lunes, 6 de abril de 2015

Chapter 99: Ángel de la guarda 2,0



 


Chapter 99: Ángel de la guarda 2,0
 



- ¿Demonio? – preguntaron las cabezas flotantes. Peter alzó la mirada, despacio. Su dolor de cabeza había disminuido un poco. - ¿Por qué?
- ¿Tengo que decir por qué?
- Estás eligiendo ser un demonio por el resto de tu vida, lo cual pueden ser muchos años, chico. Así que al menos tendrás una razón.
- ¿No se supone que es lo que tengo que hacer? ¿Que debo ser un demonio para guiar a una nueva especie demoníaca que no se corrompa y así restaurar el equilibrio?
- Todo eso debe hacerse, pero nadie dice que debas ser tú quien lo haga. De hecho, Barbas espera que elijas ser un demonio, para sacar provecho y manipularte a su antojo. Aspira a ser el nuevo rey del inframundo.
- ¿No se supone que es mi destino? Ser el rey del inframundo. ¿No es lo que tengo que hacer?
- Hay una diferencia entre lo que un hombre tiene que hacer, y lo que quiere hacer, Peter. Te estamos dando a elegir. Te hemos preguntado qué quieres ser.
Peter guardó silencio. La gente no solía dejarle elegir. Sólo Chris le daba esa opción como cuando le dijo que si no quería ir al juicio no tenía que hacerlo. Chris… él era un luz blanca, al menos en parte. Peter quería ser como él. Si iba a ser inmortal, quería pasar esa larga vida junto a su padre.
- Te lo preguntaremos una vez más, Peter. ¿Ángel, o demonio?
Peter tenía muy claro lo que quería: quería ser un ángel.
 


El señor Wright se rascó la barba. Aún no se había acostumbrado a ella, a pesar de que hacía seis meses que había decidido dejarla crecer. Pensó que encajaba más con sus cuarenta y muchos años que un rostro lampiño. Se inclinó sobre una montaña de papeles particularmente odiosa.
- El Ministerio de Educación, siempre dando por culo – suspiró, y rasgó el papel en dos. Luego se arrepintió, y con un gesto de su mano lo recompuso. Había mejorado mucho con la magia. De hecho, dejando la modestia a un lado, era probablemente uno de los brujos más poderosos que existían. Y menos mal, porque de no ser por la magia él no habría durado ni dos días al frente de aquella institución. Él no tenía ni idea de cómo se llevaba un orfanato. Pero de pronto, tras leer un hechizo, los conocimientos vinieron a él, y se convirtió en todo un sabio experto en materias educativo-directivas.
Esos seis meses habían sido tan extraños…Echaba tanto de menos a su familia. Su madre. Su padre. Jullie, Pierce, Paris, Percival, Annie, Elisabeth, Lydia. Aquél orfanato estaba lleno de niños que le recordaban a sus siete hermanos: los siete que le quedaban vivos. Mentiría si dijera que no tenía favoritos: a quien más extrañaba era a la pequeña Jullie, cada día menos pequeña. A ella y a su padre. Se había acostumbrado a que formara parte de su vida….y ahora de nuevo, estaba sólo. Pero ésta vez no tenía que cuidar de siete hermanos más uno en coma: esta vez tenía todo un orfanato a su cargo, con cincuenta niños. Cincuenta niños sin padres. Cincuenta niños que le provocaban un nudo de compasión en el estómago.
"¿Por qué no habré nacido mujer?" se preguntó el señor Wright. "Me gustan los hombres y tengo instinto maternal. Y por si fuera poco creo que voy a llorar. ¿En qué momento me volví una nenaza?"
Emmett Wright se frotó los ojos, intentando retener las lágrimas, y funcionó. Suspiró, dispuesto a volver al trabajo y dejar el pasado atrás, cuando escuchó risitas y el golpeteó de unos pasitos infantiles. La puerta de su despacho, que estaba mal cerrada, se abrió cuando un par de manitas la empujaron. Un bebé de rizos claros y ojos azules, que tenía algo más de dieciocho meses traspasó el umbral con una enorme sonrisa. Era Peter. Justo detrás venía Nick, corriendo para alcanzar a su hermano, pero se tropezó y se calló. Decidió seguir su camino a gatas en vez de sobre dos pies, y empujó a Peter, como si él fuera el culpable de su caída. Peter cayó al suelo y empezó a llorar.
El director contuvo una sonrisa, y se acercó al niño. Le tomó en brazos, y le acunó, tal como recordaba haber hecho con sus hermanos, para que dejara de llorar. Aún se le hacía raro eso…. era raro tener a los gemelos en sus brazos, era raro que no tuvieran ni dos años, y era raro hasta su color de pelo, más claro que cuando eran adolescentes.
- "Pau" – dijo entonces Peter, con su voz infantil, como llamándole. El vocabulario de Peter costaba de tres palabras: "Pau" "No" y "Guagua", que se traducía por "agua". Nick, en cambio, hablaba más fluidamente. La primera frase que le habían escuchado era "¿Dónde está mamá?" y nadie había sabido qué responder.
- No, Peter – respondió el señor Wright – Pau no está.
- "Sí ta" – replicó Nick, señalándole.
El señor Wright no dejaba de preguntarse cómo narices lo sabían. Nada en su aspecto actual recordaba a aquél muchacho que una vez fue, y que les visitaba en la cueva cuando eran aún más pequeños. Tenía que ser una especie de intuición mágica o algo así, pero el caso es que a ellos nunca les había engañado. Para ellos, siempre había sido "Pau".
