domingo, 13 de octubre de 2013

La importancia de un padre

Un poco no. MUY sólo. Raras veces dormía fuera de casa, y cuando lo hacía era porque dormía con algún amigo o algo así y no era lo mismo. Cuando tenía un plan que me entretenía, o que había elegido yo no pasaba nada. Pero cuando me obligaban a estar forzosamente en una camilla de hospital, reparaba en el silencio antinatural al no tener mogollón de niños alrededor.
El médico terminó de rellenar su informe, y se fue. Hasta él me dejaba sólo…
Hice zapping en la tele, hasta que encontré una película que más o menos tenía buena pinta, pero resultó que los protagonistas eran una familia numerosa que me recordaba a la mía, así que al poco la apagué y volví a alimentar mi mal humor con pensamientos negativos y autocompasivos.
No conseguía dormirme, seguramente porque ya había dormido mucho de puro aburrimiento y porque llevaba todo el día en la cama. Tuve la brillante idea de dar vueltas sobre mí mismo, y eso hizo que mi costado protestara. Así que tenía que quedarme boca arriba. ¡Agh!   Intenté ahuecar la almohada para estar más cómodo pero la encontré demasiado blanda. Frustrado, cogí la almohada y la tiré al suelo.
Justo en ese momento entró Aidan, con una sonrisa que tembló un momento al ver mi arrebato.
-         ¿Esa almohada te cae mal? – me preguntó.
-         ¡Papá!
Al verle, toda mi apatía desapareció. Era patético que una sola persona pudiera influir tanto en mi estado de ánimo pero… él era el único padre que conocía. Y estaba ingresado en un hospital: sea infantil o no, YO  QUERÍA A MI PAPÁ ALLÍ, CONMIGO. Ya está. Ya lo he dicho.
-         Hola, Ted – saludó, mientras se agachaba a recoger la almohada. La sacudió un poco y me la dio. Yo  la puse debajo de mi cabeza, bastante ruborizado por mi pequeño ataque de ira “almohadicida”. - He estado hablando con tu doctor. Dice que estás de buen humor – comentó, con sarcasmo. Seguramente le había dicho que yo estaba un poco irascible e inaguantable…
-         Esto es un asco.
-         Sí, esa pinta tiene. Pero ten un poco de paciencia ¿vale? Esta gente  sólo quiere que te cures.
Yo no respondí. En realidad allí no se estaba tan mal. La mañana había sido estupenda con Aidan haciéndome compañía. Luego vinieron todos, y fue genial. Pero después se fueron, y me dio por pensar que si mi familia fuera normal, mi madre y mi padre podrían turnarse para estar conmigo.
Vinieron a traerme la cena. Miré con apatía el arroz blanco y el jamón de york y de pronto me pregunté por qué estaba Aidan allí. ¿Había venido a vigilar que me lo comiera todo? Porque eso ya era pasarse de controlador…
-         ¿Va a venir Alejandro? – le pregunté. Si mi hermano venía a dormir conmigo, la noche no sería tan mala.
-         No – respondió Aidan, y yo sentí que me enfurecía más de lo que había pensado.
Egoístamente, pensé que si fuera más pequeño Aidan jamás me dejaría sólo. Si fuera cualquier otro de sus hijos, no me dejaría tirado. Tal vez Alejandro tuviera un poquito de razón, después de todo, y Aidan fuera un abandonador. Al menos, yo en ese momento me sentí abandonado, así que en un impulso golpeé la bandeja, provocando que se cayera el vaso de agua y se desparramara parte del arroz.
-         ¡Ted! ¿Pero qué rayos te pasa?
-         Déjame en paz.
-         No, no te dejo nada. ¿Se puede saber qué mosca te ha picado? ¿Por qué has hecho eso?
-         Porque me ha salido de ahí. Ale, ya puedes volver a casa que no voy a cenar.
Aidan me miró fijamente unos segundos, como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo, y luego recogió el vaso que se había caído. Cogió una servilleta y me limpió la bata, porque me había caído un poco encima. Fue muy delicado y atento, pero eso me molestaba más.  Haría mejor en acostumbrarme a que Aidan no estuviera ahí, haciendo esas cosas, porque en los siguientes días estaba visto que iba a pasar mucho tiempo sólo. Aparté sus manos bruscamente.
-         Ted, ya vale. Estás muy tonto y me estás cansando.
Un psicólogo de esos que creen que lo saben todo diría que yo estaba intentando llamar su atención, obligando a que se quedara conmigo al ponerme “difícil”. Pero no era eso lo que estaba haciendo. Vamos, que no. Ni que fuera un crío.
Una voz de mi cabeza, que se parecía inconvenientemente a la de Aidan, me replicó. “Si estás haciendo eso, Ted, y lo sabes”.
Dijeran lo que dijeran las voces de mi cabeza, yo no sabía por qué estaba reaccionando así, pero me sentí bastante bien al liberar mi rabia. Era algo que no solía hacer y me hizo sentir muy a gusto. Giré la cabeza, para mirar justo al lado contrario de donde estaba Aidan.
-         ¿Estás molesto conmigo? – me preguntó.
-          Bravo, genio.
-         ¿Y puedo saber por qué? Yo no tengo la culpa de que te operaran ¿sabes?
Sí, lo sabía. En realidad, como le había dicho a Alejandro, Aidan hacía lo que podía. De hecho ahora que yo no estaba en casa para echarle un cable, seguramente estaba haciendo más de lo que podía, pero… pero…
-         Llevo sólo desde que os fuisteis y ni siquiera me has llamado. Esto es un muermo, no hay nadie con quien hablar y encima me dices que Alejandro no va a dormir conmigo – protesté, y me soné demasiado infantil. Tenía que haber un modo de decir aquello sin sonar tan…tan como mis hermanos pequeños.
Aidan me miró de una forma que me hizo ver que me entendía y luego sonrió.
-         Mira que eres bobo – me dijo, con voz cariñosa, y acomodó la bandeja para que estuviera más cómodo.
-         Eso, encima búrlate.
-         Nunca me burlaría de ti. Pero eres taaaan melodramático. En primer lugar, sólo han sido cuatro horas. Tienes razón en que no te he llamado, pero es que mi tarde ha sido un poco intensa. Y Alejandro no va a dormir contigo, porque voy a dormir yo.
Cuando estuve seguro de haber oído bien, noté cómo mis labios se estiraban en la mayor sonrisa que podía poner.
-         ¿De verdad?
-         Ahora me lo tengo que pensar. ¿Vas a tirarme la bandeja encima?
En momentos como ese me alegraba de tener la piel oscura. Así mi rubor sólo lo notaba yo. De pronto mis pequeñas muestras de mal humor me parecieron muy absurdas.
-         No, yo…esto… - balbuceé. – Yo sólo quería que te quedaras – susurré, al final.

Aidan se inclinó, y me dio un beso, y sólo por esa vez no me lo limpié.

-         Y yo sólo quería quedarme. Pero…
-         … tienes más hijos, lo sé.
-         No lo digas así, como si fuerais cosas. Realmente siento mucho no estar contigo, Ted. El lugar de un padre cuando su hijo está en el hospital, es ese mismo hospital.
En ese punto me sentí culpable.  No había pasado más de cuatro horas sólo y ahí estaba: exigiendo su compañía como si él me la negara por propia voluntad. Molestarme con él era injusto, y no tenía derecho a hacerlo.
-         Haces lo que puedes papá… Hoy has estado mucho conmigo. Paso más tiempo sin ti cuando estoy en clase. Sé que no he debido ponerme así, y menos contigo. Perdona.
-         En eso tienes razón: no has debido ponerte así. Ya no tienes tres años. Hasta Alice sabría comportarse mejor y sabría que no debe hablarme como me has hablado.
Aidan tenía a veces la manía de comparar mi comportamiento con el de los enanos. Creo que sabía lo mucho que me molestaba, y lo hacía aposta.
-         Lo siento…Yo sabía que no era tu culpa, es sólo que odio estar sólo.
-         Está bien. No he venido para regañarte. He venido para cuidar de ti – me dijo, y me señaló la bandeja, para que comiera. Yo lo hice, sabiendo que de no tener los puntos probablemente me habría llevado algunas palmadas de advertencia desde el mismo momento en el que di el golpe a la bandeja.
-         El médico dice que me dieron de comer sólido demasiado pronto – comenté.
-         ¿La comida te sienta mal?
-         Sólo el chocolate – susurré. Pensé que Aidan volvería a regañarme por haber comido eso sin poder hacerlo, pero sólo me sonrió.
-         Cuando estés curado del todo te compraré todo el chocolate que quieras.
-         Te tomaré la palabra, espero que lo sepas.
Papá se rió, y esa era la explicación sonora de por qué yo le necesitaba allí conmigo.  Si Aidan hubiera sido de esos padres serios que se dejan agobiar por las preocupaciones, tal vez mi relación con él no sería tan estrecha. Pero él estaba casi siempre de buen humor, dispuesto a escucharme aun cuando no tenía tiempo para hacerlo. Dispuesto a estar conmigo incluso cuando tenía diez hijos más de los que ocuparse. Éramos un grupo, y a la vez individuos. Como le dijo a Hannah una vez, cuando sintió algo de celos por la llegada de la pitufa, él nos quería a todos, y nos disfrutaba a cada uno.
-         ¿En serio te vas a quedar? ¿Toda la noche?
-         No me sacan de aquí ni con un calzador – me respondió, y me sonrió con afecto. Que padre-hermano más genial tenía. Le sonreí de vuelta, sintiendo que el pequeño agujerito negro en mi pecho  terminaba de desaparecer.
-         Pero ¿y los enanos?
-         Alejandro está con ellos.
-         Recemos por sus almas – respondí, fingiendo estar escandalizado.
-         Yo más bien rezaría por la de Alejandro – contratacó, y qué razón tenía el hombre.
La verdad es que, para cuidar de mis hermanos, se requería más paciencia de la que Alejandro tenía.

