lunes, 6 de abril de 2015

Chapter 3: Sí, quiero



 


Chapter 3: Sí, quiero
 


Después de su "charla" con Nick, todo fue más fácil, y a la vez más complicado. Peter y Nick querían hablar a solas, pero no podían mientras Chris y Leo siguieran allí. Por otra parte, el ambiente, aunque agradable, era algo tenso. ¿Cómo actúas delante de quienes van a ser tu familia, pero al mismo tiempo son casi desconocidos? Sin embargo, la llegada del señor Wright, furioso, acabó con el dilema. Le estuvo gritando a Nick durante al menos treinta minutos, y Chris no podía evitar sentirse culpable: al fin y al cabo, el chico había estado con él cuando se escapó.
Despedirse fue más difícil de lo que hubiera cabido esperar. Chris casi se había olvidado de que aquello era sólo una visita, y de que los chicos irían a su casa en una semana. Sintió el impulso de llevárselos con él, pero las cosas no se hacían así. Antes, según le dijeron, los chicos se entrevistarían con un agente social, que les visitaría también cuando ya estuvieran viviendo con Chris para ver que todo marchaba bien.
Cuando se quedaron a solas, Nick le contó a Peter lo que había pasado, y por qué había pasado de querer alejar a Chris a desear fervientemente que no se alejara. Peter se calló lo que pensaba, como solía hacer, pero se alegró por su hermano. Realmente le extrañaba que su hermano el independiente, el duro, el fuerte, el orgulloso, se hubiera dejado dar unos azotes como un niño pequeño. Si no lo hubiera oído él mismo cuando iba a entrar a la habitación que ambos compartían, no se lo hubiera creído cuando su hermano se lo contó. Pero algo tendría que haber hecho aquél hombre, algo tendría que haber dicho, para llegar al corazón de su hermano, enterrado bajo capas de miedo y rencor.
Dos días después de la visita de Christopher y Leo, llegó el momento de la entrevista. Peter y Nick eran ya casi unos expertos con los de asuntos sociales. Sabían que por lo general era gente buena, las mujeres cariñosas y los hombres serios. En aquella ocasión fue una mujer, y les entrevistó por separado. Nick ya la conocía: era la señora Milles, que había llevado su último intento de adopción, que duró el récord de un día. La mujer estaba casi predispuesta contra él, ya que conocía algunas de sus peores facetas. Aun así, hizo bien su trabajo. Tras algunas preguntas, sugerencias, puestas al día y demás, la mujer le preguntó:
- Bien Nicholas. Ya no tiene sentido hablarte como un niño. Sabes que eres menor de edad, y que si no estás a cargo del centro, tienes que estar con una familia. ¿Te gusta la idea de vivir con el señor Haliwell?
Nick, pese a haber moderado un poco sus modales habituales, no había estado muy correcto durante toda la entrevista. Aun así, se tomó en serio la pregunta, y la meditó.
- Si digo que no, ¿me obligará a irme con él de todos modos?
- Yo no diría "obligar", pero si el centro le considera un padre apto, sí, tendrás que irte con él. ¿Es que no quieres?
Nick sabía que tendría que irse a dónde le dijeran, salvo que consiguiera convencer a "los que mandaban" de que Chris no era un buen tipo. Era una táctica que nunca le había funcionado, porque achacaban todo lo que decía (o inventaba) sobre los candidatos a padres a su deseo de permanecer con su hermano. Pero como esa vez iban a adoptarles a los dos, y ya tenía 16 años, tal vez lo que él dijera importara de verdad. Si echaba pestes sobre Chris no le obligarían a ir con él, y ni siquiera tendría que inventarse nada: bastaría con exagerar lo que había sucedido durante su visita. Podría decir que le maltrató, y que tenía miedo de que fuera alguien como los que habían maltratado a Peter. Nick supo en ese momento que podía hacerlo, pero no quiso. En primer lugar, creía firmemente que Christopher era una buena persona. En segundo lugar, sabía diferenciar un castigo de un maltrato. Y en tercer lugar, Christopher le había hecho pensar que tal vez en el mundo quedara una oportunidad para él. Y, si la dejaba pasar por miedo a que saliera mal, ¿quién sabe si vendría otra? Nick se había hecho a la idea de estar sólo, de valerse por sí mismo. Le daba miedo todo lo que implicaba depender de otra persona, y a la vez, lo deseaba. Lo necesitaba.
