jueves, 5 de diciembre de 2013

Capítulo 16: Los renglones rectos



Capítulo 16: Los renglones rectos

Me desperté con palpitaciones y un principio de taquicardia. Tenía una sensación muy mala dentro del cuerpo, y supe que era fruto de una pesadilla que era incapaz de recordar. Me alegré de no poder recordarla. Estaba cubierto de sudor frío y tenía unas ganas enormes de abrazarme a cualquier cosa blanda y suave. ¿Qué era aquello? ¿Qué me había generado tanto… miedo?

Me senté sobre la cama, mientras escuchaba cómo los desbocados latidos de mi corazón se iban normalizando un poco. Luego, sacudí la cabeza. Sólo había sido un sueño tonto, y ni siquiera podía recordarlo, así que no valía la pena ni pensar en ello. Ladeé la cabeza y atendí a los escasos ruidos de la silenciosa noche. Alejandro roncaba un poco, pero casi había llegado a echar de menos esos ronquidos. Me puse las zapatillas para ir al baño y así fue cómo escuché que no era el  único que estaba despierto. Sigilosamente, me deslicé por el pasillo y vi luz en el cuarto de Aidan. Fisgué lo suficiente para entender que Hannah y Kurt se habían ido a dormir con él. Espié un poco sin ser visto, y observé cómo se metían en su cama. Sonreí, con algo de secreta envidia porque  ellos lo tuvieran tan fácil para dejar salir su vulnerabilidad. Recordé el susto que nos había dado el enano aquella tarde. Papá se enfadó mucho con él. El peque había llorado mucho, y aunque normalmente yo la habría tomado con Aidan por ser demasiado duro con mi hermanito, simplemente no pude, al ver cómo papá se derrumbaba por todas las emociones que había sentido en tan breve espacio de tiempo. Le entendía perfectamente: si algo le hubiera pasado a Kurt, más de uno en casa hubiera perdido la cabeza. Yo de hecho aún no descartaba que Aidan no la hubiera perdido un poco. Si hubierais visto su cara cuando Barie le dijo lo que supuestamente había hecho Kurt…

Al pensar en esto volví a sentir la sensación agobiante en mi pecho, y deduje que debía de haber soñado con que al enano o a algún otro de mis hermanos les había pasado algo. No, definitivamente era algo que yo no hubiera podido soportar. Tras pensar esto, quise pegarme o algo. Aquella era mi primera noche en casa tras varios días en el hospital y ahí estaba yo, pensando tonterías. Volví a mi cuarto y me metí en la cama. Mientras el sueño me vencía de nuevo, dediqué unos segundos a pensar que era demasiado sensible. Pero uno no puede evitar esas cosas ¿no? Uno no puede evitar tener unos días sensibles cuando le operan, descubre que tiene un hermano perdido, y sufre un amago de infarto nada más volver a su casa porque su hermano pequeño decide que es buena idea jugar al “me he tragado un tornillo”. Me recordé a mí mismo que en realidad no se lo había tragado, y por último sonreí un poco, ya medio dormido, al pensar que el enano había tardado menos de un minuto en desvelar su propia mentira. Era un renacuajo sincero y lleno de inocencia… aunque también, de muchas travesuras.


-         Aidan´s POV –

Kurt estaba tan mimoso que no pude entender por qué no se había venido a mi cama desde el principio. Se pegó a mí como si la cama fuera más pequeña de lo que era, y no quería dejar que Hannah se pusiera al otro lado, como si yo fuera algo que no quisiera compartir.

-         Peque, deja que se tumbe tu hermana. Vamos a dormir los tres juntos ¿mmm?

Mi enano puso cara de no estar conforme, pero no dijo nada.

-         Venga, no te enfades. Papá tiene mimos suficientes para los dos – le dije, y le acaricié bajo la barbilla, lo que siempre le hacía muchas cosquillas. Se rió un poco, pero luego puso un puchero. – A ver. ¿Por qué está triste mi campeón?

Pensé que me saldría con algo así como “porque te enfadaste conmigo” o “porque me has castigado”, pero me sorprendió al darme una respuesta que no me esperaba del todo.

-         Porque he sido malo – me dijo. – He dicho una mentira y ahora nunca más me vas a creer.

Le miré fijamente reflexionando sobre cómo habían sido los demás con seis años. A mí me gustaban los niños pequeños (era la etapa de su crecimiento con la que más disfrutaba) y por eso sabía que uno no puede esperar que un crío de seis años sea empático y reflexivo. Mi niño sí lo era. Él entendía que sus acciones provocaban consecuencias en los demás. Que mentir puede provocar que nadie te crea cuando decides ser sincero. Algo me decía que Kurt siempre iba a ser una persona especial. De esos que mantienen su inocencia incluso ya de adultos.

-         ¿Cuántas mentiras me has dicho, Kurt? – le pregunté, dispuesto a hablar con él de una forma madura y como si estuviera hablando con alguno de sus hermanos mayores.

-         Una – respondió, alicaído.

-         ¿Y cuántas veces me has dicho la verdad? – seguí preguntando.

-         No sé – respondió Kurt, mordiéndose el labio.

-         Muchas, cariño. Muchas. Incluso ésta vez me has dicho la verdad al final, porque a ti no te gusta decir mentiras. Así que claro que te voy a creer, aunque me digas que has visto un perrito volando. Si me mientes, o haces cualquier otra cosa que papá te ha dicho que no puedes hacer,  pasará lo mismo que ha pasado hoy: te castigaré un poquito, y luego te mimaré. ¿Y sabes por qué? – le pregunté, y él negó con la cabeza – Por que te quiero mucho, enano.

Kurt sonrió, poco a poco, y se acurrucó a mi lado restregando su mejilla por mi brazo, como si me considerara algo suave y achuchable. Bueno, era mutuo, así que le devolví el gesto, sin poder evitar pensar que parecíamos más dos cachorros que dos personas.  Luego le hice un cariño a Hannah, para que no tuviera celos, y comprobé que ella ya estaba medio dormida. Bostezó ruidosamente y yo sonreí, mientras me aseguraba de que estaba bien arropada.

-         Papi – me dijo, luchando por estar despierta unos segundos más.

-         Dime.

-         ¿Podemos tener un perrito que vuele? – preguntó. Ensanché mi sonrisa, agaché la cabeza para darle un beso en la frente, y cuando la levanté de nuevo para mirarla ya estaba dormida.

Me apoyé en la almohada pensando en que iba a pasar calor, porque Hannah estaba apoyada en mi costado izquierdo, y Kurt apresó mi brazo derecho como si fuera suyo. Él no se dormía, y pensé que podía ser porque la luz de la mesita estaba encendida, por Hannah y su miedo a la oscuridad. Me incorporé un poco para apagar la lamparita, puesto que ella ya estaba dormida, y entonces escuché un fuerte golpe que venía del piso de abajo. Más que fuerte, fue estridente, como si hubieran chocado dos cosas de metal. Suspiré. ¿Es que no podía terminar ese horrible día con un poco de tranquilidad? Salí de la cama y me puse las zapatillas, para ir a ver qué era lo que había escuchado.

-         Papi, no te vayas – protestó Kurt.

-         Enseguida vuelvo, peque. ¿Quieres que te traiga agua?

Kurt asintió, y yo salí intentando no hacer ruido. Bajé las escaleras y me encontré con Harry en la mesa grande del salón-comedor, rodeado de un montón de herramientas y cachivaches varios. Tenía un martillo y una plancha de metal, lo cual podía explicar el ruido metálico que yo había escuchado. Justamente cuando yo llegué golpeó la plancha con el martillo, provocando un ruido horrible.

-         ¿Estás loco? – dije, y me acerqué a él para quitarle el martillo. - ¿Sabes qué hora es? ¿Qué haces aquí abajo? Tendrías que estar durmiendo.

-         Lo siento – susurró.

-         No has respondido a mi pregunta. ¿Qué estás haciendo?

Harry se mordió el labio, pero creo que entendió que no tenía más remedio que responderme, porque yo no me iba a conformar sin una explicación.

