martes, 31 de diciembre de 2013

Ted o Alejandro



CONCIENCIA  DE TED: “Tranquilízate, Ted, que tiene diez años. Tiene diez años. No sabe lo que dice. No sabe lo que hace.”

CABREO MONUMENTAL DE TED: “’¿No sabe lo que hace?’ ¿Qué eres ahora? ¿Jesucristo el día en que le crucificaron?  ¡A quien deberían crucificar es a él!”

CONCIENCIA DE TED: “Es tu hermano, hombre… Tu hermano pequeño”.

CABREO MONUMENTAL DE TED: “¡No tan pequeño!”

Mi parte furiosa tenía razón. Alejandro ya no era tan pequeño. Yo tampoco era mucho mayor que él, pero tenía el suficiente cerebro como para saber que cuando me dicen “eso es privado, déjalo” significa que no puedo cogerlo. Alejandro no parecía saberlo, y ahí estaba, agitando mi dibujo delante de mí sin perder un segundo para ridiculizarme:

-         ¿Quién es, eh? ¿Es tu novia? Porque es bien fea…

-         ¡Tú si que vas a quedar feo en cuanto termine contigo! ¡No te va a reconocer ni papá, ¿te enteras? – grité, e intenté darle un puñetazo, pero pasaban tres cosas que me dificultaban un poco el asunto:

1.     Él estaba subido en mi cama, por lo que en ese momento era más alto, y cada vez que yo intentaba subir al colchón también, él me empujaba. La altura le daba ventaja.

2.     El jodido era muy rápido y me esquivaba sin problemas.

3.     Yo en realidad no estaba seguro de querer acertarle… Estaba enfadado, pero una parte de mí me decía que si le daba un puñetazo luego me arrepentiría.

Por el momento sería mejor que me limitara a recuperar el papel. Aunque tampoco en eso tenía mucho éxito. Él se rió mientras saltaba ágilmente a la derecha, y luego a la izquierda, y siempre al lado contrario de donde yo estaba, como si pudiera adivinar mis movimientos, o algo.

-         ¡Alejandro, dámelo!

-         ¿Pero quién es?

En ese momento tuve suerte y me subí a la cama sin que me tirara. Me pegué contra la pared para que no pudiera empujarme, e intenté quitarle la hoja.

-         No estoy bromeando, Alejandro. ¡DÁMELO!

-         A lo mejor es tan fea porque tú dibujas fatal… ¿Tienes una foto, para comprobarlo?

Justo entonces yo agarré  el papel, pero él tiró hacia el otro lado y se rasgó en dos. Creo que nunca había estado tan enfadado como en ese momento. Solté un grito de frustración y le empujé con todas mis fuerzas, tirándole de la cama. Me bajé de un salto, cayendo sobre él, y empecé a pegarle como debería haber hecho desde el principio.

-         ¡NO! ¡No tengo una foto porque se supone que es mi madre, pedazo de idiota! – grité, queriendo llorar de rabia. Acompañé cada una de mis siguientes palabras con un puñetazo. – Era …(puñetazo) ….un …. (puñetazo) … dibujo….(puñetazo) …de mi madre.

Me quité de encima suyo, repentinamente sudando y muy cansado. Me dolía un poco la mano. Alejandro lloraba y sangraba por el labio. Respiré fatigado durante unos segundos, y cuando recuperé el aliento recuperé también un poco de cordura.  Podía haberle hecho mucho daño. Le había tirado de la cama y le había pegado muy fuerte.  Tenía los nudillos rojos de los golpes que le había dado.

Me acerqué despacito, mientras él se tapaba la cara. Iba a intentar destapársela para ver si le había hecho algo “grave” pero él me arreó una patada, con una puntería excelente para acertar justo donde más duele. Joder con el enano. Me caí al suelo, y entonces él gateó un poco, sin llegar a levantarse del todo, y me pegó en el brazo. Para hacerlo se destapó la cara y así comprobé que aunque seguramente le dolería, no le había hecho nada serio.

-         ¡Eres idiota! – gritó, sin dejar de llorar. Dejó de pegarme  para lamerse sus heridas. Vale, no se las lamió, pero es lo único que le faltaba, como un gatito apaleado que se pasa las patas por la cara.

-         ¿Se puede saber qué diablos…? – empezó papá, entrando por la puerta con Hannah en brazos. Había estado bañando a la bebé y cuando entró la habitación se llenó de olor a colonia infantil y champú de niños. - ¡Chicos! Pero ¿qué hacéis? ¡Alejandro, deja a tu hermano! ¡Mírate!  ¿Qué ha pasado?

-         Me ha pegado, papá – me acusó, sin dejar de llorar. - ¡Me ha hecho daño!