- Sí quiero. – respondió. – Quiero vivir con Christopher Haliwell.
 


Casi al mismo tiempo que Nick respondía a algunas preguntas en aquél despacho, Christopher mantenía una conversación igual de seria con su hermano Wyatt.
- Hoy es el día en el que les entrevistan – le dijo, visiblemente inquieto.
- ¿Qué te preocupa? A ti ya te hicieron algunas preguntas, y te consideraron apto. Te has pasado dos meses demostrando que eres un buen candidato para adoptar, y el último mes lo has estado preparando todo para cambiar un bebé por dos gemelos.
- ¿Sabes? Dicho así, suena hasta algo malo. No he cambiado a nadie por nadie. Aun no había adoptado a ningún bebé. – dijo Chris, frunciendo el ceño.
- Bueno, vale, lo que sea. A esa gente les encantas. ¿Qué es lo que te inquieta? ¿Crees que ellos no quieran venir contigo o…?
Christopher guardó silencio un momento. Tenía un refresco en la mano, pero apenas lo había tocado. Jugueteó con la anilla de la lata. En realidad, había muchas, muchas cosas que le preocupaban. Como el asunto de la magia, y cómo iba a decírselo a sus nuevos hijos. O el hecho de no saber qué hacer con dos adolescentes. Pero eso podía esperar, porque en ese momento había una cosa resaltando por encima de lo demás.
- Yo…le pegué – confesó Chris, para el cuello de su camisa.
- ¿Qué? – preguntó Wyatt, que no estaba seguro de haberle oído bien, con esa vocecita débil que le había salido.
- Que le pegué. A Nick. Le di unos azotes.
- ¿Se lo merecía? – inquirió Wyatt, tras guardar silencio unos momentos.
- Sí – dijo Chris, firmemente – Sí, claro que sí. ¿Por quién me has tomado?
- Vale, vale, no te piques. Bueno, pues entonces, te vuelvo a preguntar, ¿qué te preocupa? Serás su padre ¿no? ¿Acaso porque sean adoptados vas a dejar de castigarles, dejando que hagan lo que quieran? No es el fin del mundo. Se portó mal. Le castigaste. Creo que es un sistema que entiende cualquiera, incluso tu hijo pequeño.
- Pero…¿y si él no lo ve así? ¿Y si le dice al de asuntos sociales que no se quiere venir conmigo? ¿Y si me odia?
- ¿Te odiaba cuando te fuiste? – le preguntó Wyatt. Chris les había contado muchas cosas sobre los gemelos: las aficiones de cada uno, que eran algo así como unos genios…Hablaba de ellos con orgullo, y con cariño, y hasta ese momento no había mostrado ninguna preocupación más allá de "¿Qué comida les gusta? Tendría que haberles preguntado". Wyatt no pensaba que la cosa hubiera salido mal.
- No – respondió Chris con una sonrisa. – De hecho estaba hasta simpático. Fue un cambio radical, te lo juro hermano. Me hizo sentir como que ya era…como que ya soy su padre.
- Pues ahí lo tienes.
Christopher sonrió, y le dio un sorbo a la coca-cola. Si, Wyatt tenía razón. Las cosas con Nick habían quedado perfectamente.
- ¿Qué hay del otro? ¿De Peter? – preguntó entonces Wyatt - ¿Te preocupa lo que él pueda decir en la entrevista?
- No. Creo que conectamos enseguida. Es un chico muy razonable, muy prudente y conciliador. Y se encariñó con Leo. – dijo Chris, sonriendo al recordar lo mucho que había costado sacar a Leo del orfanato, porque quería jugar un rato más con Peter. – No, lo que diga Peter no me preocupa.
Christopher no podía imaginarse lo equivocado que estaba al pensar así.
 


Cuando Nick acabó con la asistente social, fue el turno de Peter. El chico se mostró amable desde el primer momento, pero la señora Milles se dio cuenta de que, en realidad, no daba ninguna información relevante. Parecía hablar de muchas cosas, pero no decía nada demasiado personal. Sobretodo evitaba escrupulosamente el tema de su última adopción, pero nadie podía culparle de eso. Cuando le notó un poco más relajado, la asistente pasó a preguntarle sobre lo que les había reunido:
- ¿Qué opinas del señor Haliwell, Peter?