-         ¿Recuerdas lo que… hablamos? Sobre hacer algo que compensara a Zach. – me dijo, y yo asentí, aún sin saber qué tenía que ver aquello con su pequeño taller improvisado – Estaba….mmm…. terminando su proyecto de Tecnología.

-         ¿A estas horas? – bufé, pero no podía estar enfadado. No cuando me miraba de esa forma en la que parecía decir “sólo quiero que me perdone”.  Se le veía tan triste… Suspiré. – Esta no es la manera, Harry. Si es su trabajo tiene que hacerlo él. Y desde luego, las doce de la noche de un lunes no es el mejor momento para ponerse a dar martillazos. Lo único que tendrías que estar haciendo a estas horas es dormir.

Harry respiró hondo y asintió. Empezó a recoger las cosas.

-         Déjalo. Ya lo recojo yo. Tú ve a la cama.

Soltó el martillo y me dio un abrazo de buenas noches, algo más intenso de lo habitual. Mi hombrecito lo estaba pasando mal. En su relación con Zach, Harry solía ser la parte rencorosa, y no al revés. Yo no quería meterme en algo que consideraba que debían arreglar entre ellos, pero odiaba verle sufrir.

-         Te perdonará, Harry. Dale tiempo.

-         ¿Cuánto? – gimoteó. Apreté un poco el abrazo.

-         Sólo un poco más. Se dará cuenta de lo mucho que lo sientes, y de que de verdad estás intentando compensarle, aunque esta no sea la manera.

Suspiró, y asintió, dispuesto a ser paciente. Hizo por separar el abrazo, pero antes le di dos palmadas no muy fuertes, aunque creo que él no estaría de acuerdo con esa valoración de intensidad.

PLAS PLAS

-         ¡Ay! ¿Y eso por qué? – protestó.

-         Porque eso de ahí es una sierra de metal, y es peligrosa, y no puedes manejarla sin supervisión. Y no protestes que las manos me están pidiendo que deje el mensaje más claro y que además te castigue también por estar levantado y haciendo trampas con la tarea del colegio.

Teatralizó lo que en broma bautizábamos como “la mirada de Kurt”, que en realidad era una mirada manipuladora e irresistible de gato con botas. Le sonreí y le di un beso.

-         A la cama, diablillo.

Harry subió las escaleras y yo recogí aquél desastre, intentando no hacer ruido. Después, subí al piso de arriba y comprobé que Harry se había metido en su cama. Aproveché para hacer una revisión por todos los cuartos, no por nada en concreto, sino porque me gustaba verles dormir. Mi cerebro inconscientemente contaba a mis enanitos y se sentía bien cuando todos estaban en casa. Casi me da algo cuando en la habitación de Ted me faltaba uno. ¿Dónde se había metido Cole?

-         Ted´s POV –

Al principio no supe lo que me despertó. Luego me di cuenta de que la luz de mi cuarto estaba encendida, cuando tendría que estar apagada. Vi a Aidan revisando la cama de Cole, como si esperara que el enano apareciera debajo de la almohada. En la litera de arriba no había nadie.

-         ¿Dónde está Cole? – pregunté.

-         Eso quisiera saber yo – dijo papá.

Me senté en la cama y me puse las zapatillas. Fui al baño, a los dos, pero allí no estaba. Cuando volví a mi cuarto Alejandro también se había despertado, y parecía entre confundido y adormilado.

-         Acabo de venir del piso de abajo y ahí no estaba – dijo papá. Había algo en sus ojos que no me gustó. Aparte de miedo y preocupación, vi agotamiento. Aidan llevaba unos días inusualmente difíciles. Nosotros podíamos quejarnos, hartarnos, armarla un poco… pero a él la vida le exigía que siguiera adelante, poniendo buena cara, aguantando cada susto.

Me eché la culpa. Es decir, sabía que no tenía la culpa de todo. No había tenido nada que ver con la gran cagada de Harry, por ejemplo, ni con Alejandro y sus saltos por la ventana. Pero era yo el que causaba problemas con un nuevo hermano, y era a mí a quien habían ingresado, cambiando la rutina de toda mi familia. Era yo el que debía impedir que mis hermanos se metieran en líos, y lo de Kurt demostraba que no lo había hecho. Y era yo el que dormía con Cole, y el que tendría que haber notado que no estaba. Me di cuenta de que cuando me había despertado minutos antes, no me había fijado en si Cole estaba en su litera. Quizás esa sensación angustiante que me había despertado había sido un mal presentimiento. No lo sé.  En cualquier caso, algo estaba pasando con el enano, le notaba raro,  así que yo debería haber estado más pendiente de él.

De todas formas ese no era momento para pensar en lo idiota que era.  Papá, Alejandro y yo buscamos por toda la casa, por si Cole se había ido a dormir a otra habitación o se había despertado por algo. Papá quería llamar a la policía, pero yo le dije que esperara un momento, que primero le buscáramos nosotros. El enano no podía haber ido muy lejos. Le daba miedo estar sólo, así que sinceramente no me le imaginaba caminando de noche por las vacías calles. No vivíamos exactamente en la ciudad, sino en las afueras, en un barrio residencial ideal para familias grandes como la nuestra, y aquello a esas horas era un desierto tétrico y espeluznante. Por eso tuve una intuición.  Pensé en mi hermano, tan parecido a mí, tan deseoso de resolver él solo sus problemas para no preocupar a nadie…

-         Sé dónde está – le dije a papá. Me miró como diciendo “pues ya estás tardando en decirlo”. – En el jardín. Como yo cuando estaba triste ¿recuerdas?

Cuando empecé a sentirme demasiado mayor para ir a la cama de mi padre, pasaba mis noches en vela en el jardín, a solas, mirando las estrellas… hasta que papá me descubrió, claro.

Tras pensarlo un segundo, papá voló escaleras abajo y fue hacia la puerta trasera. Yo le seguí. Le vi encender la luz del jardín, y efectivamente, ahí estaba Cole, envuelto en una manta, tumbado y dormido en medio del césped.

-         Voy a matarle – susurró papá.

-         No lo hagas, por favor.

-         Ted, ya sabes que no lo digo en serio. Nunca le haría daño, aunque no garantizo que se pueda sentar…bueno, nunca más.

-         Papá, por favor, no. No le castigues –  le pedí. – No ha hecho nada malo.

-         ¿Qué no ha…? ¡Está durmiendo en el jardín, en pijama! ¡Va a coger una pulmonía!

-         Se ha llevado una manta. – defendí. Qué listo el enano. A mí no se me ocurrió hacer aquello la primera vez que salí al jardín, y me congelé.

-         Se supone que tiene que estar en su cama…

-         Durmiendo. Tiene que estar durmiendo. En esta casa no suele importar “dónde” duermas, y la prueba son dos renacuajos que están durmiendo en tu habitación.

Papá me miró con dureza, pero yo estaba decidido a aguantar su mirada. Al final, suspiró.

-         Si por ti fuera no les castigaría nunca. – refunfuñó, y así supe que había ganado.

-         Claro que no. Ni a mi tampoco. Pero ésta vez tengo motivos para mi defensa. Cole está depre,  y salió a mirar las estrellas. No es tan grave.

-         Lo es, y lo sabes. Mañana hablaré con él. Si vuelve a hacerlo no habrá intercesor que le libre de un buen castigo. – sentenció papá, y supe que hablaba en serio. Más me valía asegurarme de que el enano no hiciera más salidas nocturnas. Sólo podía jugar mis cartas de mediador una vez por cada hermano y metedura de pata. Sabía que no lograría convencerle si se volvía a repetir.

Papá dejó de mirar desde la puerta y salió al jardín. Con cuidado, recogió a Cole envuelto en su manta y le entró a casa. Mi hermano no se despertó entonces, y tampoco cuando papá le cargó escaleras arriba. Abrió un poco los ojos cuando llegamos a nuestro cuarto y se metió en la litera como un zombie, creo que sin estar despierto del todo.

Por tercera vez aquella noche me metí en la cama, mirando a Aidan que se quedó un rato observando a Cole y explicándole a Alejandro dónde le habíamos encontrado. Por fin me dormí, y aquella vez ya fue del tirón.