- ¿Cómo están mis enanos? – preguntó, cogiendo también a Nick para sostener a ambos hermanos a la vez. - ¿Ya habéis comido?
Silencio total. Los dos hermanos se miraron un segundo, y luego le volvieron a mirar con una cara angelical nada creíble. Y no lo decía porque supiera que en verdad eran demonios.
- Chicos…¿ya habéis comido?
Nuevo silencio.
- ¿Queréis que me enfade?
Peter negó con la cabeza. De pronto ya no le gustaba estar ahí y se quería bajar, pero Paul no le dejó en el suelo. Suspiró. Probablemente se habían escapado del comedor por trigésima vez en menos de un mes.
- Tienes que comer para hacerte fuerte, y tú también, Nick. Anda, vamos al comedor.
- ¡No! – protestó Peter. Entonces tocó la mejilla de Paul y al segundo siguiente empezó a flotar en el aire.
- ¡Peter, no me robes mis poderes!- exclamó Paul, y logró agarrarle de una pierna antes de que se fuera volando por ahí. Resopló. Ariel había atado sus poderes demoníacos, pero no había podido hacer nada con sus poderes de brujos. Paul había intentado hacerlo en alguna ocasión pero Peter y Nick tenían realmente una magia con la que él sólo podía soñar. No era capaz de atar sus poderes, aunque de momento podía contenerles…si Peter no le robaba los suyos y le impedía lanzar un conjuro.
Peter soltó una carcajada infantil y logró soltarse de la mano de Paul. Pero entonces se vio muy alto, y le dio miedo. Se asustó, y bajó de golpe, cayendo al suelo. Empezó a llorar. Paul se acercó enseguida, intentando ver si se había hecho daño. No parecía tener nada. Le acarició, buscando que se calmara, y sintió que su poder volvía a él: Peter se lo había devuelto, como diciendo "tómalo, ya no lo quiero, que hace daño".
- Eso no se hace – regañó Paul. – Magia, no. Magia, mala.
Al hablarle así se sentía un idiota, y además pensaba que era un error enseñarle que la magia era algo malo, pero era peligroso que usara sus poderes. Alguien le podía descubrir. Nick se pasaba el día en las cabezas de la gente, pero al menos aún no sabía proyectar pensamientos. Nadie en ese orfanato tenía intimidad, pero ellos no lo sabían. El poder de Nick era más discreto. Si Peter empezaba a volar por ahí con el poder de Paul, sería un poco más cantoso.
Peter le miró con su boquita en forma de "o", como si no terminara de comprenderle.
- Magia mala – repitió Paul, sin saber que estaba sentando un precedente. Que Peter, no importa lo que pasara con su mente después, tendría siempre guardado dentro de él que la magia "era mala".
En ese momento se escuchó un tintineo, y alguien se apareció delante de Paul. Era un hombre mayor.
- Soy…- empezó el desconocido.
- ¡Eres un necio! – dijo Paul, mirando nerviosamente hacia la puerta como si esperara ver entrar a alguien en cualquier momento - ¿Quieres que todo el mundo te vea?
- Nadie me ha visto.
- Por pura suerte. Eres un luz blanca ¿no? Chris también hacía eso de las lucecitas.
- Soy un Anciano – aclaró el recién llegado.
- Oh. ¿Y qué haces aquí?
- Eso debería preguntarlo yo, Paul. Ésta no es tu época.
- ¿Sabes quién soy?
- No puedes engañar a los Ancianos.
- Ni lo pretendía. Estoy aquí para cuidar de ellos – replicó Paul, señalando a los niños.
- ¿De veras? ¿Y qué harás cuando crezcan y sigan llamándote Paul? ¿Cómo explicarás eso a todo el mundo? ¿Cómo explicarás que Nicholas sepa lo que la gente está pensando antes de que lo digan?
- No cruzaré ese puente hasta llegar a él – replicó Paul.
- Paul…
- No me llames así. Ya no soy ese. Me llamo Emmett, Emmett Wright.
- ¿Emmett?
- Es un guiño a un personaje de Regreso al Futuro…- empezó Paul, pero vio que aquél hombre no le entendía - Oh, vamos, esas películas ya existen en ésta época. ¿Qué pasa, que los Ancianos no veis la televisión?
- No me puedo creer que el futuro esté en manos de éste crío – resopló el hombre, mirando al cielo.
- En mis manos no – replicó Paul – En las de él – sentenció, señalando a Peter.
- Es por él que he venido. Por él y por Nicholas. Es necesario atar sus poderes.
Paul sabía que era necesario, y que además los Nick y Peter del futuro no tenían poderes, hasta conocer a Chris. Así que supuso que debía dejar que aquél hombre lo hiciera.
- Está bien. Es lo mejor. Yo ya lo había intentado.
- Hay algo más. Ellos no pueden saber quién eres tú. Es peligroso. Tampoco deben recordar a su madre.
- Son muy pequeños. Lo olvidarán.
- ¿Olvidarías tú que tu madre era un demonio y hacía cosas como lanzar rayos?
- El Nick y Peter del futuro no lo recordaban…
- Exacto – replicó el Anciano, y se acercó a los niños. Levantó sus manos y cerró los ojos. Paul sintió la magia fluir por aquél hombre. Luego, bajó los brazos.
- ¿Ya está? – preguntó Paul - ¿No tienen magia?
- La tienen pero está…oculta. No pueden usar sus poderes.
- ¿Y recuerdan a su madre?
- No.