-         Alejandros´s POV -
“Sí, papá”, habían respondido mis hermanos pequeños. Sí, nos portaremos bien. Sí, ayudaremos a Alejandro y no le daremos problemas. Ja,  ja, y mil veces ¡ja!
Papá había dejado otra de sus notas diciendo que me hiciera la cena, y eso me hizo sentir un poco mal, porque había preparado la de mis hermanos y no la mía. Pero papá siempre cumplía su palabra, así que era algo que ya me esperaba. Con algo de torpeza, rehogué mis judías y luego serví los platos, siguiendo sus instrucciones de ponerle tomate a Kurt. Pero el niño no estaba por la labor de cenar esa noche…
-         No me gusta.
-         Kurt, tienen tomate. Con tomate sí te gustan.
-         ¡No!
-         Bueno, pues da igual, te las tienes que comer.
Tampoco era mi plato favorito, pero hice el esfuerzo de comérmelas y esperaba lo mismo de mi hermano. Los demás cenaron con más o menos normalidad, pero Kurt sólo mareaba su plato.
-         Kurt…
-         Tíralas y dile a papá que se las ha comido – sugirió Cole. Me pareció raro que él propusiera que engañáramos a papá, pero cuando se trataba de encubrir a uno de nosotros Cole estaba dispuesto a todo. Era bastante leal, el enano ese. Debo reconocer que la mayoría de los pocos líos en los que se metía eran por mi culpa o por la de algún otro.
-         Ni hablar. – respondí, aunque era tentador. – Se las tiene que comer. Mira, Kurt, si hasta Hannah se las ha tomado. Muy bien, peque.
Al final, todos terminaron antes que Kurt, hasta Alice que comía más despacito.  Todo el mundo estaba en pijama, porque se lo habían puesto después de la ducha, así que una cosa  de “la lista de papá” que me ahorraba. Me quedé con Kurt mientras los demás se batían en retirada.  Recordando cómo lo hacían papá y Ted, cogí el tenedor y yo mismo le di de comer, hasta que se enfadó y  me dio en la mano, haciendo que el tenedor se me cayera. Se puso de pie en la silla y se negó a recoger el tenedor y a seguir cenando. Sin ser un experto en críos, tanto hermano me había hecho saber lo suficiente como para darme cuenta de que ese era un comportamiento demasiado infantil para él.
-         Se acabó, ahora vas a cenar, pero de pie – le dije, y retiré la silla.  Me pregunté si tenía autoridad para hacer eso, pero ya lo había dicho.
 “Lo importante es que te muestres seguro” me dije “Ya te matará papá mañana”.

Con paciencia, y la amenaza de coger el móvil y llamar a papá, conseguí que terminara de cenar. Resoplando, subí al piso de arriba para empezar a acostar a los peques…pero cuándo subí me encontré uno de los baños atascados, porque alguien había tirado un rollo. Hice una lista de posibles sospechosos. De los mayores, normalmente hubiera pensado en Harry o Zach, pero los dos estaban tumbados en su cama, con aspecto abatido, así que les descarté. Además, era más lógico pensar en un pequeño. Fui al cuarto de Alice y Hannah que estaban lanzándose almohadas y riendo mientras saltaban. Jolín qué poco hacía falta para que se lo pasaran bien.
-         Enanas, ¿habéis usado el baño?
-         No, pero yo tengo que ir – dijo Alice.
-         Pues ve.
-         Tienes que ayudarla – dijo Hannah.
-         Estás de coña. ¡Ya tiene cuatro años!
-         Le da miedo ir sola.
-         ¡Por el amor de…! ¡No pienso verle sus partes a mi hermana pequeña!

Hannah y Alice se llevaron las manos a la boca.
-         Uy, lo que ha dicho.
¿Qué? ¿Qué había dicho malo? No era ningún taco, joder. Además, era cierto. Aidan y Ted podrían vestirla y todo eso, pero yo no estaba preparado para ver a mi hermanita mientras hacía… sus necesidades.
-         Enana, si quieres hacer pis, coges, y vas tú solita que ya eres mayor.
-         Pero no es piiiiis. Es lo otroooo. Y papá dice que no me limpio bien.