Mi lado cabreado (el que años atrás se había tirado horas y horas dibujando a una mujer fantaseando con el rostro de su madre) pensó que me había quedado corto.  Pero la parte de mí que se correspondía con mi conciencia, se sintió mal, y culpable. Se sintió peor con la mirada que me echó papá.

-         Theodore, ¿tienes alguna explicación?

No me gusto la forma en la que dijo mi nombre. Y no sólo porque no usara el apodo, sino porque sonaba realmente cabreado. Papá sentó a Hannah en mi cama un segundo y se acercó a Alejandro para inspeccionar los daños.

-         Yo… yo…

-         Tú estás tan castigado que la próxima vez que hagas algo divertido tendrás el pelo blanco. – sentenció. – Voy a curar a tu hermano. Cuando vuelva vete preparando, que te vas a llevar una de las buenas.

Fue extraño escuchar a papá hablar así. No sonó como papá, y además estaba muy enfadado. Salió de la habitación con Alejandro, rumbo al baño para curarle los golpes, y se dejó a Hannah encima de mi cama. Se me empezaron a salir las lágrimas sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.  Me acerqué a la bebé y ella soltó uno de sus gorgoritos alegres, ajena a todo. Puso su mano en mi mejilla, en un gesto tierno que sólo sirvió para que mi llanto se descontrolara. Es el efecto de una caricia cuando todo tu cuerpo quiere llorar: hace que te rindas a los sollozos.

Abracé a Hannah como si fuera un peluche y lloré como hacía tiempo que no me permitía llorar. No sé cuánto tiempo estuve así pero escuché que Alejandro y papá volvían. No levanté la cabeza ni me separé de Hannah, pero noté que alguien tiraba suavemente de mí para que la soltara, y supuse que era papá.

Se la llevó. Me la quitó, y supongo que la llevaría con Kurt, a la cuna. Cada uno tenía su propia cuna, (aunque en realidad una era la mía, reciclada)  pero  Kurt ya sabía salirse para meterse en la de su melliza.

Cuando se llevó a Hannah me sentí vacío. Me tumbé en la cama a seguir llorando pero al poco sentí que papá me frotaba la espalda y se sentaba a mi lado.

-         Alejandro me ha contado lo que pasó. Entiendo por qué te enfadaste, Ted, pero no puedes reaccionar así. Es tu hermano.

-         Lo…snif… lo sé…

Papá se movió y miré con curiosidad a ver qué hacía. Recogió del suelo los dos pedazos de papel.

-         Tal vez podamos pegarlo – me dijo. – Es bonito. ¿Lo has hecho tú?

-         Hace años. Lo guardaba en mi cajón, y le dije a Alejandro que no lo cogiera. Pero lo cogió… - lloriqueé, y él me dio un beso. Me sentí mucho mejor.

Entonces Alejandro, que había estado observando desde el otro lado de la habitación, le quitó el dibujo a papá y le rompió en muchos cachitos, con rabia. No creo que eso ya pudiera pegarse.  Me impactó tanto que se me pasó el llanto de golpe, aunque me tembló el cuerpo como si se quisiera romper en tantos pedazos como el dibujo. Papá me miró a los ojos y me apretó contra su pecho, muy fuerte.

-         ¡Alejandro! ¿Por qué has hecho eso?

-         ¡Él me pegó por ese estúpido dibujo! ¡Y tú encima le estas consolando!

-         ¡Claro que le consuelo, se trata de su madre! ¿Es que no tienes sentimientos? Ted siempre aguanta todo lo que le haces pero esto le ha dolido mucho.  Vamos, pídele perdón.

-         ¡No! – gritó él, enfadado.

-         Que no me lo pida, porque igual no le  voy a perdonar – susurré.

Papá me dio un beso en la frente y me limpió los restos de lágrimas de la cara. Sus manos se movían con paciencia y gentileza, como las de un escultor al admirar su obra. Se movió un poco para quedar sentado frente a mí, y me siguió acariciando, a pesar de que ya no había lágrimas que limpiar.

-         Sé que duele mucho que ella no esté. Nadie lo sabe mejor que yo, hijo. Mi madre también murió.

-         ¡Pero no la mataste tú!

-         Tú no mataste a tu madre. Ted, mírame bien y grábatelo de una vez. Tú no la mataste.

No respondí, porque sabía que discutir era inútil, pero sí que la maté. Murió cuando yo nací porque yo no tendría que haber nacido. Era el error de Andrew. El estúpido error de Andrew que mató a la mujer que le había concebido.