- ¿Los Ancianos podéis quitar recuerdos?
- Los Ancianos, en conjunto, podemos hacerlo todo.
- No todo – replicó Paul – Por eso necesitáis a Peter…y a mí.
- Respecto a eso, en realidad he venido por algo más. He venido para asegurarme de que te quedas con Peter… siempre. De que no decidas volver a tu antigua vida antes de tiempo. Y de que no lo eches todo a perder por estar demasiado encariñado con estos niños.
Paul retrocedió instintivamente hasta chocarse con la mesa.
- ¿Vas a robar mis recuerdos también? ¿Y a quitar mis poderes?
- No puedo hacer eso: necesito de tu habilidad para que hagas lo que debe hacerse – respondió el Anciano, y se acercó a él. Puso una mano en el brazo de Paul, y entonces él lo sintió…una…desinhibición total…
….De pronto pensar en su familia no dolía…
…Ya no les echaba de menos…
…Y Nick y Peter no le importaban más que cualquier otro niño en su orfanato…
- Cuidaras de ellos – dijo el Anciano – Pero no olvides, Paul, que tú no eres su padre. Son tus alumnos, nada más. Lo que sabes sobre ellos no puede condicionarte. Te encargarás de que todo suceda como debe suceder.
Paul se dio cuenta de que le faltaba algo…Le faltaba su dolor… su dolor por estar sólo. Su miedo porque a Nick o a Peter le pasaran algo. Ese Anciano le había robado esa parte de él…
- ¿Por qué lo has hecho? – preguntó.
- Porque si seguías por ese camino, ibas a ser incapaz de dejar que Peter se fuera con Derek. – explicó el Anciano, y con esas palabras se fue.
La habitación quedó en silencio unos segundos.
- Nicholas. Peter. Al comedor. Ahora mismo – ordenó, con frialdad. Se había desprendido de esa parte de él que le hacía ser cálido con los niños. Que le hacía ser más que un director de orfanato.
Sin saberlo, la semilla se parecía al padre más que nunca. Si se lo proponía, Paul podía ser tan frío como Patrick, o incluso más. Y, gracias a la intervención de aquél Anciano, se lo había propuesto.
 


Peter sintió que le invadía una luz… una luz muy poderosa. Respiró hondo, y se sintió lleno. De alguna forma, supo que nunca jamás volvería a tener asma. La señal de su muñeca, que delataba uno de sus intentos de suicidio, desapareció. Lo embargó una gran paz…Sí, Peter se sentía como un ángel. Cerró los ojos, y cuando los abrió ya no estaba en esa extraña sala.
Reconoció el lugar en el que estaba, aunque le costó. Era una calle de la ciudad. No recordaba su nombre pero era medianamente principal y sabía que había estado ahí antes. Pero en aquél momento no había coches circulando, ni peatones…Estaba desierto y manchado de rojo. La lluvia había cesado, y eso permitía apreciar mejor el desastre que había causado. Peter deambuló por la acera, observando la devastación. En ello estaba, cuando escuchó ruidos. Golpes, cristales rotos…
"Ladrones", supo enseguida. No sabía si alejarse de allí, o ver si alguien necesitaba ayuda. Parecían saqueadores…después de una catástrofe siempre surgen, como ratas, dispuesto a aprovecharse de la situación mientras aún reina el caos. A Peter le embargó la rabia. ¿Cómo podía ser la gente tan egoísta?
Entonces, lo sintió. "Algo" tiró de él. Desde el fondo de su garganta, Peter emitió un gruñido que no era suyo, y a la vez le pertenecía. Su cuerpo temblaba.
"Quiere salir. Vraskor quiere salir. Pero Vraskor ya no está….Ya no soy un demonio".
De pronto se preguntó si había tomado la decisión correcta. Aquello dolía. Emociones como la ira parecían desatar en él a una bestia escondida…una bestia sellada que se suponía que ya no tenía que estar aquí. Peter se sobrepuso a sus pulsiones naturales. Hizo gala de un enorme autocontrol, y respiró hondo. Pero entonces, les vio.
Salieron cada uno de una esquina, hasta cortarle el paso. Eran mayores que él, pero tampoco mucho. Uno llevaba una cadena a modo de arma, otro llevaba una navaja. Los otros dos parecían desarmados. Eran los saqueadores, que al descubrir que tenían compañía se sintieron amenazados, por la presencia de un testigo.
- Sigue habiendo toque de queda, niño – dijo uno de ellos, a modo de burla.
- Me apetecía dar un paseo – respondió Peter. Su instinto le advirtió de que aquello podía terminar mal.
"No tengo tiempo para esto" pensó "Tengo que volver a ese puente con los demás"
Peter sabía que no debía orbitar delante de gente no mágica, pero estuvo tentado de hacerlo.
- Puede empezar a llover de nuevo en cualquier momento, chico – dijo el hombre que llevaba la cadena.
- Lástima que ninguno de los cinco tenga paraguas entonces ¿no? – replicó Peter.
- Vete a casa. – cortó otro, moviendo la navaja sutilmente, como advirtiéndole.
Debería de haberlo hecho. Debería de haberse ido y una vez sólo haber orbitado… Pero Peter estaba harto de que le amenazaran. Estaba harto de que usaran la fuerza para intimidarle… Él era poderoso. Era él el que debía dar las órdenes.
- Me iré en cuanto tu amigo devuelva esas joyas – dijo, señalando unos colgantes que sobresalían del bolsillo de uno de los saqueadores.