“Que alguien me pegue un tiro, por favor” pensé, y le di la mano. Fuimos al baño que no estaba atascado, y la observé mientras se bajaba el pijama y se sentaba en la taza. Balanceó las piernas, tan tranquila y sin pudor porque yo estuviera delante. Después de los tres minutos más odiosos de mi corta vida como hermano mayor al cargo, volví con ella a su habitación, pero cuando estábamos llegando…
-         Tengo piiiis
-         ¿Y por qué no lo has hecho antes?
-         Porque no tenía.
-         ¿Me tomas el pelo?
-         Que no, que me lo hagooo.
Tras otros dos minutos embarazosos, me encontré de nuevo en su habitación, e intenté que se acostaran. Empecé a perseguirlas, pero cuando lograba que una se tumbara, la otra se levantaba. Y así todo el rato.
-         Vamos, Hannah, a la cama.
-         ¡No tengo sueño!
-         ¡Ni yo!
-         Hay que dormir…
-         ¿Me lees un cuento?
-         ¡Y a mí!
Así que se metieron en la cama, las arropé, y cogí un cuento. ¿Sabíais que Blancanieves iba por ahí siendo amiga de un oso? Porque yo ya no me acordaba…Les leí el cuento ese y me sentí algo tonto, porque ellas quisieron contar el cuento a su manera y no las entendía nada. A veces me pasaba que no entendía a los niños pequeños, porque no vocalizaban bien y eso. Alice en concreto parloteó sobre algo que para mí fue totalmente incomprensible, pero la intuición me dijo que debía fingir que la entendía. Por fin, con interrupciones y todo, conseguí llegar al “y fueron felices y comieron  perdices”. Me levanté para irme pero…
-         ¡No me has dado un beso! – protestó Alice.
Debo reconocer que me gustó dar un beso de buenas noches a mi hermanita.  Se colgó de mi cuello y soltó una risita antes de soltarme. Coloqué bien sus sábanas, y la sonreí.
Luego hice lo mismo con Hannah, y finalmente apagué la luz y me fui. Como ellas eran tan pequeñas, aquello parecía hasta natural, casi como si hiciera aquello todas las noches. Luego pensé que probablemente Aidan, y a veces Ted, sí lo hacían. 
Dylan y Kurt fueron otra cosa. Kurt estaba alborotado como si hubiera comido kilos de azúcar, y Dylan intentaba acostarse, porque “ya era la hora”. Estaba sentado en la cama, con las manos en la cabeza, y se estaba empezando a poner nervioso.
-         Kurt, hay que dormir ya.
-         ¡No!
-         No te estaba preguntado, enano. Vamos, a la cama.
Pero el enano no estaba por la labor. De pronto salió de la habitación, y se fue a buscar a su melliza.  Y así fue como en treinta segundos las niñas, a las que había dejado perfectamente acostadas, estaban alborotadas de nuevo. Yo me quería tirar de los pelos. Estaba perdiendo la paciencia, porque una parte de mí (la que correspondía al hombre orgulloso que algún día llegaría a ser) creía que cuando yo decía “a la cama” ellos debían irse a la cama, y punto. No era su padre, pero sí estaba a cargo de ellos. Lo que significaba que debían hacerme caso. Además, puestos a ser tiquismiquis, Aidan tampoco era nuestro padre. Y le obedecíamos (unos más que otros).
-         Kurt, te quiero fuera de este cuarto ahora mismo o le diré a papá que te has portado mal.
-         Déjame, tonto. – dijo y se sentó en la cama de Hannah, que estaba sentada también, y la dijo algo al oído. Yo cogí a Kurt y le arrastré fuera de ahí, pero el jodido se revolvía y hacía fuerza. – Que nooooo. ¡Sueltaaaaa! ¡Sueltaaaaaa! – empezó a gritar, y si había alguna posibilidad de que Alice tuviera aún algo del sueño que había conseguido al contarla el cuento, desapareció.
-         ¡Kurt! ¡Ya vale! Pero ¿qué te pasa hoy? Te estás portando muy mal ¿eh?
Vale, ¿yo acababa de decir eso?  De pronto me di cuenta que llevaba un rato comportándome como papá. Prácticamente desde que él se había ido. Me sentí raro, pero  luego pensé que es lo que se suponía que tenía que hacer.
-         ¡Idiota! ¡Tonto, feo, déjame!
-         ¡Pero bueno! Verás cuando le diga a papá cómo te estás portando y las cosas que me has dicho.
Kurt me saco la lengua y soltó una pedorreta.
-         Le hará pampam – intervino Alice.
-         Sí, peque. Papá le va a calentar si sigue portándose así. – respondí, y miré a Kurt fijamente – Pero si me haces caso ahora y te vas a tu cuarto no le diré nada.
-         ¡Vete tú! – me gritó. La verdad es que estábamos armando bastante escándalo con su pequeña pataleta, que de pequeña tenía poco. Y mi paciencia se agotaba, y se agotaba…
-         Mira Kurt, tengo que ir a desatascar el baño y cuando vuelva quiero que…- dije, y me interrumpí, cuando me asaltó una idea repentina -  ¿No habrás sido tú el que ha atascado el baño?
Kurt, de pronto, se quedó quieto y callado, sin revolverse como había estado haciendo, y eso me indicó que sí, que había sido él.
-         ¿Has sido tú?
Silencio.
-         ¿Kurt?
-         Síii – reconoció, en voz muy baja.
-         Pues muy mal. – le dije, y le llevé a su cuarto, sin que ya opusiera resistencia. Le puse en una esquina. – Aquí hasta que yo vuelva.
Me fui a intentar desatacar el baño, pero esas cosas me daban mucho asco. Kurt había tirado un tubo de cartón de los del papel higiénico y grandes cantidades de papel. Con algo de esfuerzo, y utilizando la escobilla, conseguí desatrancarlo. Volví al cuarto de Kurt y Dylan y me encontré que Kurt estaba llorando, y Dylan estaba apoyado en él, de forma que casi parecía que era Kurt el que le estaba consolando. Suspiré.
-         Kurt, no llores. Ya puedes salir de la esquina. Ahora a portarse bien, y a la cama.
Pero Kurt se limitó a llorar, y amenazaba con hacerlo por los siglos de los siglos. Me acerqué a él, para abrazarle, pero me soltó un manotazo, y un empujón que no me movió ni un milímetro, pero iba con todas sus fuerzas.
-         ¡Quiero que venga papá! – me gritó. - ¡Tú eres malo y tonto!
-         Tranquilo – intervino Dylan, detractor de cualquier forma de violencia, intentando calmar a su hermano. Y entonces fue él quien se llevó un manotazo. Y esa fue la gota que colmó mi vaso aquella noche, porque Dyan empezó a gritar, y se puso histérico, en lo que comúnmente llamábamos “crisis”.  Agarré a Kurt, y tal vez por instinto, tal vez por haberlo visto y sufrido infinidad de veces, le di un azote.
Creo que yo quedé más impactado que él.  Me sentí…incómodo y avergonzado, y también algo culpable, porque Kurt empezó a llorar con más ganas. Y eso hizo que Dyan se pusiera más nervioso.
Moví las manos, sin saber qué  hacer, preguntándome si debía abrazar a alguno de los dos en aquél momento o si sólo empeoraría las cosas. Y Kurt lloraba. Y Dylan gritaba. Y llantos, y gritos. Y gritos, y llantos. Y la cabeza que iba a reventarme. No pude más, y salí de la habitación.
Bajé al piso de abajo, y respiré hondo. Saqué el móvil. Pensaba llamar a mi padre, y decirle que volviera. Me daba igual que se pusiera a gritarme por haber pegado a Kurt. Ya tendría tiempo para matarme: en ese momento lo que necesitaba era que él estuviera allí, porque yo me estaba poniendo histérico.  Aquello me superaba.
Me daba tanta rabia… Había intentado hacer las cosas bien. Esa vez sí. Lo había puesto todo de mi parte. No quería fracasar. No quería decirle a mi padre “no he podido hacerlo”. Pero ¿acaso podía decirle otra cosa?
¿Podría mi padre volver del hospital? ¿Escucharía si quiera mi llamada? Me lo estaba preguntando, y debatiéndolo con un vaso de agua, cuando de pronto sentí que ya no había gritos, ni llantos. Muerto de curiosidad, subí a ver, casi con miedo de que esos dos se hubieran matado.
Cuando entré en el cuarto de los peques, vi que Kurt descansaba entre las piernas de Harry, y Dylan es la de Zachary. Allí estaban también Madie con Hannah y Bárbara con Alice. Los pequeños diablillos estaban calmados. Kurt lloraba en silencio sobre Harry, y Dylan tenía los ojos cerrados, y la cabeza sobre Zach. Barie tenía a Alice en brazos, y Madie llevaba a Hannah de la mano. Silencio. Paz.
-         Kurt no quiere dormir sólo. Le he dicho que yo podía dormir con él. En su cama, o en la mía, cabemos los dos – me dijo Harry.  Yo no respondí, demasiado alucinado para decir nada. Les habían calmado. No sé cómo, ni haciendo qué, pero los gemelos habían tranquilizado a Dylan, y habían logrado que Kurt se calmara y se comportara.
-         ¿Cómo lo has hecho? – tuve que preguntar, señalando a Kurt. Harry se encogió de hombros.
-         Sólo le he abrazado y desde ese momento no ha querido separarse de mí. Creo que ha decidido que voy a ser su nueva cama.
Me fijé en que Harry parecía…de bajón. Zach también. Seguramente tuviera que ver con el hecho de que papá les había castigado. La verdad es que no sabía qué hacer para que se sintieran mejor, ni si realmente podía hacer algo o simplemente se les pasaría con el tiempo.
-         Entonces, ¿puedo dormir con él? – insistió Harry. Me estaba pidiendo permiso.
“Claro, tonto. Papá te ha dejado a ti al mando.”
-         S-sí, claro.
-         Y yo con Madie y Barie – pidió Hannah con ojitos llorosos. Conocía esa mirada. Era la mirada de “tengo miedo pero no lo voy a decir”.  Yo asentí, sabiendo que la peque veía fantasmas en cada sombra.
-         Dylan, ¿tú quieres dormir con Zach? – pregunté.
Dylan negó con la cabeza. No le gustaba compartir su cama. No le gustaba que invadieran su espacio vital. Ya era bastante raro verle acurrucado sobre Zach.
-         Muy bien, todo el mundo a la cama. Peques, yo ahora mismo voy…
-         Ya nos encargamos nosotras – dijo Madie. Supongo que por eso estaban allí, dispuestas a ayudarme con las enanas. Me sentí mucho mejor, al saber que no estaba sólo. Hice el firme propósito de ayudar más a Aidan a partir de entonces…pero también sabía que, si era sincero, se trataba de un propósito que no iba a cumplir.
Las chicas se fueron y pude escuchar como Madie y Barie las acostaban, y las cantaban una nana. Probablemente compartirían cama y dormirían las cuatro juntas. Creo que a veces las pequeñas eran como sus juguetes de carne y hueso. Zachary se fue a su habitación, y yo metí a Dylan en la cama, y le arropé. Él se desarropó. Yo le volví a arropar. Él se destapó una vez más, y yo me reí.
-         Destapado, entonces.
-         Destapado – respondió él.
Harry se metió en la cama de Kurt, y le envolvió con un brazo. Al ser los dos rubios el uno parecía el mini yo del otro. Kurt se sacó las gafas y se aovilló. Aún lloraba un poquito.
-         Buenas noches, monstruito – le dije, pero no me respondió. Suspiré. – Buenas noches, Harry.
-         Hasta mañana – respondió más apagado que una fogata bajo la lluvia.
Me fui, algo frío por el estado de ánimo general, pero Dylan me llamó cuando traspasé la puerta.
-         No hemos rezado. Antes de dormir se reza.
-         Rezar por rutina es estúpido, Dylan. No hay por qué hacer cada cosa a su maldita hora. – repliqué.
-         Lo que Alejandro quiere decir es que cuando reces tiene que salirte de dentro, Dylan – dijo Harry rápidamente, antes de que mis palabras pudieran impactar en el niño. Harry me miró mal, y me di cuenta de que había pagado mi frustración siendo borde con Dylan, que no tenía culpa de nada. Me fui, antes de decir algo peor, porque estaba visto que aquella no era mi noche.
Cuando entré a mi cuarto vi que Cole estaba ya dormido en su litera, con un libro sobre su estómago. Me aupé en la escalerita para llegar arriba y saqué el libro. Sonreí un poco. Cole podía dormirse aunque todos gritáramos a su alrededor. Es más, a veces creo que dormía mejor si nos oía armar bulla. Como más tranquilo, sabiendo que todos estábamos por allí.
Me senté en mi cama, bajo la suya, y dediqué unos segundos a escuchar el silencio. Aidan tenía que lidiar con cosas como esas, y peores, todas las noches. ¿Cómo era posible que no hubiera perdido la cabeza? ¿Cómo podía estar siempre tranquilo, sin perder los nervios?
Me tumbé en la cama, y me pregunté qué estarían haciendo Ted y papá. Dormir, probablemente. Me alegré de no haberle llamado al final, porque seguramente en cuando se enterara de que yo había castigado y pegado a Kurt iba a descuartizarme y esconder mis pedazos por medio mundo.
En ello pensaba cuando escuché unos pasos indecisos arrastrarse por el pasillo. Luego, silencio. Casi me había olvidado cuando lo escuché de nuevo. Y entonces vi en el umbral de mi puerta la figura de Zachary. Creo que pensó que estaba dormido, porque se dio la vuelta.
-         Zach – le llamé. - ¿Qué pasa?
-         N-nada.
-         ¿Seguro? ¿Te encuentras mal?
-         No…
Fruncí el ceño. “Algo” le pasaba. Entonces reparé que, como Harry dormía con Kurt él estaba sólo en su cuarto. No parecía poder dormir, y creo que sabía por qué. Estaba triste, y no tenía con quién hablar.
-         Ven aquí – pedí, pero él no se movió. – Vamos, ven, que no muerdo.
Zach se acercó. Yo encendí la luz de la mesita, y me fijé en sus ojos rojos.
-         ¿Has  llorado?
-         ¡No!

