lunes, 31 de marzo de 2014

CAPÍTULO 6: CALABACITA



CAPÍTULO 6: CALABACITA

Tizziano disfrutó del abrazo sin importarle no tener más que una triste toalla por encima. Durante meses se moría por dentro por uno de esos… no le valían los de su hermana, porque ella era más pequeña y también lo estaba pasando mal. Él necesitaba un abrazo que le hiciera sentir protegido. Que todo iba a ir bien, aunque fuera huérfano. Un abrazo quitamiedos. Uno como el que Héctor le estaba dando, y en realidad sólo en aquél día ya llevaba varios. ¿Se podía convertir en una costumbre? ¿Algo así como "a tal hora, todos los días, tendrás uno de estos"? ¿Dónde había que firmar?

Tras un rato, sin embargo, sintió que iba siendo momento de separarse y se soltó. Héctor, al notarlo, le djó libre. Tizziano le miró entonces con algo de reproche en los ojos.

- ¿Qué? – preguntó Héctor, que había sentido ese abrazo también como algo especial. Sintió que la personita a la que había estrechado era muy frágil y le necesitaba mucho.

- Dijiste que no lo harías otra vez – protestó Tizziano.

- ¿Hacer el qué? – inquirió Héctor, sorprendido. Luego cayó en la cuenta de a qué se refería y suspiró – Eso no fue lo mismo. Antes te pegué en la cara, y vuelvo a pedirte disculpas por eso. Ahora te he dado un azote, y puedes esperar muchos más si rompes las poquitas normas que vas a tener.

- Pero… me pegaste. – se quejó el chico.

- Sí, supongo que técnicamente sí, pero tú sabes lo que fue, ¿no? Es un castigo. Una forma de corregirte. ¿Tu madre nunca lo hizo?

- Ella no… pero sus novios a veces sí. No me gusta.

Héctor sonrió un poco y le acarició el pelo.

- No se supone que te guste.

Tizziano no dijo nada y se quedó muy quieto mientras le acariciaba.

- Tú no eres uno de ellos.

- ¿Qué?

- Recuerdo a todos los novios de mamá. Tú no eres uno de ellos. Tampoco eres mi padre. Así que, ¿quién eres? ¿Y por qué dices que eres mi padre?

Héctor no supo qué responder ante una pregunta tan directa. No estaba preparado.

- ¿Es que eres el padre de Cli? – siguió preguntando el chico.

- ¿No tenéis el mismo padre? – dijo Héctor, extrañado.

- No. Ella no conoce al suyo. Al principio pensábamos que podías ser tú y que por eso fuiste a buscarnos.

Esa conversación debían tenerla algún día, bien a fondo, pero ese no era el momento. Aunque se preguntaba cómo era posible que los agentes sociales no supieran eso.

- Fui a buscaros porque era lo que tenía que hacer – respondió Héctor, zanjando el tema. – Ahora al agua, antes de que se quede fría. ¿O quieres salir ya? ¿Terminaste de bañarte?

- Un ratito más… - pidió Tizziano. Héctor se rió por el tono ligeramente infantil que empleó. Estuvo tentado de recordarle que no había querido meterse, pero supo que el recochineo no era una buena estrategia.

- Claro, todo lo que quieras.

- Y ponme la radio esa.

- Ah, ahora te gusta ¿no? – sonrió, y se la puso. Le dio un beso en la frente y le dejó terminar de asearse, preguntándose en qué momento aquello había empezado a salirle tan natural.

Esperó a que ambos niños salieran del baño con una sensación extraña en el estómago. Sentía que su vida iba a cambiar mucho, que ya había empezado a hacerlo, pero era un cambio para bien. Abrazar a ese niño se había sentido como la cosa correcta para hacer.

Héctor bajó a la cocina con la instintiva necesidad de hablar con María para saber qué opinaba de los niños. Al entrar en la habitación no pudo evitar sonreír al ver tantos platos preparados, entre ellos unas natillas caseras que, sin ánimo de exagerar, tenían pinta de ser la cosa más rica de éste mundo.