Los cuatro hombres se echaron a reír, pero había algo de peligroso en aquél sonido. Uno de ellos dejó de reír de pronto, y se acercó a él en actitud amenazante.
- Tengo una idea mejor. Te irás cuando acabemos de jugar contigo.
Aquella pareció ser la señal, y los cuatro tipos se abalanzaron sobre él. Al principio Peter intentó esquivarlos, pero era difícil esquivar al de la cadena. Cuando se llevó un golpe particularmente doloroso en la sien, Peter sintió de nuevo esa ira en su interior… una ira que le pedía que destrozara algo… o a alguien.
 


El señor Wright estaba firmando unos documentos cuando escuchó que llamaban a su puerta.
- Adelante – exclamó, sin levantar la vista de los papeles. La puerta se abrió, y Henry, el conserje del orfanato, entró.
- Buenos días.
- Buenos días, Henry. ¿Sucede algo?
- Tenemos cuatro niños enfermos.
- ¿Gripe? – aventuró Paul, aún concentrado en lo que estaba haciendo, y sin mirar al hombre.
- Eso parece.
- Llamaré a un médico. ¿Algo más?
- Pues… sí, señor. Unos chicos de último grado están esperando en la puerta…
Paul era capaz de ver la ironía de que él fuera el director ante el cual los chicos traviesos iban a rendir cuentas, cuando durante toda su vida él había sido uno de esos chicos. Pensar en esos tiempos no le provocó dolor alguno, ni tampoco recodar a su familia. Sólo sentía una pequeña curiosidad sobre qué estarían haciendo en aquél momento.
- ¿Qué es lo que hicieron? – preguntó.
- Parece que estuvieron molestando otra vez al niño, a Nicholas Haliwell.
En ese momento, por primera vez en la conversación, Paul levantó la vista de los papeles.
- ¿Él está bien?
- Sí. No le hicieron daño. Pero… creo que está… deprimido.
Paul asintió.
- Señor, quiere…¿quiere hablar con él también? – se animó a preguntar Henry.
- No será necesario – respondió Paul, y Henry suspiró. El señor Wright nunca hablaba con el muchacho, como si quisiera evitarle. Como si evitara…cogerle cariño. Se preocupaba por él, Henry lo sabía. Le hubiera gustado que Nick lo supiera también.
- ¿Puedo preguntar por qué? Usted habla una vez cada dos semanas con todos los niños del centro. Pero con los gemelos no.
- Eso no te incumbe. – replicó el señor Wright. No quería crear lazos con los chicos. Ellos no le recordaban, pero eso no significaba que no pudieran encariñarse con él otra vez. Y eso habría dificultado su tarea. Nick y Peter eran sólo dos niños más del orfanato. Dos niños más, aunque les regalara chocolate en cada aniversario de su llegada al lugar. Aunque peguntara por ellos todos los días a sus profesores. Aunque se le parara el corazón cuando le decían que Peter había tenido un ataque de asma. Aunque fuera a ser desproporcionadamente duro con los chicos que molestaban a Nicholas. – Hazles pasar – dijo, y Henry se fue.
Instantes después tres muchachos de unos catorce años entraron en el despacho.
- Sentaros – ordenó el señor Wrigth con sequedad. Les conocía bien. Matt, Mike, y Jason. Que uno de ellos compartiera nombre con su hermano perdido no le iba a salvar. Uno de ellos cometió la insensatez de hablar sin pedirle permiso para hacerlo.
- Señor Wright, nosotros no hicimos nada. El niño…
- No quiero oírlo. No quiero oír nada al respecto. Es ya la sexta vez que me informan que acosáis a un niño que tiene la mitad de nuestros años. Os encerré en vuestro cuarto. Os dejé sin ir al parque de atracciones. Apliqué medidas que no me he visto obligado a tomar en los seis años que llevo a cargo de éste centro, y con vosotros no sirve de nada. Mañana haréis las maletas y os iréis al orfanato de St. James. Voy a solicitar vuestro traslado.
- ¿Qué?
- ¡No, por favor, eso no!
- Señor, lo sentimos, de verdad…Pero aquí tenemos amigos, por favor, no nos haga eso…
- No os lo estaba consultando. Simplemente me limitaba a informaros. Ahora, fuera de mi despacho.
- ¡No! Por favor, no…
El que respondía al nombre de Jason empezó a llorar. Físicamente también se parecía a su hermano. Paul sabía que debería haber sentido algo… dolor, empatía, nostalgia, compasión…Pero se limitó a mirarle con frialdad.
- Fuera de mi despacho – repitió.
Una vez se fueron, Paul preparó los papeles del traslado, y llamó a la doctora encargada de atender aquél orfanato. Luego, salió de su despacho, y en el pasillo se encontró a Nick. Paul miró su reloj.
- Nicholas. ¿No deberías estar en clase?
El niño dio un respingo, y se dio la vuelta para mirarle.
- Sí, si señor sí.
- Entonces ¿qué haces aquí?
- Es que... dicen que van a adoptar a Matt, Mike, y Jason. Y… yo…quería saber si es verdad…
- Si, Nicholas. Les van a adoptar – respondió el señor Wrigth. Nick pensó que la sonrisa que le dedicó era algo siniestra. Tal vez disfrutaba de alguna broma privada. Nick pensó que se alegraría por la noticia, porque significaba que esos chicos iban a dejarle en paz, pero no podía dejar de pensar cuándo le llegaría su turno de ser adoptado.