-         Aidan´s POV –

Las cosas iban a cambiar en casa. Ahora que Michael iba a venir a vivir con nosotros iba a ser como un nuevo comienzo, y era un buen momento para introducir algunas modificaciones. Estaba claro que tenía que ser más duro. Más estricto, más sargento, o como se quiera llamar, pero las cosas no podían seguir así. Esa casa era una locura. Mi filosofía era más de “necesitan más cariño que dureza” pero estaba claro que algo fallaba, porque en el último mes un hijo había vuelto a casa borracho y había saltado por la ventana, otro me había robado y todo en general se estaba desmadrando demasiado. Yo no quería estar castigándoles a cada rato. Así que, si quería evitar eso, tenía que ser más duro…

… pero estaba claro que empezaría otro día, ya que Ted tenía otros planes. Era imposible hacer de malo cuando le tenía a él intercediendo por sus hermanos, con ese aplomo y esa seguridad que sólo adquiría cuando hablaba de alguno de ellos. Esa forma de hablar en la que casi parecía que me estaba dando órdenes…cuando en realidad me estaba suplicando. ¿Cómo podía enfrentarme a eso? ¡Ese chico conseguía de mí lo que quería!

Todos mis hijos conseguían de mí lo que querían. Lo supe cuando observé el rostro tranquilo de Cole mientras le alzaba del suelo para sacarlo del jardín. Supe que yo haría cualquier cosa por ese crío, y que tal vez nunca tendría unos niños formalitos y cuadriculados, que saltaran para cumplir con lo que yo les ordenaba, pero es que tampoco quería eso. Yo les quería así, tal y como eran. Aunque quizá, si me dieran un respiro entre infarto e infarto, podría llegar a los cuarenta…

Dormir en el jardín. ¿Es que habíamos perdido la cabeza? En fin, alguien la había perdido, eso desde luego, pero lo importante era que Cole estaba bien, y que no se había escapado ni nada de eso.  Me quedé un rato en su cuarto mientras me planteaba acordonar su cama para cerciorarme de que no podía salirse de ahí. Tras un rato volví a mi cuarto, pensando que los días parecen tener cincuenta horas cuando tienes tantos hijos.

Pensé que Kurt estaría más que dormido. Sin embargo el enano estaba despierto cuando entré, y me miraba con sus ojos azules muy abiertos.

-         ¿No te duermes? – le pregunté.

-         No volvías. Y os escuché hablar.

-         Estaba con tus hermanos. – dije, sin entrar mucho en detalles - Pero ya todo el mundo está en la cama, así que venga, a dormir, que verás tú mañana para ir al cole quien se va a levantar…

-         Pues no se va al cole.

-         Buen intento, enano. Pero todo el que no esté malito tiene que ir a clase – dije, tumbándome a su lado y envolviéndole con un brazo. Hannah dormía placidamente, ajena a todo.

-         Entonces tú también tienes que ir a clase – me dijo a Kurt. – O tu papá se enfadará contigo.

Sonreí, sabiendo que hablaba medio en broma.

-         Yo ya fui a clase, campeón. Y era tan trasto como tú – le dije, acariciándole la tripa con cariño. Él me dedico una de sus sonrisas infantiles capaces de ilutar todo un día agotador y lleno de sobresaltos. Estuvimos un rato en silencio, y luego noté que se ponía serio, pensativo.
-         Tú papá es Andrew – me dijo, y me tensé un poco. – Pero ¿quién es su papá? ¿Tengo abuelitos?

Suspiré. Sabía que esa conversación era inevitable. De hecho, era raro que no me lo hubiera preguntado antes. Sus hermanos lo habían hecho casi cuando aprendieron a hablar. Supuse que bastante lío tenía el pobre crío con aquello de “mi padre es mi hermano, luego su padre es mi padre, luego sus abuelos son mis abuelos”. Le debía, al menos, algunas aclaraciones.

-         Todo el mundo tiene abuelos, campeón.

-         Pero… ¿los míos están en el cielo? – preguntó, lleno de curiosidad, intuyendo que yo se lo iba a contar.

-         No. Están en Lima, Ohio. – respondí, y sin poderlo evitar,  me vino una abalancha de recuerdos.

Tenía doce años. Fue una de mis épocas difíciles, y por difíciles quiero decir que era un auténtico grano en el culo. Pasaba mucho tiempo sólo y no tenía normas, así que supongo que estaba un poco descontrolado. Sin embargo, aún tenía una obsesión insana por orbitar alrededor de mi padre, esperando conseguir una atención que casi nunca recibía. Aquél día cuando vino a casa no fue diferente. Se quitó el abrigo sin hacerme ningún caso, y yo empecé a contarle cosas de mi día, desesperado por hacer que cada pequeña cosa sonara interesante.

-         Aidan, apártate. Estás en medio.

-         ... el de Lengua dice que me expreso muy bien para mi edad. Dice que mis redacciones son buenas. Me ha puesto un diez. ¿Quieres verlo?

-         Déjame pasar.

-         …También dice que le gustaría hablar contigo, pero yo le he dicho que sueles estar muy ocupado. No es para nada malo, de verdad. No sé lo que querrá.

-         Aidan, hijo, intento sentarme en el sofá, y tú no me dejas.

-         Claro, siéntate. ¿Vemos algo en la tele?

-         Yo sí. Tú tienes que ir a hacer deberes.

-         Ya los hice.

-         Seguro que encuentras algo que hacer – me dijo, con cierta indiferencia, mientras cogía un montón de sobres de la mesita, que previamente yo había recogido del buzón, y se ponía a ojearlos, separando la propaganda de las cosas interesantes.

-         Ya he hecho todas mis tareas. Y he preparado la cena. Estaba esperando a que volvieras.

-         Pues ya he vuelto, y lo que quiero hacer ahora es descansar. Y eso significa que no necesito que andes revoloteando por ahí, zumbando como una abeja.

-         ¡Yo no zumbo! – protesté.  - ¿Por qué eres así conmigo?

-         No soy de ninguna manera, Aidan, pero vengo de trabajar doce horas seguidas y…

-         ¡Eso es mentira! Llamé al trabajo. Saliste hace cuatro horas. 

-         No tengo por qué darte explicaciones de lo que hago o dejo de hacer, mocoso…

-         ¡Pero al menos deberías haberte acordado de que tenías que recogerme del colegio! – le grité, enfadado, y salí corriendo. Estaba harto de justificarle. De decir “no habrá podido”, “le habrá surgido algo”… pero yo sabía la verdad. Después del trabajo se iba por ahí con una de sus “amigas”. A veces las traía a casa.

-         ¡Aidan, vuelve aquí! – me gritó, pero no le hice caso. Le escuché levantarse e imaginé que iba a venir detrás de mí. ¡Bien, pues buena suerte! Yo era muy alto y ya no cabía en aquél armario más que de pie. Y si se le ocurría encerrarme le… le…

¿Por qué no venía?  ¿Estaría demasiado enfadado? A lo mejor me había pasado. ¿En qué narices estaba pensando para gritarle? Ahora papá estaría enfadado durante días… Me asomé para evaluar su estado de ánimo, y le vi leyendo con atención una de las cartas. Parecía algo importante. Me acerqué poco a poco y ni pareció inmutarse por mi presencia. Después de un rato por fin levantó la mirada. Sus ojos estaban muy abiertos, como sorprendidos. 

-         ¿Tienes traje? – me preguntó. Papá ni siquiera sabía la ropa que yo tenía o dejaba de tener.

-         Sí.

-         Pues guárdalo en una maleta. Y guarda también algo de ropa. Pasaremos el fin de semana en Ohio.

-         ¿En Ohio? ¿Nos vamos de vacaciones? – pregunté, extrañado. Nunca nos habíamos ido de vacaciones. Ni siquiera una salida de fin de semana. Hacía un par de años que había dejado de insistir, rindiéndome ante el hecho de que nunca lo haríamos.

-         No. Vamos al funeral de tu abuela.

-         ¿Abuela? ¿Tengo una abuela? – pregunté, pasmado.

-         Niño imbécil. Todo el mundo tiene abuelos.

-         ¡No me insultes! ¡Me dijiste que estaban muertos!

-         Te mentí. Y sólo parcialmente: los padres de tu madre sí que lo están. Y por lo visto tu abuela lo está también ahora.