- Parece un buen hombre. Es bastante joven, en realidad, así que eso hace que sea más fácil entendernos.
- Sí, te saca sólo dieciséis años. ¿Crees que eso es un problema?
- No. Bueno, no lo sé. No tiene por qué serlo ¿verdad?
- No, claro que no. Entonces, ¿quieres vivir con él?
Peter guardó silencio. Pensó en Christopher, y en su reciente encuentro. Le vio mirar a Nick, buscar la mirada de Nick, perseguir a Nick, hablar en privado (y por lo visto castigar) a Nick, Nick, Nick, Nick, Nick. En cambio, el único momento en el que había mostrado interés por él había sido con el asunto del asma. "Se preocupa por mí, pero el que ocupa su mente es Nick" pensó. Siempre ocurría así, en realidad. También en el centro: Nick era el problemático, el conflictivo, y cuando no destacaba por eso lo hacía por sus notas, brillantes se miraran por donde se miraran. Él, en cambio, era el chico normal, ensimismado y de notas mediocres, que no destacaba ni buscaba destacar, al menos con su actitud. Lo que había hecho que Christopher se fijara en ellos había sido su cruce con Nick cuando este intentó escapar. Nick.
Nick, que necesitaba un padre.
Nick, que de pronto gritaba y de pronto sonreía.
Nick, que había echado por tierra su primera oportunidad de ser adoptado por él.
Nick, que no era en sí mismo un problema, sino que el problema lo tenía con los demás.
Él en cambio no era nada. ¿Qué era? ¿Para qué servía? ¿Quién se iba a fijar en él? Chris nunca le hubiera adoptado si no fuera "en el pack de Nick". Y eso era hasta bueno: significaba sólo indiferencia. En cambio, otros le consideraban tan horrible, tan roto, tan poco valioso, tan mal hijo, que….que…. Peter no podía ponerle un nombre a lo que le habían hecho sus últimos padres. Pero si se lo habían hecho a él, y no a Nick, que era el que gritaba y rompía cosas, es porque tendría que ser un ser realmente horrible. Él no quería que Christopher le adoptara y luego se diera cuenta de que no valía ni un céntimo. Estaba seguro de que Chris nunca se desquitaría con él hasta enviarlo al hospital, pero tal vez fuera peor. Tal vez lo devolviera, o se quedara con él por lástima. La lástima era el sentimiento que solía inspirar en la gente. Y él no quería eso. No quería ver como a Nick le querían mientras que él era un lastre. En el orfanato, tenía su sitio. En el orfanato, era normal no tener padre, y sentir que no te quieren. Pero no soportaría sentir eso fuera de allí.
- Peter, ¿quieres vivir con él? - repitió la asistente, sacándole de sus pensamientos.
- No – contestó, y se hizo daño con la palabra, como si fuera veneno. Peter se levantó bruscamente, y se marchó, con lágrimas en los ojos.
 


Ring ring
- ¡Papá, yo lo cojo! – gritó Leo, que estaba en el salón viendo los dibujos. Llegó hasta el teléfono y lo descolgó. - ¿Diga?
- Eh. Hola. Quisiera hablar con el señor Haliwell – dijo el señor Wright al otro lado del teléfono.
- Vale – respondió el niño. - ¡Papáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
Chris bajó las escaleras y cogió el teléfono. Levantó una ceja al ver la TV puesta, miró a Leo y le dio una palmada en el culo. El niño se llevó las manos a la espalda, pero en vez de salir corriendo se quedó al lado de su padre con carita triste mientras éste hablaba.
- ¿Diga?
- Buenos días señor Haliwell, soy Emmett Wright.
- Hola, señor Wright, ¿sucede algo?
- Me temo que sí.
Christopher se alarmó.
- ¿Están bien los chicos?
- Sí, perfectamente. Le llamo por el asunto del asistente social. Recordará que hoy tenían una entrevista.
- Sí, claro. ¿Qué ha pasado?
- Uno de los chicos se ha marchado a la mitad, después de decir que no quería irse con usted. Lleva toda la mañana encerrado en su habitación. No sabemos lo que ha pasado…
- Pensé…que Nick querría venirse conmigo – dijo Christopher, totalmente conmocionado.