Paul fue al baño, y luego regresó a su despacho, y vio que tenía más papeles. Nunca se acababan. Suspiró, y cogió uno. Era una solicitud de adopción para Nick y Peter. Apretó el papel entre sus manos. Hizo cálculos: los gemelos habían dicho que su primera adopción fue con ocho años. Aún tenían siete. Así que ese no era el momento...Paul rasgó el papel por la mitad, y como cada vez que lo hacía, se sentía un miserable.
- No funciona – le dijo, a nadie en particular. Pero sabía que Ellos estarían escuchando. – Lo que me hicisteis no funciona. No echo de menos a mi familia, pero no puedo evitar…que Nick y Peter me importen.
- Es que deben importarte – respondió una voz sin cuerpo. – Pero nadie más que tú debe saberlo.
Paul se enfadó, porque jugaran así con sus emociones. Empujó todo lo que tenía en la mesa y la vacío. Él no estaba hecho para eso. Él no era cruel. Sabía cómo habían crecido los gemelos, sintiéndose solos. Protegidos, pero no queridos. ¿Por qué le impedían cambiar eso? ¿Por qué tenía que ceñirse al futuro? ¿No se suponía que estaba allí para cambiarlo?
 


- ¿Nick, qué ocurre? – preguntó Chris. Barbas y él mostraban ambos muecas de horror en su cara. Eso no le cuadraba. ¿Qué cosa podía hacer que los dos estuvieran descontentos?
- Peter es un luz blanca.
- ¿Qué?
- Peter es un luz blanca. – repitió Nick.
Al escuchar esas palabras, Chris sintió que el corazón se le aligeraba. Su hijo estaba vivo. Su hijo era un luz blanca, y no un demonio. Era perfecto. Pero…¿si era perfecto, por qué tenía Nick esa cara?
- No lo entiendes, papá – respondió Nick, que le había leído la mente. – Aunque fuera lo que Barbas quería, Peter tenía que ser un demonio. Estoy casi seguro de eso. ¿Quién mejor que él para ser el líder de la nueva raza? ¿Ahora quién lo será? ¿Barbas?
Chris no dijo nada, pero a él el destino de los demonios le importaba bastante poco.
- ¡Eso es un error! – gritó Nick, aún en su cabeza.
- Nick, tranquilo, hijo. Hemos ganado, ¿no lo entiendes?
- No hemos ganado nada, papá. – respondió Nick, al borde del llanto. La mente de su padre no era la única que estaba espiando. Estaba dentro de la cabeza de Barbas y por eso sabía lo que este planeaba: quería matarle a él, y amenazar a su familia para obligarle a elegir ser un demonio. Nick, por fin entendió su papel en el mundo: él era el sustituto de Peter.
- ¿Y si a mí no me dan opción? – preguntó Nick, mirando directamente a los ojos de Barbas. - ¿Y si me matas y simplemente muero, como hace todo el mundo?
- Es un riesgo que estoy dispuesto a correr – dijo Barbas, y levantó la mano, como para acabar con él. Nick cerró los ojos…y no pasó nada. Abrió los ojos y se encontró con que Barbas estaba congelado frente a él, como una estatua. Nick giró la cabeza y vio que su padre también estaba congelado. Los demás no.
- Cierto, Christopher ahora no tiene poderes. Debí suponer que también se congelaría. – dijo la voz de Piper, y Nick se dio la vuelta para ver a su abuelo y a su abuela. Por instinto, corrió a los brazos del primero, deseando saber si él sabía todo lo que estaba pasando. Era un Anciano, así que era probable que sí.
- Abuelo, Peter es un luz blanca, es un luz blanca, ha elegido mal…
- ¿Mal por qué, cariño?
- ¡Él tenía que ser un demonio! Tenía que crear una nueva raza…tenía… Barbas dijo… Los Ancianos querían que fuera un demonio.
- Los Ancianos han hecho muchas cosas a mis espaldas – replicó Leo. – Han planificado la vida de mi hijo, y de mis nietos. Personalmente, me alegro de que Peter haya decidido llevarles la contraria.
- Pero ahora…¿quién creará nuevos demonios? ¿Quién terminará el plan? ¿Quién será el rey del inframundo?
- Un mundo sin demonios suena bien para mí.
Nick sintió que no le entendían. Él mismo no lo había entendido nunca, hasta ese momento. Era como una intuición. La certeza de que aquello no estaba bien. De que los demonios eran necesarios. Miró al Chris, al Nick, y al Peter del otro mundo, pero ni siquiera ellos parecían comprenderle. Todos parecían felices por la decisión de Peter. Todos salvo él… Entonces a Nick le vinieron a la memoria las palabras de Victoria, días atrás:
"Llegará el momento en que tengas que elegir a Nick o a Peter, y elegirás a Peter. Todo el mundo elegirá a Peter, aunque será Nick el que tenga razón."
Aquello de alguna forma fue la confirmación que Nick necesitaba: él tenía razón. Peter debía ser un demonio. Debía serlo, porque la otra opción era él…Pero Peter llevaba mejor todo aquél asunto demoníaco. Peter era la única persona que no provocaba visiones en Victoria…
"Porque es un demonio" entendió Nick. "Su verdadera esencia es la de demonio, y los demonios no provocan visiones. "
Ser un demonio no tenía por qué ser algo malo. Chris había tenido razón siempre, salvo en una cosa: a veces uno no elige sólo cómo se compota, sino que también puede elegir lo que es.
- Abuelo ¿no lo entiendes? Barbas quiere que yo ocupe su lugar. Quiere que yo sea el demonio. Quiere matarme…Lo he visto en su cabeza. A Peter le hicieron una pregunta…Le dieron a elegir…Pero ¿y si a mí no me dan a elegir? ¿Y si yo muero y ya?