Me encendí. ¡Estaba harto de que me tratara así!  Estaba cansado de insultos, y encima ahora descubría que me había mentido sobre mis abuelos. ¿Lo había hecho sobre algo más? Al final iba a resultar que mi madre estaba viva… Pensé en esa posibilidad y me enfadé mucho, y estuve a punto de empezar a gritarle otra vez, pero entonces reparé en algo, y me apacigüé un poco. Si era mi abuela, quiere decir que era su madre. Yo no la conocía, pero él debía de haberla querido, y ella había muerto…

-         ¿La echas de menos? – pregunté, con tacto. Papá me devolvió una mirada horriblemente fría.

-         Hace mucho tiempo que ellos están muertos para mí.

Al día siguiente cogimos un avión rumbo a Ohio. Yo estaba muy ansioso, nunca había volado, pero papá optó por ignorarme y no responder a lo que le decía. A veces hacía eso, lo de no hablarme. Lo hacía cuando estaba enfadado o cuando tenía que pensar en algo importante, y según decía “yo le molestaba”. No sé para qué decidió tener un hijo, si yo le molestaba todo el rato. Claro que a mí no “me decidió”. Papá me había dejado muy claro muchas veces que yo era un accidente. Era su insulto favorito cuando estaba borracho.

No había nadie en el aeropuerto para recibirnos, pero papá no pareció sorprendido. Pensé que cogeríamos un taxi, pero por lo visto había alquilado un coche. Papá nunca me contaba sus planes, así que yo ya estaba acostumbrado a adaptarme sobre la marcha. Nos montamos en una camioneta vieja. Pensé que ese vehículo desentonaría entre el resto de coches, pero por lo visto no íbamos a la ciudad. La casa de mis abuelos estaba en el campo, y ahí encajaba perfectamente.

Aunque el viaje no duró más de cuarenta y cinco minutos, se me hizo eterno. ¿Cómo sería mi abuelo? ¿Y qué tenía que decir respecto a la muerte de mi abuela? ¿Estaría bien con un “te acompaño en el sentimiento”? Me hubiera gustado preguntarle a papá, pero estaba idiota, y seguía sin responder a mis preguntas.  Paró el coche frente a una gasolinera, y sacó la cartera. Me dio un par de billetes.

-         Entra ahí y compra un ramo de flores – me dijo, pero yo no cogí el dinero. Me miró fijamente, buscando intimidarme, pero no lo consiguió.

-         ¡No voy a ningún sitio hasta que no hables conmigo! Te he hecho un montón de preguntas y has pasado de mí.

-         Ahora no es el momento, Aidan. Obedece.

Me hubiera gustado plantarle cara, pero le tenía demasiado miedo. Estrujé los billetes y salí, dando un portazo. Me asomé a la ventana abierta y me desahogué un poco:

-         Vaya mierda de hijo. Te sobra el dinero y le compras a tu difunta madre un ramo cutre en una gasolinera más cutre todavía. ¡Tacaño!

Nada más decirlo salí corriendo, entré a la tienda del estacionamiento, y compré un ramo. Cuando volví al coche ya no estaba tan gallito. Más bien estaba asustado. Me acerqué a pasitos cortos, con un montón de ideas horribles en la cabeza. Allí no había armarios. ¿Sería capaz de meterme en el maletero? Como yo no abría la puerta del asiento del copiloto, la abrió él por mí. Con cautela, me senté y cerré la puerta. Le miré. Estaba serio.

-         Espero que el día que yo me muera tú me compres algo mejor – me dijo solamente, y arranqué el coche. ¿Qué fue eso? Miré a los ojos de papá, pero no le vi enfadado. Más bien, melancólico.

-         Siento lo que te he dicho. – musité, dispuesto a ser el primero en romper el hielo.

-         No actúes ahora como si me respetaras. Te importo un carajo,  y tú me importas un carajo a mí. Está bien así.

Papá no lo dijo con ira, pero quizá por eso me dolió mucho más. ¿Yo no le importaba? Luché contra las lágrimas que querían inundar mis ojos. Yo a él sí le quería. Le odiaba un poco, a veces querría pegarle, pero era mi padre. El único que tenía. Si no le quería a él ¿a quién iba a querer? Siempre había sospechado que papá no me quería, pero que me lo dijera así, tan tranquilo, era demasiado fuerte. Apreté con fuerza las rosas, y me clavé alguna espina.  Noté que me miraba, moviendo los ojos de mi rostro a la carretera. Pensé que diría algo, pero me equivoqué. En lo que tuvo que ser un ataque de locura, abrió su puerta sin detener el coche, y me arrebató las rosas para tirarlas por ahí. Luego cerró la puerta e hizo como si nada. Yo le miré alucinado, respirando agitadamente y agarrado a donde podía, porque el coche había dado un pequeño bandazo con aquella peligrosa maniobra. Me miré las manos. Al quitármelas con esa violencia algunas espinas me habían lastimado un poco.

Seguimos viajando en silencio, que era la conversación más común entre nosotros. Horas y horas de silencio era lo habitual, salvo cuando yo lo rompía en conversaciones unidireccionales. Pero en ese momento no estaba de ánimo para hablar sólo, ni para pincharle en busca de que me respondiera. Volvió a detener el coche en un pueblecito pequeño.

-         ¿Es aquí? – pregunté.

-         No. – respondió, y volvió a sacar su cartera. Esta vez sacó más billetes. – Entra en esa floristería, y compra algo decente – me dijo. – Lo que te guste. Crisantemos, margaritas… yo no entiendo de esas mariconadas. Pregúntale a la encargada. Y si te falta dinero, sales y vienes a por más.

Cogí los billetes sin decir nada, impactado por ese cambió de opinión. ¿Me había escuchado? ¿Iba a comprar flores bonitas para su madre porque yo se lo había dicho? Abrí la puerta para salir del  coche, pero él me agarró de la muñeca. Me miró la palma de la mano, pasando el dedo suavemente por las heridas de las espinas de las malditas rosas. Cogió una botella de agua del bolsillo de su asiento y vertió un poco en las heridas. Luego, las limpió con un clínex. Escoció un poco y por reflejo aparte la mano.

-         No seas niña – regañó, y siguió a lo suyo, hasta asegurarse de que las heridas estaban bien limpias. Luego, me soltó.

Salí del coche, con una sensación extraña. Estaba casi contento: dijera lo que dijera papá, yo sí le importaba. No sabía cuanto, pero al menos un poquito. Era un consuelo.

Compré una corona super grande y papá tuvo que salir del coche para ayudarme a guardarla en el maletero. No hizo comentarios, pero creo que le gustaba. Después volvimos al coche y echamos a andar otra vez. Cuando nos volvimos a detener, supe que habíamos llegado a nuestro destino porque estábamos en medio de la nada y únicamente había una casa a nuestra derecha, con un cerco lleno de caballos justo delante.

-         ¿Los abuelos tienen caballos? – pregunté, con excitación, casi pegado al cristal del coche.

-         Los estás viendo ¿no?

-         ¿Y tú sabes montar? – seguí preguntando, sin apartar la mirada de un potro zaino que tenía que ser el animal más noble de todo el jodido mundo. Me estaba pidiendo que lo montara con los ojos. Lo sé. Me estaba invitando. Él lo deseaba tanto como yo.

-         Soy el campeón del condado en carreras y en salto. Tal vez eso responda a tu pregunta – respondió, fanfarroneando un poco. Entonces le miré, sin poder asociar al hombre trajeado que estaba sentado a mi derecha con una especie de cowboy.

-         ¿Por qué te fuiste de aquí? – pregunté, sin poderlo evitar. Ese sitio parecía estupendo. Me gustaba mucho más que la ciudad.

-         Eso no es asunto tuyo. De todos modos, puede que lo averigües a lo largo de este fin de semana – dijo, mientras abría la puerta del coche – Es extraño que no haya más coches aparcados. Que no haya más gente en el funeral. Para las personas de la zona, mi madre era alguien ejemplar.

Ese “para las personas de la zona” me hizo pensar que para él no. Quise preguntar, pero me mordí la lengua. Ya era extraño que hubiera compartido ese pensamiento en voz alta.