- Con Nick no ha habido ningún problema, señor Haliwell. Ha sido Peter.
Chris no podía creérselo. ¿Peter? ¿Por qué no iba Peter a querer ir con él? Chris pensó en el simpático muchacho. No había habido un solo momento en el que el chico mostrara alguna clase de desagrado o descontento hacia él. ¿Acaso se había equivocado? ¿Había percibido las cosas como no eran?
- No se preocupe, señor Haliwell. El proceso sigue adelante, pero pensamos que debía saberlo. Realmente no queremos forzar a los chicos, entiéndanos. Quizá lo mejor sea que venga usted en persona ésta tarde, para ver si podemos solucionarlo. Seguramente serán cosas de chicos…
- Estaré allí a las cuatro – consiguió decir Chris, y se despidió. Colgó el teléfono y se quedó quieto como una estatua, blanco como la tiza. Finalmente, Leo tiró tímidamente de su manga, preocupado por la cara de su papá. Chris le acarició el pelo inconscientemente, aun pensando en lo que le habían dicho.
- Papi – por fin, la voz de su hijo devolvió a Chris al presente.
- Tengo que ir esta tarde a ver al señor Wright – le dijo a su hijo. – Anda, apaga la tele. Sabes que no puedes encenderla hasta que no recojas los juguetes. Además, vamos a comer.
- Sí – respondió su hijo, con voz apagada, y fue a cumplir la orden.
- Si me vuelves a desobedecer te daré más que una palmada, ¿entendido?
- Sí – respondió Leo de nuevo.
Chris intentó mostrarse animado con su hijo. No quería contarle que Peter no quería ir con ellos: el niño se llevaría una desilusión. Adoraba al muchacho. Después de comer llevó a Leo a casa de Melinda. Su hermana pequeña vivía fuera de la ciudad, pero una de las ventajas de poder orbitar es que no importan las distancias. Cuando se despidió de ella y mientras se dirigía al orfanato, recordó aquél futuro alternativo en el que Melinda era la única hija de Piper, y Wyatt y él no existían. Tenía que fiarse en ese punto de las palabras de sus padres, porque él no lo había vivido.
Cuando llegó al centro, todos los saludos y preliminares fueron para él un estorbo. Cuando tuvo frente a él al señor Wright, tuvo que preguntar:
- ¿Ha dicho Peter por qué lo ha hecho?
- No ha salido de su habitación. Ni siquiera deja entrar a su hermano. ¿Se le ocurre algún motivo por el que …?
- Ninguno – interrumpió Chris. – Pero me gustaría averiguarlo.
- Señor Haliwell, quiero aclararle que, si fueran más pequeños, éste incidente no hubiera tenido ninguna importancia. Pero ya van teniendo edad para tomar sus propias decisiones y, por el cariño que les tengo, no voy a forzarles a abandonar éste sitio si creo que tiene motivos para no querer hacerlo.
A Christopher le sorprendió oírle hablar así, pero le agradó que al director le preocupara el bienestar de los chicos. Entendía que le dijera aquello, aunque le molestara: tan sólo estaba defendiendo a los muchachos.
- Lo comprendo, señor Wright. ¿Podría hablar con él unos minutos?
- Bueno, puede intentarlo – respondió el director, tras meditarlo.
Se encaminaron hacia la habitación que compartían los gemelos. En la puerta estaba Nick, sentado con la espalda apoyada en la madera. Se levantó al verles y Chris puso una mano en su hombro, a modo de saludo.
- Hola, Chris. – dijo el chico. – Lleva horas ahí dentro…ya sabes, llorando. Mi hermano nunca llora. Es...la primera vez que llora así, desde que éramos pequeños. Yo….
Chris se dio cuenta de que Nick se sentía preocupado, impotente y algo asustado. Debía de ser cierto eso de que el chico no lloraba a menudo. Como no sabía qué decir para tranquilizarle, Chris le abrazó. Fue un abrazo rápido, lo hizo sin pensar, pero no esperaba que Nick se apartara. Hacía sólo dos días habían estado abrazados durante cerca de media hora. El rechazo le dolió, pero pensó que no era el momento de ocuparse de eso. Ya habría tiempo. Tocó la puerta del cuarto de los gemelos y le llegó una respuesta ahogada. Por el tono quejumbroso, se hacía evidente que Peter seguía llorando.