Nick vio cómo el rostro de Leo se ensombrecía.
- Tranquilo. Eso nunca va a pasar – declaró, y sin previo aviso, alzó sus manos y lanzó un rayo potente sobre el cuerpo aún inmóvil de Barbas. El poder más agresivo de los Ancianos. El demonio ni siquiera tuvo ocasión de defenderse puesto que estaba congelado.
- ¡No! – gritó Nick. Sintió que aquello era un error. Que aquello no debía hacerse. Y no se trataba de que le tuviera un gran cariño a Barbas…
….es que en aquél momento Barbas era el último demonio del planeta.
Transcurrido el tiempo necesario, el poder de Piper dejó de hacer efecto y Chris y Barbas se descongelaron. Nicholas escuchó gritar al demonio, que se quemaba lentamente con los rayos que lanzaba Leo.
Nick intentó detener a su abuelo, pero no le escuchaba. Su padre le sujetó.
- Nick, Nick, tranquilo.
- ¡No puede hacerlo, no puede hacerlo!
- Nick, es Barbas. Nosotros hacemos esto, nosotros matamos demonios.
- ¡Él es el último, es el último! – gritaba Nick, desesperado. Chris entendió que su hijo había deducido algo, algo que a él se le escapaba. Hacía tiempo había dicho que confiaba en él, y puso a prueba esa confianza en aquél momento. Puso una mano en el hombro de su padre, indicándole que se detuviera. Nick le miró lleno de agradecimiento. – Si matas al último demonio, todos moriremos.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque él lo sabe – dijo Nick, señalando a un Barbas moribundo – Es su seguro de vida. Es parte de su plan. Si no hay demonios el equilibrio desaparece. Por eso son necesarios. Por eso Peter es necesario. Por eso Peter debía ser un demonio, para que Barbas no fuera el último. Ahora, si le matamos a él, morimos todos.
Todos parecieron comprender. Pero durante toda aquella escena, parecían haber olvidado a un elemento importante. Christopher 2 había visto como esa sabandija intentaba matar a su hijo. Había visto como mataba al otro Peter, y aunque todos decían que había vuelto a la vida él aún no le había visto. ¿Y ahora iba a irse de rositas? ¿Cuántas posibilidades más iba a tener de darle a ese capullo su merecido?
Ese hombre había secuestrado a sus hijos. Ese hombre le había tratado como una marioneta. Ese hombre había intentado matar a aquellos que le importaban. Ese hombre le impedía volver a casa. Ese hombre no era tal cosa, sino un demonio… un sucio demonio sin alma que debía estar muerto. Se abalanzó sobre él dispuesto a redecorar su cara, ahora que no podía defenderse.
Christopher vio a su alter ego fuera de control, y se apresuró a intentar separarle…
- Tranquilo. Le necesitamos vivo. Chris, le necesitamos vivo.
- Él no dudaría en matar a tu hijo. Ya lo ha hecho una vez. Y pretende matar al otro.
- No lo permitiremos, pero él no debe morir.
- Apártate, Christopher – ordenó Chris 2. Le resultaba extraño hablar consigo mismo. Sacó una de las pociones que habían hecho, que servían para matar a algo más que a un demonio así que con Barbas tenían que dar un buen resultado.
- No puedo hacer eso – replicó Chris 1. Se puso entre él y Barbas….Y entonces, la poción impactó sobre él. Chris soltó un alarido, porque sintió que se quemaba. Perdió el equilibrio, y se cayó por el borde del puente. Intentó agarrarse a algo, y se aferró a una tela. Se aferró a la ropa de Barbas, y cayeron los dos. Sólo que ésta vez los Barbas estaba demasiado débil por la electrocución como para desaparecerse, y Chris no tenía poder alguno para intentar orbitar.
Supieron el momento exacto en el que Barbas murió, porque la Tierra empezó a temblar, llorando a su último demonio.
Chris también había muerto.
Todo lo que Nick podía pensar, mientras los demás gritaban y se movían a su alrededor, era que Victoria no había fallado ni una sola de sus predicciones.
"He visto cómo te matas a ti mismo"
Había sido el otro Christopher el que había lanzado la poción, aunque su intención no había sido dar a su padre con ella. Pero técnicamente, se había matado a sí mismo.
"Lo que intento decirte es que estoy viendo el fin del mundo. Y tú lo provocas"
Al matar a Barbas, irónicamente, habían desatado el infierno.
Nick vivió los siguientes momentos como quien mira una película. No pareció capaz de asimilar su nueva realidad. No asimilaba el hecho de que volvía a ser huérfano.
…Y de pronto lo asimiló.
Quién le iba a decir a él que iba a llegar a querer tanto a un tipo maniático, controlador, sargento, pesado, cursi, sensiblero, y con una odiosa manía de hacerle ver sus errores mediante un desafortunado dolor en el trasero. Nick jamás habría imaginado que semejante troglodita se iba a convertir en tan sólo ocho meses en su razón para existir. Pero en aquél momento, cuando entendió que su padre había muerto, supo que con quererle se quedaba corto. Algo dentro de él se rompió, y soltó un grito. Sin embargo, se sorprendió mucho cuando tal grito no se escuchó. Fue sólo en su mente…pero acababa de proyectarlo con mucha fuerza. Todos los presentes se llevaron las manos a la cabeza, pensando que iban a quedarse sordos cuando en su cabeza resonó el quejido agónico de Nick.