-         Ni siquiera sé quién era… - respondí, al final. Papá sí sabía quién era su madre. Sabía que era una prostituta, como la de mis hermanos. Ella le abandonó, y murió después. Pero mi madre no me habría abandonado. A lo mejor ella me hubiera querido…

-         Lo sé, cariño. Sé que no es justo, y me parece muy tierno que intentaras dibujarla…

-         Quería tener un recuerdo suyo… Aunque fuera uno inventado…

Papá me volvió a abrazar y me dio un beso. Miré por encima de Alejandro y me fijé en su cara al observarnos. Parecía culpable y envidioso, las dos cosas a la vez.  Suspiré.

-         Abrázale también a él. Es idiota, pero le he hecho sangre.

-         Lo que voy a hacer es castigaros a los dos, por olvidar que sois hermanos. – sentenció, sonando algo menos cariñoso.

-         No, papá – protestó Alejandro. Yo ni me molesté. Total, no iba a servir de nada.

-         Sabéis que pocas cosas me enfadan tanto como veros pelear, pero nunca habíais llegado a esto. Los hermanos no se pegan, ni se hacen daño. Sois familia. Y eso es para siempre. Los hermanos son amigos que no se eligen…Son los que están ahí cuando no está nadie más.

Yo asentí y me separé un poco de él, indicando que estaba listo. No sabía con cuál de los dos empezaría, pero intuía que iría primero conmigo. No me equivoqué.

-         Alejandro, espera fuera.

Todo lo que implicara no estar en la misma habitación que papá en ese momento sonaba como un buen plan para Alejandro, así que obedeció. Salió, y cerró la puerta.  Papá me puso de pie delante de él. Como él estaba sentado yo quedaba más alto, pero me sentí muy pequeño cuando me miró a los ojos.

-         Sé que ese papel era muy importante para ti, y que tu hermano no debió cogerlo. Ver cómo se rompía tuvo que ser horrible, pero eso no justifica que la emprendas a golpes con tu hermano. Le diste muy fuerte, además, y eso que sé que normalmente es él el que se desquita contigo.

Cuando peleábamos, era Alejandro el que solía pegarme y yo el que ponía fin al asunto, salvo algunas excepciones, como la de aquél día.

-         Estaba furioso… no lo pensé, sólo lo hice… Lo siento.

-         No puede volver a pasar, y yo quiero asegurarme de eso. ¿Entiendes por qué te voy a castigar?

Asentí, lentamente. Me pregunté si papá seguía teniendo la idea de que me llevara “una de las buenas” tal y como había dicho cuando nos encontró a Alejandro y a mí. Creo que me leyó el pensamiento, porque me acarició el brazo en ademan tranquilizador.

-         Dilo en voz alta, por favor.

-         Lo entiendo.

-         Vale. Entiende también que yo no sabía lo que había pasado cuando entré. Sé que tenías motivos para reaccionar como lo hiciste, y aunque no sea excusa, sé que no sería justo echarte a ti la culpa de todo.

Eso terminó de relajarme y decidí abrazarle, con algo de timidez. Yo siempre quería abrazarle, pero empezaba a pensar que no quedaba muy de hombres el hacerlo, sobretodo cuando había gente delante. Papá me abrazó con calidez y luego se separó. Me miró a la cintura y supe lo que quería que hiciera. Con un suspiro, me desabroché el pantalón y luego me lo bajé.

Papá me agachó del brazo y me puso a su lado, y se echó para atrás para que yo pudiera tumbarme encima suyo. Me ayudó un poco, y por unos segundos estuve en el aire, sostenido sólo por él y me sentí algo incómodo. Me asusté un poco, pensando que me podía caer, pero él me agarró por la cintura y me sujetó. Me estiré un poco, y llegué a tocar el suelo con los pies. Dejé de sentir la mano derecha de papá, y supe que iba a empezar.

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Generalmente dolía más cuando estaba en sus rodillas que cuando me pegaba de pie, como un aviso. Era un dolor que se podía aguantar, pero al mismo tiempo tu instinto te empujaba a interponer las manos. Yo sabía que no debía hacerlo, así que respiré hondo y coloqué las manos debajo de mi barbilla, quietecitas.

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PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS Auu PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS Aiii

Empezó a dolerme bastante y sentí las lágrimas en el borde de mis ojos. Yo no quería llorar, no quería llorar… pero iba a hacerlo. Sin embargo, no hubo más palmadas. Entendí que papá había terminado. Me levanté de él muy despacio,  y le miré para tantearle, para ver cómo estaba de enfadado. En una escala del uno al diez, debía de andar por el cero o por el uno. Respiré, aliviado, y me dio igual que fuera de hombres o no: le abracé muy fuerte.