Nos alejamos del coche y fuimos hacia la casa. Era difícil decir si papá estaba nervioso: solía tener bastante autocontrol y no exteriorizaba sus inquietudes. Se detuvo en el porche e inhaló aire fuertemente. Subió los dos escaloncitos, y llamó a la puerta. Era una de esas puertas dobles, una con rejilla y otra normal. Vi como una mujer mayor abría la puerta más interna, y papá resopló.

-         ¡Lo sabía! – gruñó, y se dio media vuelta. Yo no entendía nada.

-         ¿Papá? – pregunté, mientras le seguía.  Escuché cómo se abría la puerta exterior a mis espaldas y la mujer salía.

-         ¡Andrew, espera! – gritó la anciana. Papá se giró, furioso, y la encaró desde la distancia.

-         De todas las jugadas sucias que me has hecho esta es la peor, mamá.

¿Mamá? Entonces, ¿era mi abuela? Entonces, ¿no estaba muerta?

-         ¡Era la única forma de conseguir que vinieras! ¡Tu padre y yo te lo hemos pedido en muchas cartas!

-         ¡Y yo las quemé todas! – gritó papá, y volvió a girarse. Yo me quedé quieto, sin saber qué hacer, pero papá acabó con el problema. - ¡Vamos, Aidan!

Le seguí, poco acostumbrado a ver a papá así. Esa no era la forma en la que él se enfadaba, normalmente. Me costó alcanzarle, porque daba zancadas muy grandes.

-         ¿Aidan? ¿Es ese su nombre? ¡Ni siquiera me dejaste conocer a mi nieto! – reprochó la mujer.

-         ¡Y nunca lo harás, si puedo evitarlo! – gritó.

-         Pero no puedes – dijo una voz más. Esta era masculina, fuerte, potente, y daba miedo. Me giré, y vi a un hombre grande, aunque algo mayor, con el pecho tan grande como dos yos. No estaba gordo, o no mucho. Casi todo parecía músculo. Papá se detuvo de inmediato al escuchar su voz. Diría que tenía… ¿miedo?  Respiró hondo antes de darse la vuelta.

-         Observa como lo hago – replicó.

-         Basta, Andrew. Tú puedes irte si lo deseas, pero el niño se queda.

-         No eres nadie para decidir eso.

-         ¡Soy su abuelo! Y  puedo pelear por su custodia si considero que…

-         ¡Atrévete! – retó papá, con una voz que no le reconocí. Sonó como una amenaza, pero como una de las peligrosas. Luego me miró a mí. – Nos vamos, Aidan.

Papá me agarró del brazo y tiró de mí, y el hombre mayor que debía ser mi abuelo se acercó y me agarró del otro brazo. Por un segundo, pensé que me rompían.

-         ¡Basta! – grité, y sorprendentemente los dos me soltaron. –  Mentir sobre la propia muerte para que un hijo te visite es cruel – dije, mirando a mis abuelos. Papá hinchó el pecho con suficiencia. Sin embargo yo no había acabado.  – Pero estar tanto tiempo sin verles hasta el punto de que tengan que recurrir a eso es igualmente malo. ¡Sois familia!

Todos bajaron un poco la cabeza, avergonzados, y yo sentí como si les estuviera regañando.

-         Nuestro avión no sale hasta mañana, papá, y no quiero pasar la noche en un hotel, así que por hoy nos quedaremos. Conoceré a mis abuelos, y luego nos iremos.

-         No sabes lo que dices, Aidan… - empezó papá.

-         Sí lo sabe. Tu chico parece muy sensato. ¿Seguro que es tuyo? – preguntó el abuelo.

Papá le echó una mirada envenenada. Yo resoplé. Ese iba a ser un laaaargo fin de semana.

Lo fue. Sin duda lo fue. Esa misma tarde todo se iría a la mierda. Entramos a la casa, y la situación no podía ser más tensa. Me usaron para relajar el ambiente, haciéndome preguntas como en qué curso estaba, qué quería ser de mayor, que tales notas sacaba, y parecieron muy interesados acerca de si tenía novia, lo cual me molestó un poco, sobretodo cuando les dije que no y siguieron insistiendo.

-         Aidan es puro como un monje. No es necesario excomulgarle ni practicarle un exorcismo – gruñó papá, en cuanto notó que esas preguntas me molestaban. Por la forma en la que él y mi abuelo se miraron, deduje que aquello era una vieja riña entre ellos. Por  lo visto el abuelo era “chapado a la antigua”. Pues, lo siento por papá, pero tenía que darle la razón al abuelo, en vista de que él tenía una novia nueva cada semana. Si es que se podían llamar novias.

-         Qué tonterías dices, hijo – intervino la abuela. – Vamos Aidan. ¿Quieres que te enseñe la finca?

-         ¿Puedo ver los caballos? – pregunté con ilusión.  Siempre había soñado con tocar uno…

-         Claro. Incluso tal vez puedas montar alguno.

Yo abrí la boca como si acabara de regalarme una casa en la playa.

-         ¿Sabes montar? – preguntó el abuelo.

-         No.

-         En ese caso dejaremos eso para más tarde, cuando yo esté delante y pueda ayudarte. – me dijo. – Ahora ve, y elige el que más te guste. Te lo regalaré.

No me lo podía creer. ¿Lo dijo en serio? ¿Era de verdad? No sé si alguna vez había sonreído tanto como en ese momento. Miré a papá, pero él no participaba de mi felicidad. A decir verdad, su rostro se ensombreció por verme tan contento, así que yo borré mi sonrisa. Seguí a la abuela fuera de la casa, intentando contener mi alegría, pero de verdad me costaba mucho. Al final, no pude más.

-         ¿De verdad me vais a regalar un caballo?

-         Eres nuestro nieto ¿no? – respondió la abuela, con una sonrisa llena de hoyuelos. – Has de saber que los caballos son muy importantes para tu abuelo. A veces creo que les quiere más que a las personas. Así que haces bien en sentirte especial porque quiera regalarte uno – me dijo,  y yo no supe como sentirme. Honrado. Creo que me sentí honrado. Señaló el potro del cual yo me había enamorado nada más verlo - ¿Ves ese de ahí? Es el hijo del caballo de tu padre. Tiene sangre de ganador.

-         ¿Cómo se llama? – pregunté, sin poder apartar la vista.

-         Corredor – me dijo.

Simple y sencillo. Pero de alguna forma encajaba con aquél animal. Era joven y brioso,  tan sólo un poco más bajo que los demás porque aún no debía ser un “caballo adulto”. Yo de esas cosas no entendía mucho, aunque le tenía por un potro debido a su tamaño.

Me acerqué a los animales como las moscas a la miel.

-         Cuidado – advirtió mi abuela – No te pongas detrás de ninguno, que te pueden dar una coz.

Buen consejo. Tuve cuidado con eso. Eran animales mansos, así que en general no reaccionaron a mi presencia, aunque alguno se apartó un poco, seguramente por el hecho de que yo era un extraño para ellos. Pero el caballo zaino, Corredor, no se movió. De hecho, pareció mirarme tan fijamente como yo le miraba a él.

-         Parece que ya tienes claro qué caballo quieres – comentó mi abuela.

Yo sonreí, y estiré la mano para acariciar el hocico del potro, que bajo la cabeza para que yo lo hiciera. Era tan grande, tan hermoso, tan tentador… Tenía las riendas puestas. También los estribos y la silla, y otras cosas que yo no sabía cómo se llamaban. Había visto aquello en muchas películas. Me puse a un costado, apoye el pie en el estribo y traté de subirme.

-         ¡No Aidan! ¡Espera a que venga tu abuelo, puede ser peligroso! – dijo la abuela.

Yo no estaba acostumbrado a que me prohibieran cosas. Papá no me prohibía nada. Era más bien un “no me molestes, y si lo haces me enfado”. Nunca me regañaba ni nada parecido porque me acostara tarde, o viera la tele durante horas, y le daba igual a qué hora volviera a casa si salía con mis amigos. Papá casi nunca estaba en casa, y cuando estaba yo podía hacer lo que quisiera, mientras a él no le molestara y no tocara sus cosas.  Así que no estaba acostumbrado a eso de “obedecer órdenes”. Quería montar a ese caballo, y lo monté. O… lo intenté. Lo cierto es que fui incapaz de subirme a su grupa, aunque no dejé de intentarlo. Me daba miedo pasar la pierna por encima, por si me tiraba o algo así.