- Nick, te he dicho que te vayas.
- No soy Nick. Soy Christopher. ¿Me dejas pasar?
Chris estaba seguro de que le diría que no, pero tenía que preguntar. Se sorprendió mucho cuando, tras varios segundos, le llegó la respuesta.
- Vale.
Se oyeron unos pasos que venían del otro lado, y el "click" del cerrojo que se descorría. Chris decidió que no pondría pestillo en sus habitaciones de casa. La puerta se abrió justo después, pero Peter se limitó a darse la vuelta y volver a la cama, donde se tumbó boca abajo en la misma posición que había tenido aquellas últimas horas.
- Cierra la puerta – le dijo a Chris, cuando pasó. Christopher le dedicó una mirada al señor Wright y otra a Nick, se encogió de hombros, y cerró.
Peter había escondido la cabeza tras los brazos, y seguía llorando. Chris cogió una silla y se sentó a su lado. Lentamente, estiró su mano y comenzó a acariciarle la espalda, como esperando a que el chico se apartara igual que había hecho su hermano. Pero Peter se dejó acariciar. Cuando consideró que el chico estaba dispuesto a escucharle, Chris le preguntó:
- ¿Qué te pasa?
Peter se limitó a negar con la cabeza y continuó llorando. A Chris le conmovía mucho, parecía muy vulnerable.
- ¿Es que he hecho algo que te moleste?
Peter volvió a negar con la cabeza. Esta vez Chris lo interpretó como una negación. Peter intentó decir algo, pero su respiración agitada por los sollozos se lo impedía. Chris vio que hacía un esfuerzo por calmarse, y esperó. Nunca había sido muy paciente, pero logró aguantar hasta que el chico dijo:
- Tú no has hecho nada.
- Entonces, ¿cuál es el problema?
Peter le miró con sus ojos acuosos. Aquellos ojos claros que en su hermano podían expresar frialdad, eran puro sentimiento en ese momento. El chico se debatía interiormente. Había algo que quería hacer. Algo que necesitaba hacer, y que podía ser la respuesta que necesitaba. Armándose de valor, Peter se incorporó y se abrazó a Chris. Si Chris se hubiera apartado de él en aquél momento, Peter hubiera visto confirmadas sus inseguridades. Pero el hombre le devolvió el abrazo, sorprendido pero seguro de que era lo que debía hacer.
Al cabo de un rato, quizás un par de minutos, Peter se calmó. Dejó de llorar y se separó de él. Con cierta elegancia, se limpió las lágrimas. Sus gestos parecían decir "ya está, ya no hay más líquido que echar, me he quedado vacío". Tras esperar unos segundos, y ver que no iba a comenzar a llorar de nuevo, Chris preguntó, con voz dulce, con el mismo tono con el que hablaba a su hijo más pequeño:
- ¿Me cuentas qué ha pasado?
Peter lo intentó. Le regaló un viaje al interior de su cabeza, pero con acceso limitado. Había puertas que cerraba conforme Christopher pedía paso. Pese a sus reservas, Peter se expresaba muy bien, parecía tener un don para la palabra y usaba un lenguaje muy emotivo, así que Christopher pudo hacerse una idea de cuáles eran más o menos los pensamientos del chico, al menos, los que le habían llevado a decir que no a la asistente.
- Sé que ahora dirás que no – decía Peter – y puede que seas sincero. Puede que ahora sientas que de verdad quieres tenerme contigo, que estés seguro de que es lo mejor. Pero te cansarás de mí. Lo harás. Cuando te des cuenta de cómo soy, cuando haga algo que te haga ver que no merezco la pena. Por eso he dicho que no. Me he adelantado, porque no podría soportar llegar a creer que somos una familia y que luego no seamos nada.
Después de escucharle durante más de cinco minutos, Christopher puso sus manos a ambos lados de la cara de Peter y le miró fijamente. Sabía que no bastaría con negar todo lo que había dicho. Que no era cuestión de decir "estoy seguro de que te quiero a mi lado", porque el chico no estaba dudando eso. Estaba dudando el merecérselo. Estaba dudando que fuera para siempre. Y eso era algo que no estaba en manos de Christopher, porque requería fe. Peter tenía que confiar en él, y tener fe en que nunca, jamás, cambiaría de idea. Necesitaba tener fe en que los ojos de Chris veía la imagen correcta: que Peter no era un monstruo y que no se merecía nada malo. Entendió que al chico todo esto le venía de lo que aquellos desalmados le habían hecho. Dentro suyo se pensaba que, como le habían tratado como una mierda, entonces debía ser que lo era.