- A mí no me cuidas tan bien – protestó Héctor. Se acercó a la mesa y trató de coger una magdalena, pero María le interceptó de un manotazo.

- No es para usted, es para los niños.

- ¡Jo! – exclamó Héctor, usando aposta un tono y gestos infantiles. María sonrió y le dio una magdalena. Luego empezó a canturrear mientras amasaba con un rodillo lo que parecía un poco de hojaldre.

Héctor la observó mientras se comía el bollo, reflexionando en su mente. Había más gente trabajando para él en aquella casa además de María, pero ella era la única que vivía allí, interna. La casa a veces parecía muy grande para ellos dos solos, y a Héctor no siempre le gustaba la forma en la que ella le miraba… como si le recordase a sus hijos, que vivían muy lejos. María sin duda se sentía sola también. Pensó que Clitzia y Tizziano arreglarían eso. Hacía mucho que no la oía cantar.

Estuvo un rato allí y luego consideró que los niños estaban tardando mucho en bajar. Subió a ver qué sucedía. Tal vez no sabían qué hacer después. A qué habitación ir, ni nada. Héctor aún no les había dicho dónde iban a dormir.

Los dos niños estaban en el cuarto de baño que había utilizado Tizziano, ya vestidos cada uno con una de las camisetas de Héctor.

- Ey. ¿Alguien tiene hambre?

Los ojos de Clitzia se abrieron mucho, a falta de una respuesta verbal. Quedó muy claro, de todas formas, que la respuesta era afirmativa. Tizziano asintió, con menos entusiasmo.

- Genial. No sé qué comida os gusta, pero María hizo de todo, así que no creo que haya problema.

- ¿Me tengo que comer la verdura? – preguntó Clitzia. Fue una pregunta tan infantil que Héctor se enterneció. Iba a decir que no hacía falta, aunque quizá esa no fuera la respuesta que debía dar, pero en cualquier caso no tuvo ocasión.

- Te comes lo que te pongan en el plato. – espetó Tizziano, con algo de dureza, como dándole una orden.

- Pero…

- Sin peros. Te lo comes.

- ¡Tú no me mandas! – protestó Clitzia.

- ¡Pesas veinticinco kilos! – replicó Tizziano. Eso para Héctor fue un argumento definitivo. ¡Dios bendito! ¡Doce años y veinticinco kilos!

- ¡Tú eres mayor que yo y más pequeño!

- ¡Me falta calcio, pero yo al menos peso treinta y dos! – respondió Tizziano.

"Espera, espera" pensó Héctor "¿Está contento porque pesa TREINTA Y DOS kilos con catorce años?"

- Los dos vais a comer hasta que la despensa esté vacía – declaró Héctor, con firmeza.

- ¿Y si no? – preguntó Tizziano, con curiosidad. No era un desafío. Sólo preguntaba como intentando ver a qué atenerse con aquél hombre. Así que Héctor se permitió responderle más bien de broma.

- Entonces tendrás que enfrentarte a María y su rodillo, ¡y no quieres eso!

Por desgracia, Tizziano no lo entendió como una broma. En su mente vio a la enorme mujer que le había parecido amable empuñando el rodillo como si fuera un arma.

- ¡Qué lo intente! ¡Esa ballena no podrá alcanzarme!

Se hizo el silencio. Héctor se enfadó bastante, porque María era una de las pocas personas que le importaban en el mundo. Estuvo a punto de estallar en gritos y tal vez en otras cosas, pero respiró hondo, dispuesto a calmarse. Luego miró a Tizziano fijamente.

- No quiero que vuelvas a insultar a nadie, especialmente con su peso, especialmente a una mujer, y especialmente a María. – advirtió. Tizziano iba a decir algo, pero Héctor no le dejó. – Esto ha sido una advertencia, un aviso, o una información, si quieres. Pero si vuelves a hacerlo te daré un castigo.