Y aquél puente empezó a llenarse de gente, alarmada por ese grito de auxilio, de angustia, de no se sabe bien qué…. Ante él acudió toda su familia, incluyendo un hombre al que Nick no conocía. Por cómo se aferraba a su tía Melinda, dedujo que era su esposo, su tío, al que nunca habían llegado a presentarle. En ese omento lo cierto es que no le importaba lo más mínimo.
Igual que unos vinieron, otros se fueron. Christopher 2, Peter 2, y Nicholas 2 desaparecieron.
- ¿Qué pasó con ellos? – preguntó Piper.
- Supongo que al morir Barbas el hechizo que les retenía aquí se fue también. Imagino que han regresado a su mundo.
- Por mí como si se han muerto – escupió Nick. Por culpa de ellos su padre había… había…- ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? – gritó Nick, encarándose con Leo, lleno de rabia. Con alguien tenía que pagarlo, y Leo y Wyatt era con quienes más confianza tenía, así que dirigió su ira y su dolor contra ellos. - ¡Era tu hijo! ¡Era tu hermano!
- Nick, cariño… - empezó Piper.
- ¡No me llames cariño! ¿Qué clase de madre eres tú? ¡Vuestro hijo ha muerto! ¡HA MUERTO!
- Nick, cálmate, te vas a caer – dijo Wyatt, asustado, viendo que no medía del todo dónde ponía los pies, y aquello no dejaba de ser lo alto de un puente.
- ¡NO ME DIGAS QUE ME CALME, MALDITO CABRÓN! ¡Todo ese rollo de la familia feliz! ¡Me lo había tragado! Puedo entender que Peter y yo no os importemos un pimiento, pero él es vuestro hijo.
- Nick, o te calmas tú o te calmo yo – dijo Wyatt, sonando mucho más serio de pronto. Entonces Nick, ciego de ira y de dolor, intentó meterle un puñetazo. Wyatt frenó su mano sin muchas dificultades, le sostuvo porque se iba a caer, y le atrajo hacia sí en un abrazo. Dejó que se desahogara llorando sobre su camiseta.
- Se ha muerto…tío…se ha muerto.
- Sssh, Nick, tranquilo. Las cosas no son siempre como creemos. Ahora vamos a bajar de aquí ¿de acuerdo? Está empezando un terremoto, y lo alto de un puente no es el lugar más seguro para estar cuando el suelo tiembla.
- ¡Yo no voy a ningún lado! – gritó Nick, rabioso de nuevo. - ¿Cómo puedes estar tan tranquilo?
- Deja de repetir eso, y tal vez pueda explicártelo.
- ¡No quiero que me expliques nada! ¡Suéltame! – dijo Nick, y le empujó. Wyatt perdió el equilibrio, y como vio que se iba a caer, orbitó.
- ¿Estás loco? ¡Casi me tiras!
Nick le miró con horror. Acababa de perder a su padre. Lo último que quería era perder también a su tío. Sin embargo, seguía enfadado con él, porque sentía que era el único que estaba sufriendo con la muerte de su padre.
- ¡Lástima no haberlo hecho! – le espetó.
Wyatt rodó los ojos.
- Volvemos enseguida – dijo entre dientes, y agarró a Nick de un brazo. Antes de que Nick pudiera hacer nada, orbitó con él y aparecieron en casa de Wyatt. Nick reconoció el salón.
- Déjame. Suéltame. ¿Por qué me has traído aquí?
- Las barras inseguras de un puente altísimo no me parece el mejor lugar para la conversación que planeo tener contigo. Además, imaginé que desearías algo de privacidad.
A Nick no le cupo duda de la conversación que Wyatt quería tener con él.
- ¡Ni se te ocurra!
- Escucha Nick: mi hija está en una especie de coma inducido por la magia del cual no sé cuándo va a despertar. El mundo ha empezado a destruirse, y el primer paso son los terremotos. Uno de mis sobrinos ha muerto y nada más volver a la vida se está metiendo en problemas. Ahora mismo no tengo paciencia para aguantar tus estupideces.
- ¡Te olvidas de que tu hermano se ha muerto!
- ¡NO, NO ME OLVIDO DE ESO! Pero tú sí pareces haberte olvidado de que soy tu tío. – dijo Wyatt, y con un movimiento muy rápido hizo que Nick se tumbara sobre él.
PLAS PLAS PLAS
- Y de que no puedes empujarme cuando estamos en lo alto de un puente.
PLAS PLAS PLAS
- Ni cuando estamos en lo alto de un puente, ni nunca.
PLAS PLAS PLAS
- Y tampoco puedes darme un puñetazo.
PLAS PLAS PLAS
Wyatt quería dejar caro su punto en poco tiempo, y por eso aquellas palmadas fueron bastante fuertes, y en el mismo sitio todas ellas, por lo que a Nick le dolieron más de lo que se supone que doce palmadas tienen que doler.
- ¿Ha sido suficiente o necesitas una conversación más larga?
- Suficiente – lloriqueó Nick.
- Bien – gruñó Wyatt, y le incorporó – Yo no quería castigarte ahora. Entiendo que estás asustado y muy confundido. Pero te equivocaste de enemigo, chico. Ahora ven conmigo – añadió, con mucha sequedad.
Nick se pasó la mana por la cara.
- ¿Me…snif…me vas a pegar más?
- ¿Qué? ¡No! Voy a enseñarte por qué ni mi padre ni yo tememos por la vida de mi hermano.
