Benjamín el que habló.

  • Nada más irte tú, Borja se lanzó a por él y le dijo “ahora no hay nadie que te defienda”. Empujó a Damián para provocarle, pero él no respondió… Así que Borja se metió con él…

  • ¿Qué le dijo? – insistí, al ver que se lo callaba. Esa vez nadie respondió. Supuse que eso tendría que sonsacárselo a ellos y así ver de una vez por todas cuál era el problema entre Damián y Borja.

Me maldije por haber infravalorado el enfrentamiento de esos dos. Pensé que no era nada importante, que se limitarían a intercambiar hostilidades y creí que ya lo tenía casi controlado. No imaginaba que fueran a pelearse así.

Entré en mi cuarto y lo primero que hice fue bajar la cortina para que los demás no nos pudieran ver. Borja y Damián estaban de pie junto a mi escritorio, sin rastros ya de querer pelearse. Les examiné a ambos en busca de heridas. Seguramente Damián terminaría por tener un cardenal en la barbilla, que de momento solo estaba roja. Todo eso lo hice en silencio  y ellos tampoco dijeron nada.

  • ¿Qué pasó?

  • Yo empecé la pelea – confesó Damián. Me sorprendió que lo dijera, sobre todo porque no concordaba del todo con lo que me habían dicho los demás.

  • Pero yo le provoqué. Era yo el que quería pelear y le chinché hasta que lo conseguí…

Vaya. Cada uno estaba dispuesto a admitir su culpa. Eso me gustó y me apaciguó un poco.

  • ¿Qué le dijiste?

Borja miró a Damián para ver si lo podía decir en voz alta y este asintió.

  • Es que el otro día el señor López le castigó delante de todos… y él…pues…lloró mucho… y yo se lo recordé…

Comencé a entender por qué le había llamado llorica antes. Me cabreé bastante, porque teóricamente no se podía castigar a un estudiante en público… Únicamente cuando había varios implicados, se les castigaba juntos, como en ese momento iba a hacer yo. Pero no se humillaba a un alumno así, haciendo que los demás fueran espectadores.

  • Los dos habéis estado mal. No entiendo tu afán por buscar pelea, Borja, de verdad que no.

  • Me odia desde que llegamos – se quejó Damián.

  • Tú tampoco pones de tu parte, al reaccionar así en vez de intentar hacer las paces. Y ahora los dos estáis en un buen lío. Habéis incumplido una de las normas más importantes del centro y de las mías.

Tras un segundo de incómodo silencio, escuché un sollozo casi antes de ver que Damián se estremecía. Empezó a llorar con un llanto pausado y me rompió el corazón. Miré a Borja para que no se le ocurriera burlarse de él, pero lo cierto es que él parecía a punto de llorar también.

  • A mí me pegaron ayer – gimoteó Borja.

  • Y a mí también – lloriqueó Damián.

Entonces entendí, como si antes no hubiera tenido pruebas suficientes para pensarlo, que estaban acostumbrados a que les pegaran casi todos los días. Pobres niños. Me quedé sin saber qué hacer por un rato, hasta que al final opté por agarrar a Borja, girarle, y darle una palmada.

PLAS

Agarré a Damián e hice lo mismo.

PLAS

  • La última vez que peleáis. Tomaos esto como una advertencia. Os quiero ver como íntimos amigos en los próximos días o me conoceréis enfadado. Y de aquí no sale ninguno hasta que no os deis un abrazo.

Pensé que se iban a negar, porque los niños de esa edad ya eran hombrecitos que no admitían ningún tipo de muestra de afecto, pero Damián abrazó a Borja y él no se resistió.

  • Eso está mucho mejor. Venga, venga, sin llorar, que no ha pasado nada.

  • Yo no lloro – protestó Damián.

  • Y yo menos – dijo Borja.

  • Claro, claro.

Pero le tendí un pañuelo al “no lloroso” Damián, para que se sonara antes de salir.

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