Me sonó a un sí. En otra ocasión, quizás en otra época o simplemente en otro día en el que yo no fuera el más mayor allí presente, me hubiera metido con él, por nenaza. Pero aquella noche le hice un hueco y le invité a tumbarse conmigo. No tuve ni que decírselo en voz alta, porque con los gestos él entendió, y se dio pisa en echarse a mi lado. La diferencia entre Harry y él residía en que el primero habría dicho “pero qué gay es esto”, y Zach simplemente se arropó y evitó mirarme, avergonzado. Se puso de lado, dándome la espalda, y estuvimos en silencio por un rato.
De pronto escuché el inconfundible sonido de un sollozo. Hice por ignorarlo. Lo escuché otra vez. Al final, le di un empujón suave.
-         A ver, maricón, ¿por qué lloras tú?
Aunque no lo parezca, con esa frase estaba siendo amable. Más o menos.
-         No lloro.
-         Seguro. Será Cole, que llora en sueños.
-         Pues a lo mejor.
En ese punto apoyé la cabeza en el codo y le miré por encima.
-         Eres tú. ¿Qué pasa?

Zach no me respondió, y yo me empeciné en hacerle hablar. Podría haber usado métodos más delicados. Aidan habría insistido hasta la saciedad y habría lanzado amenazas falsas. Pero yo recordé que me había acostado con calcetines, y contorsionándome un poco me los quité y se los puse en la cara.
-         Puaj, tío, qué asco.
-         ¿Vas a hablar?
-         Aght, Alejandro, en serio, háztelo mirar, tus pies son bombas nucleares.
-         Yo ya estoy inmunizado. Pero como no empieces a cantar dormirás con ellos encima toda la noche.
Zach los apartó de un manotazo, y se dio la vuelta para mirarme. Así fue evidente que efectivamente el que había llorado era él.
-         Nunca había visto a papá tan enfadado conmigo – confesó, con un hilo de voz.
Me le quedé mirando durante unos segundos, buscando qué responder a una declaración como esa.
-         Enano, eres el único que piensa en esas cosas después de una zurra como la que te has llevado.
-         ¿Y en qué otra cosa tendría que pensar?
-         En que es culpa de Kurt que os pillaran, por ejemplo. En que ahora te hará tirar todos los petardos. Y sobre todo, tendrías que estar enfadado, al menos un poquito, por lo que ha hecho papá.
-         Pero…no fue culpa de Kurt y…papá tenía razón.
Rodé los ojos. Jamás conseguiría que Zach pensara mal de papá ni aunque fuera durante un segundo. Le tenía en lo más alto de un pedestal de varios kilómetros de altura.
-         En cualquier caso, yo sí que le he visto así de enfadado e incluso más. Conmigo, y contigo. Te parece que esta vez fue peor porque lo tienes más reciente. Además,  ya no está enfadado. Ni mucho, ni poco.
-         Lo está. Tiene que estarlo. No sé si la mancha del suelo va a salir…
-         La verdad, Zach, dudo mucho que papá estuviera pensando en la mancha precisamente. Creo que le preocupaba un poco más que una de esas cosas hubiera explotado sobre Kurt, o sobre vosotros, haciéndoos daño.
-         Lo sé – respondió, abatido.
-         Tú no pienses más en eso ¿vale? Y vamos a dormir, que ésta cara de actor de cine no puede tener ojeras – bromeé, chuleándome un poco.  Zach me recompensó con una media sonrisa cansada, y cerró los ojos. Dos minutos después su respiración se hizo más lenta, y supe que se había dormido.

-         Aidan´s POV –

Me enterneció ver lo mucho que Ted deseaba que yo estuviera con él. Al principio no había entendido el motivo de su mal humor, pero cuando lo comprendí recordé que el hecho de que fuera el mayor no significaba que fuera el más independiente. El más independiente posiblemente era Cole, aunque le daba miedo saberse sólo. Pero era el que más hacía su vida, en un planeta diferente al resto, al menos mentalmente. Ted, en cambio, era muy familiar y (a mi ego le encantó saberlo) muy “empadrado”.

Dormí en el sofá, desde el cual podía verle tumbado en la cama, durmiendo en una postura antinatural para él. Desde niño, Ted no dormía boca arriba. Dormía bocabajo, con medio cuerpo ladeado en una postura extraña pero que para él debía ser cómoda. Casi me sorprendí de saber éste detalle, pero después de todo aquél era mi hijo. Mi cerebro almacenaba miles de detalles sobre él.

Yo también me dormí en algún momento, y desperté cuando entró una enfermera, a ponerle el termómetro a Ted y a levantar la persiana. Guiñé los ojos ante la repentina luz. Ted parecía llevar despierto un rato, y estaba hablando con la enfermera.

-         Muy bien, Ted, no tienes fiebre – dijo la mujer. – En un rato te traerán el desayuno.
-         ¿Lo traerás tú? – preguntó mi hijo, en un tono claramente coqueto.
-         No creo.
-         Qué lástima.
La enfermera sólo se rió y se fue y yo sonreí un poquito, divertido por sus torpes intentos de flirtear con el personal médico.
-         Buenos días – saludé, anunciando que estaba despierto.
-         Hola.
Ted me sonrió ampliamente.
-         ¿Qué tal dormiste?
-         Mal. Quiero mi cama.
-         Si te estás quejando, entonces es que te encuentras bien – respondí. Ted era quejica sin serlo… No era pesado, pero siempre se estaba quejando por algo. Aunque generalmente solía ser de mí y más concretamente de lo que le pedía que hiciera.
Como toda respuesta Ted me sacó la lengua.
-         ¿Qué hora es? – pregunté, aún algo adormilado.
-         Las 7.
Abrí los ojos de golpe.
-         ¿Las 7? ¡Mier…coles! ¡Es tardísimo!
-         Mierda, papá, di mierda. Y no es tan tarde.
-         Ya tendría que estar en casa, ayudando a tu hermano. – dije, imaginándome a Alejandro con todo el marrón. – El móvil se quedó sin batería y la alarma no sonó.
-         Calma, papá. No es tan malo. Pide un taxi.
Eso hice. Me despedí de él, me aseguré de que estaba bien, y cogí un taxi.
Al entrar en casa… bueno, aquello era un desastre. Más desastre que de costumbre, quiero decir. Alice corría desnuda por el salón. Hannah tenía el uniforme todo manchado de no quería saber qué. Y algo olía a quemado en la cocina.
-         Alice ¿qué haces así? – pregunté, frenándola en su carrera.
-         Alejandro iba a venir a vestirme, pero no vino – me respondió, como si fuera lo más normal del mundo no vestirte si no va nadie a ayudarte.
-         ¿Y dónde está Alejandro?
-         No sé.
Lo descubrí en seguida, cuando bajó las escaleras a toda prisa detrás de Kurt.
-         Vamos, enano. No puedes estar enfadado conmigo para siempre.
-         ¡Si puedo!
-         ¡Ya te he pedido perdón! Y no soy el único que debería disculparse…No soy un chivato pero si le dijera a papá que…¡PAPÁ! – exclamó, al verme.
-         ¿Si me dijeras qué?
-         N-nada.
-         Pues eso no me ha  parecido nada. ¿Se puede saber qué pasa?
Alejandro suspiró.
-         No te enfades ¿vale? – me dijo, y no respondí, porque la experiencia me decía que no debía hacer promesas que no pudiera cumplir – Yo… ayer… castigué al enano. Cenó de pie, le puse en la esquina y… le di un azote.
Durante unos preciosos segundos, estuve convencido de que había escuchado mal. Cuando entendí que no, me pregunté cómo se suponía que no tenía que enfadarme. Pase lo de cenar de pie y el tiempo en la esquina: seguramente Kurt no era inocente en aquello y algo habría hecho. No me gustaba que él le castigara, pero podía entenderlo. Sin embargo, lo de pegarle…¡eso estaba fuera de toda discusión!  Me sentí inclinado a defender a mi pequeño… pero luego reparé que, aunque Alejandro parecía un poco culpable, me lo había dicho directamente, sin rodeos, lo que me hacía pensar que en realidad no estaba seguro de haber obrado mal. Sólo entonces empecé a plantearme por qué uno de mis hijos mayores, él más rebelde y antisistema, había castigado a uno de los pequeños. Él, que se pasó desde los diez hasta los trece años abogando por una familia sin reglas. Él, que se limitaba a jugar con sus hermanos, pero no a educarlos ni a cuidar de ellos.
Era imposible pensar en cuestiones tan complicadas con todo el griterío de fondo. Eso no era una casa, era una selva.
-         ¡TODO EL MUNDO VESTIDO, PEINADO Y  DESAYUNANDO EN CINCO MINUTOS! – grité, no con enfado, sino para ser escuchado también en el piso de arriba. – Vosotros dos, os quiero sentados en el sofá – añadí, en un tono normal, para Alejandro y Kurt.
-         ¡Papá! – gritaron varias voces, y me vi rodeado de casi todos mis hijos.  Hannah se tiró a mi cuello, y Alice se abrazó a mis piernas. - ¡Volviste!
-         Claro que volví, cariño.
-         He dormido con Madie – anunció Hannah. – Y Alice con Bárbara. Y Kurt con Harry.
-         Caramba. ¿Alguien ha dormido en su cama esta noche? – pregunté con curiosidad, pero sin estar molesto. Me parecía algo raro, pero muy tierno. - ¿Habéis sido buenos?
-         Lo suficiente – respondió Hannah, con una sonrisa que se me antojó pícara.
-         ¿Lo suficiente? Ven aquí, caradura. – dije, con cariño, y la miré bien - ¿De qué estás manchada?
-         No sé.
-         Menos mal que es el pijama. Anda, ve a cambiarte. Todos. Que se nos va a echar el tiempo encima.
Después de un desfile de besos, abrazos, y sutiles esquivaciones de muestras de afecto por parte de los que se creían muy mayores como para eso, mis hijos subieron a terminar de arreglarse o a empezar a hacerlo. Me fijé en que Zachary no había bajado a saludarme. Tal vez estaba en el baño.  Subiría a verle más tarde…Antes, tenía que aclarar un par de asuntos.
Fui hasta el sofá, y estudié el lenguaje corporal de Alejandro y de Kurt. Alejandro estaba nervioso, y preocupado, según pude deducir, y Kurt parecía mayoritariamente triste y enfadado. Curioso.
-         ¿Por qué no me contáis todo desde el principio?  - sugerí, pero no obtuve ninguna clase de respuesta. - ¿Kurt? ¿Por qué cenaste de pie? – pregunté, intentando ver si así conseguía algo más.
-         Porque Alejandro se enfadó… - murmuró.
-         ¿Y por qué se enfadó?
-         Porque es tonto…
-         No había forma de hacer que comiera. Le puse las judías con tomate, como me dijiste, pero no comía. Así que intenté dárselo yo, pero tiró el tenedor, y seguía sin comer…así que le hice cenar de pie – dijo Alejandro, haciéndose pequeñito sobre el sofá. Yo me guardé mis opiniones, dispuesto a no decir nada hasta el final.
-         ¿Por qué le pusiste en la esquina? – seguí preguntando.
-         Porque… perdí los nervios – me respondió, mordiéndose el labio.
-         No – le dije – Creo que eso vino después, cuando le pegaste. ¿Qué fue lo que hizo para que le pusieras en la esquina?
Le noté en conflicto, como si no quisiera meter en problemas a su hermano. Pero luego le vi más decidido, como dispuesto a defender su postura.
-         No había forma de que se acostara, y lo digo literalmente, porque fue a la habitación de las enanas y tuvo una pataleta cuando quise levarle a su cuarto. Me insultó, se resistió, y luego descubrí que había atascado el baño.