Contra eso, lo único que podía hacer, era ser sincero. Sin dejar de mirarle a los ojos, Chris respondió:
- Peter, ¿sabes por qué un padre quiere a su hijo? No es por su personalidad, ni por sus acciones, ni por sus sentimientos. No es por lo que logra o por lo que intenta, por lo que decide o por lo que aprende. Un padre quiere a su hijo por el hecho de que es su hijo. Le quiere sea listo o tonto, feo o guapo, rubio o moreno, estudioso o vago, tímido o abierto. Le quiere sea lo que sea y haga lo que haga. Cuando un bebé nace, un padre no le conoce. Sólo ve una cosita rosada (y manchada de sangre, por cierto) que le va a dejar sin dormir durante los próximos meses. Aun es un libro en blanco. El bebé no ha podido hacer nada, decir nada, pensar nada. Y sin embargo un padre ya le quiere. Eso es lo que yo sentí al veros. Sí, vi primero a tu hermano. Sí, fue él el que me llevó hasta ti. Pero fuiste tú el que me hiciste darme cuenta de que os quería. Puede que no lo entiendas. Mucha gente no lo entenderá. No entenderá que acabemos de conocernos y ya te quiera. Pero es precisamente por eso por lo que eres mi hijo, Peter. Eres mi libro en blanco. Mi bebé, aunque con rizos y metro ochenta. Te quiero por ti mismo. Te quiero por ti mismo y no por tu hermano, igual que le quiero a él de forma independiente. Sois gemelos, lo compartís todo, incluso sois genéticamente iguales. Pero la Naturaleza es sabia, e incluso así, cada uno es único. Te quiero, seas como seas. Por eso siempre te tendré a mi lado, a no ser que seas tú el que no quiera estarlo. Nada puede cambiar eso ¿entiendes? No hay nada que pueda descubrir, nada que puedas hacer, nada que hayas hecho, que me haga quererte menos. No se trata de algo que sienta en éste momento. No se trata de que ahora esté seguro de que es lo mejor. Es que, aunque quisiera hacerlo de otra manera, aunque quisiera alejarte de mí algún día, no podría hacerlo. Porque este es un vínculo eterno, Peter. Un vínculo por el que no importa cómo creas ser, ni lo poco que creas que vales. Pero es que, además, he tenido la oportunidad de conocerte. Te he visto con Leo, te he visto con Nick, te estoy viendo ahora. Y no hay en ti una pizca de maldad. Los tuyos son los ojos más transparentes del mundo, Peter, y en ellos sólo veo una cosa: veo a mi hijo.
Sólo cuando terminó de hablar, Chris bajó poco a poco las manos, pero ni siquiera entonces bajó la mirada. Los ojos de Peter le estaban sondeando. Le miraban muy abiertos y fijamente, como si tuviera miedo de parpadear y que Chris desapareciera. Peter absorbió todas y cada una de aquellas palabras, consciente que ninguna otra persona en el mundo se las podría haber dicho. Y no porque Chris fuera bueno, que lo era, sino porque, como él había dicho, era su padre. Y él era su hijo. Sólo su padre podría decir aquellas palabras. Peter no conocía a su padre biológico, porque según le habían dicho, ni su madre, de quien no se acordaba, sabía quién era. Pero sabía que ni siquiera aquél hombre podría haber dicho esas palabras, porque si ese hombre le miraba a los ojos sólo vería un extraño. Quizá le cayera bien, o le cayera mal, pero sólo vería un extraño. Cuando Christopher le había mirado, había visto a su hijo. Y, cuando Peter le había mirado, había visto a su padre. Por eso le dejó entrar en su cuarto, porque necesitaba estar seguro de que lo que había creído ver era cierto. Con las emotivas palabras de Christopher, no podía hacer otra cosa que creerlas.