-         ¡Aidan, para! – dijo mi abuela, pero no la hice caso. La vi marcharse entonces, y seguí intentando montar a Corredor.

Debí de hacer algo que le asustó, porque salió corriendo. Yo sólo estaba subido al estribo. Me agarré a su silla con desesperación, temiendo caerme en cualquier momento. Aquello fue horrible, en serio. Arramplamos contra una de las vallas de madera, rompiéndola. No sé cuánto tiempo estuve así. Solo sé que mi abuelo salió de la casa, con mi abuela justo detrás, y al verme vino corriendo y detuvo al caballo. Papá se acercó después y de un vistazo descartó que me hubiera hecho daño.

-         – Montar a caballo no es tan fácil ¿eh? – me dijo, de buen humor. Eso era raro. Papá no solía estar de buen humor. Creo que le gustaba que montara a caballo, porque era algo que también el gustaba a él.

Antes de poder responder, mi abuelo se encaró con papá.

-         ¿Eso es todo lo que le vas a decir?

-         ¿Eh?

-         ¡Me ha desobedecido a mí, y a su abuela!

-         ¡Podría haberse hecho daño si se sube a ese caballo! – añadió la abuela.

-         Olvida eso. ¿Y si le rompe una pata al animal? ¡Ninguno de mis caballos se ha roto jamás una pata y éste crío por poco lo logra en diez segundos! – gritó el abuelo.

-         Dijiste que iba a ser mío… - musité, y así cometí un error, porque le recordé mi presencia. Me agarró del brazo, y me acercó al caballo.

-         Tuyo o no, debes cuidarle. Vale más que tu vida. ¡Y la cerca que has roto también, porque son días de trabajo y dudo que tú sepas lo que es eso!

-         Joseph… - intentó apaciguar la abuela.

-         No, Marie. Lo he intentado a tu forma, pero está claro que la semilla se parece al fruto. Este niño hace lo que le viene en gana y ese al que llamas hijo permite que se ría en su propia cara.

-         Yo no me he reído en la cara de nadie… - respondí, en voz baja. Me estaba haciendo daño en el brazo.

-         Suéltale – intervino papá – Tú no eres nadie para decirme cómo educarle.

-         ¿Ah, pero que le educas? ¿No le dejas sólo por ahí mientras te vas de putas? – dijo el abuelo. Esas palabras dolieron a papá. Lo vi en sus ojos. Pero eran verdad, así que bien por el abuelo. Si tan sólo me hubiera soltado el brazo…¡Me lo iba a arrancar!

-         Lo siento. Yo sólo quería montar a Corredor…

-         ¿Y yo qué te dije? ¿Eh? ¿QUÉ TE DIJE? – gritó el abuelo.

-         Que… que esperara hasta que estuvieras tú.

-         ¡Exacto! No eres más que un mocoso imprudente, pero ya te voy a enseñar yo a obedecer lo que te mandan – dijo, y entonces por fin soltó mi pobre brazo. Se llevó las manos al cinturón y empezó a desabrochárselo, y la mirada de horror de papá me hizo ver que debía de tener por ciertas las extrañas situaciones que mi mente estaba imaginando. Había visto eso en alguna película… ahora venía cuando atizaban al niño con el cinturón, sólo que el niño en cuestión era yo.

A la de “pies para que os quiero” me puse detrás de una persona que no es que me transmitiera mucha confianza, pero al menos no era un desconocido. Me puse detrás de papá.

- No vas a tocar a mi hijo – dijo papá, muy serio. En ese momento le quise más que nunca. No había estado seguro de si iba a apoyarme a mí o a su padre. Yo sabía que el abuelo tenía razón, y yo no debería haber intentado montar al caballo, pero eso no significaba que estuviera dispuesto a llevarme una paliza. Nadie me había pegado nunca. En eso papá era un tío legal. Una vez vino muy borracho y casi me golpea, pero me soltó y juró que nunca me pegaría.

Algo me decía que aquella vez no era lo mismo. El abuelo no estaba borracho y él si parecía dispuesto a pegarme.

-         Vamos a calmarnos. Sólo ha sido una travesura… - intervino la abuela. Eso, eso decía yo. Sólo había sido una travesura. No había por qué ponerse violentos ni emprenderla a golpes con nadie. Sobretodo si ese alguien era yo.

-         Andrew, apártate – dijo el abuelo. Aún escondido tras mi padre, asomé la cara por un costado y le miré. En serio, ahí de pie, con todo su tamaño y ese cinturón en la mano, daba miedo.

-         He dicho que no, papá. Aidan y yo nos vamos ahora mismo.

-         Puedes hacer lo que quieras, en cuanto yo haya castigado al mocoso. Es mi casa, todo lo que hay aquí es mío. Le ofrezco un regalo y el ha cambio desobedece la primera y la única orden que el doy. Podía haber causado heridas en el caballo y en sí mismo.

Esas palabras me hicieron sentir fatal. Yo era un invitado… De más niño pasaba mucho tiempo en la casa de algún amigo, porque papá no quería o no podía estar conmigo y era joven para dejarme solo. Yo sabía que en sus casas tenía que portarme bien, que no era mi casa. Aquella tampoco era mi casa. Era la de mis abuelos, a los cuales no conocía, y menuda primera impresión les había causado. La abuela me había dicho lo importantes que eran los caballos para él, me habían regalado uno, y yo fui incapaz de respetar una petición sencilla. Entendía que el abuelo estuviera enfadado. Y no quería irme, como decía papá. Suspiré, y dejé de esconderme. Iba a decir algo, pero el abuelo me miró con tanto enfado que me dio miedo. Tragué saliva y reuní fuerza.

-         A- abuelo… lo siento mucho. Sé que no he debido hacerlo y es normal que estés enfadado pero no me pegues, por favor. Nadie me ha pegado nunca.

-         Mira lo bien que sabes qué es lo que te espera. – dijo el abuelo. – Eres un chico listo ¿no? ¿El cinturón te ha dado una pista? – replicó, con sorna, y agitó esa cosa delante de mí. – Ven aquí, mocoso. Dices que nunca te han pegado. Te vendrá bien – dijo, y tiró de mi brazo.

Aunque estaba acostumbrado a las borderías y a las palabras duras de mi padre, y a no ser perdonado cuando me disculpaba, aquello me pareció cruel. ¿Acaso ese hombre no notaba que yo estaba acojonado? ¿Qué quería salir corriendo y no lo hacía únicamente porque deseaba conocerles un poco mejor? La única razón por la que no estaba hecho un basilisco porque un hombre pretendiera pegarme, era porque ese hombre era mi abuelo. Uno al que no conocía y quería conocer. Un poco de amabilidad hubiera sido bienvenida.

Papá me agarró del otro brazo y tiró de mí. Por segunda vez aquél día sentí que me rompían, cada uno tirando en una dirección. De pronto sentí que algo golpeaba mi pierna… algo que ardía, y picaba como el infierno. Entendí que acababa de darme con esa cosa, e intuí que después de ese venían muchos golpes más. Se acabaron entonces las ganas de conocer a mi abuelo. Eso había dolido mucho. Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, y al menos yo sabía que el único lugar donde papá tenía sus cinturones era en el pantalón, y nunca en la mano. No había gritado, pero casi me pongo a llorar porque con los segundos aquello escocía más.  Sentía como si hubieran marcado mi pantorilla con uno de esos hierros al rojo con los que se marca el ganado. En clase de gimnasia por accidente me había golpeado con alguna cuerda alguna vez, y no dolía así, porque aquél golpe había ido con mucha fuerza y porque esa maldita cosa era de cuero. Escuché cómo el cinto zumbaba otra vez, pero no sentí ningún golpe. Papá lo paró con su brazo y se puso entonces delante de mí.

-         Te tragarás eso papá, lo juro por Dios, lo juro por mi vida. ¡ALÉJATE DE MI HIJO!

-         ¡Harás de él un desgraciado como lo eres tú! ¡Un malnacido sin remedio ni escrúpulos!