Miré a Kurt para ver si lo negaba, pero él no dijo nada. Suspiré.

-         ¿Y por qué le pegaste? – pregunté al final, sin poder evitar el tono de reprobación en mi voz.
-         No lo digas así…No “le pegué”. Bueno, sí…Pero… no fue una pelea, de verdad que no. Sabes que con los enanos nunca me pego…
-         Sé que no, por eso te estoy preguntando por qué esta vez sí lo hiciste.
-         Cuando le saqué de la esquina estaba llorando. Intenté consolarle pero me empujó y me dio un manotazo…y luego se lo dio también a Dylan, que se puso a gritar. Yo… estaba enfadado, supongo, y no conseguía que me hiciera caso…y me enfureció que golpeara a Dylan que le había estado consolando…Sé que no debí hacerlo pero…Tú lo habrías hecho de estar allí…
Medité mucho sus palabras, e intenté recomponer la situación. Me inquietaba un poco que le hubiera pegado estando enfadado, pero Kurt no parecía herido en manera alguna.
-         Sí, Alejandro. Probablemente yo lo habría hecho de estar allí. Pero no estaba. Y que yo no esté no te da derecho a hacer “lo que crees que hubiera hecho”. Tienes razón: no debiste pegar a tu hermano. – comencé, y Alejandro se hundió más en su asiento, mientras que Kurt pareció engrandecerse. Pero no había terminado. – Sin embargo, al mismo tiempo, está bien qué lo hicieras, y te explico por qué. En primer lugar, me parece hipócrita por mi parte decir que “eres su hermano, no es tu tarea educarle”, porque tú podrías decirme lo mismo a mí. Y en segundo lugar, yo te puse a cargo de ellos, lo que de alguna forma implicaba darte autoridad para hacer cumplir lo que tú dispusieras. Se suponía que ellos debían obedecerte, y si Kurt no lo hizo, entiendo que te vieras en la situación de tratar de imponerte.
-         Entonces…¿no estoy en un lío? – preguntó Alejandro, casi incrédulo.
-         Para otra vez, recuerda que Kurt ya tiene un padre para castigarlo de ser necesario, pero no, no estás en un lío.- le dije, y le sonreí, para corresponder a la sonrisa que se había extendido tímidamente por su rostro – Pero lo estarás si no estás vestido en tres...- miré el reloj y rectifiqué –… no, en dos minutos.
Alejandro voló escaleras arriba, creo que sin creerse del todo que yo no hubiera saltado sobre él. Tenía motivos para pensar que esa debería haber sido mi reacción, porque había estado a punto de serlo, y lo hubiera sido en cualquier otro momento, de estar yo en casa. Pero yo no había estado allí aquella noche. Alejandro no había hecho más que suplir la figura de un padre que no estaba…que es lo mismo que yo había hecho con Andrew.
Kurt y yo nos quedamos solos en aquél salón, y creo que mi inteligente niño había deducido que, si no había regañado a Alejandro, significaba que iba a regañarle a él.
-         ¿No os dije que quería que os portarais bien? – le pregunté - ¿Qué fuerais buenos con Alejandro?
Silencio.
-         ¿Lo dije o no?
-         Sí, papi.
-         ¿Y bien? ¿Crees que eso es lo que has hecho?
-         No.
Me acerqué a él, y me hice un hueco en el sofá sentándole a él encima de mí.
-         Cuando papá te dice algo, tienes que obedecerle. Si alguno de tus hermanos se queda a cuidarte, tienes que obedecerle a él. Y si no lo haces, luego papá te castiga.
-         No, papi…
-         Sí, Kurt. Algunas de las cosas que me ha contado tu hermano no me han gustado nada. Pegar, insultar…Tú sabes hacerlo mejor que eso. Cuando termine de hablar contigo quiero que subas y te disculpes con Alejandro, ¿entendido?
-         Sí, señor.
Mmm. Señor. Mis hijos pequeños raramente me llamaban señor. Los mayores tampoco lo hacían a menudo. Decidí no seguir regañándole, antes de conseguir que se pusiera a llorar. Aunque probablemente fuera a llorar de todas formas por lo que iba a hacer. Suavemente, cambié su postura hasta que terminó tumbado sobre mis rodillas. Con él no tenía sentido ir a su habitación. Se asustaba mucho si me andaba con muchos preámbulos, y yo no quería que tuviera miedo. No era ese mi objetivo, y menos miedo de mí.
 Él se dejó hacer sin decir nada. Me quedé quieto un momento, quizá esperando oírle llorar, pero siguió en silencio. Puse una mano sobre su espalda y levanté un poquito la otra. Era mi enano, mi renacuajo aún pequeño, así que mis golpes fueron pocos y no muy fuertes, pero suficientes para él.
PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS
Considerando que Alejandro ya le había castigado, decidí que era suficiente. Aquello era para que recordara que si le decía que se portara bien en mi ausencia, tenía que hacerlo. Esperé un segundo antes de levantarle, sorprendido porque no había habido llantos, ni quejidos, ni protestas. Normalmente estaría llorando con desesperación, pero aquella vez no decía ni mu.   Le coloqué de pie entre mis piernas,  con mis manos en su cadera. Él miró al suelo.
-         Kurt mírame – le pedí, pero él no levantó la cabeza. – Vamos, cariño, mírame.
Poco a poco los ojos de Kurt encontraron los míos, y pude ver cómo luchaba con las lágrimas. Finamente, cuando nuestras miradas se cruzaron, estalló en llanto. Le abracé, y volví a sentarle encima de mí.
-         Ya, mi niño ya. Shhh, ya está, ya está – susurré, pero no se calmaba. Pensé que tal vez había sido un poco duro de mi parte castigarle cuando ya había sido castigado, pero que se portara mal hasta el punto de que Alejandro perdiera la paciencia no estaba bien…
Le di un beso, y le sostuve mientras lloraba, sabiendo que necesitaba desahogarse.
-         Vamos, campeón. Vamos a cambiarte para ir al cole. – le dije, y no obtuve respuesta. Subí las escaleras con él en brazos, y en el camino me encontré con Alejandro, que ya bajaba. Kurt se separó de mí y estiró los brazos hacia él. Alejandro entendió, y le cogió en brazos, mirándole con pena.
-         ¿Qué te ha hecho el papá malo? – le preguntó, en tono meloso.
-         No le enseñes eso al niño – le reproché. No necesitaba su ayuda para quedar como el malo del cuento.
-         Me….snif… me….snif – intentó Kurt, pero el llanto no le dejaba seguir.
-         Joder, papá, no puede ni habar.
-         ¡Esa boca! Y no he sido tan duro con él – me defendí, con algo de preocupación. Le acaricié la carita a mi lloroso renacuajo, y le limpié las gafas. – Papá ya no está enfadado. Lo sabes ¿verdad?
-         ¿No?
-         Ni un poquito.
Kurt pareció calmarse un poco. Dejó de sollozar, pero no de llorar, y apoyó la cabeza en el hombro de Alejandro.
-         Siento lo de ayer – le dijo, con un puchero perfecto.
-         Yo también lo siento – respondió Alejandro. ¿Era cosa mía, o estaba volviéndose más tierno con sus hermanos pequeños? Dejé que le consolara un poquito más, y luego les separé.
-         Vamos, peque, a cambiarse.
Subí con él a su cuarto. Dylan ya estaba casi listo y se fue en cuanto le ayudé a atarse los zapatos. Yo le saqué la ropa a Kurt y le puse la del colegio mientras él se limitaba a ser pasivo, casi como si en vez de a un niño estuviera vistiendo a un muñeco.
-         Yo no quería que estuvieras fuera – me dijo, cuando ya iba a darme algo de tanto silencio.
-         ¿Mmm?
-         Quería que estuvieras aquí.
Al principio no supe a qué se refería, pero luego creí entenderle.
-         ¿Te refieres a esta noche?
-         Sí.
-         Tenía que esta con Ted, peque.  Está malito.
-         Lo sé. Pero yo te quería a ti y no a Alejandro – insistió. Acabé de ponerle la camiseta, y le miré. Estaba intentando explicarme por qué había estado haciendo de las suyas. Era una especie de rebelión ante el hecho de que yo no estuviera. De pronto me di cuenta de que todos mis hermanos tenían cierta dependencia de mí. A uno eso le hacía sentirse honrado, pero también podía ser un poco agobiante. Sentí como si tuviera que dividirme en once cachitos.