-         ¡Ey! Vaya, qué fuerza. Déjame respirar, boa constrictor. – me dijo, y aflojé un poquito, pero sólo un poquito. Él se rió y me frotó la espalda. Bajó las manos y agarró mi pantalón, para colocármelo de nuevo. Vale, eso sí que me dio vergüenza. Me hizo sentir más pequeño, pero no hice nada y me quedé quieto. Me lo abrochó y todo, y cuando acabó me dio un beso en la frente. Papá casi siempre me daba besos ahí. En cambio a Marie y a Barie a veces les daba besos en las mejillas. Creo que él besaba en la frente a los chicos y en la mejilla a las chicas.

Siempre me sentía muy reconfortado al estar en sus brazos después de un castigo, pero aquél día más que nunca. Él no parecía tener prisa, como si estuviera dispuesto a estar así hasta que yo quisiera. Estuve tentado de comprobar cuanto tiempo podría ser eso, pero papá querría hablar con Alejandro así que me separé.

- Ted, ¿por qué no eliges una peli para que la veamos todos? Una de dibujos, que tus hermanitos puedan ver.

Era una forma más o menos sutil de tenerme entretenido mientras él trataba con Alejandro. Asentí y salí del cuarto, dejando la puerta abierta. Alejandro me miró, sin entrar en la habitación y sin dejarme pasar. Estaba raro, serio, pero no enfadado. Creo que se estaba preguntando si se suponía que seguíamos enfadados. Aunque fuera imbécil, yo ya le había perdonado. Me había desquitado con él, y mi hermano era más importante que un dibujo, aunque fuera de mi madre.

-         Anda, ve – le animé. – Papá no parece muy enfadado.

Él sonrió un poquito, al ver que estábamos bien, pero luego miró al suelo.

-         Contigo. No parece muy enfadado contigo. A mí me va a matar.

-         No, no voy a matar a nadie – intervino papá, asomándose seguramente al ver que Alejandro no entraba. – Es delito en casi todos los países.

Alejandro le miró, no muy tranquilizado por esas palabras. Recordé entonces que mi hermano tenía diez años, y aún había contextos en los que se portaba como un niño pequeño y asustado. Esperar por una paliza era uno de esos contextos.

-         Hacer llorar a un niño también lo es – intervine yo. Papá me miró, alzando una ceja, pero luego sonrió un poquito.

-         No, no lo es, pero debería serlo. – me respondió, y luego cogió a Alejandro del brazo. – Vamos, ven aquí. Ya sabes lo que pasa cuando te portas mal.

-         ¡Que tu te portas peor conmigo! – protestó Alejandro. Papá cerró la puerta entonces, dejándome fuera,  y no pude ver nada más, pero casi apostaría que sonrió ante esa frase.

Me debatí unos segundos entre bajar a poner la película y quedarme allí, sólo por si acaso… Alejandro era mi hermano y aunque era una tontería, me sentía mejor estando cerca de él cuando sabía que lo estaba pasando mal. Al principio no escuché nada, creo que estaban hablando, pero luego escuché que Alejandro lloraba, y eso fue  raro: creo que papá aún no había empezado a castigarle. Má silencio, y supuse que papá le estaba consolando. Tal vez mi hermanito estuviera llorando de culpabilidad….. Nah, estábamos hablando de Alejandro.


Por fin empezaron los fuegos artificiales. Papá le dio veinte palmadas. Fueron menos de las que me dio a mí, pero aun así me parecieron demasiadas, sobre todo si fueron sin pantalón. Cierto que sólo nos llevábamos dos años, pero yo ya era alto y grande y tenía algo de fuerza mientras que a él papá aún le cogía en brazos a veces. Entre alguien de diez años y alguien de doce los dos años se notaban mucho más que a otras edades. Alejandro lloró mucho, y yo me sentí muy mal por él, pero de pronto dejó de llorar.  Escuché y escuché, pero no oí nada hasta que de pronto se oyeron unas risitas que fueron aumentando de intensidad, como si a alguien le estuvieran haciendo cosquillas. Supe que no tardarían mucho en salir, así que me fui a poner la película . Escogí la del Rey León. Era la favorita de Alejandro y él… bueno, él era mi hermano. Mi conciencia había tenido razón: aún era pequeño, y siempre sería pequeño para mí.  

3 comentarios:

  1. Ahhhh pobre TED, y de paso me lo castigan.... la tunda de Alejandro era la que debimos leer no del pobre Ted....

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  2. BUaaa que penita... porque Alejandrito reacciono de esa manera... tiene algo que ver con sus sentimientos hacia su madre??

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  3. oh pobre Ted no se merecía que lo castigaran así! pobrecitoo

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