-         ¡AIDAN ES UN BUEN NIÑO!

En medio de tan violenta situación, del miedo que sentía, de tanta agresividad, y de las ganas de correr que seguían ahí, las palabras de mi padre me llegaron al corazón. Las palabras y los hechos, porque estaba haciendo de escudo. Mi padre me quería. Me quería mucho, aunque dijera que no. ¿Por qué a veces la gente dice que no quieren a alguien a quien si quieren? ¿Es que tienen miedo? No lo supe entonces y no lo sabría nunca, pero si tuve claro que Andrew Whitemore me quería, y que pensaba que yo era bueno. Creo que nunca había oído tales palabras, y sinceramente era algo que necesitaba.

-         Joseph, es su hijo. Él debe decidir cómo reprenderlo – intervino la abuela.

-         ¡Yo no voy a reprenderlo, voy a darle una paliza!

-         ¿Crees que es lo mejor para hacer en el primer día que están aquí? ¿Qué esta es la mejor forma de proceder? Así no conseguirás reconciliarte con tu hijo… - decía la abuela.

-         Pagaré la cerca dañada y nos iremos ahora mismo – dijo papá, indicando que maldito el interés que tenía él en reconciliarse.

 Se giró y me empujó un poco,  para que caminara rumbo al coche. Se puso a mi lado y pasó un brazo por mis hombros en ademán posesivo, como diciendo “es mío”.  Sin embargo, ni aquello ni los tirones habían terminado todavía. Mi pobre brazo, el mismo que casi me arrancan antes, sintió un nuevo tirón, y el abuelo me sacó de los brazos de papá. Allí mismo empezó a golpearme. Por alguna razón, tenía fascinación por golpear en la zona de sentarse.

ZAS ZAS

-         ¡AAAAH!

ZAS

-         Abuelo, no…

Empecé a llorar sin poder evitarlo. No era el dolor más intenso que hubiera sentido: romperme el brazo el año anterior dolió mucho más.  Pero no era un dolor comparable a nada. Simplemente era diferente, más ardiente, más punzante… y sobretodo estaba el hecho de que yo intentaba resistirme con todas mis fuerzas, y era inútil. Esa cosa golpeaba una y otra vez.

ZAS

-         ¡AAAh!

ZAS

-         ¡Papáaaa! – supliqué. No me podía creer que le estuviera llamando a él. Al hombre que nunca estaba cuando le necesitaba… pero aquél día sí había estado. Ya me había defendido una vez y tal vez estuviera dispuesto a hacerlo de nuevo.

ZAS ZAS

-         ¡Duele mucho! Papá, duele mucho, dile que pare.

No me di cuenta de que nadie me estaba golpeando en ese momento. Estaba en el suelo, porque el abuelo me había soltado. Tenía las rodillas manchadas de tierra, ya que el pantalón corto que llevaba no las cubría. Empecé a frotarme los muslos con fuerza, porque dolía mucho. Sollocé de forma intensa y descontrolada, y busqué a mi padre con la mirada. Le vi forcejando con el suyo. Por eso debían de haberse parado los golpes.  Ganó el abuelo, con una facilidad humillante para papá, pero porque en realidad papá le tenía miedo. Se lo noté en la postura. Papá era más joven y podría haber ganado, pero tenía miedo del abuelo. No se atrevía a enfrentarse a él.

El abuelo me miró, y yo lloré más, pensando que iba a seguir pegándome. Pero en vez de eso me tendió la mano. La miré unos segundos sin saber qué hacer y al final se la agarré. Me ayudó a levantarme. Entonces, ocurrió algo que no me pasaba con frecuencia: me abrazaron. El abuelo me abrazó y dejó que llorara sobre él. Se sintió tan extraño. Pero… tan bien… Yo tenía muchas ganas de llorar, ya lo estaba haciendo, y abrazarle hizo que tuviera más ganas aún, no sé por qué. Me frotó la espalda con cariño. Intenté recordar cuando fue la última vez que papá me abrazó. Mmm… ¿Nunca? No, no,  mentira, alguna vez que otra. No muchas, pero a veces. Sin embargo nunca había sido tan reconfortante, quizá porque nunca había sido después de…de... ¿qué había sido exactamente eso? ¿Un castigo?  El único castigo que yo conocía era el armario en el que me encerraba papá, y en realidad sabía que aquello no era un castigo. Yo había observado a otros niños. Sus padres les castigaban, y luego les perdonaban. Algunos, visiblemente, con un abrazo. Otros, con la vuelta a la normalidad, de una forma más fría y menos notoria, pero visible para mí, que no tenía ni una cosa ni la otra. Yo no recibía abrazos ni perdón cuando papá me encerraba en el armario. Yo tampoco hacía nada malo cuando papá me encerraba ahí. Había veces que me metía ahí porque traía a una de sus “amigas” y no quería que yo la viera o que ella me viera a mí.

Sin embargo aquella vez yo sí había hecho algo malo. Y no iba a haber armarios de por medio, al parecer. Tal vez aquello sí fuera un castigo. No me gustaba, pero se suponía que así debía de ser… Los padres castigan a sus hijos cuando los quieren y quieren lo mejor para ellos. Tal vez mi abuelo sí me quería. Me quería incluso más que mi padre, y por eso me había castigado, para asegurarse de que nunca más me subía a un caballo sin permiso, aunque era algo que yo ya había decidido no hacer en la vida. Pero sobretodo, lo que me hizo pensar que aquello era diferente, era que me estaba abrazando. ¿Significaba eso que me estaba perdonando?

-         Lo…snif…snif... Lo si-si-siento. – balbuceé.

-         ¿Lo “si-si-sientes”? – repitió el abuelo, burlándose un poco. – Sí, estoy seguro de que lo sientes bastante: bastante caliente. Y también pica ¿verdad?

-         Mmm. – respondí ruborizándome – No digo eso. Siento…lo que hice.

Otra cosa extraña: sentí un beso en la cabeza. Eso sí que era algo nuevo. No recordaba que papá me hubiera dado un beso nunca. No estoy del todo seguro de que me gustara. Me hizo sentir más pequeño. Pero en ese momento no me importo sentirme como un crío. Al fin y al cabo estaba llorando como uno.

-         ¿Así que es la primera vez que te pegan con un cinturón? – preguntó en tono casual.

-         Es la primera vez que le pegan. A secas. Intentó decírtelo antes.  – respondió papá, con ira. Nos miraba algo alejado, con mucha furia. Me estremecí un poco y me abracé más al abuelo.

-         Vaya. Entonces tal vez fui un poco duro – me dijo. Era raro verle tan amable entonces después de lo furioso que había estado antes. – Mm. Sé cómo arreglarlo. Mi mujer hace un pastel increíble. ¿Por qué no vas a que te de un trozo mientras yo hablo con tu padre?

Ni se me pasó por la cabeza hacer algo diferente. Mi cerebro, mi anatomía general, y una zona en particular, estaban en modo “hacer todo lo que ese hombre diga”. Así que seguí a la abuela, que me dio la mano cariñosamente. Nuevamente, en ese momento un gesto tan infantil no me importó. Tenía las manos suaves y hacía circulitos con los pulgares en el dorso de las mías, como para reconfortarme. Entramos en la casa y me dio un trozo de pastel, pero no me apetecía. Quería empezar a llorar de nuevo, y lo hice. Entonces ella me abrazó también. Ella era mucho más bajita que el abuelo. De hecho tendría mi altura, más o menos, pero igual se sintió bien. Pocas veces me abrazaba una mujer.

-         Ya, mi niño, ya. No llores ¿sí?

-         Me muero de vergüenza – confesé. No sé por qué lo dije en voz alta, pero era verdad. Y precisamente el hecho de sentirme avergonzado lo que me daba una pista de que lo que había pasado era que acababan de castigarme. Lo normal cuando a uno le pegan es enfadarse o asustarse, no avergonzarse. Uno se avergüenza cuando ha hecho algo mal.

-         No hay por qué – me aseguró, y me acarició el pelo. Yo tenía el pelo rizado como papá, salvo cuando lo llevaba corto como entonces.