-         Ahora ya estoy aquí – le dije – Y, cuando quieras estar conmigo, sólo tienes que cerrar los ojos y pensar en mí y será como si estuviera a tu lado. No necesitas llamar la atención de papá, cariño, porque ya la tienes. – aseguré, y le di un beso.
Le noté mucho más animado a partir de ese momento. Me contó que le había gustado mucho dormir con Harry, porque era más cómodo que su almohada. Yo ahogué una risita y le propuse contratar su servicio como almohada humana. Kurt pareció tomárselo en serio, y yo moría por ver la cara que ponía Harry cuando se lo propusiera.
Cuando estuvo listo le mandé para abajo. Íbamos un poco mal de tiempo… bueno, como siempre. Tal vez algún día nos sobraran los minutos, pero ese día no parecía cerca. Todo el mundo estaba abajo ya, salvo Zach. Fui a buscarle, y le encontré en su habitación. Vestido, con la mochila preparada, pero tumbado en la cama, como con desgana.
-         Ey. No me has dicho ni hola – reproché, desde el umbral de la puerta.
-         Hola.
-         Muy gracioso. ¿Qué tal? ¿Has tenido la habitación para ti sólo ésta noche?
-         No. Dormí con Alejandro.
Eso me sorprendió bastante. Entendía que mis hijos pequeños quisieran dormir con un mayor, pero que Zach lo hiciera también resultaba extraño. Decidí no hacer comentarios, por no avergonzarle.
-         El desayuno ya está, aunque algo me dice que va a estar un poco quemado.
-         Alejandro ha hecho lo que ha podido.
-         Desde luego. No le estaba criticando. Anda, bajemos.
-         No tengo hambre.
-         No puedes ir  a clase sin desayunar.
Pensé que seguiría discutiendo, pero Zach únicamente se levantó, dócil, apático. Su estado de ánimo deprimiría hasta a un payaso. Intenté buscar algo que pudiera hacerle sonreír, y recordé que siempre me pedía si podía llevar mis gafas de sol al colegio, y yo siempre le decía que no, temiendo que las perdiera o rompiera, o que las usara inapropiadamente, llevándolas también en clase. Gustosamente arriesgaba la integridad de aquellas gafas por verle aunque sólo fuera un poquito más animado.
-         Ven, quiero enseñarte algo – le dije, y le llevé  a mi cuarto. Él se quedó en la puerta, y yo me acerqué al cajón de la mesita, donde tenía las gafas. - ¿Me las cuidas por un día? – le dije.
Zach me miró ilusionado, cuando entendió que se las estaba prestando, y se tiró a por mí en un abrazo, con tanta fuerza que las gafas se me cayeron. Al verlo se asustó, y se alejó un poco de mí. Me agaché y las cogí, para ver si se habían roto.
-         Lo siento mucho – balbuceó. Su cara daba lástima, en serio. – Lo siento. ¿Se han roto?
-         No, pero casi. Menos mal que este suelo es de moqueta.  Vamos, ven aquí – le llamé, disgustado por su reacción. Creo que le había dado la impresión de que esas gafas eran algo muy importante, lo cual hasta cierto punto era cierto, me gustaban, pero no dejaban de ser un objeto. Y aquello había sido un accidente, sin damnificados, además.
Pero Zach no interpretó mi  “ven aquí” como un “no hagas el tonto y dame un abrazo”, si no como un “estoy muy enfadado”. Se acercó a pasitos cortos, como con  miedo.
-         ¿Me vas a castigar? – me preguntó, con una voz demasiado infantil.
-         Oh, sí, ya lo creo – respondí, con falso tono de enfado. Dejé las gafas sobre la mesilla, me acerqué a él  y le lancé sobre la cama, con fuerza pero con cuidado. Me armé con una de mis almohadas y la dejé caer sobre él varias veces. Zach se empezó a reír e intentó quitarme la almohada, hasta que al final los dos acabamos riendo, recostados sobre la cama.  – Pero si serás tonto – le dije. – Sólo son unas gafas. Si se rompen compro otras, pero ya me dirás tú dónde compro otro Zach.
Él me sonrió, quizá por primera vez desde el día anterior por la tarde.
-         No se lo digas a nadie, pero creo que te quiero – susurró, y me hizo gracia la forma de decirlo.
-         ¿Cómo que crees? – pregunté, alzando una ceja y levantando la almohada amenazadoramente. 
-         Vale, vale. Te quiero.
-         Eso está mejor. ¿Y por qué no puedo decírselo a nadie? Si quiero gritarlo por ahí para que todos lo sepan.
Zach me sonrió, y me dio un abrazo.
-         Tengo hambre – anunció, justo en el momento en el que sus tripas sonaron como un ogro roncando.  Hacía tres minutos no quería desayunar, y ahora parecía hambriento…¿y ese cambio se debía a que había comprobado que todo estaba bien entre los dos, sin enfados ni rencores por lo del día anterior? ¿Tan importante era para él?
Declaraciones de afecto espontáneas como la de Zach no eran lo más común entre preadolescentes y adolescentes así que yo había aprendido a leer entre líneas, buscando síntomas de que me quisieran. Por eso sabía que mis hijos me apreciaban, pero había ocasiones  como aquella en la que me daba cuenta de hasta qué punto.
Bajamos a desayunar. Lo que había olido a quemado eran las tostadas, pero se podían comer, sobre todo si las bañabas de chocolate como hicieron todos  mis hijos.  Mientras se reunían todos en la puerta, para ir a clase, les eché un vistazo a todos en conjunto, contento de no ver más caras tristes.
Sin Ted, disponíamos de un coche menos, así que tocaba llevarles andando al colegio.

-         Harry´s POV -



¿Era el único que estaba medio dormido? A juzgar por la hiperactividad de mis hermanos, yo diría que sí. Pero, ¿cómo se podía tener tantas energías por la mañana? ¿Y cómo podían estar tan de buen humor cuando íbamos hacia el colegio? Creo que se debía a la presencia de papá, y seguramente al hecho de que ellos no habían dormido con un niño de seis años que iba para futbolista, porque hay que ver qué patadas pegaba en sueños. No debí de dormir más de tres horas aquella noche, y yo sin mis ocho horitas no era persona.
El enano parecía mucho más animado, y ya no estaba en plan desobediente. La verdad es que la noche anterior había pensado que Alejandro se cargaba a Kurt, pero todos habíamos sobrevivido y yo entendí una cosa muy importante: que suplir a papá no era nada fácil. Me gustaba pensar que había puesto mi granito de arena calmando al enano. Sentí que se lo debía. Alejandro había demostrado ser un tío legal conmigo, ayudándome a arreglar las cosas con papá, así que yo debía ser bueno con mi hermanito.
Cuándo íbamos andando todos juntos, y más si no estaba Ted, papá siempre se ponía un poco nervioso, temiendo que los pequeños echaran a correr y cruzaran mal, o algo de eso.  Aquél día  no fue menos. Llevaba a Alice y a Kurt de la mano, y Alejandro llevaba a Hannah. Pero Alice se cansó de andar, porque se estaba acostumbrando a dejar de usar el cochecito para bebés y niños pequeños.  Papá intentaba ir con los dos a la vez, pero no caminaban al mismo ritmo.
-         Ven, enana, que te llevo a caballito – dije, y me la subí  a hombros.
-         A ver si se va a caer… - dijo papá, con inseguridad.
-         No voy a soltarla, y ella también se agarra. La siento en mi mochila, y listo.  Además, ya estamos llegando.
-         Gracias - murmuró papá, y se me quedó mirando muy fijo. Qué incómodo. – Y gracias también por dormir con Kurt.
-         Lo hice sólo para librarme de Zach, que estaba muy pesado – dije, sintiendo demasiada vergüenza para reconocer que en realidad lo había hecho por mi hermanito. Creo que no conseguí engañar a papá, porque se limitó a sonreírme.