El niño le siguió mirando y no dijo nada. Estaba intentando averiguar lo que Héctor en verdad estaba pensando.

- ¿Entendido? – preguntó Héctor, al ver que no había respuesta. Tizziano asintió, despacio. – Bien. Ahora a cenar.

Héctor se dio la vuelta para ir el primero por las escaleras, pero pudo escuchar perfectamente la conversación de los dos hermanos, en susurros lo bastante audibles.

- ¡Le hiciste enfadar! – reprochó Clitzia. - ¿Por qué dijiste eso?

- No me gusta que me amenacen.

- No te amenazó… o no lo creo… Me parece que sólo bromeaba.

- Él me pegó. Dos veces. Así que ya me creo lo que sea. - respondió Tizziano.

- ¿Dos veces?

- Métete en tus asuntos.

- ¡Ahora me lo cuentas! – exigió Clitzia.

- Non lo farò!

- Perché sei così stupido a volte? - preguntó Clitzia, en un tono como de discusión.

- Porque tú eres subnormal.

En ese momento Héctor se dio la vuelta, y se paró justo en el rellano de las escaleras.

- ¿Qué acabo de decirte? – preguntó, taladrando a Tizziano con la mirada. - ¿Qué te he dicho?

- Que… no se insulta. – respondió Tizziano, con un hilo de voz.

- Te dije más que eso. Te dije que si lo hacías de nuevo te castigaría – replicó Héctor, y sin darle tiempo a reaccionar le agarró del brazo y le soltó dos palmadas sobre la parte trasera de los muslos.

PLAS PLAS

- Au… - protestó Tizziano, bajito, y entonces empezó a llorar. Héctor estaba bastante seguro de que no le había dado tan fuerte como para provocar su llanto, así que pensó que tal vez era porque le había castigado delante de su hermana. Le abrazó mientras el niño lloraba entre flojito y sentidamente.

- Te avisé, pequeño. Te dije que nada de insultos, y además hablamos también sobre tratar bien a tu hermana.

- Pero ella también me insultó a mí. – protestó Tizziano. – Me preguntó que por qué a veces soy tan estúpido.

Héctor rodó los ojos. Sonaba como un niño de tres años acusando a otro de robarle su juguete. Sin embargo, se dio cuenta de que el chico tenía razón. Clitzia le había insultado, sólo que en italiano.

- Clitzia, ven aquí. – llamó.

- ¡No, no! – dijo Tizziano, tirando de su brazo - ¡Es su insulto de advertencia! – exclamó, algo desesperado por evitar que castigara a su hermanita. A Héctor le pareció tan tierno… Sujetó la barbilla de Clitzia con delicadeza.

- No se insulta, ¿entendido?

La niña asintió, y Héctor decidió dejarlo ahí, porque no había sido nada serio. Volvió a centrarse en Tizziano, acariciándole el pelo.

- Te pegué dos… tres veces, tienes razón, pero sólo lo haré cuando hagas algo malo y será un castigo. Nunca te haré daño y no debes pensar que te amenazo. Lo del rodillo era una broma, pero sí que quiero que comas, porque quiero que estés sano.

Tizziano suavizó su mirada en la última frase, como agradecido por el hecho de que Héctor deseara su bienestar. Como si hubiera estado desesperado porque alguien se preocupara por él.

- Te va a engordar como un pavo de Navidad – murmuró Clitzia, que había vivido aquella escena con increíble calma, para ser una persona tan tímida y asustadiza. Con aquella frase hizo sonreír a su hermano, y Héctor sonrió también.


- Oh, y a ti como una calabacita, no te preocupes. – repuso, y pellizcó su mejilla suavemente, en un gesto de cariño. Luego pensó que esa palabra le gustaba. Calabacita. Su madre solía llamarle así. Tal vez los apodos sean una de esas cosas que se transmiten de generación en generación, como parte del ciclo sin fin de la vida.

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