Tras un rato, empecé a sentirme mejor, y en cambio me sentí avergonzado por estar así abrazado a una mujer que conocía de muy poco, así que me solté. Comí un poco de pastel y me pregunté por qué papá y el abuelo tardaban tanto. Estuve con la abuela cerca de media hora, y me contó muchas cosas de aquél lugar, pero evitó cuidadosamente hablarme de papá. Empezó a anochecer, y ni rastro de él ni del abuelo. Como no venían, al final salí a buscarles, con algo de miedo de lo que pudiera encontrar.

No vi al abuelo por ninguna parte, pero papá estaba sentado, apoyado en un edificio anexo hecho mayoritariamente de madera, que debía ser un establo. Me acerqué, algo temeroso, pero secretamente deseando que él me mimara un poco también. El abuelo y la abuela me habían abrazado. Tal vez hiciera pleno aquél día.

Papá abría y cerraba un mechero y lo miraba con fascinación. Era extraño, porque él no fumaba. Parecía un poco ido.  Los rizos hacían sombras en su rostro a la luz del pequeño encendedor y no pareció notar mi presencia. 




 Le estuve observando durante unos segundos, pero al final decidí que si no decía algo iba a volverme loco.

-         Siento  haber desobedecido al abuelo.

-         Y yo siento no haber impedido que te pegara. – me dijo, sin dejar de mirar el mechero.

Vale. Era la primera vez que papá me pedía perdón por algo.

-         Yo no debí subirme al caballo.

-         No, no debiste, pero eso no le da derecho a pasar mi autoridad y a tratarte de la forma en que lo hizo. Estabas cagado de miedo. Casi te meas en los pantalones.

Mi padre tenía la “virtud” de ser dolorosamente franco. Yo no supe qué responder.

-         Entonces, ¿nos quedamos? – me preguntó. Me estaba dando a elegir.

-         Hasta mañana ¿no? – pregunté, inseguro.

-         Yo dormiré en el coche. Cuando te canses de él puedes venir a dormir conmigo – me dijo, con rabia.

Aquello era raro. Sentía que estaba más cerca que nunca de mi padre,  porque estaba demostrando que yo le importaba, y lo hacía a raíz de lo mucho que odiaba al abuelo.

-         No tienes por qué quedarte a dormir en el coche…

-         Te ha engañado, Aidan. Le has conocido como un tipo genial, pero…

-         Oh, sí. Es que me encanta que me reciban con una paliza – repliqué, y me senté a su lado con cuidado por si sentía algún tipo de dolor. Me molestó un poco. Caray que el abuelo pegaba fuerte. – Escucha. Nadie es perfecto. Por lo que sé, ser padre tampoco te hace ser perfecto. Sea cual sea el error que él cometiera, no puede ser peor que los que tú cometes conmigo. Y yo te quiero.

Papá me miró con algo parecido al cariño. No era una mirada que pusiera muy a menudo, pero me gustó. Nos quedamos en silencio el uno al lado del otro, pero por primera vez no era un silencio tenso,  o involuntario. Era algo natural. Quise preguntarle de qué había hablado con el abuelo, pero pensé que era algo privado entre ellos. Al final, me adormilé un poco y papá me apoyó contra él. Me sentí eufórico por ese momento. No quería estropearlo, así que me quedé muy quieto, sin hacer nada, casi ni respiré, antes de que lo pensara mejor y me apartara de su lado, volviendo a nuestra lejanía habitual. Tan quieto me quedé que creo que papá pensó que me quedé dormido. Me acarició el pelo como lo había hecho la abuela, y me susurró unas palabras que se me quedarían grabada para siempre. Por la forma en la que habló, nunca sabré si era consciente de que le estaba escuchando.

-         Cuando encuentres a alguien a quien ames, no dejes que nadie te lo quite. Es el único consejo que te puedo dar. Tú serás mejor que yo, Aidan,  porque Dios escribe recto con renglones torcidos.

Nunca podré entender cómo después de aquél momento, de todo lo vivido en aquella casa, las cosas entre papá y yo pudieron volver a ser como antes, e incluso peor.

Papá había tenido razón en muchas cosas, pero principalmente en dos: aquél fue el único consejo que me supo dar, y el abuelo me había engañado por completo. No era en absoluto un buen hombre, como comprobé tiempo después. Pero aquél día sí lo fue, y también me enseñó muchas cosas. Aquél día sentí que lo mío podía parecerse un poco a una familia.

Poco a poco, volví al presente desde aquél recuerdo. Volví a mi cama, con Kurt y sentí rabia por haber tenido un buen recuerdo de mi padre. Quería odiarle, no añorarle. Quería desear su muerte, no su abrazo. Después de todo el año que me hizo, debería ser incapaz de recordar los buenos momentos. Pero supongo que nadie es incapaz de eso. Supongo que todo el mundo sabe amar, aunque sea a ratitos. Incluso mi padre. Incluso mi abuelo.

-         ¿Papi? – preguntó Kurt. Tal vez había intentado decirme algo, y yo no le había escuchado, perdido en mi memoria.

-         Dime.

-         ¿Los abuelitos son malos como Andrew?

-         No estoy seguro, campeón. Creo que yo hace tiempo que dejé de ser imparcial.

Sé que mi hijo no me entendió, pero por primera vez en quién sabe cuántos años yo estaba siendo sincero. No era imparcial al juzgar a mi padre, ni tampoco a mis abuelos. Les guardaba demasiado rencor. Me esforzaba demasiado por recordar únicamente sus cosas malas.

Si hay algo que tenía claro, eso sí, es que les quería lejos de mis hijos.  Porque todos ellos habían renunciado a mis bebés en un momento u otro de sus vidas. Y no había más que hablar.


Al final, Kurt se durmió. Pero yo no. Yo no pegué ojo en toda aquella noche. 

11 comentarios:

  1. Amo a Aidan en todas su formas en todos sus tamaños y con todos y cada uno sus hijos jejeje me reencanto este capítulo que nos muestra un poquito mas de su vida... quiero conocer a Andrew romperle la nariz y ponerlo en una clase para padres... que se se de cuenta de su error y que sea un abuelo para los hijos de Aidan.

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  2. Waoooo....Dream, esto estuvo INCREIBLE. Aunque Aidan, no quiere que sus hermanos/hijos sepan lo que vivio.... al lado del loco de su padre, en algun momento alguno de ellos debe saber la historia...A lo mejor de boca de Andrew...haber si, asi no me lo matan de un infarto jajaja. Por otro lado no me imagino a un Aidan mas severo... solo que Michael le saque canas verdes....esperando el proximo capitulo....

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  3. Una historia cada vez mas...interesante y maravillosa.
    Gracias,espero con anhelo por mas.

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  4. Dream sabes que me encanta! lo volví a leer :)
    Mery

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  5. pobre aidan si se las vio feas con andrew.... pero ese abuelo quiero saber mas de lo que paso con ellos..... plissssss :)

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  6. Me encanto yo igual la leí 2 veces :D
    Nooo Aidan mas severo no por favor así es perfecto Jeje todo tierno
    Pobre hombre todo lo que tuvo que pasar y Andrew bueno con ese papá que se podía esperar
    Tu historia me encanta :D

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  7. Argg.! Soy una blanda, yo le perdono todo a andrew con este cap y esa foto es imposible q no lo perdone. Porfa q andrew se redima no puede ser tan malo y no lo cambies a aidan es perfecto

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  8. Dream soy una blanda.! Yo ya perdone a andrew, con esta memoria y foto es imposible para mi no hacerlo. Q se redima si.? Y a aidan no lo cambies q es un dulce

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  9. Me encanto mucho este capitulo la historia completa trae muchas emociones juntas me gusto mucho aidan pobresito lo mismo que el nuevo hermano de ted ya quiero saber mas que pasara con ellas eres muy talentosaa

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  10. Dios...esto no pude evitar leerlo....si,ya se que este no es mi sitio donde debo comentar...pero,ver la foto de Andrew...me ha impactado...este tipo es....demasiado complejo...no se...solo se que esto me pone de nuevo los pelos de punta....Me gustaría saber por qué un mechero...ya me diras...pero,en verdad...hermoso...no te lo había dicho,así que ahora lo sabes :D
    con tiquismiquis,yo~

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