-         Aidan´s POV –

Cuando les dejé en clase me quedé sólo con Dylan, que iba a un colegio diferente. Le di la mano y respeté su silencio, sabiendo que no era muy hablador. Generalmente era él quien lo rompía, cuando tenía algo que decir.

-         Ya no quiero a Kurt – soltó, de pronto, y de la impresión me clavé en el sitio. Sé que debería haberme sorprendido y preocupado por lo que había dicho sobre su hermano, pero el motivo de mi estupefacción era otro. “Ya no quiero a Kurt” era la manifestación verbal de un sentimiento, o de la ausencia de uno. Dylan nunca me había dicho te quiero. No podía hacerlo. Una vez lo escribió en una felicitación navideña hecha en el colegio, y la tenía bien guardadita n el rincón más protegido de mi cajonera. Como mucho era capaz de escribir sus sentimientos, pero de decirlos, nunca.  Su enfermedad se lo impedía…
… por eso supe que no era cierto. Que no se correspondía con un sentimiento real.
-         No digas eso, hijo. Son palabras muy feas que pueden hacer mucho daño.
-         Yo no quiero hacerle daño.
-         Por eso no puedes decir eso. Intenta decir esto: enfadado. “Estoy enfadado con Kurt.”
-         ¿Estás enfadado con él?
-         No. Tú. Tú estás enfadado con él. Dilo.
-         Estoy…estoy…Ya no quiero a Kurt – repitió, y yo suspiré.
Me quedé en silencio, rendido ante una enfermedad que siempre me ganaba la batalla.
-         Claro, estás molesto conmigo, porque he vuelto a decirlo. Claro, lo he dicho, y tú me dijiste que no lo dijera – barbotó Dylan al cabo del rato. Cuando empezaba con sus “claro” es porque estaba nervioso.
-         No estoy molesto contigo, pero no quiero que lo repitas delante de Kurt.
-         Repitas delante de Kurt. No quiero que lo repitas delante de Kurt. No quiero, no. No quiero que lo repitas delante de Kurt. – dijo, y empezó a repetir mis palabras, bajito, muy seguidas. Ya estaba acostumbrado a que hiciera eso. Una cosa estaba clara: así seguro que no lo olvidaba.
-         Kurt tampoco quería hacerte daño – le dije. – Alejandro me dijo que te golpeó. Ya le hemos regañado por eso y seguro que no lo vuelve a hacer. ¿Sigues sin quererle?
-         No.
-         Entonces, ¿le quieres?
-         Sí – respondió, sonriendo un poco.
-         ¿Le quieres? – repetí. Era perfectamente capaz de responder a las preguntas directas, y a veces era la única forma de sonsacarle una emoción.
-         Sí.
-         ¿Y a mí?
-         Sí.
-         ¿Si me quieres? ¿Y me das un abrazo, que ya hemos llegado al cole?
-         No.
-         ¿No me abrazas? ¿Ni un segundito?
-         Un segundito – respondió, y estiró sus brazos. Yo me agaché y le apreté contra mí – Uno – dijo y me soltó. Me reí.
-         Exactitud militar. – protesté, pero me rendí. Ya había conseguido mucho por un día. Le observé entrar sin poder evitar compararle con alguno de sus compañeros que entraban a la vez. En general me parecían más enfermos que él. Había un niño que no decía ni una palabra. Ese chico ni siquiera podía decir un vago “sí” que significara “te quiero”.
Volví a casa a coger el portátil y pasé el resto de la mañana trabajando en el hospital: haciendo compañía a Ted mientras escribía, ya que iba con un poco de retraso. Ted era el único que me dejaba trabajar, sin interrumpirme. Paraba de vez en cuando para hablar con él y apuré el tiempo al máximo antes de ir a recoger a todos de clase.
Cuando llegué al colegio, todos habían salido ya y me esperaban en la puerta, agrupados como un rebaño de ovejas de diferente tamaño. Noté que algo no iba bien, porque me costó que Kurt me saludara y se fue corriendo con Alejandro, como si quisiera refugiarse en él. Me dio mala espina, pero decidí esperar hasta llegar a casa.
Fue poner un pie en casa y que hubiera una estampida. Algunos subieron a hacer deberes, otros fueron a asaltar la nevera, y las peques querían salir al jardín. No me gustaba que estuvieran solas, pero Cole se ofreció a estar con ellas, porque quería jugar al futbol.
-         Pero ten cuidado no vayas a darle un balonazo a las niñas. No chutes fuerte – le dije, y observé como se iba como si llevara días sin ver la luz del sol.
Meneé la cabeza y vi que en el salón nos habíamos quedado solos Alejandro, Kurt y yo. Alejandro le dio un empujoncito a su hermano.
-         Anda, díselo.
-         Noooo. Que me dará en el culito…
-         Eso ya no lo vas a poder evitar, peque. – dijo Alejandro. ¿Se suponía que eso tenía que animar a Kurt a ser sincero? De alguna forma lo hizo, porque Kurt metió la mano en su bolsillo, y se acercó a mí, con una nota en la mano.
Resoplé. Le había castigado esa misma mañana. Intentaba evitar siempre darle dos azotainas en un día, me parecía demasiado, pero eso era una nota de su profesora, y no hacía ni un día que le había avisado de lo que haría de traer otra. Le tendría que castigar, y él lloraría, y yo me sentiría mal y…¿tanto le costaba portarse bien en clase?
-         Lo siento mucho – me dijo. Yo no dije nada, y leí la nota. Me relajé inmediatamente. – Papi, no me pegues. Voy a ser bueno, de verdad.
-         Kurt, no voy a castigarte, cariño.
-         Dijiste que… si traía otra nota…
-         Lo que está mal es no hacer caso a tu profesora y que tenga que regañarte. Eso es lo que no quiero que hagas, y por eso si traes una nota donde pone que no te has portado bien te castigaré. Pero aquí no pone eso.
Volví a leer la nota.

“Estimado señor Whitemore:
Kurt no ha traído firmada la nota que se le dio ayer, y no tenemos por ello constancia de que le haya llegado. Ha de saber, sin embargo, que hoy el comportamiento de Kurt ha sido ejemplar.”