Wyatt empezó a andar, pero se fijó en que Nick no le seguía. Le miraba con los ojos acuosos y carita de perrito abandonado. Se compadeció de él. Pobre chico. Las últimas horas tenían que haber sido una locura. Algún día le ajustaría las cuentas a Chris por no haberle avisado cuando subió a lo alto de aquél puente.
Se permitió ser más amable con su sobrino, que al fin y al cabo sólo era una víctima en todo aquello. Se acercó a él, y le besó en la frente.
- Vamos – animó. – De verdad quieres ver esto.
Medio le arrastró escaleras arriba. Pasaron por una habitación con la puerta abierta. Wyatt se detuvo ahí un milisegundo, y Nick reparó en su expresión angustiada. Dentro estaba Linda, sentada junto a una Victoria que yacía en la cama, aparentemente durmiendo. Pero Wyatt siguió avanzando y llegaron a otra habitación con la puerta cerrada. La abrió, y allí, tumbado en la cama, estaba Christopher.
- Ese chico le trajo aquí. Dijo que le curáramos, y que ya lo entenderíamos. Traía quemaduras muy graves, por una poción muy peligrosa. Mi padre se las curó. Ahora está descansando.
Nick escuchó esto con un lado de su cerebro. Con el otro, asimiló el hecho de que su padre estaba bien. Corrió hacia él, sin saber qué hacer. Al final, se limitó a observarle mientras "dormía", sintiendo que su vida tenía sentido de nuevo.
 


El señor Wright lo tenía claro: le daba igual cualquier plan futuro. Le daba igual el equilibrio universal, y la regla del cambio temporal. Se la sudaba todo. Él no iba a dejar que Peter se fuera con Derek. El chico acababa de cumplir trece años. Verle crecer estando tan lejos y tan cerca a la vez estaba siendo una experiencia angustiosa. Se suponía que los Ancianos habían hecho algo con su mente para que no fuera tan duro y aun así era casi insoportable.
Involuntariamente, se permitía un poco más de cercanía con Peter de la que se permitía con Nick. En parte porque con Nick era más difícil: había sido su mejor amigo y en parte porque se sentía culpable por lo que sabía que Peter iba a tener que sufrir. Ya se había quedado de brazos cruzados ante varios intentos fallidos de adopción….Intentos que él sabía de antemano que no iban a funcionar. Pero con Derek, simplemente no podía hacerlo.
Fue su sentimiento de culpabilidad para con Peter lo que le llevó ese día a recorrerse las calles de la ciudad buscando comprar algo: una guitarra. Una guitarra acústica para que Peter dejara de tocar una de prestado. Una guitarra que el chico pudiera llamar "suya". Esos días Paul estaba de vacaciones, y había un sustituto en el orfanato. Él no quería, pero era parte de su tapadera. Se suponía que, después de todo, no era más que un funcionario cumpliendo con su trabajo. No podía pasarse la vida entera en aquél lugar, aunque quisiera hacerlo. Pero al día siguiente se reincorporaba, y pensaba hacerlo con una sorpresa. Una sorpresa anónima: un regalo sin remitente pero que haría que el chico fuera feliz por un momento.
Qué diferente fue todo, sin embargo. Al día siguiente se encontró con que el centro estaba revolucionado. La noticia volaba: alguien había iniciado los trámites de adopción con Peter. Paul se dirigió a su despacho inmediatamente, a enfrentarse con su suplente. Ante él había un tipo de pelo blanco y ojos claros, que le miraba de forma socarrona.
- ¿Eres uno de Ellos? – preguntó Paul, sin rodeos.
- ¿Un anciano? Por favor, me ofendes. Somos sólo… socios momentáneos. Mi nombre es Barbas.
- Me da igual quién seas. Me encargué de que Peter no fuera adoptado. Lo hice.
- Pero da la casualidad de que el destino quería que lo fuera.
Paul se apoyó violentamente sobre el escritorio, dando un golpe enfrentándose con aquél sujeto.
- ¿Sabes lo que has hecho? ¿Sabes lo que le hará ese tipo?
- Mejor que tú, creo. – respondió Barbas, y sonrió.
- ¡Eres un monstruo!
- En realidad, soy un demonio, pero te quedaste bastante cerca.
- ¿Qué?
- Un demonio, chico. Vamos, no soy el primero que ves. Ahora, si volvemos al tema del muchacho…Si te das prisa igual llegas a despedirte – comentó Barbas, mirando su reloj en actitud arrogante.
- ¿Qué clase de escoria eres tú? – preguntó Paul, entendiendo más que nunca a su padre, y su aversión por esas criaturas.
- La escoria qué recuerda cuál es su papel, y no lo olvida a la primera de cabio por la sonrisita de un niño. Eres un blando, y estás descuidando tu papel. Era necesario intervenir, o jamás hubieras dejado que Peter se fuera con Derek.
- ¡Claro que no! – bufó Paul, y salió corriendo. Sin embargo, mientras atravesaba los pasillos, se daba cuenta de que llegaba tarde. De que por más que corriera, sólo podría llegar a despedirse. Durante los próximos meses Peter iba a vivir un infierno, y él no podría hacer nada más que cruzarse de brazos.
"Perdóname, Ariel"
 


N.A.: Lo que le hace el Anciano a Paul es lo mismo que Leo le hace a Piper una vez en la serie: quitarle el dolor. Quitarle parte de sus emociones. Sigue siendo el mismo, conserva sus recuerdos y sus intenciones, pero es menos intenso… menos humano, de alguna manera. Él sabe lo que le han hecho, igual que Piper lo sabía. 

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