Le hubiera gustado responder algo igual de emotivo. Algo que le llegara a alma igual que lo que había dicho Christopher le había llegado a él. Pero, por una vez, le faltaban las palabras. Por una vez creía que tal vez, y sólo tal vez, no fuera un ser tan horrible. No podía serlo, si alguien como Christopher había visto algo bueno en él. Abrió la boca para decir algo, pero sólo pudo decir:
- Gracias.
Se puso de pie, esperó a que Chris hiciera lo mismo, y le dio un abrazo. Después, en silencio, abrió la puerta y vio a su hermano y a un inquieto señor Wright. Nick se alegró de verle, pero hizo una mueva extraña en dirección a Chris.
- Voy al baño – anunció. – Tú, abrázale – le dijo a su hermano.
- ¿Por qué?
- Porque quieres hacerlo. Vas a ir a vivir a su casa, así que es lo mínimo que puedes hacer.
- Entonces, ¿nos vamos con él? – preguntó Nick, con el rostro repentinamente iluminado. Entonces Chris lo entendió: Nick no pensaba ir a ningún lado sin su hermano, y si Peter había dicho que no quería ir con él, Nick tampoco iría. Por eso no le había abrazado y por eso le miraba así, en un intento de no hacer más difícil la idea de no ser adoptado. Y Peter había sabido todo esto con tan sólo una mirada. Christopher no pudo sino sorprenderse del lazo que unía a aquellos dos hermanos.
Tal y como Peter había dicho (bueno, o más bien ordenado), Nick le abrazó. Mientras tanto Peter fue al baño a lavarse la cara, y cuando volvió, nadie diría que había estado llorando toda la mañana.
- Entonces, ¿quieres ir con el señor Halliwell, Peter? – preguntó el señor Wright en cuanto le vio volver, para estar seguro.
- Sí, director. Es lo único que quiero. Lamento las molestias que puedo haberle causado.
Ya volvía a ser el chico correcto, que parecía mayor de lo que era y hablaba…¿cómo lo había expresado Nick? "Como si tuviera un palo ahí abajo". Chris sonrió, pero enseguida fue reclamado por el señor Wright, que empezó a hablarle de papeleo, trámites e incluso se permitió hacer alguna broma sobre adolescentes. Después, el director se marchó a atender algunos asuntos, le dio las gracias por haber solucionado el problema, y le dijo que debía ir despidiéndose de los chicos. Esto último no le gusto nada, pero tuvo que aguantarse. Cuando Chris se giró hacia ellos, Peter reía a carcajadas. Su hermano y él habían estado hablando de algo que había puesto a Peter de buen humor.
- ¿Qué es tan gracioso? – preguntó, contagiado de su alegría. Es cierto que Peter reía más a menudo que Nick, pero no dejaba de ser un sonido estupendo. Además, Chris empezaba a creer que muchas veces no era una risa sincera. Aquella lo fue, sin duda.
El que le respondió fue Nick, con una cara de indignación tan parecida a la que ponía Leo que Chris tuvo que aguantarse la risa.
- No es justo. ¿Por qué él recibe mimos mientras que a mí me diste unos azotes?
A Chris le sorprendió la naturalidad con la que lo dijo. A Leo le costaba mucho decir esa palabra, e incluso Peter pareció incómodo cuando la escuchó. Chris sonrió, y contuvo la tentación de revolverle el pelo. Gracias a esa pregunta se dio cuenta de que los chicos habían tenido el mismo problema: el miedo a que Chris decidiera no adoptarles, o les abandonara. Aunque el problema de Peter escondía algo más serio detrás: unas inseguridades peligrosas que Christopher iba a intentar arreglar, poco a poco.
- Él no se ha escapado, ni me ha insultado, ni ha perdido los papeles.
Nick siguió mirándole con cara indignada, pero con un brillo de humor en los ojos.
- Además, a ti también te mimé.
- ¡Pero eso fue hace dos días! – protestó y Christopher se echó a reír. Puede que después de todo los dos hermanos no fueran tan diferentes en el aspecto psicológico como había creído en un principio. Los dos escondían un lado tierno e infantil bajo capas de grosería y rectitud respectivamente. Además, cuando bromeaban así, se parecían mucho a Leo, reclamando su atención. Se acercó, y le hizo cosquillas.
- ¡No jaja para jaja tengo muchas cosquillas! ¡A Peter! ¡Házselas a Peter!

Dicho y hecho.

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