-         Se me perdió el papel – dijo, haciendo pucherito, convencido de que iba a regañarle. Me agaché, y le quité la mochila. Luego le agarré de la cadera.
-         Ay, que  no perdemos la cabeza porque la tenemos sobre los hombros – bromeé y le di un beso – No pasa nada, cariño. Eso no es portarse mal, es ser despistado. Ahora te firmo esta y la guardamos bien para que no se pierda.
-         ¿No estás enfadado?
-         Qué va. Y menos sabiendo que te has portado muy bien. ¿Lo ves? Lo pone aquí. Ejemplar – leí con él la palabra, que seguramente le resultaba extraña, y por eso no había estado muy seguro de si era bueno o malo.
-         ¿Eso qué significa?
-         Qué hoy vas a merendar lo que tú quieras, campeón. Los niños buenos tienen un premio.
Kurt sonrió poco a poco con su carita de niño bueno que no siempre se correspondía con la realidad. Luego miró a Alejandro, sonriendo también.
-         Anda que… si llegas a decirme lo que pone en la nota te habría ahorrado tantos nervios, enano. Ya pensé que habías vuelto a liarla – dijo Alejandro, que había estado de testigo en la escena.
Firmé la nota, y la metí  en el bolsillo pequeño de su mochila.
-         ¿Aquí, vale? – le dije. – Recuerda que la tienes aquí.
Kurt asintió y luego se fue corriendo, a jugar seguramente.
-         ¿Tus hermanos habrán tirado todas las cosas peligrosas de la caja? – le pregunté a Alejandro, medio en broma, medio en serio.
-         Papá, cualquier cosa en manos de Kurt es peligrosa – replicó él, y los dos nos reímos.
-         Bueno, entonces… ¿qué tal anoche?
-         ¿Con sinceridad?
-         Claro.
-         Estuve a punto de llamarte y suplicarte que volvieras. Pero los enanos me ayudaron bastante.
-         Alejandro, en ésta casa cuando se dice “enanos” hay que matizar… - dije, sin saber bien a quiénes se referían.
-         Los gemelos, Madie, y Barie. Se ocuparon de los cuatro peques y evitaron que me diera una crisis nerviosa.
-         En el fondo, tengo unos hijos fantásticos. – dije, con orgullo.
-         ¿En el fondo? – protestó Alejandro.
-         Eso he dicho – le chinché. - ¿Tienes deberes?
-         Siempre…
-         Pues ya sabes. – dije, y Alejandro resopló, y comenzó a irse. Antes de subir las escaleras se giró un momento.
-         Papá…
-         Dime.
-         Cuando termine… ¿puedes enseñarme a planchar? – me preguntó. Durante aquella semana él tendría que ocuparse de todas esas cosas según le había dicho, pero no sabía hacer ni la mitad de las tareas del hogar.
-         Claro. – respondí, y el siguió yéndose, pero luego se volvió a girar.
-         Papá…
-         ¿Sí?
-         ¿A ti quién te enseñó?
-         Andrew. – respondí, algo seco. Nunca le llamaba papá, y no me gustaba hablar de él.
-         ¿De verdad?
-         Sí. A base de no planchar, y de llevar las camisas arrugadas, me enseñó que si quería algo tenía que hacerlo por mí mismo – expliqué, con acritud. No contra mi hijo sino contra mis recuerdos.
Alejandro se fue por fin, y yo me quedé pensando. Tenía nueve años cuando aprendí a coser. Diez cuando aprendí a planchar. Once cuando aprendí a cocinar. Mis hijos no habían necesitado aprender nada de eso, lo que me hizo pensar que no debía de estar haciéndolo tan mal, y les estaba dejando crecer como lo que eran: niños.
Con cada uno a lo suyo, decidí salir al jardín a echar un vistazo a los que habían salido fuera. Hannah y Alice jugaban en la hierba con algo que yo no podía ver, y que seguramente estaría en su imaginación.  Me gustaba observarlas jugar. Yo era, al fin y al cabo un contador de historias y los niños eran mi mayor fuente. Me fascinaba todo lo que podía crear con el poder de su mente…
Cole, mientras tanto, jugaba con el balón. Me pareció algo extraño: entre las aficiones favoritas de Cole, no estaba la de jugar al fútbol. Lo hacía a veces, con todos, pero no creía que le gustara demasiado. Tampoco parecía estar pasándoselo bien en ese momento… De pronto, le dio una patada al balón con fuerza desmedida… y acertó justo en la cara de Alice. Mi bebé cayó al suelo y empezó a llorar casi en el acto.
Volé hacia ella y vi su cara roja por el impacto. Seguramente le dolería la cabeza, pero cuando se puso de pie me tranquilicé, viéndolo como una buena señal. La consolé mientras lloraba, y al mismo tiempo la miré bien, buscando… no sabía bien qué, pero un balonazo tan fuerte en una niña tan pequeña podía llegar a ser peligroso.
-         Ya, pitufa, ya – dije, y la di un beso. – Ya no llores, princesita.
-         Me suele papiiiii.
-         Sssh, bebé.
La acuné en mis brazos, y se calmó más rápido de lo que había pensado. Sólo entonces miré a Cole, y le fulminé con la mirada. Cole observaba con la boca un poco entreabierta, muy impactado y sin saber qué hacer. Me acerqué a él furioso, y le agarré de un brazo. Ni se movió.
-         ¡Te dije que tuvieras cuidado! – reproché, y entonces le incliné, apoyándole en mi cadera, e hice una de las mayores estupideces de mi vida. Le di diez fuertes palmadas sobre el pantalón, sin dejar de gritare en el proceso.
-         Tu hermana es demasiado pequeña PLAS PLAS PLAS  y un golpe así podría hacerle mucho daño. PLAS PLAS PLAS Te advertí que no chutaras fuerte. PLAS PLAS PLAS PLAS
Le solté, y Cole me miró con lágrimas en los ojos. Salió corriendo, y sólo entonces fui consciente de que no había obrado bien. Le eché un último vistazo a Alice, para asegurarme de que no le pasaba nada, y entré en la casa. Cole estaba en el salón, abrazando a su desconcertado Alejandro, y llorando mucho.
-         Fue sin querer – decía – No lo hice aposta.
-         Vale, Cole, tranquilo. ¿Qué no hiciste aposta?
-         El balón…yo…snif…no quería darle a Alice…snif… Me asusté mucho cuando vi que le daba …snif…y…y…y…snif snif
-         Cole, no llores así, que me estás asustando. ¿Qué ha pasado, enano? – preguntó Alejandro, preocupado porque Cole no parecía capaz ni de respirar.  Alejandro reparó en mí entonces, y me miró con la pregunta en los ojos.
-         Se…snif….s-se ha enfadado mu- mucho…Y…snif…me ha pegado en el jardín, delante de ellas y de…de cualquier vecino que estuviera mirando.
Me di cuenta de que tenía razón. Le había castigado con gente delante, y además había sido injusto. Había sido un accidente, y yo le había castigado estando demasiado enfadado, cuando probablemente ni mereciera un castigo. Avance hacia ellos y puse mi mano en el hombro de Cole, que me daba la espalda, probablemente sin siquiera saber que estaba ahí.
-         Cole…

Él se estremeció, y se abrazó más a Alejandro. Con delicadeza le separé de él y le abracé a mí.

-         Cariño… Perdona….Perdóname. – susurré. – No debería haberte castigado, y mucho menos ahí, delante de tus hermanas. Sé que no querías darle a tu hermanita. Fue sin querer, pero por eso te dije que tuvieras cuidado. Lo siento mucho, corazón. Por favor, no llores más.
Cole respiró hondo y levantó la cabeza para mirarme. Hipó un poquito, y sorbió por la nariz.
-         Me asusté mucho y reaccioné mal – le dije. – No tenías mala intención, sólo calculaste mal. Anda, ya no llores ¿sí? Y perdóname.
Cole asintió. Me agaché, y le di un beso, y luego varios más.
-         ¿Tienes deberes, peque? – pregunté, y él negó con la cabeza.
-         Hay que repetir los ejercicios que tuvieras mal en el control de mates – me dijo.
-         Entonces sí tienes deberes…
-         No, porque no tuve ninguno mal…
-         ¿Sacaste un sobresaliente? ¡Enhorabuena, campeón! ¿Por qué no me lo habías dicho?
-         Es lo que saco siempre.
-         Eso no quiere decir que no haya que celebrarlo.
Cole era claramente el empollón de la casa. Sus notas no bajaban del sobresaliente, y aunque aún era pequeño y no estaba en cursos “difíciles” todos sus profesores coincidían en que era muy trabajador. Le abracé con más fuerza.
-         Qué orgulloso estoy de mi enano comelibros. Dime, ya que no tienes deberes ¿qué quieres hacer?
-         ¡Jugar al Sing Star!
-         Pues a eso jugaremos. Ve encendiendo la play, que yo reclutaré a todo el que haya terminado o no tenga deberes.
Observé cómo Cole se iba, y yo fui a meter a las enanas dentro de casa. Alice parecía haberse olvidado ya del balonazo, pero a mí me costaría un poquito olvidarme de que había saltado como un basilisco sobre el pobre Cole.

-         Cole´s POV –
Había olvidado cuánto dolían los azotes de papá. Hacía mucho que no me metía en problemas, y en realidad, aquella vez tampoco lo hice…¡él fue injusto!  Yo no quería hacer daño a Alice. Nada más lejos de mi intención. Sólo estaba enfadado porque odiaba el fútbol… Bueno, no lo odiaba, me era más bien indiferente, pero había empezado a detestarlo de verdad. Estaba frustrado, y golpeé la pelota descargando toda mi furia en ese golpe, con tan mala suerte que le dio a mi hermanita.
Papá se enfadó tanto… Pero luego me pidió perdón y me sentí mucho mejor. Es increíble lo mucho que un “lo siento” puede hacer cuando sientes que has sido tratado injustamente… Ojalá todo el mundo supiera disculparse como papá. Ojalá.
Pero Troy Morris no sabía disculparse. Él sólo sabía empujarme y meterse conmigo por lo mal que juego al futbol. Sólo sabía romperme las cosas, burlarse de que tuviera tantos hermanos, y reírse porque estuviera en el coro del colegio… De pronto, jugar al Sing Star ya no me apetecía tanto. Sería un motivo más para que Troy se metiera conmigo.
¿Qué le había hecho yo a ese chico? ¿Por qué no me dejaba en paz?
De pronto quería refugiarme en los brazos de papá. Él me hacía sentir seguro… Pero yo tenía que ser fuerte, como Ted. Él no le iría lloriqueando a papá si alguien era malo con él. Él lo resolvería sólo, así que yo tenía que hacerlo también.


5 comentarios:

  1. LittleHoshi: Enganchadísima me tienes

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  2. A mi tambien...y Alejandro me esta sorprendiendo jajajja

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  3. Estoy ya de pena por Cole, que cosas malas traera en el camino ese tal Troy ya me cae gordo jjjj

    MArambra

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  4. Pobre ted ya no puede con la tranquilidad de.la soledad jajaj y que sorpresa cob ale espro haya mas sorpresas de part de el y pobre cole que pasara con su "compañero"...

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